PARTE 2: LA MAÑANA EN QUE ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE PODÍA PERDER LA PRESIDENCIA, SU IMPERIO Y EL SECRETO QUE LLEVABA AÑOS OCULTANDO SOBRE LA MUERTE DE MI MADRE.

—La presidencia quizá no.

Dejé el micrófono sobre el atril.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Después, el salón entero estalló en murmullos.

Adrián seguía frente a mí con el trofeo en una mano y el rostro completamente pálido.

Vanessa permanecía detrás de él, protegiéndose el vientre con una mano.

—Lucía —murmuró Adrián—. No sabes lo que estás haciendo.

—Precisamente por eso convoqué al consejo. Para que mañana puedas explicármelo.

Di media vuelta.

Él intentó sujetarme.

—No vas a irte después de humillarme así.

Antes de que pudiera tocarme, Tomás Beltrán apareció entre nosotros.

Mi abogado.

Y uno de los miembros independientes del consejo.

—La señora Mendoza puede irse cuando quiera.

Adrián lo miró con furia.

—¿Tú también estabas metido en esto?

Tomás ni siquiera parpadeó.

—Estoy metido en proteger los intereses de mi cliente.

—Yo sigo siendo presidente.

Hasta mañana a las nueve.

Fue entonces cuando vi algo que jamás había visto en siete años de matrimonio.

Miedo.

No rabia.

No orgullo herido.

Miedo verdadero.

Salí del salón sin mirar atrás.

A la mañana siguiente entré en la sede del Grupo Rivera a las ocho cincuenta y cinco.

Había periodistas frente al edificio.

Las fotografías de la gala estaban en todos los medios.

“ESCÁNDALO EN EL GRUPO RIVERA.”

“LA ESPOSA DEL EMPRESARIO DEL AÑO REVELA SU INFIDELIDAD EN DIRECTO.”

“¿PELIGRA LA PRESIDENCIA DE ADRIÁN RIVERA?”

No leí ninguno.

Subí directamente al piso treinta y ocho.

Cuando entré en la sala del consejo, Adrián ya estaba allí.

No parecía haber dormido.

—Qué puntual —dijo.

Me senté frente a él.

—Siempre lo fui. Tú simplemente estabas demasiado ocupado para darte cuenta.

A las nueve cerraron las puertas.

Doce miembros del consejo ocuparon sus lugares.

Adrián tomó la palabra inmediatamente.

—Lo ocurrido anoche fue un conflicto matrimonial convertido irresponsablemente en un espectáculo público. Mi vida privada no afecta mi capacidad para dirigir esta compañía.

—Estoy de acuerdo —respondí.

Él frunció el ceño.

No esperaba aquella respuesta.

Abrí la carpeta que tenía delante.

Por eso no solicité esta reunión porque te acostaras con Vanessa.

Varios consejeros intercambiaron miradas.

Adrián apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces terminemos con esta farsa.

—La solicité porque utilizaste dinero de la empresa para financiar esa relación.

El silencio fue inmediato.

Pulsé el control.

En la pantalla apareció una factura.

Apartamento residencial.

Después otra.

Viajes.

Hoteles.

Joyas.

Cenas privadas.

Y finalmente un contrato de consultoría firmado con una sociedad vinculada directamente a Vanessa.

—Cuatrocientos ochenta mil dólares en seis meses —dije—. Todo registrado como gastos corporativos.

Uno de los consejeros se quitó lentamente las gafas.

—Adrián, ¿esto es auténtico?

—Cada operación puede justificarse.

—Perfecto.

Saqué otra carpeta.

—Entonces te alegrará saber que Contabilidad ya entregó los documentos originales a los auditores externos.

Adrián me miró fijamente.

—¿Quién te dio acceso?

—Soy la accionista mayoritaria.

—Tener el cuarenta y uno por ciento no te permite intervenir en operaciones ejecutivas.

Tomás habló desde mi izquierda.

—Pero sí permite solicitar una auditoría extraordinaria cuando existen indicios de uso indebido de activos.

Adrián golpeó la mesa.

—¡Basta!

Nadie habló.

Él respiró profundamente.

Después volvió a sentarse.

Y sonrió.

Aquella sonrisa me inquietó más que sus gritos.

La conocía demasiado bien.

Era la expresión que utilizaba cuando creía haber preparado el último movimiento.

—Muy bien, Lucía. Hablemos entonces de acciones.

Sacó una carpeta negra.

La colocó sobre la mesa.

—Porque existe un pequeño problema.

Empujó un documento hacia mí.

Tu famoso cuarenta y uno por ciento ya no existe.

Tomás se inclinó inmediatamente.

Tomé el papel.

Era un acuerdo de transferencia.

Según aquel documento, cuatro meses antes yo había cedido un veintidós por ciento de mis acciones a Rivera Capital Holdings.

Abajo estaba mi firma.

Perfecta.

También había un sello notarial.

Una certificación electrónica.

Y un número de registro mercantil.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—Nunca firmé esto.

Adrián cruzó los brazos.

—Sí lo hiciste.

—No.

—Hace cuatro meses. Durante la reorganización patrimonial.

Recordé aquella noche.

Adrián había llegado a casa con una montaña de documentos.

Me dijo que eran modificaciones fiscales.

Yo había firmado varios.

Pero no aquello.

Jamás habría cedido el control de las acciones que mi padre me entregó antes de nuestra boda.

—Falsificaste mi firma.

Su sonrisa desapareció.

—Ten mucho cuidado con lo que dices.

Uno de los consejeros examinó el documento.

—La transferencia aparece registrada.

Otro añadió:

—Y está notariada.

Tomás me susurró:

—No digas nada más.

La votación quedó suspendida hasta verificar la titularidad de las acciones.

Adrián había ganado tiempo.

Pero cuando salíamos, se acercó a mí.

—Pudiste haber aceptado el divorcio tranquilamente.

Lo miré.

—¿Desde cuándo preparabas esto?

—No sabes de qué hablas.

—Vanessa lleva tres meses en la empresa. La transferencia ocurrió hace cuatro.

Por primera vez vaciló.

Solo un segundo.

Pero lo vi.

—Esto empezó antes que Vanessa —dije.

Adrián acercó el rostro al mío.

Hay cosas de esta familia que nunca entendiste, Lucía. Déjalas enterradas.

—¿Es una amenaza?

—Es un consejo.

Se marchó.

Tomás y yo bajamos por el ascensor privado.

—Necesitamos revisar la notaría, los registros y cada documento que firmaste durante los últimos doce meses —dijo.

—¿Puede haber falsificado todo?

—Una firma, sí. Pero una operación registrada con certificación notarial requiere más personas.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

“Señora Mendoza, no confíe en nadie del consejo.”

Después llegó una fotografía.

La abrí.

Adrián salía de una notaría.

La fecha era exactamente cuatro meses atrás.

Vanessa caminaba junto a él.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Entonces ya estaban juntos.

—Mira detrás —dijo Tomás.

Amplié la fotografía.

Había una tercera persona.

Un hombre mayor con traje oscuro.

Reconocí inmediatamente su cabello gris.

Sus hombros ligeramente inclinados.

La cicatriz junto a la ceja izquierda.

Se me cayó el teléfono sobre las piernas.

—No puede ser.

—¿Quién es?

Lo miré.

Mi padre.

Tomás guardó silencio.

Mi padre había fundado el Grupo Rivera junto con mi madre treinta años atrás.

También había sido quien me entregó personalmente aquel cuarenta y uno por ciento.

Y llevaba casi dos años negándose siquiera a sentarse en la misma mesa que Adrián.

Llegó otro mensaje.

“Su padre no fue allí para ayudar a Adrián.”

“Descubrió la transferencia.”

“Intentó detenerla.”

“Por eso lo apartaron.”

El corazón comenzó a golpearme contra el pecho.

Mi padre llevaba seis semanas en Suiza.

Supuestamente recuperándose de una operación cardíaca.

Marqué su número.

Fuera de servicio.

Llamé a su asistente.

Nada.

Llamé al hospital de Zúrich donde supuestamente estaba ingresado.

Tomás me observó mientras esperaba.

Una mujer respondió en inglés.

Le di el nombre completo de mi padre.

Esperé.

Treinta segundos.

Después escuché:

—Lo siento, señora. No tenemos ningún paciente registrado con ese nombre.

Colgué.

Ya no podía sentir las manos.

—Mi padre nunca estuvo allí.

Mi teléfono vibró nuevamente.

Esta vez era un archivo de vídeo.

Duración: cuarenta y siete segundos.

Lo reproduje.

Mi padre apareció sentado frente a una cámara.

Estaba pálido.

Cansado.

Miraba continuamente hacia una puerta situada fuera del encuadre.

—Lucía, si estás viendo esto significa que no conseguí detenerlo.

Sentí que se me cerraba la garganta.

Mi padre levantó una carpeta roja.

—Tu cuarenta y uno por ciento es solo una parte de lo que Adrián busca.

Tomás se acercó.

—Hay algo debajo del Grupo Rivera que nunca te contamos. Algo que pertenecía a tu madre.

Mi respiración se detuvo.

Mi madre había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

Oficialmente, por un accidente.

Mi padre continuó:

—Cometí el error de guardar silencio durante demasiado tiempo. Pensé que así te protegía.

Se oyó un ruido detrás de él.

Mi padre miró hacia la puerta.

—Si Adrián encuentra primero los documentos originales…

La puerta se abrió.

La grabación terminó.

—¿Qué documentos? —susurré.

Entonces sonó mi teléfono.

Adrián.

Contesté inmediatamente.

—¿Dónde está mi padre?

Silencio.

—Lucía…

—¿Dónde está?

—Escúchame con atención. Vuelve a casa.

—No.

Su respiración cambió.

Ya no parecía enfadado.

Parecía desesperado.

—No vayas a buscarlo.

—Dime dónde está.

—Y si encuentras una carpeta roja, no la abras.

Miré a Tomás.

Él también estaba escuchando.

—¿Por qué?

Adrián guardó silencio durante varios segundos.

Después dijo algo que convirtió toda aquella infidelidad, el embarazo de Vanessa y la guerra por la empresa en problemas insignificantes.

—Porque si descubres lo que contiene, ya no estaremos hablando de nuestro divorcio ni de quién controla el Grupo Rivera.

Apreté el teléfono.

—Entonces ¿de qué estaremos hablando?

Su voz llegó apenas como un susurro.

De por qué tu madre realmente murió hace diecisiete años.

Y colgó.

En ese mismo instante llegó un último mensaje del número desconocido.

Solo contenía una dirección.

Debajo había seis palabras:

“SU PADRE SIGUE VIVO. VENGA SOLA.”

Levanté la vista hacia Tomás.

Pero antes de poder mostrarle la pantalla, vi algo reflejado en la ventanilla del coche.

Tomás estaba escribiendo rápidamente un mensaje en su teléfono.

Solo alcancé a leer el destinatario.

Adrián Rivera.

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