PARTE 2: EL PADRE SOLTERO ENCONTRÓ VIVA A LA MULTIMILLONARIA QUE TODOS HABÍAN DADO POR MUERTA, PERO SU PRIMERA CONFESIÓN REVELÓ QUE EL HELICÓPTERO NO HABÍA CAÍDO POR LA TORMENTA.

Mateo no hizo más preguntas.

Valeria apenas podía mantener los ojos abiertos y todavía faltaban horas para llegar a la cabaña.

Pero aquellas cuatro palabras se quedaron con él durante todo el descenso.

No fue la tormenta.

Al amanecer, Mateo finalmente empujó la puerta de su cabaña con el hombro.

—Lucía.

Una niña de once años apareció desde el pequeño dormitorio.

Era su hija.

Al ver a la mujer inconsciente sobre la espalda de su padre, se quedó paralizada.

—Papá…

—Trae las mantas. Y enciende la estufa.

Lucía obedeció sin preguntar.

Mateo colocó a Valeria sobre su propia cama y comprobó nuevamente la inmovilización de la pierna.

Necesitaba atención médica.

Urgente.

Tomó la radio.

Solo recibió estática.

La tormenta había dañado el repetidor más cercano.

—Voy a buscar señal arriba —dijo.

Valeria abrió los ojos.

—No.

Mateo se volvió.

—Necesita un hospital.

Ella intentó incorporarse.

El dolor la obligó a detenerse.

—Si avisa que estoy viva… ellos lo sabrán.

—¿Quiénes?

Valeria guardó silencio.

Lucía los observaba desde la puerta.

Mateo señaló suavemente el dormitorio contiguo.

—Ve a preparar café.

Cuando quedaron solos, volvió a mirar a Valeria.

—Empiece desde el principio.

Ella respiró con dificultad.

—Íbamos sobrevolando la barranca cuando escuché una detonación debajo de nosotros.

—¿El piloto?

—Dijo que habíamos perdido un sistema hidráulico. Después hubo humo.

Valeria cerró los ojos.

—El helicóptero comenzó a girar. El piloto consiguió reducir el impacto contra los árboles, pero…

Su voz se quebró.

—Él no sobrevivió.

Mateo no preguntó más sobre aquello.

—¿Por qué cree que fue intencional?

Valeria abrió los ojos.

—Porque alguien intentó matarme dos semanas antes.

Mateo se quedó inmóvil.

—¿Cómo?

—Manipularon los frenos de mi camioneta. Mi jefe de seguridad dijo que había sido desgaste.

—¿Y usted le creyó?

—Hasta ahora.

El silencio cambió.

Mateo comprendió que ya no estaba rescatando únicamente a una mujer herida.

Podía haber llevado un problema mucho más peligroso directamente hasta su hija.

—¿Quién sabía la ruta del helicóptero?

—Mi piloto. Mi asistente. Seguridad corporativa. Y tres miembros del consejo.

—¿Familia?

Valeria tardó demasiado en contestar.

—Mi hermano Sebastián.

Mateo se acercó a la ventana.

—Entonces no podemos llamar a su empresa.

—No.

—Pero sí a las autoridades.

Valeria apretó la manta.

—No sé en quién confiar.

Mateo la miró.

—Yo sí.


Tomás Mendoza recibió el mensaje cuarenta minutos después.

Mateo había subido hasta una cresta donde su teléfono consiguió señal durante menos de un minuto.

Solo envió una fotografía y siete palabras:

LA ENCONTRÉ VIVA. VEN SOLO. NO INFORMES A NADIE.

Tomás llegó cerca del mediodía.

Entró en la cabaña y se quedó mirando a Valeria como si hubiera visto regresar a alguien de entre los muertos.

—Dios mío.

Valeria reconoció el uniforme de rescate.

—¿Quién sabe que está aquí? —preguntó inmediatamente.

—Nadie.

Mateo cerró la puerta.

—Necesitamos sacarla de la montaña.

Tomás negó con la cabeza.

—Hay un problema.

Sacó su teléfono.

La noticia ocupaba todas las portadas.

ALCÁZAR ENERGÍA SUSPENDE LA BÚSQUEDA PRIVADA DE SU DIRECTORA GENERAL.

Debajo aparecía Sebastián Alcázar frente a varios periodistas.

«Debemos aceptar la posibilidad de que mi hermana no regrese.»

Valeria leyó la declaración.

Su rostro se volvió inexpresivo.

—¿Cuándo dijo eso?

—Hace una hora.

—Las autoridades todavía no han encontrado el helicóptero.

—No.

—Entonces ¿por qué está hablando como si yo estuviera muerta?

Nadie respondió.

Tomás deslizó hacia otra noticia.

El consejo de Alcázar Energía celebraría una reunión extraordinaria al día siguiente para nombrar a un director ejecutivo interino.

El candidato principal era Sebastián.

Valeria soltó una risa sin humor.

—Qué rápido.

Mateo vio entonces algo diferente en ella.

La mujer debilitada por tres noches en la montaña desapareció durante un instante.

En su lugar apareció la directora que había construido un imperio.

—Necesito un teléfono seguro.

Tomás se lo entregó.

Valeria marcó un número de memoria.

Una mujer contestó.

—¿Bueno?

—Inés.

Silencio.

Después se escuchó un jadeo.

—¿Valeria?

—No digas mi nombre.

—Dios mío. Nosotros pensamos…

—Escúchame. ¿Quién convocó la reunión?

—Sebastián.

—¿Y el acuerdo de Creel?

La respuesta tardó.

—Lo suspendieron.

—¿Quién tenía acceso a mi itinerario?

—Valeria…

—Contéstame.

—Sebastián, Arturo Cárdenas y tu jefe de seguridad.

Valeria miró a Mateo.

—¿Dónde está Ramírez?

Inés volvió a guardar silencio.

—Desapareció ayer.

Valeria apretó el teléfono.

—¿Qué significa desapareció?

—No contesta. Su esposa dice que salió de casa después de recibir una llamada.

Entonces Inés añadió algo que hizo que Valeria palideciera.

—Antes de desaparecer dejó un sobre para ti.

—¿Qué contiene?

—No lo sé. Está en mi oficina.

—No lo abras.

Un ruido llegó desde el otro lado.

Inés dejó de hablar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Valeria.

—Hay alguien entrando.

La llamada terminó.

Valeria intentó devolverla.

Nada.

Mateo tomó su chaqueta.

—Nos vamos.

—¿Adónde?

—A un lugar donde pueda recibir atención médica sin anunciar su nombre.

Tomás entendió.

—Conozco una clínica pequeña en Guachochi.

Mateo negó con la cabeza.

—Demasiado lejos.

—Entonces…

Un motor sonó en la distancia.

Los tres se quedaron inmóviles.

Lucía apareció desde la cocina.

—Papá.

Mateo apagó inmediatamente las luces.

El motor se acercaba.

No era un vehículo de rescate.

Él conocía perfectamente aquel sonido.

Una camioneta grande.

Después otra.

Tomás miró por una rendija de la cortina.

—Dos vehículos.

—¿Policía?

—No.

Valeria se incorporó pese al dolor.

—Nos encontraron.

Mateo miró a su hija.

Aquello cambió todo.

Abrió una tabla debajo del suelo y sacó una vieja mochila de emergencia.

—Lucía, ¿recuerdas el refugio de piedra?

La niña asintió.

—Ve allí con Tomás.

—No voy a dejarte.

—Lucía.

La forma en que pronunció su nombre bastó.

Tomás tomó a la niña de la mano.

Valeria intentó levantarse.

—Yo también voy.

—Con esa pierna no llegará cien metros.

—Entonces ellos llegarán hasta su hija por mi culpa.

Mateo la miró directamente.

—Hace seis años perdí a una persona porque llegué demasiado tarde.

Tomó su equipo.

—No pienso repetirlo.

Los motores se apagaron frente a la propiedad.

Se escucharon puertas.

Una.

Dos.

Tres.

Demasiadas personas.

Mateo ayudó a Valeria a entrar en un pequeño almacén oculto detrás de la despensa.

—No haga ruido.

—Mateo…

—Pase lo que pase, no salga.

Cerró el panel.

Segundos después alguien golpeó la puerta principal.

Mateo abrió.

Había cuatro hombres.

El primero llevaba una chaqueta oscura.

—Buscamos a una excursionista perdida.

—Aquí no hay excursionistas.

El hombre sonrió.

—Entonces no le importará que revisemos.

—Sí me importa.

La sonrisa desapareció.

—Señor Salgado, no queremos problemas.

Mateo sintió un escalofrío.

Nunca había dicho su nombre.

—¿Quiénes son ustedes?

El hombre metió una mano en el bolsillo.

Mateo tensó el cuerpo.

Pero antes de que pudiera sacar nada, una voz llegó desde detrás de las camionetas.

—Yo también quisiera escuchar esa respuesta.

Todos se volvieron.

Tomás estaba allí.

Pero ya no estaba solo.

Detrás de él había dos vehículos de la policía estatal.

Mateo soltó lentamente el aire.

Los desconocidos retrocedieron.

Uno corrió.

Los agentes reaccionaron inmediatamente.

En pocos segundos, el silencio de la montaña desapareció entre órdenes y movimiento.

Valeria salió del escondite cuando todo terminó.

Uno de los hombres detenidos la vio.

Su expresión confirmó que la reconocía.

—Pregúntenle quién lo envió —dijo ella.

El hombre sonrió.

—No necesita preguntarme nada.

Valeria se quedó quieta.

—¿Por qué?

Él levantó la mirada.

—Porque cuando regrese a Chihuahua, señora Alcázar, la persona que ordenó derribar su helicóptero estará sentada esperándola en su propia oficina.

Horas después, mientras Valeria era trasladada discretamente a una clínica protegida, Tomás recibió una llamada.

Habían localizado los restos del helicóptero siguiendo las coordenadas de Mateo.

Y habían encontrado algo.

No solo evidencia de una explosión.

También encontraron un segundo dispositivo que no había llegado a detonar.

Valeria pidió ver la fotografía.

En la carcasa aparecía un número de serie.

Lo reconoció inmediatamente.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre? —preguntó Mateo.

Valeria amplió la imagen.

—Ese componente pertenece a una división de seguridad industrial de Alcázar Energía.

Mateo comprendió la implicación.

El dispositivo que había intentado matarla había salido de su propia empresa.

Entonces llegó un mensaje al teléfono seguro de Valeria.

Número desconocido.

Una sola fotografía.

Lucía saliendo del colegio meses atrás.

Debajo había una frase:

«Mateo Salgado debió dejarte morir en la montaña. Ahora él también tiene algo que perder».

Valeria levantó los ojos hacia Mateo.

Y ambos comprendieron que el rescate había terminado.

La verdadera cacería acababa de comenzar.

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