—Deberíamos establecer algunas reglas sobre este matrimonio.
Niko dejó la chaqueta sobre una silla.
Yo seguía junto a la cama, con las manos entrelazadas para que no notara cuánto me temblaban.
—Primera regla —continuó—: no me interesa controlar tu vida social. Puedes asistir a fiestas, comprar lo que quieras y aparecer en todas las columnas de sociedad que te diviertan.
Lo miré fijamente.
—Qué generoso.
Ignoró mi sarcasmo.
—Pero nunca llevarás un escándalo a esta casa.
Entonces comprendí.
No estaba hablando conmigo.
Estaba hablando con la versión de mí que había construido a partir de fotografías y titulares.
La hija irresponsable de Arthur Shaw.
La universitaria que salía de clubes a las tres de la mañana.
La chica fotografiada junto a hombres diferentes cada semana.
—¿Y qué clase de escándalo esperas exactamente?
Niko me sostuvo la mirada.
—No voy a preguntarte cuántos hombres hubo antes de mí.
Sentí que el rostro me ardía.
—Porque no te importa.
—Porque no es asunto mío.
—Pero ya decidiste que fueron muchos.
Por primera vez pareció incómodo.
Solo durante un instante.
—No necesito detalles.
Solté una risa seca.
—Claro que no.
Me giré hacia la ventana.
Manhattan brillaba debajo de nosotros.
Aquella ciudad había convertido mi vida en entretenimiento desde que tenía diecisiete años.
Si salía con Stella, fotografiaban al hombre que estuviera cerca.
Si abrazaba a un compañero de universidad, al día siguiente era mi “nuevo romance”.
Había aprendido a no desmentir nada.
Era más fácil permitir que todos creyeran lo peor.
Niko comenzó a desabrocharse los gemelos.
El pequeño sonido metálico consiguió que todo mi valor desapareciera.
Él lo notó.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Estás temblando otra vez.
—Ya te dije que tengo frío.
Esta vez no hizo ningún comentario sarcástico.
Se acercó.
Yo retrocedí automáticamente.
La parte posterior de mis piernas chocó contra el colchón.
Niko se detuvo.
Su expresión cambió.
—¿Te doy miedo?
—No.
—Mientes fatal.
—Y tú juzgas demasiado rápido.
Intenté pasar junto a él.
No me bloqueó.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
—Puedes dormir aquí —dijo—. Yo utilizaré otra habitación.
Lo miré sorprendida.
—¿Qué?
—No voy a obligarte a compartir una cama conmigo.
Toda la tensión acumulada durante dos días salió de golpe.
—¿Porque prefieres esperar a que tu esposa fiestera se acostumbre?
Sus cejas se juntaron.
—No he dicho eso.
—No necesitabas hacerlo.
—Claire…
—Nunca he estado con nadie.
El silencio fue absoluto.
Niko dejó de moverse.
Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre que parecía tener una respuesta preparada para todo se quedó sin palabras.
—¿Qué has dicho?
Sentí humillación inmediatamente.
—Olvídalo.
—Claire.
—He dicho que lo olvides.
Intenté alejarme.
—Espera.
Su voz ya no contenía desprecio.
Me detuve.
Niko me estudió como si estuviera reorganizando cada información que tenía sobre mí.
—¿Nunca?
Negué lentamente.
—Nunca.
—Pero las fotografías…
Me reí sin humor.
—Ahí está.
—No pretendía…
—¿Sabes qué tenían en común casi todos esos hombres?
No respondió.
—Eran compañeros de universidad, amigos de Stella o hijos de personas que conocían a mi padre. Nunca preguntaste. Simplemente decidiste quién era yo.

Niko bajó la mirada.
Y algo inesperado ocurrió.
—Tienes razón.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Te juzgué.
Aquello me desconcertó más que una discusión.
—No esperaba que lo admitieras.
—No acostumbro a repetir un error después de reconocerlo.
Recogió su chaqueta.
Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—Nadie entrará aquí sin tu permiso. Hay seguridad afuera. La puerta puede cerrarse desde dentro.
—¿Y tú?
Niko me miró.
—Especialmente yo.
Cerró la puerta detrás de él.
Me senté lentamente sobre la cama.
Mi esposo era un Santoro.
Un hombre al que media ciudad temía.
Y acababa de mostrarme más respeto en cinco minutos que mi propio padre durante toda aquella semana.
Eso me inquietó.
Porque significaba que quizá me había equivocado sobre quién era realmente el hombre peligroso de aquella boda.
A las dos y diecisiete de la madrugada desperté sobresaltada.
Alguien discutía en el pasillo.
Reconocí la voz de Niko.
—¿Cuándo?
Otra voz respondió demasiado bajo.
Me acerqué a la puerta.
—Hace aproximadamente veinte minutos.
—¿Y Shaw?
Silencio.
Después Niko preguntó:
—¿Arthur sabía que estaban siguiéndola?
Mi corazón dio un vuelco.
Abrí la puerta.
Dos hombres vestidos de negro estaban frente a Niko.
Los tres se volvieron hacia mí.
—¿Quién me estaba siguiendo?
Niko hizo un gesto y los hombres se alejaron.
—Vuelve dentro.
—No.
—Claire.
—Acabas de mencionar a mi padre y preguntaste si alguien me estaba siguiendo.
Niko permaneció callado.
—Quiero saber qué está pasando.
—Tu padre debería habértelo explicado antes de entregarte a esta familia.
Aquellas palabras me helaron.
—¿Entregarme?
Niko cerró los ojos un segundo.
Como si acabara de decir demasiado.
—Ven conmigo.
Me condujo hasta su despacho.
Sobre el escritorio había una carpeta gruesa.
La abrió.
Dentro había fotografías mías.
Decenas.
Saliendo de la universidad.
Entrando en mi apartamento.
Comprando café.
Corriendo por Central Park.
Algunas tenían meses de antigüedad.
Otras años.
—¿Me investigaste?
—Yo no.
Sacó una fotografía.
En ella aparecía yo a los diecinueve años saliendo de una biblioteca.
—Esto fue tomado mucho antes de que mi familia hablara de matrimonio con Arthur.
Sentí náuseas.
—Entonces ¿quién?
—Eso estoy intentando averiguar.
—¿Por eso te casaste conmigo?
Niko no respondió inmediatamente.
Y aquel silencio fue suficiente.
—Dímelo.
—Hace seis meses alguien comenzó a presionar a tu padre.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y el matrimonio?
Niko apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Tu padre pidió protección.
Me quedé inmóvil.
—Eso es imposible.
—Ofreció algo a cambio.
Ya sabía la respuesta.
Aun así pregunté:
—¿Qué?
Sus ojos encontraron los míos.
—A ti.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Entonces tenía razón. Me vendió.
—No.
—¿Cómo llamas a esto?
—Un hombre desesperado intentando mantener viva a su hija.
La habitación quedó en silencio.
—¿Mantenerme viva?
Niko abrió otra sección de la carpeta.
Había tres fotografías.
Mi coche.
Mi apartamento.
La entrada de mi facultad.
En cada imagen aparecía marcado un hombre diferente.
—Los identificamos esta tarde —dijo—. Los tres pertenecen a la misma organización.
—¿Qué organización?
Niko cerró la carpeta.
—Una que tu padre ayudó a investigar hace dieciocho años cuando todavía era fiscal federal.
Retrocedí.
Yo conocía aquella época.
Mi madre había muerto entonces.
Oficialmente en un accidente automovilístico.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
Antes de que Niko respondiera, llamaron violentamente a la puerta.
Uno de sus hombres entró.
—Tenemos un problema.
—Habla.
El hombre me miró.
—Es sobre Arthur Shaw.
Saqué inmediatamente el teléfono.
Tenía siete llamadas perdidas de mi padre.
Y un mensaje de voz.
Pulsé reproducir.
La voz de papá llenó el despacho.
Sonaba agitada.
—Claire, perdóname. Debí contártelo antes de la boda. Los Santoro no son quienes deben darte miedo.
Miré a Niko.
Mi padre continuó:
—Hay una razón por la que aceptaron protegerte. Tu madre no murió en aquel accidente. Y las personas que la mataron creen que antes de morir te entregó algo.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Niko me sujetó por el brazo antes de que cayera.
El mensaje continuó.
—No confíes en nadie que conozca tu segundo nombre. Nadie. Ni siquiera…
Se oyó un golpe.
La grabación terminó.
—¿Dónde está mi padre?
El hombre de Niko bajó la mirada.
—Su casa está vacía.
—¿Vacía?
—La seguridad desapareció. Las cámaras fueron desconectadas.
Niko tomó su teléfono.
—Cierren el edificio.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Nadie respondió.
Entonces el hombre colocó una pequeña bolsa transparente sobre el escritorio.
Dentro había una fotografía antigua.
Mi madre sostenía a una niña de aproximadamente dos años.
A mí.
En la parte posterior alguien había escrito una frase.
Niko la leyó.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué dice?
Intentó guardar la fotografía.
Se la arrebaté.
La letra era de mi madre.
“Si alguna vez vienen por Claire Elizabeth, Arthur sabe dónde está la llave.”
Levanté lentamente la cabeza.
Niko me observaba de una manera completamente diferente.
—¿Cómo te llamas legalmente?
—Claire Elizabeth Shaw.
Niko retrocedió.
—No puede ser.
—¿Qué?
Pero él ya estaba buscando algo dentro de la carpeta.
Sacó un documento amarillento.
Leyó una línea.
Después otra.
—Niko, dime qué está pasando.
Finalmente levantó los ojos.
—Claire Elizabeth Shaw murió hace dieciocho años.
Se me cortó la respiración.
—Eso es absurdo.
Niko giró el documento hacia mí.
Era un certificado de defunción.
Nombre:
Claire Elizabeth Shaw.
Edad:
Dos años.
Fecha:
Exactamente tres días después de la supuesta muerte de mi madre.
Y debajo, donde debería aparecer el nombre del padre, había otro apellido.
No Shaw.
Santoro.