PARTE 2: EL ACUERDO PRENUPCIAL QUE MI MARIDO CREÍA INOFENSIVO REVELÓ DÓNDE HABÍA ESCONDIDO NUESTRO DINERO Y POR QUÉ SU AMANTE NUNCA HABÍA SIDO SOLO UNA BECARIA.

—¿Marcharme sin llevarme nada?

La voz de Trần Thụy se quebró.

Miró el acuerdo de divorcio, después a mí y finalmente a mi padre.

—Esto es ridículo. Ese acuerdo prenupcial se firmó hace años.

El abogado Châu levantó la vista.

—Precisamente por eso sigue siendo válido.

Mi suegra se abalanzó sobre la mesa.

—¡Mi hijo no ha cometido ninguna falta! ¿Qué pruebas tenéis?

Saqué el teléfono.

No necesité decir nada.

Reproduje el vídeo.

Durante diez segundos, el salón quedó lleno por el ruido del puesto callejero, las risas de Văn Lệ y la voz de mi esposo preguntándole si quería otra brocheta.

Cuando terminó, Trần Thụy apretó los dientes.

—¿Por esto quieres destruir una familia? Solo estábamos comiendo.

—Con ella entre tus brazos.

—Había bebido.

—Desapareciste seis días mientras yo acababa de dar a luz.

—Tenía trabajo.

La señora Vương cerró lentamente su portátil.

—Curiosamente, señor Trần, su empresa no registra ninguna actividad suya durante esos seis días.

Él se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Ni reuniones, ni viajes de negocios, ni visitas a clientes.

Mi padre finalmente habló.

—Pero sí encontramos otras actividades.

Su voz era tan tranquila que mi suegra dejó de gritar.

La señora Vương giró el ordenador.

Apareció una lista de transferencias.

Ciento veinte mil.

Doscientos ochenta mil.

Quinientos mil.

Cantidades enviadas durante los últimos once meses a tres sociedades distintas.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

La asesora señaló la pantalla.

—Las tres empresas terminan enviando el dinero a la misma cuenta.

—¿De quién?

La mirada de Trần Thụy cambió.

Y supe la respuesta antes de escucharla.

Văn Lệ.

Mi suegra palideció.

—Eso es imposible.

—No —dijo la señora Vương—. Lo imposible sería considerarlo una coincidencia.

Trần Thụy lanzó el acuerdo sobre la cama.

—¡Ese dinero es mío!

Mi padre se levantó.

—No.

Una sola palabra.

Pero hizo que mi esposo retrocediera.

—El capital inicial de tu empresa salió de los cinco millones que entregué a mi hija como patrimonio prematrimonial. Tú administrabas el negocio. Nunca fuiste propietario exclusivo de ese dinero.

Trần Thụy me señaló.

—¡Tú aceptaste invertirlo!

—Invertirlo —respondí—. No regalártelo.

El abogado Châu abrió otra carpeta.

—Además, el acuerdo prenupcial establece que cualquier ocultación deliberada, transferencia a terceros o disposición fraudulenta de bienes comunes será considerada falta patrimonial grave.

Por primera vez, Trần Thụy dejó de fingir indignación.

Ahora estaba asustado.

—Quiero hablar con mi esposa a solas.

—No —dije.

—Tống Dao, somos marido y mujer.

—Lo éramos cuando me dejaste recién parida para irte con otra mujer.

—Puedo explicarlo.

—Entonces explícalo delante de todos.

Silencio.

Mi padre se acercó a la cuna y contempló a su nieto.

Después dijo:

—Tienes una oportunidad.

Trần Thụy lo miró.

—Devuelve cada céntimo y firma el divorcio.

Mi suegra gritó:

—¡Ni hablar!

Pero mi esposo no reaccionó.

Seguía mirando las transferencias.

Aquello me llamó la atención.

No parecía preocupado por perderme.

Ni siquiera por el divorcio.

Estaba aterrorizado por aquellas cuentas.

La señora Vương también lo notó.

—Hay algo más.

Abrió otro archivo.

—Ayer solicitamos una revisión de los movimientos realizados desde que la señora Tống ingresó en el hospital para dar a luz.

Trần Thụy dio un paso hacia ella.

—No tienes derecho.

—Mi hija sí —respondió mi padre.

Apareció una transferencia de ocho millones de yuanes.

Fecha: dos días después de mi parto.

Destino: una compañía llamada Lệ Thành Holdings.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Ocho millones?

La asesora asintió.

—La transferencia quedó pendiente porque necesitaba una segunda autorización.

Miré a mi esposo.

—¿Ibas a sacar ocho millones mientras yo estaba en recuperación?

—Era una inversión.

—¿En qué?

No respondió.

—¿En qué, Trần Thụy?

—Un proyecto inmobiliario.

La señora Vương negó lentamente.

—Lệ Thành Holdings no posee propiedades.

Hizo clic.

—Fue constituida hace siete semanas.

Otro clic.

Apareció el nombre del representante legal.

Văn Lệ.

Mi suegra cayó sentada.

—Thụy…

Él comenzó a sudar.

—No entendéis nada.

—Entonces ayúdanos a entender —dije.

—No puedo.

—¿Por qué?

Me miró durante varios segundos.

—Porque no todo gira alrededor de ti.

Aquella frase debería haberme dolido.

En cambio, me produjo una extraña tranquilidad.

—Tienes razón.

Tomé un bolígrafo.

Lo dejé sobre el acuerdo.

—Por eso puedes firmar e irte.

Él miró el bolígrafo.

Después sonrió.

Fue una sonrisa extraña.

Casi desesperada.

—¿De verdad crees que ese acuerdo puede dejarme sin nada?

El abogado Châu frunció el ceño.

—Legalmente, existen fundamentos suficientes.

—Entonces revisa mejor.

Mi esposo sacó su teléfono.

Abrió un documento y lo colocó sobre la mesa.

—Hace catorce meses, Tống Dao firmó una modificación de participación empresarial.

Mi padre se acercó.

Yo también.

En la pantalla aparecía mi nombre.

Según aquel documento, yo había cedido una parte importante de mis derechos económicos dentro de la compañía de Trần Thụy.

Abajo había una firma.

La mía.

—Yo nunca firmé eso.

—Claro que sí.

—No.

—Estabas embarazada. Firmaste muchos documentos.

El abogado Châu tomó el teléfono.

Su expresión se volvió seria.

—Tiene certificación notarial.

Sentí frío.

—¿Qué significa?

—Que alguien no se limitó a copiar tu firma.

Mi padre miró a Trần Thụy.

—¿Quién fue el notario?

Mi esposo no respondió.

El abogado amplió el sello.

Entonces mi padre cambió de expresión.

—Conozco ese despacho.

Trần Thụy guardó rápidamente el teléfono.

Demasiado tarde.

Mi padre ya había reconocido algo.

—Ese notario trabajó para mi empresa hace quince años.

Mi suegra se levantó.

—¡Ya basta! Mi hijo no necesita responder más preguntas.

Se dirigió hacia él y le agarró el brazo.

—Vámonos.

Pero Trần Thụy no se movió.

Su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Văn Lệ.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

Entonces llegó un mensaje.

Desde donde estaba no podía leerlo.

Pero vi cómo su rostro se transformaba.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada.

Intentó guardar el teléfono.

Mi padre se interpuso.

—Enséñalo.

—No tienes autoridad sobre mí.

—Entonces márchate.

Trần Thụy dio dos pasos hacia la puerta.

En ese instante, alguien llamó desde fuera.

Tres golpes secos.

La empleada doméstica abrió.

Era Lý Nguyệt, mi mejor amiga.

Estaba pálida.

Llevaba una carpeta transparente entre las manos.

—Dao Dao —dijo—, perdóname. El vídeo no era lo único que tenía que enseñarte.

Trần Thụy se quedó petrificado.

—¿Qué haces aquí?

Lý Nguyệt lo ignoró.

Se acercó a mí y dejó la carpeta sobre la cama.

Dentro había fotografías.

Văn Lệ entrando en un hospital privado.

Trần Thụy acompañándola.

Una ecografía.

Y finalmente la copia de un formulario médico.

Leí el nombre.

Văn Lệ.

Después la fecha.

Y una línea que hizo que mi suegra soltara un grito ahogado.

Embarazo: 18 semanas.

Mi hijo tenía seis días.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Está embarazada de ti?

Trần Thụy no respondió.

Pero Lý Nguyệt todavía no había terminado.

—Dao Dao, mira el apellido del médico que firmó la ecografía.

Lo hice.

Sentí que mi padre me arrancaba prácticamente el documento de las manos.

Su rostro perdió todo el color.

—No puede ser.

—Papá, ¿qué ocurre?

Mi padre miró a Trần Thụy.

Luego a mi suegra.

Y comprendí que ambos sabían algo que yo ignoraba.

—¿Qué significa ese nombre?

Mi suegra comenzó a llorar.

Trần Thụy cerró los ojos.

Mi padre dejó la ecografía sobre la mesa.

—Ese médico murió hace tres años.

El silencio fue absoluto.

El abogado Châu tomó inmediatamente el documento.

—Entonces esta ecografía podría ser falsa.

—No —dijo Lý Nguyệt.

Sacó una segunda hoja.

El embarazo es real. Lo falso es la identidad con la que Văn Lệ ingresó al hospital.

Miré el documento.

Debajo de “nombre legal anterior” aparecía otro nombre.

Uno que hizo que mi padre tuviera que apoyarse en la mesa.

Porque aquel apellido no era Trần.

Ni Văn.

Era Tống.

Mi apellido.

Y antes de que pudiera preguntar qué significaba, mi padre levantó los ojos hacia mí y dijo:

—Dao Dao, antes de que firmes ese divorcio, hay algo que debo confesarte.

Su voz tembló por primera vez.

Văn Lệ entró en la vida de tu marido mucho antes de que tú la conocieras. Y también entró en nuestra familia mucho antes de que tú nacieras.

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