Miré aquella última frase durante mucho tiempo.
“Su Wan me ayudó a elegirla.”
Después bloqueé el teléfono.
Ni siquiera respondí.
A la mañana siguiente me quité el anillo de compromiso.
Cinco años antes, cuando Bui Lam me lo puso en el dedo, había dicho:
—Cuando termine esta etapa en la frontera, tendremos una boda de verdad.
Otra promesa sin fecha.
Otra “próxima vez”.
Dejé el anillo sobre la mesa junto a las seis insignias.
Debajo coloqué una nota.
“Cinco años. Seis insignias. Dieciocho próximas veces. Ya no necesito la decimonovena.”
Después cerré la maleta.
La solicitud para mi traslado profesional llevaba semanas aprobada. Había aceptado un puesto en otra ciudad, a más de dos mil kilómetros.
No le dije dónde.
A las once entregué las últimas llaves del apartamento militar.
A las tres estaba en el aeropuerto.
Y cuando el avión aterrizó en mi nueva ciudad, recibí aquella llamada de Gu Shen.
Me contó que Bui Lam había encontrado la nota.
Que había contado nuestras fotografías.
Nueve.
Y que después había empezado a contar las de Su Wan.
Más de cuatrocientas.
—Shen Yan —dijo Gu Shen antes de colgar—, creo que acaba de entender algo que llevaba cinco años negándose a ver.
Miré las luces de aquella ciudad desconocida.
—Entenderlo ahora no cambia esos cinco años.
Colgué.
Aquella misma noche, Bui Lam me llamó treinta y siete veces.
No contesté ninguna.
Después llegaron sus mensajes.
“¿Dónde estás?”
“¿Por qué devolviste la casa?”
“¿Qué significa esa nota?”
“Shen Yan, contéstame.”
“Podemos hablar.”
Y finalmente:
“No quiero cancelar nuestra boda.”
Leí aquella frase sin sentir la emoción que habría sentido apenas una semana antes.
Respondí únicamente:
“Yo sí.”
Bloqueé el teléfono.
Dos días después, Lin Tri Ha me llamó.
—Bui Lam regresó.
No dije nada.
—Fue directamente al apartamento.
—Ya no es mi apartamento.
—Lo sé. Encontró las cajas vacías, las insignias y el anillo.
Guardó silencio.
—Shen Yan, nunca había visto a ese hombre perder el control.
Cerré los ojos.
No quería imaginarlo.
Pero Lin continuó.
—Fue a la oficina de vivienda pensando que había algún error. Cuando le enseñaron tu firma de devolución, preguntó si podían cancelar el trámite.
—¿Y qué le dijeron?
—Que no. Tú ya habías renunciado oficialmente a la vivienda matrimonial.
Respiré lentamente.
—Entonces está resuelto.
—Para ti quizá.
Su voz bajó.
—Para él, creo que acaba de empezar.
Durante las siguientes semanas me concentré en mi nuevo trabajo.
Alquilé un apartamento pequeño.
Compré una lámpara amarilla para la sala.
Una mesa para una sola persona.
Una planta que puse junto a la ventana.
Por primera vez en años, cuando regresaba por la noche, no esperaba escuchar una llave que nunca llegaba.
No revisaba el clima de Kanas.
No calculaba cuándo terminarían sus entrenamientos.
No preguntaba cuándo sería “la próxima vez”.
Entonces llegó un paquete.
Sin remitente.
Dentro había dieciocho insignias.
Una por cada promesa incumplida.
Debajo encontré una carta escrita por Bui Lam.
“Shen Yan:
Fui un idiota.
No porque no supiera que estabas esperando.
Sino porque pensé que siempre seguirías esperando.
Las seis insignias nunca me parecieron pocas hasta que las vi sobre aquella mesa.
Entonces comprendí que había reducido cinco años de tu vida a seis objetos comprados deprisa.
No voy a pedirte que regreses.
Solo quiero explicarte lo de Su Wan.”
Dejé de leer.
Doblé la carta.
La guardé otra vez en la caja.
No necesitaba explicaciones.
Pero tres días después apareció Su Wan frente al edificio donde trabajaba.
La reconocí inmediatamente.
Era exactamente igual que en las fotografías.
Llevaba aquella bufanda azul oscuro.
—Shen Yan.
Me detuve.
—¿Cómo sabes dónde trabajo?
—Bui Lam no me lo dijo.
—Entonces eso empeora bastante las cosas.
Su rostro se tensó.
—Vine porque creo que estás entendiendo mal nuestra relación.
Casi sonreí.
—¿También fotografiarte cuatrocientas veces forma parte del entrenamiento?
—Él y yo crecimos juntos.
—Lo sé ahora.
—Antes de conocerte, nuestras familias querían que estuviéramos juntos.
Aquello sí era nuevo.
Su Wan continuó:
—Pero nunca ocurrió.
—¿Y los cumpleaños en Kanas?
Calló.
—¿Las vacaciones para dos?

—Shen Yan…
—¿Los zapatos en mi casa?
Su expresión cambió.
Por primera vez perdió seguridad.
—¿Encontraste los zapatos?
—También la nota, Wan Wan.
Palideció.
—No vine a pelear contigo.
—Perfecto. Porque yo ya abandoné esa competición.
Pasé junto a ella.
Entonces dijo:
—Bui Lam pidió abandonar voluntariamente el puesto fronterizo.
Me detuve.
—¿Qué?
—Presentó la solicitud ayer. También renunció a la próxima promoción.
Giré lentamente.
Su Wan tenía los ojos enrojecidos.
—Dice que va a buscarte.
—Eso ya no es asunto mío.
—Para mí sí.
Su voz tembló.
—Porque me culpó de todo.
—Yo no.
—¿Qué?
—No te culpo a ti.
La miré directamente.
—Bui Lam era mi prometido. Las promesas me las hizo él.
Aquella tarde cambié nuevamente mi número.
Pensé que sería suficiente.
Me equivoqué.
Dos meses después, recibí una invitación para asistir a una ceremonia nacional de reconocimiento profesional.
Mi nuevo proyecto había sido seleccionado para colaborar con varias unidades fronterizas.
Cuando llegué al auditorio, vi uniformes por todas partes.
No pensé en él.
Hasta que escuché su nombre.
—Capitán Bui Lam.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
Él subió al escenario.
Estaba más delgado.
La expresión severa.
Recibió una condecoración por cinco años de servicio fronterizo.
Después, en lugar de regresar a su asiento, pidió permiso para hablar.
—Durante años creí que cumplir con mi deber justificaba todo aquello que descuidaba fuera de él.
El auditorio quedó en silencio.
Sus ojos recorrieron las filas.
Hasta encontrarme.
—Después descubrí que uno puede proteger miles de kilómetros de frontera y, aun así, no saber proteger a la persona que esperaba en casa.
Aparté la mirada.
Al terminar la ceremonia salí por una puerta lateral.
—Shen Yan.
Me detuve.
Cinco años habían hecho que reconociera aquella voz incluso entre cientos.
Bui Lam estaba detrás de mí.
Por primera vez no llevaba ninguna insignia para regalarme.
Solo sostenía una carpeta.
—No vine a pedirte que vuelvas.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Me entregó la carpeta.
—Encontré esto mientras investigaba por qué Su Wan tenía acceso a nuestro apartamento.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Los zapatos no los guardé yo allí.
Lo miré por primera vez.
—No intentes convertirla en la culpable.
—No lo hago.
Abrió la carpeta.
Dentro había registros de acceso al complejo residencial militar.
Su Wan había utilizado una autorización temporal varias veces mientras yo estaba trabajando.
Pero eso no era lo que hizo que mis manos empezaran a temblar.
Había otro nombre autorizando cada entrada.
Lin Tri Ha.
Mi mejor amiga.
La misma persona que me había llamado para preguntarme si devolvería la casa.
—Eso no demuestra nada.
—Sigue leyendo.
Pasé la página.
Había copias de solicitudes, fotografías y mensajes.
Entonces encontré una captura de pantalla fechada tres años atrás.
Una conversación entre Su Wan y Lin Tri Ha.
Solo alcancé a leer las primeras líneas.
“Shen Yan todavía no sospecha nada.”
“Déjala seguir creyendo que Bui Lam nunca tiene tiempo.”
Y después:
“Cuando finalmente se marche, el puesto junto a él volverá a pertenecer a la persona correcta.”
Levanté la cabeza.
—¿De dónde sacaste esto?
Bui Lam no respondió inmediatamente.
Su rostro estaba completamente serio.
—De un teléfono que Su Wan intentó destruir ayer.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
Bui Lam abrió la última página de la carpeta.
—Porque las cuatrocientas fotografías que encontraste no eran las únicas que había en esa cámara.
Me mostró una memoria.
—Había una carpeta oculta.
—¿Qué contiene?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Vídeos de nuestro apartamento. De ti. Grabados durante casi tres años sin que ninguno de los dos lo supiera.
El pasillo pareció quedarse sin aire.
—Y Shen Yan…
Su voz descendió.
—En uno de ellos aparece la persona que instaló la cámara.
Miré la memoria entre sus dedos.
—¿Quién?
Bui Lam tardó varios segundos en contestar.
—Alguien a quien llamaste anoche desde tu nuevo número.
Mi corazón se detuvo.
Porque desde aquel número nuevo solo había llamado a una persona.
Lin Tri Ha.