Cuando el avión despegó, Xie Wenzhou seguía llamándome.
Yo ya había apagado el teléfono.
No supe lo que ocurrió en la finca hasta aterrizar tres horas después.
Mi abogado me esperaba en la salida privada del aeropuerto.
—Presidenta Rong.
Le entregué mi bolso.
—¿Cómo está la situación?
Su expresión fue extraña.
—El señor Xie perdió el control.
Subimos al automóvil.
Me entregó una tableta.
El primer vídeo mostraba a los empleados retirando el enorme cartel de bienvenida.
Después desmontaban el arco floral.
Las mesas reservadas para la familia Xie habían quedado sin servicio.
Los representantes de varias empresas asociadas se marchaban uno tras otro.
Y en medio del salón, Xie Wenzhou discutía con el director de operaciones.
—¿Quién les dio permiso para cancelar mi boda?
El director respondió con calma:
—La propietaria.
Xie Wenzhou frunció el ceño.
—Llama al propietario de la finca.
—Ya está informado.
—Entonces quiero hablar con él.
El hombre hizo una pausa.
—No es un hombre.
Vi cómo la expresión de Wenzhou cambiaba.
—¿Qué?
—La finca pertenece a Cultura Teyan.
El rostro de Su Nian también apareció en el vídeo.
Todavía llevaba mi vestido.
—Wenzhou, ¿qué significa eso?
El director añadió:
—Y la presidenta de Cultura Teyan acaba de ordenar la cancelación de todo el evento.
Xie Wenzhou preguntó:
—¿Quién es la presidenta?
El vídeo terminó allí.
Miré a mi abogado.
—¿Se lo dijeron?
—No.
—Bien.
No quería que descubriera la verdad por boca de un empleado.
Quería que la descubriera en el momento exacto en que ya no pudiera utilizarla para salvarse.
Mi abogado abrió otra carpeta.
—Hay algo más.
—Dime.
—El Grupo Xie convocó una reunión urgente esta tarde.
Levanté la mirada.
—¿Por los vídeos?
—No solamente.
Deslizó hacia mí un informe financiero.
Durante el último año, el Grupo Xie había intentado expandirse demasiado rápido.
Tres proyectos inmobiliarios estaban paralizados.
Dos bancos habían reducido sus líneas de crédito.
Y el proyecto cultural que Xie Wenzhou llevaba meses anunciando como la futura pieza central del grupo dependía de una asociación todavía no firmada.
Leí el nombre.
Cultura Teyan.
Me quedé en silencio.
Mi abogado continuó:
—El señor Xie esperaba anunciar el acuerdo después de la boda.
—¿Él sabía que Teyan estaba negociando con ellos?
—Sí.
—¿Sabía que era mía?
—No.
Cerré el documento.
Aquello era casi irónico.
Durante meses, Wenzhou había hablado orgullosamente de aquella negociación.
Me había dicho que, cuando cerrara el acuerdo, el Grupo Xie subiría a otro nivel.
Yo nunca mencioné que cada informe terminaba en mi escritorio.
Había considerado aprobar la inversión.
Como regalo de boda.
—Suspendan la negociación —dije.
Mi abogado me miró.
—¿Temporalmente?
—Indefinidamente.
Esa noche, mi teléfono volvió a encenderse.
Había ciento treinta y siete mensajes.
La mayoría eran de Wenzhou.
Los primeros todavía estaban llenos de arrogancia.
«Deja de hacer una escena.»
«Vuelve y solucionaremos esto.»
Después comenzaron a cambiar.
«¿Tienes algo que ver con Teyan?»
«Rong Chi, respóndeme.»
«¿Dónde estás?»
El último había llegado hacía siete minutos.
«Voy a buscarte.»
No respondí.
Entonces apareció un mensaje de Su Nian.
«Señorita Rong, todo esto se ha salido de control por un vestido. ¿Realmente quiere destruir el futuro de Wenzhou por celos?»
Lo leí dos veces.
Después envié una única respuesta.
«Devuélveme el broche de mi madre.»
Ella no contestó.
Cinco minutos después, publicó una fotografía.
Aparecía todavía con mi vestido, sentada junto a una ventana, con los ojos rojos.
El texto decía:
«Nunca quise quitarle nada a nadie.»
Pero el broche seguía prendido en su pecho.
Guardé una captura.
—Inclúyalo en el expediente —dije.
Mi abogado asintió.
—Ya lo hice.
A la mañana siguiente regresé a la sede central de Teyan.

Habían pasado casi tres años desde la última vez que había aparecido públicamente como presidenta.
Cuando atravesé el vestíbulo, los altos ejecutivos ya estaban esperando.
—Buenos días, presidenta Rong.
Asentí.
—Convocad al consejo.
A las diez y veinte comenzó la reunión.
A las diez y cuarenta y cinco recibimos una solicitud urgente del Grupo Xie.
A las once apareció personalmente Xie Wenzhou.
No pedí que lo dejaran entrar.
Él entró de todos modos.
La puerta de la sala se abrió con violencia.
—¿Dónde está Rong Chi?
Todos se quedaron en silencio.
Yo estaba sentada en la cabecera de la mesa.
Wenzhou dio dos pasos.
Luego se detuvo.
Por primera vez desde que lo conocía, lo vi completamente incapaz de ocultar su sorpresa.
—Chi Chi…
El director financiero lo corrigió.
—Señor Xie, está delante de la presidenta de Cultura Teyan.
Wenzhou miró alrededor.
Después volvió a mirarme.
—¿Presidenta?
Cerré lentamente el informe que tenía delante.
—¿Necesitabas algo?
—¿Teyan es tuya?
—Parte de ella.
—¿La finca también?
—Sí.
—¿Y el proyecto de cooperación con el Grupo Xie?
—También pasaba por mí.
Su rostro se puso blanco.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Lo miré con calma.
—¿Por qué debería habértelo dicho?
—Íbamos a casarnos.
—Íbamos.
La palabra hizo que apretara los puños.
—Estás mezclando asuntos personales con negocios.
—No.
Deslicé el informe financiero hacia él.
—Precisamente estoy haciendo lo contrario.
Wenzhou miró las cifras.
—Necesitamos ese proyecto.
—Lo sé.
—El consejo de mi familia ya hizo inversiones contando con el acuerdo.
—También lo sé.
—Entonces no puedes retirarte ahora.
—Todavía no existe ningún contrato firmado.
Silencio.
—Rong Chi.
Su tono se suavizó.
El mismo tono que había utilizado cada vez que quería que cediera.
—Lo de ayer fue una broma estúpida.
—Estoy de acuerdo.
—Entonces volvamos.
Lo miré.
—¿Adónde?
—A casa.
Casi sonreí.
—Nunca registramos el matrimonio.
Su rostro se tensó.
—Eso puede arreglarse.
—No hay nada que arreglar.
Wenzhou respiró hondo.
—Su Nian devolverá el vestido.
—No lo quiero.
—El broche también.
—Eso sí lo quiero.
Algo en mi voz debió hacerle comprender que no estaba negociando.
—Te lo traeré personalmente.
—Que lo entregue mi abogado.
Wenzhou permaneció inmóvil varios segundos.
Finalmente preguntó:
—¿De verdad vas a destruir diez años por lo que ocurrió ayer?
—No.
Me levanté.
—Tú decidiste cuánto valían esos diez años cuando me pediste que me disculpara con la mujer que caminó hacia el altar vestida de novia en mi propia boda.
Nadie en la sala respiró.
Wenzhou bajó la mirada.
Yo pensé que finalmente se marcharía.
Pero entonces dijo:
—Hay algo que no sabes sobre Su Nian.
Me detuve.
—No me interesa.
—Debería interesarte.
Sacó su teléfono.
—Porque ella no eligió ayer esa tarjeta al azar.
Lo miré.
Wenzhou abrió una conversación.
—Encontré esto esta mañana.
Eran mensajes enviados al padrino dos semanas antes de la boda.
Su Nian había escogido personalmente la tarjeta.
Había pedido preparar una segunda llave para acceder al camerino.
Y había preguntado exactamente dónde guardaría yo el broche de mi madre antes de la ceremonia.
Mi expresión cambió.
Wenzhou siguió desplazando la pantalla.
Entonces apareció otro mensaje.
Esta vez no pertenecía a Su Nian.
Era de un número desconocido.
«Asegúrate de que Rong Chi abandone la boda antes del registro civil.»
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
Debajo había una respuesta de Su Nian:
«No te preocupes. Después de mañana, ella ya no podrá casarse con Wenzhou aunque quiera.»
Levanté la mirada.
—¿Quién le envió eso?
Wenzhou negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
En ese momento mi abogado entró sin llamar.
Llevaba una pequeña bolsa transparente.
Dentro estaba el broche de mi madre.
Pero estaba abierto por la parte posterior.
—Presidenta Rong —dijo con el rostro tenso—, acabamos de recibirlo mediante mensajería.
Me puse de pie.
—¿Qué le hicieron?
Dejó la bolsa frente a mí.
Donde antes solo había un cierre de metal, ahora se veía un compartimento diminuto.
Dentro había una tarjeta de memoria.
Mi abogado me miró.
—Hay algo oculto en el broche que su madre le dejó.
Wenzhou se quedó inmóvil.
Y yo comprendí entonces que Su Nian quizá no había usado mi vestido porque quisiera convertirse en la novia.
Tal vez lo había usado porque necesitaba acercarse a algo que llevaba años esperando encontrar.