PARTE 2: CUANDO EL JEFE DE LA MAFIA DESCUBRIÓ QUE SU HOMBRE DE MAYOR CONFIANZA HABÍA ATERRORIZADO A LA CRIADA EMBARAZADA DENTRO DE SU PROPIA CASA, CERRÓ TODAS LAS SALIDAS DE LA MANSIÓN Y ORDENÓ DESCUBRIR QUIÉN MÁS HABÍA AYUDADO A OCULTARLO.

Lily no consiguió terminar la frase.

No hizo falta.

Lorenzo comprendió por su expresión que lo ocurrido en el sótano había sido mucho peor de lo que ella podía decir en voz alta.

Se levantó lentamente.

La furia había desaparecido de su rostro.

Eso era peor.

—¿Cuándo fue la última vez que Costa entró en esta casa?

Lily se abrazó las rodillas.

—Ayer.

Lorenzo sacó el teléfono.

—Marco.

La respuesta llegó inmediatamente.

—Jefe.

Cierra la propiedad. Nadie entra. Nadie sale.

—¿Hay algún problema?

—Sí.

Lorenzo miró a Lily.

—Tenemos un traidor dentro.

Colgó.

Lily se puso de pie con dificultad.

—Señor Moretti, no quiero causar problemas.

Lorenzo giró hacia ella.

—¿Problemas?

—Vincent es importante para usted. Yo solo…

—No termines esa frase.

Su voz fue baja.

—Trabajas bajo mi techo. Eso significa que tu seguridad era responsabilidad mía.

Por primera vez aquella noche, algo parecido a culpa apareció en sus ojos.

Y alguien utilizó mi nombre para convencerte de que estabas sola.

Lily bajó la mirada.

Entonces las náuseas regresaron.

Se apoyó contra la isla.

Lorenzo lo notó.

—¿Desde cuándo estás enferma?

—No estoy enferma.

—Acabas de perder el color.

Lily guardó silencio.

Lorenzo observó la mano que, casi inconscientemente, ella había colocado sobre su abdomen.

Su expresión cambió.

—Lily.

Ella comenzó a llorar otra vez.

—Estoy embarazada.

La tormenta golpeó los cristales.

Lorenzo no dijo nada durante varios segundos.

—¿De cuánto?

—Ocho semanas.

La mandíbula de Lorenzo se endureció.

No preguntó nada más.

Tomó nuevamente el teléfono.

—Necesito a la doctora Bell aquí.

Lily levantó la cabeza.

—No necesito un médico.

—Yo decidiré qué necesito esta casa esta noche. Tú decidirás si aceptas que te examine.

Aquella distinción la sorprendió.

Lorenzo se alejó unos pasos.

—Y después decidirás qué quieres hacer. Nadie volverá a decidir por ti.

Treinta minutos después, la doctora llegó.

Lorenzo permaneció fuera mientras examinaba a Lily en una habitación privada.

Cuando salió, su rostro era serio.

—Necesita descansar, alimentación adecuada y seguimiento médico.

—¿Está en peligro?

—Ahora mismo no parece haber una emergencia.

Lorenzo asintió.

—Gracias.

—Hay otra cosa.

La doctora bajó la voz.

—Tiene miedo de alguien dentro de esta propiedad.

Lorenzo miró hacia la puerta.

—Lo sé.

A las tres de la madrugada reunió a sus responsables de seguridad en la biblioteca.

Sobre la mesa había registros de entrada.

Grabaciones.

Horarios del personal.

Lorenzo señaló una fecha.

—Quiero cada segundo de las cámaras de hace tres semanas.

Marco, su jefe de seguridad, negó lentamente.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

Faltan cuarenta y siete minutos de las grabaciones del sótano.

El silencio fue inmediato.

Lorenzo levantó la vista.

—¿Faltan?

—Alguien con acceso administrativo las eliminó.

—¿Quién tiene ese acceso?

Marco tragó saliva.

—Yo. Usted. Y dos personas más.

Colocó una lista sobre la mesa.

Uno de los nombres era Vincent Costa.

El otro hizo que Lorenzo permaneciera completamente inmóvil.

Sofia Moretti.

Su hermana menor.

—Eso es imposible —murmuró Marco.

Lorenzo no respondió.

Sofia había regresado de Europa cuatro meses antes y vivía temporalmente en el ala norte.

Era una de las pocas personas en el mundo en quienes Lorenzo confiaba sin condiciones.

—Revisa los respaldos externos.

—Ya lo estamos haciendo.

A las nueve de la mañana, Lily despertó y encontró una bandeja de desayuno junto a la cama.

También encontró un sobre.

Dentro había dinero, una tarjeta bancaria y una nota escrita a mano.

«No es un pago por tu silencio. Es suficiente para que puedas marcharte hoy si eso es lo que quieres. La elección es tuya.»

Lily leyó la frase tres veces.

Entonces llamaron suavemente a la puerta.

Era Lorenzo.

—¿Puedo entrar?

Ella asintió.

Él permaneció cerca de la puerta.

—Vincent viene esta tarde.

Lily palideció.

—¿Aquí?

—No sabe que hablaste.

—No puedo verlo.

—No tendrás que hacerlo.

Lorenzo colocó una pequeña carpeta sobre la cómoda.

—Pero necesito preguntarte algo.

Dentro había fotografías de hombres vinculados a su organización.

—¿Alguno sabía lo que estaba ocurriendo?

Lily pasó las páginas.

Se detuvo.

Lorenzo lo vio.

—¿Quién?

Su dedo tembló sobre una fotografía.

No era Vincent.

Era Anthony Rizzo, administrador de la finca.

—Él me encontró llorando una vez.

—¿Qué dijo?

—Que dejara de provocar problemas.

Lorenzo se quedó quieto.

—¿Algo más?

Lily respiró profundamente.

—Me dijo que Vincent había hecho cosas parecidas antes.

Aquella frase cambió todo.

—¿Antes?

—Dijo que las otras mujeres simplemente habían entendido cuándo marcharse.

Lorenzo cerró la carpeta.

Ya no investigaba a un solo hombre.

Estaba descubriendo un sistema construido dentro de su propia organización.

A las cuatro y diecisiete de la tarde, Vincent Costa atravesó las puertas de la finca.

Llegó sonriendo.

Lorenzo lo recibió en el despacho.

—¿Whisky? —preguntó.

Vincent dejó el abrigo.

—Siempre.

Lorenzo sirvió dos vasos.

No tocó el suyo.

—Tenemos un problema.

Vincent bebió.

—¿Los Morelli?

—Más cerca.

Lorenzo deslizó una fotografía sobre la mesa.

Era Lily entrando en el sótano tres semanas antes.

La sonrisa de Vincent desapareció durante menos de un segundo.

Suficiente.

—¿La conoces?

—Una criada.

—Tiene nombre.

Vincent dejó el vaso.

—Lily.

Lorenzo se inclinó hacia atrás.

—Interesante.

—¿Qué?

—Nunca te dije cómo se llamaba.

Vincent comprendió su error.

En ese instante llamaron a la puerta.

Marco entró con un portátil.

Su rostro estaba pálido.

—Jefe, recuperamos parte del respaldo borrado.

Vincent se levantó.

—Tengo una reunión.

Dos hombres aparecieron detrás de él.

—Siéntate —ordenó Lorenzo.

Vincent miró la puerta.

Después a Lorenzo.

Y se sentó.

Marco colocó el portátil sobre la mesa.

—No recuperamos el vídeo completo.

—¿Qué recuperaste?

—Audio.

Lorenzo pulsó reproducir.

Primero se escucharon pasos.

Después la voz de Lily pidiendo que la dejaran marcharse.

Lorenzo detuvo inmediatamente la grabación.

No necesitaba obligarla a revivir aquello para saber suficiente.

Pero Marco no se movió.

—Hay algo después.

Avanzó el archivo.

La voz de Vincent apareció hablando por teléfono.

—Ya está hecho. Ahora necesito mi parte.

Una segunda voz respondió.

Lorenzo frunció el ceño.

La conocía.

Vincent se lanzó hacia el portátil.

Los hombres de seguridad lo sujetaron antes de que pudiera alcanzarlo.

—¡Apágalo!

Lorenzo permaneció sentado.

—Continúa.

La grabación siguió.

La segunda persona dijo:

—La chica no importa. Lo importante es que el embarazo haga exactamente lo que necesitamos.

Lorenzo dejó de respirar.

Arriba, en el dormitorio, Lily estaba a punto de descubrir algo todavía peor.

Había abierto accidentalmente la carpeta médica que la doctora Bell había dejado sobre la mesa.

Entre los resultados aparecía una anotación que no entendía.

Una fecha.

Una prueba genética preliminar.

Y una observación escrita en rojo:

«La cronología proporcionada por la paciente no coincide con los resultados. Verificar posible intervención médica previa.»

Lily sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Porque dos meses antes de quedar embarazada, durante una enfermedad repentina, el médico que la había atendido había sido enviado personalmente por Sofia Moretti.

Y abajo, en el despacho, la voz recuperada de aquella llamada pronunció finalmente el nombre de la persona que había dado las órdenes.

Lorenzo levantó lentamente los ojos.

Era alguien de su propia familia.

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