Julian no aplaudió.
Mientras yo subía los escalones del escenario, vi desaparecer de su rostro aquella seguridad que había llevado durante años como una segunda piel.
Malcolm me estrechó la mano.
—Bienvenida a Aurelia Systems, Audrey.
Los aplausos comenzaron lentamente.
Después llenaron el salón.
Miré a los cientos de empleados que no sabían que seis semanas antes Aurelia había estado a días de incumplir una obligación bancaria capaz de hundirla.
—Northstar no compró esta empresa para desmantelarla —dije al micrófono—. La compramos porque creemos que todavía merece un futuro.
Algunas personas volvieron a aplaudir.
—Y ningún empleado perderá su trabajo como consecuencia de esta adquisición.
Esta vez el aplauso fue ensordecedor.
Julian seguía inmóvil.
Camilla ya se había apartado de él.
Cuando bajé del escenario, mi marido vino directamente hacia mí.
—¿Qué demonios acabas de hacer?
—Comprar una empresa.
—Mi empresa.
—No, Julian.
Lo miré.
—Ese parece ser tu problema esta noche. Confundes las cosas que utilizas con las cosas que te pertenecen.
Sus ojos bajaron hacia los pendientes de Camilla.
Ella se tocó una oreja instintivamente.
—Audrey —dijo—, puedo explicarte esto.
—Los pendientes primero.
—¿Qué?
—Son míos.
Camilla miró a Julian.
Él no la defendió.
Se quitó los pendientes y los dejó sobre una mesa.
—Fue un regalo.
—No suyo —respondí.
Malcolm apareció acompañado por la abogada general, Helen Ward.
Julian recuperó parte de su arrogancia.
—Perfecto. Ya terminó el espectáculo. Tenemos que hablar de mi ascenso.
Malcolm guardó silencio.
—¿Qué? —preguntó Julian.
Helen abrió una carpeta.
—No habrá ascenso esta noche.
Su rostro se endureció.
—¿Por qué?
—Porque el comité de auditoría ha iniciado una investigación formal sobre varias operaciones autorizadas por usted.
Camilla palideció.
Julian me miró.
—Esto es cosa tuya.
—La auditoría comenzó antes de que supiera lo de Camilla.
Eso no era completamente cierto.
Yo sospechaba de la relación.
Pero la infidelidad no había provocado la investigación. Los números sí.
Durante la revisión previa a la adquisición, mi equipo había encontrado pagos extraños a tres proveedores.
Servicios vagamente descritos.
Facturas duplicadas.
Contratos aprobados sin las firmas habituales.
Y todos llevaban hasta Julian.
—¿Cuánto? —preguntó.
Helen respondió:
—Hasta ahora, cuatro millones setecientos mil dólares.
La copa que Camilla sostenía golpeó contra la mesa.
Julian la miró.
Yo también.
—¿Hay algo que quieras decir? —pregunté.
—No sé nada de las finanzas.
Helen sacó otra hoja.
—Entonces resulta curioso que una de las sociedades receptoras esté registrada en una dirección vinculada a su hermano.
Camilla dejó la copa.
—Necesito aire.
Dos miembros de seguridad bloquearon discretamente el camino.
—No está detenida —dijo Helen—. Pero recomendamos que conserve cualquier dispositivo o documentación relacionada con Aurelia.
Julian bajó la voz.
—Audrey, ven conmigo.
—No.
—Soy tu marido.
Miré la marca roja que sus dedos habían dejado sobre mi muñeca.
—Eso no te dio derecho a humillarme antes. Tampoco te da autoridad ahora.

Algunas personas cercanas fingían conversar.
Todas escuchaban.
Julian se acercó.
—Podemos arreglar esto en casa.
—No voy a volver a casa contigo.
Aquello finalmente lo desarmó.
—¿Qué significa eso?
Saqué una tarjeta del bolso y se la entregué.
El nombre de mi abogada matrimonial aparecía arriba.
—Significa exactamente lo que crees.
Camilla lo miró.
—¿No dijiste que ella nunca se divorciaría?
El silencio fue brutal.
Julian giró lentamente hacia ella.
—Cállate.
Demasiado tarde.
Sonreí sin alegría.
—Qué interesante.
A la mañana siguiente presidí mi primera reunión extraordinaria.
Julian llegó acompañado por un abogado.
Camilla no apareció.
El contador forense presentó los hallazgos.
Los pagos cuestionados habían comenzado catorce meses antes.
Una empresa llamada Redline Advisory había recibido casi dos millones.
Otra, CP Communications Group, había recibido ochocientos mil.
—CP —dije.
El contador asintió.
—Camilla Price.
Julian golpeó la mesa.
—Eran campañas de comunicación.
—¿Dónde están? —pregunté.
—¿Qué?
—Los trabajos por los que pagamos.
Silencio.
—Informes, campañas, estudios, cualquier entregable.
Julian miró a su abogado.
El contador continuó:
—No hemos encontrado ninguno.
Después proyectó un documento.
—Pero encontramos esto.
Era una autorización de transferencia.
La firma electrónica pertenecía a Julian.
Él se inclinó hacia delante.
—Yo no autoricé esa cantidad.
—Su credencial sí.
—Entonces alguien la utilizó.
—¿Quién tenía acceso?
Julian tardó demasiado en contestar.
—Camilla conocía algunas contraseñas.
Malcolm cerró los ojos.
—¿Compartiste credenciales ejecutivas?
—Confiaba en ella.
No pude evitarlo.
—Yo también confiaba en ti.
Julian me miró.
Por primera vez pareció avergonzado.
Pero ya era tarde.
El consejo aprobó su suspensión mientras continuaba la investigación.
Cuando terminó la reunión, me siguió hasta el pasillo.
—Audrey, espera.
Seguí caminando.
—No sabía que Camilla estaba haciendo esto.
Me detuve.
—Pero sí sabías que dormías con ella.
—Cometí un error.
—Un error es enviar un correo al destinatario equivocado.
Me volví.
—Tú construiste una segunda vida mientras me tratabas como un accesorio de la primera.
—Puedo terminar con ella.
—Ya no importa.
Aquella respuesta pareció aterrorizarlo más que cualquier amenaza.
Esa tarde recibí una llamada del contador.
—Encontramos otra sociedad.
—¿Relacionada con Camilla?
—Eso pensábamos.
—¿Y ahora?
—Necesitas venir.
Llegué a las oficinas de Northstar cuarenta minutos después.
Sobre la mesa había transferencias que sumaban once millones de dólares.
Mucho más de lo descubierto inicialmente.
—¿Quién recibió el dinero?
El contador giró el monitor.
Una sociedad de Delaware.
El beneficiario no era Camilla.
Era Julian.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Está robando a Aurelia?
—No exactamente.
Amplió varias fechas.
—Parte de este dinero regresó posteriormente a la empresa.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendría si alguien estuviera intentando ocultar el origen del capital.
Helen entró entonces.
Su expresión era grave.
—Audrey, encontramos algo más en el servidor de Camilla.
Dejó una carpeta frente a mí.
Dentro había correos entre ella y Julian.
El primero hablaba de mí.
«Audrey nunca revisa nada relacionado con mi trabajo.»
Otro:
«Cuando Northstar entre, tendremos acceso desde dentro.»
Me quedé inmóvil.
—¿Cuando Northstar entre?
La fecha del correo era de cuatro meses atrás.
Yo todavía no había informado públicamente de mi intención de adquirir Aurelia.
—¿Cómo sabían lo de Northstar?
Nadie respondió.
Abrí el siguiente mensaje.
Julian había escrito:
«Solo necesitamos que ella cierre la compra. Después tendremos el control.»
Sentí frío.
La aventura con Camilla ya no parecía únicamente una aventura.
—¿Control de qué?
Helen deslizó la última hoja hacia mí.
Era un borrador de un acuerdo.
Mi nombre aparecía varias veces.
También Northstar Holdings.
Y al final había una firma.
La mía.
Solo que yo jamás había firmado aquel documento.
—Esto es falso.
—Lo sabemos.
—¿Qué pretendían hacer con él?
Helen respiró profundamente.
—Transferir determinados derechos de voto después de la adquisición.
Miré la fecha.
Había sido preparado semanas antes.
Antes de la fiesta.
Antes de que Julian me ordenara marcharme.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de Camilla.
«Audrey, Julian te está mintiendo. Yo tampoco sabía todo.»
Debajo apareció una fotografía.
Julian estaba sentado en un restaurante frente a un hombre que reconocí inmediatamente.
Mi mano comenzó a temblar.
Era David Vance, mi hermano mayor, el hombre apartado del fideicomiso familiar diez años atrás después de intentar disputar la herencia de nuestra madre.
Llegó otro mensaje.
«Pregúntate cómo supo Julian que Northstar iba a comprar Aurelia.»
Y finalmente un tercero:
«Tu marido nunca quiso solamente la empresa. David le prometió ayudarlo a quedarse con Northstar después de divorciarse de ti.»
Levanté la mirada hacia Helen.
En ese instante comprendí que la amante de Julian quizá solo había sido una pieza.
La verdadera traición había empezado dentro de mi propia familia mucho antes de aquella noche en el Hotel Halcyon.