PARTE 2: EL SECRETO QUE TERESA CALLÓ DURANTE DOCE AÑOS REVELÓ QUIÉN HABÍA PAGADO PARA BORRARLA DE LA VIDA DE ADRIÁN.

Teresa apretó el relicario con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Renata ya estaba junto a la puerta, pero no se marchó.

Quería ver cómo explotaba aquella última bomba.

Adrián miró a Teresa.

—¿Quién pagó para que desaparecieras?

Ella bajó los ojos.

—Su padre.

El silencio volvió a tragarse el salón.

Adrián tardó varios segundos en reaccionar.

—Mi padre murió hace cinco años.

—Lo sé.

—Entonces explícate.

Teresa respiró profundamente.

—Tres semanas después del trasplante, Ernesto Mendoza vino a buscarme al hospital.

Adrián quedó inmóvil.

Su padre había sido un hombre autoritario, obsesionado con el apellido familiar y con controlar cada aspecto de la vida de su único hijo.

Teresa continuó:

—Me ofreció dinero.

—¿Cuánto?

—Dos millones de pesos.

Varias personas murmuraron.

—No acepté.

Adrián frunció el ceño.

—¿Por qué quería pagarte?

—Para que nunca intentara conocerlo.

—Pero tú ya habías pedido permanecer anónima.

—Eso le dije.

Teresa levantó la mirada.

—Su padre respondió que no confiaba en la gratitud de los pobres. Creía que tarde o temprano aparecería para pedirle dinero, trabajo o alguna participación en sus empresas.

Adrián cerró los ojos.

Podía imaginar perfectamente a Ernesto diciendo aquello.

—¿Y después?

—Cuando rechacé el dinero, alguien comenzó a seguirme.

La sonrisa de Renata desapareció.

Teresa señaló el relicario.

—Yo estaba recién casada. Mi esposo, Gabriel, trabajaba como conductor. Empezaron a llamarlo. Le decían que yo había aceptado dinero de un hombre rico. Intentaron hacerle creer que tenía una relación con usted.

—¿Mi padre hizo eso?

—Nunca pude demostrarlo.

—Pero ocurrió algo más.

No era una pregunta.

Teresa asintió.

—Gabriel descubrió quién estaba detrás de las llamadas.

Su voz comenzó a temblar.

—Dijo que iba a enfrentarlo.

Aquella misma noche, Gabriel sufrió el accidente que años después Teresa siempre describiría simplemente como “un accidente de transporte”.

Pero ahora Adrián comprendía que había algo más.

—¿Estás diciendo que mi padre mató a tu esposo?

—No.

Teresa negó inmediatamente.

—Estoy diciendo que nunca me dejaron averiguar si realmente fue un accidente.

Adrián miró a Renata.

Ella retrocedió.

—¿Cómo sabías todo esto?

—Yo no sabía nada —respondió.

—Hace cinco minutos sabías que alguien había pagado para hacer desaparecer a Teresa.

Renata tragó saliva.

—Encontré unos documentos.

—¿Dónde?

No respondió.

Adrián avanzó.

—¿Dónde, Renata?

—En el despacho de tu padre.

—Ese despacho lleva cerrado cinco años.

—Mi padre tenía una llave.

La frase cambió por completo el ambiente.

Adrián conocía al padre de Renata.

Octavio Valdés.

Constructor.

Exsenador.

Y durante décadas, uno de los socios políticos más cercanos de Ernesto Mendoza.

—¿Qué hacía tu padre con una llave del despacho privado del mío?

Renata miró hacia la salida.

—Pregúntaselo a él.

Intentó marcharse.

Adrián habló sin levantar la voz.

—Nadie la detenga.

Renata se volvió, sorprendida.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Adrián sacó el teléfono.

—Porque si esos documentos existen, mañana mis abogados pedirán judicialmente acceso a todos los archivos relacionados con mi padre y con Octavio Valdés.

El rostro de Renata cambió.

Y Adrián lo vio.

Había acertado.

—No sabes lo que estás haciendo —susurró ella.

—Curiosamente, hoy es la segunda vez que alguien me dice eso.

Renata salió sin despedirse.

Los invitados comenzaron a marcharse poco después.

La fiesta había terminado.

Las flores holandesas seguían adornando las mesas.

La orquesta guardaba sus instrumentos.

Y sobre el suelo todavía permanecían pequeños fragmentos de la copa que Adrián había dejado caer.

Teresa pidió permiso para irse.

—No —dijo Adrián.

Ella se tensó.

Él rectificó inmediatamente.

—Perdón. No quería darte una orden. Solo… necesito pedirte algo.

—¿Qué?

Adrián miró el uniforme rasgado.

La vergüenza apareció en su rostro.

—Quédate unos minutos.

Mandó traer una chaqueta para que pudiera cubrirse.

Después se sentaron en la biblioteca.

Luciana se negó a separarse de Teresa.

—Papá —preguntó la niña—, ¿si Teresa no te hubiera ayudado, yo no tendría papá?

Adrián tardó en responder.

—Probablemente no.

Luciana abrazó todavía más fuerte a Teresa.

Adrián tuvo que mirar hacia otro lado.

—Durante doce años intenté encontrarte.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Recibí sus cartas.

Adrián levantó la cabeza.

—El hospital dijo que nunca respondiste.

Teresa abrió el relicario y sacó la pequeña fotografía.

Detrás había un diminuto papel doblado.

—Respondí tres veces.

Adrián lo tomó.

Era una copia amarillenta de una carta.

“Señor Mendoza: no me debe nada. Si algún día quiere agradecerme, cuide bien de su hija y ayude a alguien que no pueda devolverle el favor.”

Adrián reconoció inmediatamente la fecha.

Once años atrás.

—Nunca recibí esto.

—Porque alguien interceptaba nuestra correspondencia.

Aquello significaba que Ernesto Mendoza no se había limitado a ofrecer dinero.

Había construido una barrera alrededor de ambos.

Adrián se levantó.

—Mañana revisaré todos los archivos de mi padre.

Teresa también se puso de pie.

—No debería.

—¿Por qué?

—Porque Gabriel revisó algo antes de morir.

Adrián se quedó quieto.

—¿Qué encontró?

—Nunca me lo dijo completo. Solo mencionó una palabra.

—¿Cuál?

—Proyecto Aurora.

Adrián palideció.

Teresa lo notó.

—¿Lo conoce?

—No debería conocerlo.

Fue hasta una estantería y abrió un pequeño compartimento oculto detrás de varios libros.

Sacó una carpeta.

En la portada aparecían exactamente las mismas palabras.

PROYECTO AURORA. CONFIDENCIAL.

—Mi padre me hizo firmar esto cuando tenía veintisiete años —dijo—. Me aseguró que era una estructura financiera creada para proteger los hospitales durante mi enfermedad.

Abrió la carpeta.

Las primeras páginas eran contratos.

Después aparecían nombres.

Fundaciones.

Clínicas.

Pagos.

Teresa se acercó.

De pronto dejó de respirar.

—Ese nombre.

Señaló una de las hojas.

Adrián leyó.

Gabriel Ramírez.

Junto al nombre figuraba una transferencia realizada dos días antes del accidente.

Ochocientos mil pesos.

—Gabriel nunca recibió ese dinero —dijo Teresa.

Adrián pasó rápidamente a la página siguiente.

Entonces encontró otro nombre.

Teresa Ramírez.

Y debajo:

“Compensación final autorizada: 2.000.000 MXN.”

—Yo tampoco recibí eso.

Adrián siguió pasando páginas.

Había millones transferidos durante años a personas relacionadas con pacientes, donantes y contratos hospitalarios.

—Esto no era una estructura para proteger mis empresas.

Tomó el teléfono.

—Voy a llamar a mi abogado.

Teresa cerró la carpeta de golpe.

—Espere.

Dentro de la contraportada había algo pegado.

Un pequeño sobre.

Adrián lo arrancó cuidadosamente.

En el exterior estaba escrito:

PARA ADRIÁN. SOLO SI ERNESTO MUERE.

Reconoció la letra de su padre.

Abrió el sobre.

Había una llave y una nota.

Adrián comenzó a leer.

Su rostro perdió lentamente el color.

—¿Qué dice? —preguntó Teresa.

Él no respondió.

—Señor Mendoza.

Finalmente levantó la mirada.

—Dice que el Proyecto Aurora nunca fue creado para protegerme después de la leucemia.

Miró a su hija.

Después a Teresa.

—Fue creado seis meses antes de que yo enfermara.

Teresa sintió un escalofrío.

Adrián continuó leyendo.

Entonces se detuvo.

En la última línea, Ernesto Mendoza había escrito una dirección.

Y debajo, una advertencia:

“SI ALGÚN DÍA ENCUENTRAS A LA DONANTE, NO LE DIGAS QUIÉN ERA REALMENTE GABRIEL RAMÍREZ HASTA ABRIR LA CAJA.”

Teresa le arrancó la nota de las manos.

—¿Qué significa eso?

Antes de que Adrián pudiera responder, su teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Una fotografía tomada desde fuera de la mansión mostraba a Teresa, Adrián y Luciana dentro de la biblioteca.

La imagen acababa de ser tomada.

Debajo solo había una frase:

“ERNESTO MENDOZA NO FUE QUIEN ORDENÓ EL ACCIDENTE DE GABRIEL.”

Llegó un segundo mensaje.

“PREGÚNTELE A OCTAVIO VALDÉS POR QUÉ SU HIJA RENATA SABÍA QUE TERESA SEGUÍA VIVA.”

Y entonces las luces de toda la mansión se apagaron.

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