PARTE 2: LA CENA QUE GABRIEL CREYÓ QUE PAGARÍA YO TERMINÓ SIENDO LA DESPEDIDA DE MI ANTIGUA VIDA

El cumpleaños de Clara llegó tres días después.

Gabriel pasó toda la mañana comportándose como si la cena fuera también una celebración de nuestro futuro.

—Cuando volvamos a la ciudad, primero solucionaremos el trabajo de Clara —me recordó—. Después hablaremos de nuestra boda.

—Claro —respondí.

No mentía.

Él volvería.

Yo también.

Simplemente no volveríamos juntos.

A las seis llegaron los maestros, el director de la escuela y varios responsables del programa de jóvenes voluntarios.

Clara estrenó un vestido.

Gabriel incluso consiguió flores.

Entonces apareció el pastel enviado desde la ciudad.

Era enorme.

Clara juntó las manos emocionada.

—Emma, sabía que al final serías buena conmigo.

Sonreí.

—Disfrútalo.

Comieron, bebieron y brindaron.

Gabriel contó delante de todos que pronto regresaríamos los tres a la ciudad.

—Emma ayudará a Clara con su traslado —anunció—. Después nuestras familias hablarán del matrimonio.

Varias personas me felicitaron.

Yo levanté mi vaso.

—Precisamente quiero anunciar algo.

Gabriel sonrió.

Creyó que iba a confirmar nuestra boda.

Saqué la libreta.

—La cena costó sesenta y ocho yuanes. El pastel, veinticuatro. Transporte, seis. Decoración y bebidas adicionales, doce.

Clara dejó lentamente los palillos.

—Hermana Emma…

—Ciento diez en total.

Miré a Gabriel.

—Yo adelanté el dinero. Consideren esto mi último regalo para ustedes.

Su sonrisa desapareció.

—¿Último?

Saqué de mi bolso el boleto.

—Mañana regreso a la ciudad.

—Ya lo sé. Nosotros iremos contigo.

—No.

El salón quedó en silencio.

—Yo regreso sola.

Gabriel se levantó.

—¿Qué tontería estás diciendo?

—La plaza de Clara tendrás que conseguirla tú. La boda que estabas planeando conmigo tampoco ocurrirá.

Clara palideció.

—¿Estás enfadada por el dinero?

Negué.

—El dinero es lo menos importante.

Gabriel se acercó.

—Emma, deja de hacer escenas delante de todos.

En mi vida anterior, esas palabras me habrían hecho retroceder.

Esta vez cerré la libreta.

—Gabriel, tú dijiste que no regresarías conmigo si Clara no podía ir. Yo acepté tu decisión. ¿Qué escena estoy haciendo?

No pudo responder.

—También dijiste que todavía no querías casarte. Lo respeté.

—Eso no significa que puedas terminar conmigo.

Casi me reí.

—¿Necesito tu permiso?

El director de la escuela bajó la mirada para ocultar su incomodidad.

Clara empezó a llorar.

—Todo esto es por mí. Me iré. No quiero destruirlos.

Gabriel inmediatamente se volvió hacia ella.

—No digas eso.

Incluso en ese momento eligió consolarla primero.

Perfecto.

Ya no necesitaba ninguna otra confirmación.

Me levanté.

—Feliz cumpleaños, Clara.

Y me marché.

A la mañana siguiente, Gabriel apareció en la estación.

—Emma.

Me agarró de la maleta.

—Ya basta. Cuando lleguemos a la ciudad hablaremos.

Aparté su mano.

—Tú no vienes conmigo.

—¿Qué?

—Mi traslado ya fue aprobado. El tuyo no.

Su expresión se congeló.

Durante semanas había supuesto que mis padres moverían contactos para regresar a los tres.

Nunca se le ocurrió que yo únicamente hubiera solicitado mi propia transferencia.

—¿Y Clara?

—Tampoco.

—¡Pero prometiste ayudarla!

—No. Ustedes decidieron que yo lo haría.

El tren llegó.

Gabriel me siguió hasta la puerta.

—Emma, si subes ahora, no iré detrás de ti.

Lo miré por última vez.

—Eso espero.

Subí.

Por primera vez, cuando el tren comenzó a moverse, no lloré mirando el andén.

Sentí libertad.

Daniel Foster me esperaba en la estación de la ciudad.

Llevaba un abrigo oscuro y sostenía un pequeño ramo.

No corrió hacia mí.

No intentó abrazarme.

Solo tomó mi maleta.

—Bienvenida a casa, Emma.

Esas cuatro palabras casi consiguieron romperme.

Mis padres organizaron nuestra reunión formal una semana después.

Le conté a Daniel todo sobre Gabriel.

No oculté nada.

—Si quieres cancelar el compromiso, lo entenderé.

Daniel permaneció en silencio.

Después dijo:

—Emma, no quiero que te cases conmigo para pagar una deuda que yo todavía no he hecho.

Lo miré sorprendida.

Él no sabía nada de mi vida anterior.

—Si algún día aceptas casarte conmigo —continuó—, quiero que sea porque elegiste esta vida.

Por primera vez comprendí la diferencia.

Gabriel siempre me había pedido demostrar cuánto lo amaba.

Daniel me daba espacio para decidir si podía amarlo.

No nos casamos inmediatamente.

Pasaron meses.

Volví a estudiar.

Trabajé.

Conocí al Daniel adulto que mi vida anterior apenas me había permitido observar.

Y terminé enamorándome de él sin sacrificios, amenazas ni condiciones.

Cuando finalmente nos casamos, lo hice porque quería.

Un año después quedé embarazada.

Fue entonces cuando el destino volvió a llevarme al campo.

Daniel había sido asignado a inspeccionar un programa de apoyo para jóvenes voluntarios.

Yo lo acompañé.

Cuando bajé del automóvil, con cinco meses de embarazo, vi a Gabriel.

Seguía allí.

Clara también.

Ella había rechazado varias oportunidades locales porque continuaba esperando que Gabriel consiguiera llevarla a la ciudad.

Gabriel me reconoció.

Después vio a Daniel.

Finalmente, sus ojos bajaron hacia mi vientre.

Se quedó blanco.

—Emma…

Daniel se volvió hacia mí.

—¿Lo conoces?

—Sí. Un antiguo compañero.

Gabriel avanzó.

—¿Compañero?

Sus ojos se pusieron rojos.

—¿No habías prometido esperarme?

Lo miré durante varios segundos.

Entonces entendí algo casi triste.

Gabriel realmente había creído que podía mantenerme congelada en el mismo lugar mientras decidía cuándo elegirme.

—Tú me pediste que esperara mientras cuidabas a Clara.

—¡Porque ella no tenía a nadie!

—Y yo tenía una vida.

Señaló mi vientre.

—¿Entonces te casaste con él?

Daniel no intervino.

No necesitaba defenderme.

—Sí.

—¿Y estás embarazada?

—Sí.

Gabriel tragó saliva.

—Emma, yo pensaba volver por ti.

Negué lentamente.

—Ese fue siempre tu problema, Gabriel. Pensabas que yo estaría donde me dejaras.

Clara apareció detrás de él.

Por primera vez no parecía victoriosa.

Parecía cansada.

Gabriel miró a Daniel, luego mi vientre y finalmente mi rostro.

—¿Alguna vez me quisiste?

—Muchísimo.

Aquello pareció dolerle todavía más.

—Entonces ¿cómo pudiste olvidarme?

Tomé la mano de Daniel.

—No te olvidé. Aprendí de ti.

Subimos nuevamente al automóvil.

Antes de cerrar la puerta miré aquel pueblo donde, en otra vida, había perdido absolutamente todo por un hombre.

Esta vez me marchaba con mi esposo, nuestro hijo por nacer y mis padres esperándonos en casa.

Gabriel se quedó inmóvil en el camino.

Y comprendió demasiado tarde que yo sí había cumplido una promesa.

Solo que no era la que le había hecho a él.

Era la que me había hecho a mí misma:

si la vida me daba una segunda oportunidad, nunca volvería a abandonar a quienes me amaban por perseguir a quien siempre me pedía esperar.

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