Adrián no tocó mi carpeta.
Solo la miró.
—¿Qué significa esto?
—Significa exactamente lo que acabo de decir.
Abrí la primera página.
—Bolso de Camila: cuatro mil ochocientos dólares. Reloj: siete mil doscientos. Viaje a Cancún que registraste como reunión con clientes: once mil seiscientos.
Camila dejó de sonreír.
Pasé otra página.
—Este apartamento: depósito, muebles, decoración y nueve meses de alquiler.
Adrián reaccionó.
—Ese dinero salió de mis ingresos.
—Tus ingresos durante el matrimonio.
Lo miré.
—Y algunos pagos no salieron siquiera de tu cuenta personal.
El silencio cambió.
Adrián cerró la puerta del estudio.
—Laura, no sabes de qué estás hablando.
Sonreí.
—Eso esperabas.
Durante años Adrián había creído que porque yo no trabajaba en su empresa tampoco entendía sus números.
Había olvidado convenientemente que, cuando Collins Development era apenas una oficina con tres escritorios, yo llevaba las cuentas mientras él buscaba clientes.
También había olvidado quién puso los primeros ciento veinte mil dólares.
Yo.
Era la herencia que mi abuela me había dejado.
Adrián siempre decía que aquel dinero había sido «nuestro primer impulso».
Los documentos decían algo distinto.
Era un préstamo formal a la compañía.
Y jamás había sido devuelto.
Saqué la copia.
Adrián la reconoció.
—Eso fue hace años.
—Las deudas no desaparecen porque te asciendan.
Camila miró a Adrián.
—¿Qué deuda?
Él la ignoró.
—¿Quién te dio acceso a mis cuentas?
—Nadie.
Saqué otra hoja.
—Tú.
Su expresión cambió.
—Durante siete años hicimos declaraciones conjuntas. Además, dejaste extractos, facturas y recibos por toda nuestra casa.
Me incliné ligeramente.
—Nunca tuviste cuidado porque estabas convencido de que yo jamás me atrevería a irme.
Aquello le dolió más que cualquier grito.
Camila tomó su bolso.
—Esto es entre ustedes. Me voy.
—Siéntate —ordenó Adrián.
Ella se quedó helada.
Lo miró con incredulidad.
Yo casi sentí lástima.
La mujer que había entrado como “señora” acababa de descubrir lo rápido que Adrián cambiaba de tono cuando tenía miedo.
—¿Por qué tengo que quedarme?
Adrián señaló mi carpeta.
—Porque tu nombre aparece ahí.
—¡Tú compraste esas cosas!
—Y tú las aceptaste.
—Porque dijiste que podías pagarlas.
Los observé discutir durante unos segundos.
Después saqué el documento que realmente me interesaba.
—Hay algo más.
Ambos callaron.
—Hace seis meses se pagaron ciento ochenta mil dólares a Miller Consulting.
Camila palideció.
Adrián se volvió hacia ella.
—¿Qué?
Coloqué el registro mercantil sobre la mesa.
—Miller Consulting fue constituida hace ocho meses.
Miré a Camila.
—Administradora única: Camila Reyes.
Adrián agarró la hoja.
—Eso es imposible.
—Compruébalo.
—Camila, ¿qué demonios es esto?
Ella tardó demasiado en responder.
—Una empresa de consultoría.
—¿Consultoría para quién?
—Para varios clientes.
—¿Incluida mi empresa?
Silencio.
Adrián levantó la mirada.
Y entonces vi algo interesante.
Él tampoco conocía aquella transferencia.
Hasta ese momento había supuesto que ambos estaban robando juntos.
Quizá me había equivocado.
—¿Quién autorizó el pago? —preguntó Adrián.
Pasé otra página.
Allí estaba su firma digital.
—Tú.
—Yo nunca firmé esto.
Camila retrocedió.
Adrián la miró.
—Tú tenías acceso a mi ordenador.
—No empieces.
—¡Tenías mis contraseñas!
—Porque tú me las diste.
La discusión terminó cuando sonó el timbre.
Camila me miró.
—¿Esperas a alguien?
—Sí.
Adrián se dirigió hacia la puerta.
—Esta es mi casa.
—En realidad, es un alquiler.
Sonreí.
—Y técnicamente está contratado por una subsidiaria de Collins Development.
Su mano quedó inmóvil sobre el picaporte.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque está en la carpeta.
Abrí la puerta.
Mi abogada, Teresa Molina, esperaba acompañada por un auditor externo.

Adrián la reconoció inmediatamente.
—No puedes traerlos aquí.
Teresa levantó una ceja.
—Señor Collins, podemos hablar aquí o mañana frente al comité de auditoría.
El rostro de Adrián se endureció.
—¿Qué comité?
El auditor abrió su maletín.
—El consejo recibió esta mañana una denuncia respaldada por documentación sobre posibles gastos personales cargados a la compañía.
Adrián me miró.
—¿Fuiste tú?
—Yo entregué documentos sobre mis bienes matrimoniales.
Teresa intervino.
—Lo que la empresa haga con la información corporativa es asunto suyo.
Adrián comenzó a caminar por la sala.
—Acabo de ser nombrado director general.
—Precisamente —dijo el auditor—. Por eso debemos resolverlo inmediatamente.
Camila agarró su bolso otra vez.
—Yo no trabajo allí desde hace meses. Esto no tiene nada que ver conmigo.
El auditor la miró.
—Miller Consulting recibió pagos de la empresa.
Camila quedó inmóvil.
—Entonces sí tiene que ver con usted.
La empleada doméstica observaba desde el pasillo.
La misma mujer a la que había abofeteado antes.
Esta vez no dijo una palabra.
Yo tampoco necesitaba demostrarle nada más.
Adrián se volvió hacia mí.
—¿Qué quieres?
—El divorcio.
—¿Y cuánto?
—No he venido a venderte mi silencio.
—Todo tiene un precio.
Lo miré.
—Eso es precisamente lo que nunca entendiste de mí.
Teresa colocó mis condiciones sobre la mesa.
División legal de los bienes.
Restitución de fondos matrimoniales utilizados para beneficiar a terceros.
Pago del antiguo préstamo.
Investigación independiente de las transacciones corporativas.
Nada más.
Nada menos.
Adrián leyó.
—Quieres destruirme.
—No.
Cerré mi carpeta.
—Quiero dejar de protegerte de las consecuencias de tus propias decisiones.
Entonces el teléfono del auditor vibró.
Leyó el mensaje y frunció el ceño.
—Tenemos un problema.
Adrián palideció.
—¿Qué?
—Acaban de enviarme los registros completos de Miller Consulting.
Camila corrió hacia la puerta.
Teresa se interpuso sin tocarla.
—Nadie le impide marcharse, señora Reyes. Pero le recomiendo que hable primero con un abogado.
Adrián arrancó las hojas de las manos del auditor.
Leyó la primera.
Después la segunda.
Su expresión pasó de furia a desconcierto.
Finalmente levantó los ojos hacia Camila.
—¿Quién es Esteban Reyes?
Ella no respondió.
—Camila.
—Mi hermano.
Adrián volvió a mirar el documento.
—Entonces explícame por qué tu hermano recibió más de cuatrocientos mil dólares de una cuenta vinculada a Collins Development.
—No sé.
—¡Tu firma está aquí!
Camila comenzó a llorar.
Pero algo en aquella reacción no me convenció.
No parecía culpabilidad.
Parecía miedo.
El auditor pasó a otra hoja.
—Hay más.
Sacó una lista de transferencias.
Los pagos se remontaban a mucho antes de que Adrián se convirtiera en director general.
Mucho antes incluso de que Camila fuera su amante.
—Esto empezó hace casi tres años —dije.
Teresa tomó el documento.
—Laura, mira las fechas.
Lo hice.
Una de ellas me resultaba familiar.
Era el día en que Adrián había conseguido el contrato más importante de su carrera.
El contrato que había iniciado su ascenso dentro de la compañía.
Seguí leyendo.
Entonces vi otro nombre.
—Espera.
Señalé una transferencia.
—¿Quién es Ricardo Collins?
Adrián dejó de respirar.
Camila cerró los ojos.
Teresa me miró.
—¿Lo conoces?
Negué lentamente.
Adrián respondió por mí.
—Es mi tío.
—Nunca me hablaste de ningún tío Ricardo.
—Porque está muerto.
La habitación quedó en silencio.
El auditor volvió a comprobar el registro.
—Según esto, alguien sigue utilizando una cuenta a su nombre.
Adrián se dejó caer en el sofá.
—Eso no puede ser.
—Hay otra cosa —dijo el auditor.
Nos mostró la documentación original de Miller Consulting.
La empresa no había sido creada por Camila.
Había existido con otro nombre durante casi siete años.
Exactamente el tiempo que duraba nuestro matrimonio.
Entonces Teresa encontró una página anexada al expediente.
—Laura…
Su tono me hizo acercarme.
Era un acuerdo privado.
En la parte inferior aparecían tres firmas.
Camila Reyes.
Ricardo Collins.
Y una tercera.
La reconocí inmediatamente.
Era la firma de Adrián.
Él también la reconoció.
—Yo nunca firmé eso.
Miré la fecha.
Era de siete años atrás.
Tres semanas antes de nuestra boda.
Y entonces leí la primera cláusula.
Sentí que todo el cuerpo se me enfriaba.
El acuerdo no hablaba de Camila como amante.
Ni siquiera hablaba de dinero.
Hablaba de mí.
De mi herencia.
De mi préstamo a Collins Development.
Y de un plan para conseguir acceso a ambos después del matrimonio.
Levanté lentamente la mirada hacia Adrián.
—¿Qué significa esto?
Él estaba tan pálido como yo.
Pero Camila ya no lloraba.
Nos observaba en silencio.
Y entonces comprendí algo mucho peor.
Tal vez Camila no había aparecido para destruir mi matrimonio.
Tal vez había estado relacionada con Adrián desde antes de que nuestro matrimonio siquiera comenzara.