—Hace tres semanas recibí una llamada de un investigador privado llamado Mauricio Tovar. Alguien lo contrató para vigilar a Mariana.
El silencio fue tan profundo que se escuchó el leve zumbido del aire acondicionado.
Beatriz fue la primera en reaccionar.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
Sebastián no apartó los ojos de ella.
—Todavía no he dicho que tenga que ver contigo.
Aquella respuesta la hizo palidecer.
Mariana lo notó.
Renata también.
Sebastián deslizó el teléfono sobre la mesa.
—Tovar me llamó porque se negó a continuar con el trabajo después de descubrir que Mariana estaba embarazada y que las fotografías estaban siendo manipuladas para construir una historia falsa.
Beatriz soltó una carcajada.
—¿Manipuladas? Sebastián, por favor.
—Recortaron imágenes.
Abrió una fotografía.
Era la misma que Beatriz había puesto dentro del sobre.
Mariana aparecía junto al doctor Santiago Cárdenas frente a un automóvil.
Después Sebastián mostró la imagen original.
A pocos metros se veía una enfermera.
Detrás estaba claramente el letrero de la clínica.
—La versión que pusiste aquí eliminó todo lo que podía identificar el lugar.
Beatriz levantó la barbilla.
—No fui yo quien tomó esas fotografías.
—No he dicho que las tomaras.
Otra vez.
Aquella precisión comenzó a desarmarla.
Uno de los tíos murmuró:
—Beatriz, ¿de dónde sacaste el sobre?
—Me llegó.
—¿Quién te lo envió?
—Anónimamente.
Sebastián sonrió sin humor.
—Curioso.
Sacó una hoja doblada del bolsillo interior de su saco.
—Porque Tovar conservó el contrato.
Por primera vez, la expresión de Beatriz mostró miedo verdadero.
Mariana sintió que su hija volvía a moverse.
Sebastián se acercó a ella.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Nos podemos ir ahora mismo.
Mariana negó.
—No.
Miró a Beatriz.
—Quiero escuchar esto.
Sebastián abrió el documento.
—El investigador fue contratado por una empresa llamada BA Consultores Patrimoniales.
Renata giró lentamente hacia Beatriz.
—¿BA?
Nadie necesitaba explicar las iniciales.
Beatriz Alcántara.
La mujer levantó la voz.
—¡Eso no demuestra nada! Puede existir cualquier empresa con esas letras.
—Correcto —respondió Sebastián—. Por eso pedí los registros mercantiles.
Sacó otra página.
—La empresa está registrada a nombre de tu administrador personal, Ernesto Molina.
Beatriz perdió el color.
Un primo se levantó de la mesa.
—Esto ya no es una cena familiar.
—Nunca lo fue —dijo Mariana.
Beatriz la fulminó con la mirada.
—Todo esto empezó desde que tú apareciste.
Sebastián dio un paso adelante.
—No vuelvas a hablarle así.
—¡Es mi casa!
—Y ella es mi esposa.
—¡Yo soy tu madre!
Sebastián la observó durante varios segundos.
—Eso no te da derecho a destruir mi matrimonio.
La frase cayó con una firmeza que hizo que Beatriz retrocediera.
Renata cerró los ojos.
Después tomó su bolso.
—Tengo que decir algo.
Beatriz giró bruscamente.
—Tú no tienes que decir nada.
Renata la miró.
—Precisamente por eso voy a decirlo.
Se volvió hacia Mariana.
—Yo no sabía que esta cena era para humillarte.
—Renata… —advirtió Beatriz.
—Me dijiste que Sebastián estaba atravesando problemas matrimoniales.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Qué?
Renata abrió su bolso y sacó el teléfono.
—Me escribió hace casi un mes.
Buscó la conversación.
—Dijo que tú te habías arrepentido de casarte con Mariana.
Beatriz se levantó de golpe.
—¡No tienes derecho a enseñar conversaciones privadas!
—Cuando esas conversaciones se utilizan para meterme dentro de esto, sí.
Le entregó el teléfono a Sebastián.
Mariana observó su rostro mientras leía.
Beatriz había escrito:
«Sebastián jamás lo admitirá, pero está miserable.»
Después:
«El embarazo solo complicó las cosas.»
Y una última frase:
«Si alguna vez existió una posibilidad para vosotros dos, quizá haya llegado el momento de recordarle lo que perdió.»
Sebastián dejó el teléfono lentamente sobre la mesa.
—¿Utilizaste a Renata?
—Intentaba ayudarte.
—No.
Su voz fue baja.
—Intentabas elegir mi vida.
Beatriz miró alrededor buscando apoyo.
No encontró ninguno.
Incluso sus hermanos evitaban sus ojos.
—Cuando seas mayor entenderás que una madre sabe reconocer cuando su hijo está cometiendo un error.
Mariana respiró profundamente.
—¿Mi hija también será un error para usted?
Beatriz la miró.
No respondió.
Ese silencio fue peor que cualquier insulto.
Sebastián tomó la mano de Mariana.
—Nos vamos.
Esta vez ella no se opuso.
Pero cuando dieron dos pasos, Beatriz habló.
—Si sales por esa puerta por ella, no vuelvas.
Sebastián se detuvo.
Mariana sintió que se le helaba la espalda.
Era exactamente el tipo de amenaza que había temido durante años.
Miró a su marido.
Sebastián soltó lentamente su mano.
Por un instante, Beatriz pareció recuperar la esperanza.
Entonces Sebastián se quitó del bolsillo un juego de llaves.
Las dejó sobre la mesa.
—La llave de esta casa.
Después sacó una tarjeta.
—La extensión de tu cuenta empresarial.
Otra.
—La tarjeta adicional que me diste hace años.
Beatriz lo observaba, incapaz de reaccionar.
Sebastián dejó todo frente a ella.
—No quiero nada que puedas utilizar después para decir que te debo obediencia.
—Sebastián…
—Y mañana presentaré mi renuncia como director de Alcántara Desarrollos.
Mariana giró hacia él.
—¿Qué?
Ahora incluso Beatriz parecía aterrada.
—No seas ridículo.
—No lo soy.
—¡La empresa es tuya!
—No. Era de papá.
La habitación quedó inmóvil.
El padre de Sebastián había muerto cuatro años antes.
Él había permanecido en la compañía principalmente para proteger el legado familiar.
Beatriz lo sabía.
—Tu padre quería que tú la dirigieras.
—Mi padre quería que nuestra familia permaneciera unida.
Sebastián miró los documentos falsos.
—Dudo mucho que se refiriera a esto.
Beatriz comenzó a llorar.
Pero Mariana ya había aprendido a reconocer cuándo aquellas lágrimas eran dolor y cuándo eran una herramienta.
—Después de todo lo que hice por ti…
Sebastián negó.
—No conviertas el amor en una factura.
Tomó el abrigo de Mariana.
Renata también se preparó para salir.
—Lo siento —le dijo a Mariana.
Mariana la miró.
—Tú no creaste esto.
—Pero vine.
—Porque te mintieron.
Renata asintió con tristeza.
Entonces miró a Sebastián.
—Hay otra cosa que debes saber.
Beatriz levantó la cabeza.
—Renata.
Esta vez había auténtico pánico en su voz.
Sebastián lo percibió.
—¿Qué cosa?
Renata dudó.
—Cuando tu madre me llamó por primera vez, no habló solamente de Mariana.

Beatriz avanzó hacia ella.
—Te dije que te fueras.
Uno de los tíos se interpuso.
—Déjala hablar.
Renata abrió una nota de voz.
—Me mandó esto hace dos semanas.
Beatriz se abalanzó hacia el teléfono.
Sebastián la detuvo sujetándole la muñeca.
—Basta, mamá.
Renata pulsó reproducir.
La voz de Beatriz llenó el comedor.
«No te preocupes por el embarazo. Si conseguimos demostrar que Mariana es inestable o infiel, Sebastián podrá resolver la custodia después.»
Mariana sintió que el mundo se detenía.
Sebastián soltó lentamente la muñeca de su madre.
La grabación continuó.
«Lo importante es que el bebé nazca siendo Alcántara. Después ya veremos cuánto tiempo permanece Mariana en la familia.»
Nadie respiró.
Mariana colocó ambas manos alrededor de su vientre.
—¿Custodia?
Sebastián parecía incapaz de reconocer a la mujer frente a él.
—¿Planeabas quitarle nuestra hija?
—Yo no dije eso.
—Acabamos de escucharte.
—¡Solo estaba hablando de posibilidades!
—¿Qué posibilidades?
La voz de Sebastián se quebró por primera vez.
—¿Esperabas que yo dejara a mi esposa y después intentara quitarle el bebé?
Beatriz retrocedió.
—Quería protegerte.
—¿De Mariana?
—De cometer un error que ibas a lamentar toda tu vida.
Mariana sintió una nueva presión en el abdomen.
Esta vez fue diferente.
Más fuerte.
Se agarró al respaldo de una silla.
Sebastián la vio inmediatamente.
—Mariana.
—Estoy bien.
La presión regresó.
Ella cerró los ojos.
—No… espera.
Renata corrió hacia ella.
—¿Es una contracción?
—No debería serlo. Todavía faltan dos meses.
Sebastián palideció.
—Nos vamos al hospital.
Beatriz intentó acercarse.
—Yo voy con ustedes.
Sebastián levantó una mano.
—No.
Una sola palabra.
Definitiva.
—Sebastián, soy su abuela.
—Esta noche intentaste destruir a su madre antes de que siquiera naciera.
Tomó a Mariana en brazos cuando otra contracción la obligó a doblarse.
Mientras salían, Mariana escuchó a Beatriz llorando detrás de ellos.
Pero por primera vez nadie regresó a consolarla.
En urgencias, el médico consiguió estabilizar a Mariana.
No estaba de parto.
El estrés había provocado contracciones prematuras que obligaban a mantenerla bajo observación.
Sebastián permaneció junto a su cama toda la noche.
Cerca de las tres de la madrugada, Mariana despertó y lo encontró mirando su teléfono.
—¿Qué pasa?
Él levantó los ojos.
—Mauricio Tovar me escribió.
—¿El investigador?
Asintió.
—Dice que vio las noticias sobre mi renuncia.
—¿Qué quiere?
Sebastián tardó demasiado en responder.
Mariana se incorporó ligeramente.
—Sebastián.
Él le mostró el mensaje.
«Hay algo que no te entregué porque tu madre pagó para cancelar la investigación. Pero ahora creo que debes verlo.»
Debajo había un archivo.
Sebastián lo abrió.
Era una fotografía tomada desde lejos.
Beatriz estaba entrando en la consulta del doctor Santiago.
No estaba sola.
Junto a ella aparecía un hombre.
Mariana lo reconoció.
Era uno de los administradores de la clínica.
—¿Qué hacía ahí?
Sebastián pasó a la segunda imagen.
El hombre entregaba un sobre a Beatriz.
Después apareció un documento fotografiado por Tovar.
Arriba figuraba el nombre completo de Mariana.
Debajo:
HISTORIAL OBSTÉTRICO CONFIDENCIAL.
Mariana dejó de respirar.
—Eso es mi expediente médico.
Sebastián volvió al mensaje.
Había una última línea.
«Tu madre no solo quería demostrar una infidelidad. Estaba buscando información sobre el embarazo.»
Entonces llegó otro archivo.
Una transferencia bancaria.
Beatriz había pagado una cantidad importante al administrador de la clínica.
Y en el concepto aparecían solamente tres palabras:
«PRUEBA DE PATERNIDAD.»
Sebastián y Mariana se miraron.
Porque nadie había autorizado ninguna prueba.
Y de repente aquella cena dejó de parecer el final de la humillación de Beatriz.
Parecía apenas el comienzo de algo que llevaba meses preparando a espaldas de ambos.