PARTE 2: DESPUÉS DE HUMILLARME DELANTE DE TODA LA FAMILIA, MI SUEGRA DESCUBRIÓ QUE LA CASA QUE PRESUMÍA COMO SUYA DEPENDÍA DEL DINERO DE LA NUERA QUE ACABABA DE ECHAR DE LA MESA.

Solté lentamente el respaldo de la silla.

—Entiendo.

Ly Chi Minh levantó la cabeza, quizá sorprendido porque no discutí.

Mi suegra sonrió triunfante.

—Así debe ser una nuera. Si conocieras tu lugar desde el principio, no habría tantos problemas.

No respondí.

Tomé mi bolso.

—¿Adónde vas? —preguntó Chi Minh.

—A trabajar.

Trieu Xuan Hoa soltó una carcajada.

—¿Trabajar? Hoy es mi cumpleaños.

La miré.

—Precisamente. Ya entregué mi regalo.

Sus ojos bajaron instintivamente hacia el cheongsam de seis cifras que llevaba puesto.

Pero aquel no era el regalo al que me refería.

Salí del hotel.

Nadie me siguió.

Ni siquiera mi marido.

A las nueve y veinte regresé a la empresa.

El edificio estaba casi vacío, pero el equipo encargado de una adquisición internacional seguía trabajando.

Yo tenía sobre el escritorio tres proyectos cuyo valor combinado superaba varios miles de millones.

Aquella era mi verdadera vida.

No una silla diminuta junto a niños de tres años.

Abrí el ordenador.

Entonces vi una carpeta.

“RESIDENCIA TRIEU XUAN HOA.”

La casa nueva de mi suegra.

Durante meses había repetido delante de familiares y vecinos que su hijo le compraría una residencia de lujo por su cumpleaños.

La realidad era diferente.

Chi Minh aportaría menos del diez por ciento.

El resto saldría de mi cuenta personal.

Yo ya había pagado un depósito considerable y al día siguiente debía completarse la transferencia inicial.

Tomé el teléfono.

Llamé al agente inmobiliario.

—Señora Giang, precisamente iba a contactarla para confirmar el pago de mañana.

—No habrá pago.

Hubo una pausa.

—¿Desea aplazarlo?

—No. Cancelo la compra.

—Pero perderá parte del depósito.

—Lo sé.

—¿Está segura?

Miré durante unos segundos las luces de la ciudad.

Pensé en aquella mesa infantil.

En las risas.

En Chi Minh diciéndome una vez más que soportara un poco.

—Completamente.

Después llamé a mi asistente.

—Lan, desde mañana revisa todos mis pagos recurrentes relacionados con la familia Ly.

—¿Todos?

—Todos.

Seguro del coche de Chi Minh.

Cuotas del vehículo de mi cuñada.

Club privado.

Tarjetas adicionales.

Alquiler del apartamento de un primo.

Incluso los gastos médicos complementarios de mi suegra.

Lan guardó silencio.

—Directora Giang… eso es mucho dinero.

—Precisamente por eso quiero saber cuánto.

A las once recibí el informe.

Durante tres años había gastado en la familia Ly una cantidad suficiente para comprar dos apartamentos de lujo.

Me quedé mirando el número.

No sentí tristeza.

Sentí vergüenza de mí misma.

Había financiado mi propia humillación.

Aquella noche dormí en el apartamento corporativo que la empresa mantenía para ejecutivos.

Apagué el teléfono.

Cuando desperté eran las ocho y doce.

Lo encendí.

Noventa y nueve llamadas perdidas.

Cuarenta y tres mensajes de Chi Minh.

Diecisiete de mi suegra.

Veintiséis del agente inmobiliario.

El teléfono volvió a sonar.

Chi Minh.

Contesté.

—¿Qué ocurre?

—¡Esposa! ¿Dónde estás?

Su voz estaba rota.

—Trabajando.

—¡El propietario vino esta mañana!

Fruncí el ceño.

—¿Qué propietario?

—¡El de la casa donde vive mamá! Dice que tenemos que marcharnos porque hoy vencía el acuerdo.

Entonces lo comprendí.

La residencia nueva debía sustituir aquella casa alquilada.

Chi Minh había prometido entregarla antes del cumpleaños y, confiando en que yo pagaría la nueva propiedad, había cancelado anticipadamente el contrato de alquiler.

—Entonces busca otra casa.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Con bastante facilidad.

—¡Mamá se enteró de que cancelaste la compra y se desmayó! Estamos en el hospital.

Miré mi café.

—Espero que se recupere.

—Giang Ly, ¿qué te pasa?

Aquella pregunta casi me hizo reír.

—Nada. Por primera vez estoy perfectamente.

—¡Solo porque ayer mamá te pidió sentarte en otra mesa!

—No.

Mi voz permaneció tranquila.

—Porque tú estabas sentado junto a mí y permitiste que lo hiciera.

Silencio.

—Esposa…

—Tengo una reunión.

Colgué.

A las nueve comenzó la presentación del proyecto.

Dos horas después, mi asistente entró discretamente.

—Directora Giang, su marido está abajo.

—Que espere.

—Está arrodillado frente a la entrada.

Levanté la vista.

—¿Arrodillado?

—Desde hace casi una hora. Hay empleados grabándolo.

Me acerqué a la ventana.

Treinta pisos abajo distinguí una figura junto a la entrada.

Chi Minh.

El mismo hombre que veinticuatro horas antes no había sido capaz de levantarse de una silla para defenderme ahora estaba arrodillado delante de cientos de desconocidos.

—Directora, ¿permitimos que suba?

Bebí un sorbo de café.

—No.

—¿Llamamos a seguridad?

—Sí.

Dejé la taza.

—Lleva al hombre arrodillado un poco más lejos. Está bloqueando la entrada.

Lan intentó esconder una sonrisa.

Pero antes de salir añadió:

—Hay otra cosa.

Me entregó una carpeta.

—Terminamos la revisión de los gastos familiares.

La abrí.

Había algo extraño.

Durante dieciocho meses, Chi Minh había recibido transferencias mensuales desde una de mis cuentas secundarias.

Cantidades pequeñas comparadas con mis ingresos.

Nunca las había cuestionado.

Pero después el dinero salía inmediatamente hacia otra cuenta.

Siempre la misma.

—¿De quién es?

—Estamos comprobándolo.

Cinco minutos después Lan regresó.

Esta vez estaba seria.

—Directora Giang, encontramos al titular.

Me mostró la pantalla.

Ly Chi Quyen.

Mi cuñada.

—¿Cuánto?

—En total, casi dos millones.

Sentí que algo cambiaba dentro de mí.

—¿Para qué?

—No sabemos todavía. Pero encontramos algo más.

Sacó varios documentos.

Mi nombre aparecía en ellos.

Eran solicitudes de crédito.

Garantías.

Dos préstamos.

Miré las firmas.

Se parecían a la mía.

Pero yo jamás había firmado aquellos papeles.

—¿Quién presentó esto?

—Su marido.

Levanté lentamente la cabeza.

La humillación del cumpleaños acababa de dejar de ser el verdadero problema.

—Llama al departamento jurídico.

—Ya lo hice.

—¿Qué dijeron?

Lan cerró la puerta antes de responder.

—Que no toque ninguna cuenta hasta que ellos lleguen.

—¿Por qué?

—Porque uno de esos préstamos fue garantizado con participaciones de la empresa.

Me puse de pie.

—Eso es imposible. Chi Minh no tiene autoridad sobre mis acciones.

—Lo sabemos.

Lan tragó saliva.

—Por eso creen que falsificó más que su firma.

En aquel instante mi teléfono comenzó a sonar.

Era Chi Minh otra vez.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Lo rechacé nuevamente.

Entonces llegó un mensaje.

“Esposa, por favor, no llames a la policía.”

Me quedé mirando aquellas palabras.

Después llegó otro.

“Puedo explicarte por qué necesitábamos el dinero.”

Y finalmente apareció una fotografía enviada desde un número desconocido.

Chi Minh estaba sentado en un restaurante junto a su hermana y mi suegra.

La fotografía tenía fecha de seis meses atrás.

Sobre la mesa había un contrato.

Amplié la imagen.

Reconocí inmediatamente el logotipo de mi empresa.

Pero fue la frase escrita en la primera página la que hizo que se me congelaran las manos:

“ACUERDO DE TRANSFERENCIA DE PARTICIPACIONES DE GIANG LY.”

Debajo aparecía mi firma.

Y junto a ella, una fecha.

La misma semana en que Chi Minh me había convencido para viajar tres días al extranjero por trabajo.

Antes de que pudiera decir nada, Lan recibió una llamada.

Contestó.

Su rostro cambió.

—Directora Giang…

—¿Qué ocurre?

Cubrió el teléfono con la mano.

—El departamento jurídico acaba de comprobar el registro mercantil.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—Habla.

Lan me miró fijamente.

—Alguien lleva seis meses intentando vender una parte de sus acciones.

—¿Quién?

Su respuesta hizo que todo el desprecio de mi suegra la noche anterior adquiriera de repente un significado completamente distinto.

—Su marido. Y la operación final está programada para hoy a las tres de la tarde.

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