Zhou Jiancheng tardó varios segundos en reaccionar.
Después apareció una sonrisa forzada.
—Rectora Lin, seguramente existe algún malentendido.
—Perfecto —respondí—. Entonces será fácil aclararlo.
Miré las cámaras de seguridad sobre la entrada.
—Laura, preserva las grabaciones de los últimos treinta minutos. Que nadie pueda borrarlas.
Jiang Mingzhu palideció.
—¡Tío!
Zhou se acercó inmediatamente a ella.
—Mingzhu es joven. Quizá se dejó llevar por la emoción del primer día.
—Tiene diecinueve años, no cinco.
La multitud guardó silencio.
—Y una donación de treinta millones no compra el derecho de humillar ni agredir a otros estudiantes.
El rostro de Zhou se endureció.
—La familia Jiang es uno de nuestros principales benefactores.
—Precisamente por eso debemos evitar que alguien crea que compró la universidad.
Me volví hacia Laura.
—Convoca al comité disciplinario. Y entrega el dossier de los contratos a Auditoría Interna.
Zhou perdió definitivamente la sonrisa.
—¿Qué dossier?
Saqué la carpeta que llevaba en mi bolso.
—Los contratos adjudicados a Golden Campus Catering, Jiancheng Construction y Bright Residence Services.
Su rostro se volvió blanco.
—No sé de qué está hablando.
—Qué extraño.
Abrí una página.
—Golden Campus pertenece a su cuñado. Jiancheng Construction está registrada a nombre de su primo. Y Bright Residence transfirió dinero durante dieciocho meses a una cuenta controlada por su esposa.
La multitud explotó en murmullos.
Zhou dio un paso hacia mí.
—Rectora Lin, esto debería discutirse en privado.
—Estoy de acuerdo.
Cerré la carpeta.
—La investigación será privada. Las consecuencias, si se prueban los hechos, no.
Entonces entré al auditorio.
Quince minutos después subí al escenario todavía con el mismo vestido.
Mi teléfono roto permanecía sobre el atril.
No lo escondí.
—Una universidad —comencé— no existe para enseñar a los jóvenes cuánto poder poseen sus familias.
El auditorio quedó inmóvil.
—Existe para enseñarles qué clase de personas serán cuando ese poder deje de protegerlos.
En las primeras filas, Jiang Mingzhu tenía los ojos clavados en el suelo.
Continué:
—Desde hoy, ninguna donación, apellido o relación familiar colocará a un estudiante por encima del reglamento.
Los aplausos comenzaron tímidamente.
Luego crecieron.
Pero aquella mañana apenas había abierto la primera puerta.
La auditoría encontró mucho más de lo esperado.
Durante cuatro años, Zhou había manipulado licitaciones, inflado presupuestos de remodelación y favorecido empresas relacionadas con familiares.
El daño económico era enorme.
Peor todavía: encontramos denuncias estudiantiles archivadas sin investigación.
Quejas por comida en mal estado.
Problemas de seguridad en dormitorios.
Reportes contra estudiantes influyentes.
Todo terminaba en la misma oficina.
La de Zhou.
Tres días después, el consejo lo suspendió.
Una semana más tarde, entregamos la documentación a las autoridades correspondientes.
Pero Jiang Mingzhu todavía creía que su familia podía salvarla.
Su padre apareció personalmente en mi despacho.
Entró acompañado por dos abogados.
—Doctora Lin, vayamos directamente al punto.
Colocó una carpeta frente a mí.
—Nuestra familia está considerando ampliar su aportación a cincuenta millones.
No toqué la carpeta.
—¿Y qué espera a cambio?
Sonrió.
—No exageremos un conflicto entre muchachas.
—Su hija destruyó mi teléfono, intentó golpearme y ordenó a dos hombres que me sujetaran.
Su sonrisa desapareció.
—Mingzhu puede disculparse.
—Eso será considerado por el comité junto con las demás pruebas.
El señor Jiang se inclinó hacia mí.
—Las universidades necesitan dinero.
—Sí.
—Entonces debería comprender quiénes son sus amigos.
Sonreí.
—Y usted debería comprender que acaba de intentar condicionar una donación a un procedimiento disciplinario.
Uno de sus abogados cerró los ojos.
El señor Jiang comprendió demasiado tarde.
Laura estaba sentada al otro extremo de la sala levantando acta oficial de la reunión.
Se marchó sin despedirse.
El comité resolvió el caso dos semanas después.
Jiang Mingzhu no fue expulsada.
Aquello sorprendió a todos.

Recibió una suspensión temporal, perdió determinados privilegios y quedó sometida a un periodo estricto de conducta.
Cuando vino a mi oficina, estaba furiosa.
—¿Por qué no me expulsó?
—Porque expulsarte habría sido fácil.
Me miró desconcertada.
—Entonces ¿qué quiere?
—Que estudies aquí sin que tu tío arregle tus problemas, sin guardaespaldas intimidando estudiantes y sin que el dinero de tu padre compre consecuencias diferentes.
Se quedó callada.
Entonces señalé su vestido.
—Y otra cosa.
Mingzhu bajó la mirada.
—¿Qué?
—El mío sí es de Anna Laurent.
Sus mejillas se encendieron.
No pude evitar sonreír.
—Pero eso tampoco importa. Aquí un vestido auténtico no hace auténtica a una persona.
Por primera vez, no respondió con arrogancia.
Meses después ocurrió algo inesperado.
Mingzhu apareció en mi despacho con unos documentos.
Había descubierto que una empresa relacionada con su propio padre estaba intentando participar, mediante intermediarios, en una nueva licitación universitaria.
—Pensé que debía saberlo —dijo.
Tomé los documentos.
—¿Por qué me los entregas?
Se quedó mirando el suelo.
—Porque si quiero que algún día la gente deje de pensar que todo lo consigo por mi apellido, quizá tenga que empezar dejando de utilizarlo.
No la felicité.
Simplemente dije:
—Eso sería un comienzo.
Al terminar el primer semestre, volví a cruzar la entrada donde nos habíamos conocido.
Había cientos de estudiantes.
Nadie bloqueaba el camino.
Nadie exigía privilegios.
Laura caminaba a mi lado cuando preguntó:
—Doctora Lin, ¿se arrepiente de haber aceptado este puesto?
Pensé en Zhou.
En los contratos.
En las denuncias recuperadas.
Y en aquella muchacha que había intentado obligarme a quitarme un vestido porque creyó que el dinero de su familia convertía cualquier capricho en una orden.
—No.
Seguí caminando.
—Las universidades existen para enseñar.
Laura sonrió.
—¿Incluso a Jiang Mingzhu?
Miré hacia las escaleras.
Mingzhu estaba allí.
Vestía unos jeans sencillos y discutía un trabajo con otros estudiantes.
Esta vez nadie cargaba sus cosas.
Nadie abría camino para ella.
Y ella parecía perfectamente capaz de sobrevivir.
—Especialmente a personas como ella —respondí.
Porque mi primera lección como rectora nunca apareció en ningún programa académico:
el dinero puede comprar edificios, becas e incluso un vestido casi perfecto.
Pero jamás debería comprar el derecho a estar por encima de los demás.