Alejandro apareció en el pasillo apoyándose en el bastón.
Mauricio sostenía el reloj entre dos dedos.
—Estaba dentro de su bolso.
Lucía había perdido el color.
—Yo nunca había visto eso.
—Claro —respondió Mauricio—. Igual que las anteriores.
Alejandro extendió la mano.
—Dámelo.
Sus dedos reconocieron inmediatamente las pequeñas marcas de la correa.
Era imposible equivocarse.
Era el reloj de su abuelo.
El mismo que había desaparecido ocho meses antes.
Mucho antes de que Lucía entrara por primera vez en aquella casa.
—¿Dónde estaba exactamente? —preguntó Alejandro.
—En el bolsillo interior de su bolso.
Lucía negó rápidamente.
—Señor Cárdenas, revisé ese bolsillo esta mañana. Guardé allí mi cartera. El reloj no estaba.
Mauricio soltó una carcajada.
—¿Y debemos creer eso?
—Sí —respondió Alejandro.
Mauricio lo miró.
—¿Qué?
—He dicho que sí.
El silencio se volvió incómodo.
Alejandro conocía cada cámara de aquella casa.
También sabía que el cuarto de lavado tenía un punto muerto creado meses atrás durante una remodelación.
Precisamente donde Lucía dejaba su bolso.
Demasiada coincidencia.
—Lucía —dijo—, ve a buscar tus cosas.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—Por favor. Necesito este empleo, pero no voy a aceptar que me llamen ladrona.
—No te estoy despidiendo.
Mauricio frunció el ceño.
—Alejandro…
—He dicho que recoja sus cosas.
Lucía salió.
Mauricio bajó la voz.
—Estás cometiendo el mismo error otra vez.
Alejandro giró ligeramente hacia él.
—¿Qué error?
—Confiar.
—¿Cómo sabías dónde mirar?
Mauricio tardó medio segundo de más.
—¿Qué?
—El reloj estaba dentro de un bolsillo cerrado. ¿Por qué revisaste precisamente allí?
—Vi que escondía algo.
—Dijiste que encontraste el reloj.
—Eso hice.
—No es lo mismo.
La mandíbula de Mauricio se endureció.
—¿Ahora me estás interrogando?
Alejandro sonrió apenas.
—¿Te incomoda?
Antes de que pudiera responder, una vocecita apareció detrás de ellos.
—Yo sé quién puso el reloj.
Los dos hombres se quedaron inmóviles.
Emilia estaba en la escalera.
Lucía corrió hacia ella.
—¡Emilia!
Mauricio abrió mucho los ojos.
—¿Quién es esa niña?
Lucía abrazó a su hija.
—Lo siento. Mentí. No tenía con quién dejarla.
Mauricio señaló hacia la puerta.
—¡Fuera! Las dos.
Pero Alejandro no se movió.
—Emilia, ¿qué viste?
La niña miró a Mauricio.
Después miró a su madre.
—¿Me vas a regañar?
—No.
—¿Aunque salí de la bodega?
—Aunque salieras.
Emilia apretó la muñeca de trapo contra el pecho.
—El señor entró donde mamá deja su bolsa.
Mauricio palideció.
—Está inventándolo.
—¿Cuándo? —preguntó Alejandro.
—Cuando mamá estaba arriba.
—¿Qué hizo?
—Se agachó.
La niña imitó el movimiento.
—Después metió algo.
Lucía miró horrorizada a Mauricio.
—¿Usted puso el reloj?
—¡Esto es absurdo!
Alejandro permaneció completamente tranquilo.
—Emilia, ¿viste qué objeto era?
La pequeña negó.
—No. Pero era brillante.
Mauricio dio un paso hacia ella.
—Una niña escondida ilegalmente en esta casa no es un testigo.
Alejandro levantó el bastón, bloqueándole el camino.
—No te acerques.
Mauricio se detuvo.
—Estás creyendo a una niña de cinco años por encima de tu propia familia.
—Todavía no.
Alejandro se quitó lentamente los lentes oscuros.
Mauricio dejó de respirar.

Lucía también.
Solo Emilia sonrió.
—Te dije que veía.
Alejandro abrió los ojos completamente y miró directamente a su primo.
—Estoy creyendo lo que llevo meses observando.
Mauricio retrocedió.
—¿Tú… puedes ver?
—Perfectamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
Lucía lo miró, confundida.
—¿El accidente…?
—Nunca ocurrió.
La herida en su expresión le dolió más de lo esperado.
—¿Entonces me estuvo poniendo pruebas?
—Al principio, sí.
—Billetes. Joyas. Documentos.
Alejandro asintió.
—Lo siento.
Lucía apartó la mirada.
—Yo estaba desesperada por conservar un trabajo y usted estaba esperando que robara.
—Y me equivoqué contigo.
Mauricio aprovechó el momento.
—Esto demuestra que estás paranoico.
Alejandro lo miró.
—Puede ser.
Sacó su teléfono.
—Por eso prefiero las pruebas.
Abrió la aplicación de seguridad.
—La cámara del cuarto de lavado tiene un punto muerto.
Mauricio sonrió.
—Entonces no tienes nada.
—Esa cámara sí.
Alejandro señaló un pequeño dispositivo sobre la estantería del pasillo.
—La instalé hace dos semanas.
El rostro de Mauricio se vació.
Alejandro reprodujo el video.
La imagen mostraba a Mauricio entrando.
Mirando alrededor.
Sacando el reloj del bolsillo.
Abriendo el bolso de Lucía.
Y colocándolo dentro.
Lucía se cubrió la boca.
—Dios mío.
Mauricio miró hacia la puerta.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
—Quería demostrar que ella no era confiable.
—Plantando un objeto robado hace ocho meses.
Silencio.
Alejandro avanzó.
Ya no necesitaba el bastón.
—¿Dónde estuvo mi reloj durante esos ocho meses, Mauricio?
—No sé.
—Curioso.
—Alejandro…
—Las dos empleadas anteriores fueron acusadas después de que desaparecieran objetos. Tú recomendaste no investigar más. También eras la única persona, además de mí, con acceso administrativo al sistema de seguridad.
Mauricio negó.
—No puedes demostrar que fui yo.
—Todavía no.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Alejandro llamó a seguridad privada.
—Nadie sale de la propiedad.
Mauricio soltó una risa nerviosa.
—No puedes retenerme.
—No pienso hacerlo. La policía decidirá qué necesita de ti.
Aquello sí lo asustó.
Mientras esperaban, Alejandro revisó los accesos antiguos.
Había una cuenta secundaria de administrador.
Creada tres años atrás.
M.LEDESMA-02.
Desde ella se habían desactivado cámaras exactamente durante las fechas de los robos anteriores.
Lucía observaba desde lejos.
—Entonces aquellas mujeres…
—Quizá tampoco robaron nada.
Alejandro sintió vergüenza al decirlo.
Había construido una prueba para encontrar culpables cuando quizá había permitido que el verdadero culpable eligiera víctimas por él.
La policía llegó veinte minutos después.
Mauricio exigió un abogado y dejó de responder preguntas.
Pero cuando un agente revisó el reloj, encontró algo inesperado.
La tapa trasera parecía haber sido abierta recientemente.
—Señor Cárdenas, ¿su abuelo guardaba algo dentro?
—No que yo supiera.
El técnico abrió cuidadosamente la carcasa.
Dentro había una pequeña pieza de plástico negro.
No pertenecía al mecanismo.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué es?
El agente la examinó.
—Parece una tarjeta de memoria.
Mauricio levantó la cabeza inmediatamente.
Fue un movimiento mínimo.
Pero Alejandro lo vio.
Y Emilia también.
—Tiene miedo —susurró la niña.
El agente guardó la tarjeta como evidencia.
Horas después, cuando Mauricio ya había sido llevado para declarar, Alejandro encontró a Lucía preparando su mochila.
—¿Te vas?
—Me mintió desde el primer día.
—Sí.
—Y yo también le mentí sobre Emilia.
—Sí.
Lucía esperó.
—Entonces supongo que estamos a mano.
Alejandro negó.
—No. Mi mentira te convirtió en sospechosa. La tuya mantuvo a tu hija cerca porque no tenías otra opción.
Lucía cerró la mochila.
—Necesito pensar.
Alejandro no intentó detenerla.
Entonces Emilia tiró suavemente de su manga.
—Señor Alejandro.
—¿Qué pasa?
—El señor malo escondió otra cosa.
Lucía se volvió.
—¿Qué dices?
—Lo vi otro día.
Emilia señaló el estudio.
—Entró cuando usted estaba hablando por teléfono afuera.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Dónde?
La niña corrió hacia el escritorio y señaló la parte inferior.
Alejandro se agachó.
Pegado bajo la madera encontró un pequeño transmisor.
Lucía palideció.
En ese instante sonó el teléfono.
Era el detective encargado del caso.
—Señor Cárdenas, ya revisamos parcialmente la tarjeta encontrada en el reloj.
—¿Qué contiene?
—Archivos de su empresa.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Qué clase de archivos?
—Contratos, claves antiguas, información bancaria y copias de documentos internos.
Hubo una pausa.
—Pero hay algo mucho más preocupante.
—Dígame.
—Encontramos una carpeta con fotografías de las dos empleadas desaparecidas.
Alejandro apretó el teléfono.
—¿Desaparecidas?
—Señor Cárdenas, ninguna de ellas regresó realmente a su ciudad de origen como su primo aseguró.
El silencio invadió el estudio.
—¿Entonces dónde están?
—Eso estamos intentando averiguar.
El detective respiró hondo.
—Y hay otra cosa. La última fotografía de ambas fue tomada en esta propiedad.
—¿Cuándo?
—La noche en que desapareció su reloj.
Alejandro miró el transmisor pegado bajo su escritorio.
Entonces el detective añadió:
—Y en la fotografía aparece una tercera persona que creemos que usted conoce.
—¿Mauricio?
—No.
La respuesta le heló la sangre.
—Entonces ¿quién?
Hubo unos segundos de silencio.
—Su padre, señor Cárdenas.
Alejandro dejó de respirar.
Su padre llevaba once años muerto.