Llegué a la Universidad A casi tres horas después que Daniel y Camila.
Los encontré antes de entrar a administración.
Estaban bajo un árbol, compartiendo una bebida mientras Daniel sostenía el bolso de Camila.
Ella me vio primero.
—¡Estrella! Por fin llegaste.
Corrió hacia mí como si aquella mañana no hubiera ocurrido nada.
—¿Por qué no contestabas? Pensamos que estabas enfadada.
—Estaba ocupada.
Daniel se acercó.
—No hagas drama por lo del tren. Fue un malentendido.
Antes, habría aceptado aquella explicación.
Ese día no.
—No estoy haciendo ningún drama.
—Entonces ven —dijo Camila—. Vamos a registrar los dormitorios.
—No.
Ambos se quedaron quietos.
—Voy a retirar mi expediente.
Daniel frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Me voy a estudiar fuera del país.
Camila soltó una risa.
—Estrella, deja de bromear.
—No estoy bromeando.
La sonrisa desapareció de su cara.
Daniel me sujetó de la muñeca.
—¿Vas a cambiar de universidad porque nos fuimos sin ti?
Retiré la mano.
—No me voy por esta mañana.
Lo miré.
—Me voy por todas las mañanas anteriores.
Por la playa.
Por las excursiones.
Por las veces que cambiaron planes sin avisarme.
Por aquella universidad de arte a la que renuncié porque ellos querían que los tres siguiéramos juntos.
Camila empezó a llorar.
—Nunca quisimos excluirte.
—Entonces sois extraordinariamente buenos haciéndolo sin querer.
Daniel se quedó callado.
Entré a administración.
Mi padre ya había movido contactos y documentación. Mi matrícula podía cancelarse antes de formalizarse completamente.
Cuando salí, Daniel seguía esperando.
Camila no.
—Se fue llorando —dijo.
Esperó que eso me hiciera sentir culpable.
—Deberías ir con ella.
—Estrella.
—Siempre lo haces.
Aquello lo dejó sin palabras.
Dos días después estaba en el aeropuerto.
No les dije la hora del vuelo.
Pero Daniel apareció.
Llegó corriendo cuando yo estaba a punto de entrar al control.
—¿De verdad vas a hacerlo?
—Sí.
—¿Y dieciocho años?
Miré al chico que había sido parte de prácticamente todos mis recuerdos.
—Los dieciocho años ocurrieron. Irme no los borra.
—Entonces quédate.
—¿Para qué?
Daniel abrió la boca.
No encontró respuesta.
Y aquello fue precisamente el problema.
No podía decir que me amaba.
Tampoco podía prometer que las cosas cambiarían.
Solo estaba incómodo porque la persona que siempre esperaba había decidido dejar de hacerlo.
—Camila está destrozada —dijo finalmente.
Sonreí.
Incluso en nuestra despedida hablaba de ella.
—Cuídala bien, Daniel.
Me giré.
—Estrella.
Me detuve.
—¿Vas a volver?
—Algún día.
—¿Y nosotros?
Lo pensé unos segundos.
—Eso dependerá de quiénes seamos cuando vuelva.
Crucé seguridad.

No miré atrás.
Los primeros meses en Londres fueron difíciles.
Mi inglés era bueno, pero vivir sola era diferente.
Me perdí en el metro.
Quemé cenas.
Lloré una noche porque enfermé y, por primera vez, no tenía a mi padre cerca.
Pero también ocurrió algo inesperado.
Volví a dibujar.
Solicité el traslado a un programa de diseño y artes visuales.
El sueño que había tachado por Daniel y Camila seguía esperándome.
Dos años después gané un concurso universitario.
Tres años después hice prácticas en un estudio internacional.
Cuatro años después, una de mis ilustraciones apareció en una campaña que terminó expuesta en estaciones de varias ciudades.
Daniel y Camila seguían apareciendo ocasionalmente en mis redes.
Al principio escribían mucho.
“¿Cuándo vuelves?”
“Camila te extraña.”
“Los tres deberíamos viajar cuando regreses.”
Después los mensajes disminuyeron.
Supe por antiguos compañeros que habían empezado a salir durante el segundo año de universidad.
No me sorprendió.
Lo único que me sorprendió fue sentir alivio.
Por fin habían dejado de fingir que aquella historia tenía tres protagonistas.
Cinco años después regresé para una exposición.
Daniel apareció en la inauguración.
Camila estaba con él.
Ya no eran pareja.
Se habían separado meses antes.
Camila me abrazó con cuidado.
—Estás diferente.
—Supongo.
Daniel observó las obras.
—¿Todo esto lo hiciste tú?
Asentí.
Se quedó frente a una ilustración de tres niños esperando un tren.
Dos subían juntos.
La tercera caminaba hacia otro andén.
—¿Somos nosotros? —preguntó.
—Éramos.
Camila bajó la mirada.
—Estrella, éramos horribles contigo.
No había lágrimas teatrales esta vez.
Solo vergüenza.
—Éramos egoístas —continuó—. Siempre sabíamos que tú esperarías. Por eso nunca pensábamos en lo que te costaba hacerlo.
Daniel añadió:
—Después de que te fuiste entendimos cuánto organizabas tú para mantenernos juntos.
Sonreí ligeramente.
—Yo también entendí algo.
—¿Qué?
—Que una amistad que necesita que una persona corra constantemente detrás de las otras dos no es un trío. Es una persecución.
Daniel bajó la mirada.
Después preguntó:
—¿Podemos empezar otra vez?
Miré a ambos.
No sentía odio.
Eso había desaparecido hacía años.
Pero tampoco quería recuperar aquello que habíamos sido.
—Podemos conocernos otra vez —respondí—. Empezar de cero es diferente a volver atrás.
Camila asintió.
Daniel también.
Cuando terminó la exposición, salí sola.
Mi teléfono vibró.
Era mi padre.
“¿Cena?”
Respondí:
“Voy.”
Caminé hacia la estación.
Cinco años antes había estado allí con una maleta, mirando desesperadamente una entrada y esperando a dos personas que ya se habían marchado sin mí.
Esta vez, cuando llegó el tren, subí inmediatamente.
Elegí mi asiento junto a la ventana.
Y mientras las puertas se cerraban entendí por qué aquel abandono había terminado convirtiéndose en una de las mejores cosas que me habían ocurrido.
Daniel y Camila creyeron que aquel día simplemente me habían dejado atrás.
En realidad, me habían obligado a descubrir algo que tardé dieciocho años en aprender:
No necesitaba que nadie me guardara un lugar.
Podía elegir mi propio destino.