PARTE 2: CUANDO PEDÍ AUDITAR EL APARTAMENTO, LA PULSERA Y TODOS LOS REGALOS QUE PEI SIYUE HABÍA ENTREGADO A XU MAN, DESCUBRÍ QUE DURANTE OCHO AÑOS NO SOLO ME HABÍA MENTIDO SOBRE ELLA, SINO TAMBIÉN SOBRE LA EMPRESA QUE CREÍAMOS HABER CONSTRUIDO JUNTOS.

La sala de reuniones quedó en silencio.

Pei Siyue me observó durante varios segundos.

Después soltó una risa fría.

—Wen He, ¿crees que porque posees el veinticinco por ciento puedes revisar cualquier cosa que quieras?

El abogado Zhou, que acababa de entrar detrás de mí, colocó una carpeta sobre la mesa.

—Como accionista fundadora, la señorita Wen tiene derecho a solicitar una auditoría especial cuando existen indicios de operaciones vinculadas que puedan perjudicar a la compañía.

Xu Man apretó los dedos.

Pei Siyue se volvió hacia ella.

—No tienes que preocuparte.

Aquel gesto volvió a confirmar lo que yo ya sabía.

Incluso frente a documentos oficiales, su primer impulso seguía siendo protegerla a ella.

Sonreí.

—Perfecto.

Saqué mi teléfono.

—Entonces votaré formalmente.

Los otros directivos intercambiaron miradas.

Nadie quería enfrentarse públicamente a Pei Siyue.

Pero tampoco querían cargar con responsabilidad antes de una salida a bolsa.

Finalmente, el director financiero levantó la mano.

—Apoyo la auditoría.

Después otra persona.

Luego una tercera.

La expresión de Pei Siyue se volvió cada vez más oscura.

La propuesta fue aprobada.

Xu Man dejó escapar una respiración temblorosa.

—Presidente Pei, si mi presencia causa tantos problemas, puedo renunciar.

Pei Siyue respondió inmediatamente:

—No.

Yo bajé la mirada.

Ocho años atrás, cuando yo había querido abandonar la empresa después de pasar tres noches seguidas durmiendo en la oficina, él me dijo:

«Si no puedes aguantar, quizá este negocio no sea para ti.»

A Xu Man, en cambio, ni siquiera le permitía pronunciar la palabra renuncia.

El contraste era casi cómico.

Recogí mis documentos.

—La firma auditora llegará mañana.

Pei Siyue golpeó la mesa.

—Wen He.

Me detuve.

—No conviertas una pelea sentimental en una guerra empresarial.

Giré la cabeza.

—La pelea sentimental terminó anoche.

Miré a Xu Man.

Esto es simplemente comprobar cuánto me ha costado vuestra relación.

Salí.

Esa tarde, Shengyuan Capital confirmó oficialmente su interés por mis acciones.

Pei Siyue llamó diecisiete veces.

No contesté ninguna.

A las once de la noche apareció frente a mi casa.

Golpeó la puerta durante casi diez minutos.

—¡Wen He! ¡Abre!

Me quedé detrás de la puerta.

—Habla desde ahí.

Hubo un silencio.

—Retira la auditoría.

—No.

—La empresa está en periodo sensible.

—Entonces debiste pensar en eso antes de utilizarla como tu billetera privada.

—¡No he utilizado nada!

—Lo averiguaremos mañana.

Su voz bajó.

—¿Realmente quieres venderme?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

No «vender tus acciones».

Venderme.

Como si todavía creyera que mi participación, mis años y mi esfuerzo le pertenecían.

—Pei Siyue, tú fuiste quien quiso convertir nuestra relación en un contrato.

Apoyé la mano sobre la puerta.

—Ahora estoy respetando las reglas que elegiste.

Él permaneció callado mucho tiempo.

Finalmente preguntó:

—¿Y la boda?

—Cancelada.

—Wen He.

Su voz sonó extrañamente cansada.

—Ocho años no desaparecen de una noche para otra.

—No.

Cerré los ojos.

—Pero a veces una sola noche basta para entender lo que realmente significaron.

No respondió.

Cuando miré por la ventana diez minutos después, ya se había ido.

A la mañana siguiente comenzó la auditoría.

Al principio aparecieron pequeñas irregularidades.

Facturas de restaurantes.

Viajes.

Regalos corporativos.

Después llegó el apartamento.

No había sido comprado por Pei Siyue con dinero personal.

Había sido pagado parcialmente mediante una subsidiaria de la empresa.

El concepto registrado era:

«Residencia temporal para personal estratégico.»

Sin embargo, Xu Man figuraba como beneficiaria permanente.

El auditor levantó la cabeza.

—Esto necesita justificación.

Asentí.

—Continúe.

Después encontramos la pulsera.

El recibo de recompra estaba archivado entre gastos de representación.

Treinta y ocho mil yuanes para recuperar la joya.

Exactamente la cantidad por la que yo la había vendido ocho años atrás.

Pero la fecha hizo que mi corazón se detuviera.

Pei Siyue la había recuperado hacía cinco años.

Cinco.

No recientemente.

Cinco años atrás.

Durante todo ese tiempo yo había seguido buscando aquella pulsera.

Una vez incluso había llorado delante de él después de encontrar una pieza parecida en una casa de subastas y descubrir que no era la mía.

Pei Siyue me había abrazado.

Me había dicho:

—Ya aparecerá algún día.

Y para entonces…

él ya la tenía.

Tuve que cerrar los ojos.

El auditor pareció notar mi expresión.

—¿Quiere que hagamos una pausa?

—No.

Mi voz salió firme.

—Siga.

Al mediodía apareció Xu Man.

Entró directamente en la sala de auditoría.

—Quiero explicar lo del apartamento.

La miré.

—Explíquelo a los auditores.

—Señorita Wen…

—No me llames así como si fuéramos desconocidas.

Sus labios se tensaron.

—Nunca quise quitarte nada.

Miré su muñeca.

La pulsera ya no estaba.

—Entonces devuélveme lo que llevabas ayer.

Xu Man palideció.

—El presidente Pei me la regaló.

—No pregunté quién te la dio.

Me levanté.

—Te pregunté si vas a devolverla.

Ella guardó silencio.

Y entonces dijo algo que no esperaba.

—¿Sabes por qué me la regaló?

No respondí.

Xu Man sonrió débilmente.

—Porque le recordaba el día en que nos conocimos.

Sentí un frío recorrerme.

—¿Cuándo os conocisteis?

—Hace ocho años.

Mi mano se quedó inmóvil sobre la mesa.

Ocho años.

La misma época en la que Pei Siyue y yo dormíamos en un sótano.

La misma época en la que había vendido la pulsera.

—Eso es imposible.

—Yo trabajaba en la joyería.

Xu Man me miró fijamente.

Fui yo quien compró tu pulsera.

Por primera vez desde que comenzó todo, perdí completamente la expresión.

Ella continuó:

—Pei Siyue volvió dos días después.

—Preguntó quién la había comprado.

—Yo todavía no la había enviado al almacén central.

Mi respiración se volvió lenta.

—¿Y después?

Xu Man bajó los ojos.

—Hablamos.

—¿De qué?

—De ti.

Sentí que cada palabra pesaba.

—¿Qué dijo?

Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Pei Siyue entró.

Su rostro estaba blanco.

—Xu Man.

Ella se volvió.

—Ya es hora de que lo sepa.

—Cállate.

—¿Por qué?

Sus ojos se humedecieron.

—¿Porque todavía quieres fingir que todo empezó hace dos años?

Lo miré.

—¿Dos años?

Nadie respondió.

Entonces comprendí.

La responsable legal perfecta.

El apartamento.

La pulsera.

La cláusula del acuerdo prenupcial.

Nada de aquello había comenzado recientemente.

—Pei Siyue.

Mi voz casi no sonó humana.

—¿Desde cuándo está ella realmente en tu vida?

Él apretó la mandíbula.

—Wen He, no es lo que estás pensando.

Me reí.

—Ocho años y todavía utilizas esa frase.

Xu Man abrió su bolso.

Sacó un sobre viejo y amarillento.

Lo dejó sobre la mesa.

—Esto debería contestarte.

Pei Siyue dio un paso adelante para detenerla.

Pero fui más rápida.

Tomé el sobre.

Dentro había una copia de un documento firmado ocho años atrás.

No era una carta de amor.

No era un contrato laboral.

Era peor.

Un acuerdo de participación empresarial.

En la sección de socios fundadores aparecían tres nombres.

Pei Siyue.

Wen He.

Y Xu Man.

Pero mi nombre estaba tachado.

Debajo, escrito a mano, aparecía una observación:

«Las acciones correspondientes a Wen He serán mantenidas temporalmente por Pei Siyue hasta que la inversión inicial pueda ser regularizada.»

Miré la fecha.

Era de tres días después de que vendiera la pulsera de mi abuela para pagar la primera oficina.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Qué significa esto?

Pei Siyue no respondió.

Xu Man sí.

—Significa que el veinticinco por ciento que hoy crees que tienes…

Hizo una pausa.

no era todo lo que te correspondía.

Mi corazón dejó de latir durante un segundo.

Ella sacó una segunda hoja.

—Wen He, originalmente tenías derecho al cuarenta y nueve por ciento.

Miré a Pei Siyue.

Por primera vez desde que lo conocía, él no pudo sostenerme la mirada.

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