Parte 2: CUANDO LUCAS DESCUBRIÓ QUE SU “PERRITA OBEDIENTE” YA TENÍA UN BILLETE A FRANCIA Y UN PROMETIDO ESPERÁNDOLA

Lucas leyó la nota dos veces.

Luego levantó lentamente la mirada.

—¿Entiendes georgiano?

—Desde los dieciséis años.

Su rostro perdió el color.

—Entonces aquella llamada…

—La entendí completa.

Silencio.

—El setenta por ciento parecido con Elena. Mis ojos “tontos”. Lo obediente que soy. Lo fácil que sería resolverme con dinero cuando ella regresara.

Lucas apretó la hoja.

—Eso fue una conversación estúpida entre amigos.

—Fue la verdad cuando creías que yo no podía entenderla.

Tomé mi maleta.

Él bloqueó la puerta.

—¿Adónde vas?

—Francia.

Por primera vez apareció auténtica alarma en sus ojos.

—¿Vacaciones?

—A casarme.

Lucas soltó una risa incrédula.

—Deja de jugar.

Saqué el teléfono y le mostré el mensaje de mi padre.

Su expresión se congeló.

—¿Matrimonio arreglado?

—Sí.

—¿Con quién?

—No es asunto tuyo.

Intenté pasar.

Lucas me sujetó del brazo.

—No puedes decidir casarte con otro hombre por una pelea.

Me solté.

—Tú decidiste durante tres años que yo podía ser el reemplazo de otra mujer.

—Nunca dije que fueras sólo eso.

—No necesitabas decirlo delante de mí. Ya lo dijiste cuando pensabas que no entendía.

El teléfono de Lucas sonó.

Elena.

Miré la pantalla.

—Contesta. Tu verdadero amor te busca.

Lucas rechazó la llamada.

—No me importa Elena.

—Llegaste al aeropuerto por ella. Desapareciste tres días por ella.

—No pasó nada entre nosotros.

—Eso ya no cambia nada.

La puerta se abrió entonces.

Mi padre había enviado a dos asistentes a recogerme.

Lucas reconoció inmediatamente al mayor.

—Señor Laurent…

El hombre inclinó la cabeza.

—Señorita Beaumont, el coche está preparado.

Lucas se volvió hacia mí.

—¿Beaumont?

Nunca le había contado toda la verdad sobre mi familia.

Él sabía que mi padre tenía negocios internacionales.

No sabía que Henri Beaumont controlaba uno de los grupos privados de inversión más antiguos de Francia y que nuestra familia llevaba décadas colaborando con empresas europeas y asiáticas.

Porque, igual que yo había querido que Lucas me amara sin apellido, mi padre había permitido que yo viviera lejos de aquella influencia.

Lucas me miró como si acabara de conocerme.

—¿Por qué nunca me dijiste quién eras?

Sonreí tristemente.

—Porque quería saber quién eras tú.

Aquello lo dejó callado.

Me fui.

Tres días después estaba en París.

No me casé inmediatamente.

Mi futuro esposo, Adrien Moreau, me sorprendió desde nuestro primer encuentro.

Nuestros padres habían hablado de una posible unión comercial, pero Adrien puso una condición antes de sentarse siquiera a cenar conmigo.

—Si no quieres esto, se termina hoy.

Lo miré desconcertada.

—¿Así de simple?

—Un matrimonio no debería ser una deuda empresarial.

Por primera vez en semanas me reí de verdad.

—Entonces quizá podamos empezar siendo amigos.

—Eso me parece mucho más razonable.

Mientras tanto, Lucas empezó a desmoronarse.

Primero fue a buscarme a la villa.

Vacía.

Después llamó a mi padre.

Mi padre respondió una sola vez.

—Mi hija pasó tres años eligiéndolo a usted. Ahora respete que se haya elegido a sí misma.

Lucas viajó a Francia dos semanas después.

Me encontró saliendo de una galería junto a Adrien.

Su cara cambió al vernos.

—Necesito hablar contigo.

Adrien me miró.

—¿Quieres?

Ésa era la diferencia.

Preguntó.

No decidió por mí.

—Cinco minutos.

Lucas y yo caminamos unos metros.

—Terminé todo con Elena —dijo.

—Bien.

—No fui al hotel para acostarme con ella.

—Lucas, deja de defenderte de una acusación que ya no estoy haciendo.

—Entonces dime qué tengo que hacer.

Lo miré.

Aquel hombre siempre había creído que todo tenía precio, solución o estrategia.

—Nada.

—No puedo aceptar eso.

—Tendrás que hacerlo.

Sacó el collar de diamantes de su bolsillo.

—Lo guardé.

—Puedes devolverlo.

—Lo compré porque recordaba que te gustaba.

—Y después desapareciste tres días con la mujer a quien realmente querías impresionar.

Lucas cerró los ojos.

—Me confundí.

—No.

Negué.

—Tú estabas muy claro. La confundida era yo.

Entonces llegó Elena.

Había seguido a Lucas.

—Así que ésta es ella —dijo.

Esperaba arrogancia.

En cambio, parecía cansada.

—Lucas, necesitamos terminar esto.

Él la miró.

Elena continuó:

—Yo nunca volví por ti.

Lucas se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Regresé por trabajo. Tú convertiste algunos recuerdos de universidad en una historia que ya no existía.

Aquello fue el último golpe.

Elena incluso había publicado aquellas fotografías ambiguas porque su equipo de publicidad quería alimentar rumores antes del estreno de su nueva película.

La chaqueta era de Lucas, sí.

Pero habían estado acompañados por representantes, agentes y productores.

—Te dije que no jugaras con eso —respondió Lucas.

Elena negó.

—Y aun así apareciste cada vez que te llamé porque querías creer que todavía significaba algo.

Luego me miró.

—No sabía que tenía novia.

Lucas palideció.

Yo sentí una extraña tranquilidad.

Ni siquiera me había mencionado.

Tres años reducidos a una vida secreta que podía esconder cuando Elena reaparecía.

—Gracias —dije.

Y me marché.

Seis meses después, Adrien y yo cancelamos formalmente el compromiso arreglado.

Nuestros padres pensaron que algo había salido mal.

Era exactamente lo contrario.

Habíamos decidido conocernos sin una fecha de boda sobre la cabeza.

Un año después, Adrien me pidió matrimonio de verdad.

Sin contratos.

Sin empresas.

Sin presión familiar.

Acepté.

Lucas me escribió una última vez cuando se anunció nuestro compromiso.

“No entendí cuánto te amaba hasta que dejaste de esperarme.”

Leí el mensaje.

Después respondí:

“Eso no era amor. Era seguridad.”

No volvimos a hablar.

El día de mi boda, mi padre me acompañó hasta la entrada del pequeño château donde celebramos.

Antes de avanzar preguntó:

—¿Segura?

Miré a Adrien esperándome.

No porque un acuerdo se lo ordenara.

Porque ambos habíamos elegido estar allí.

—Completamente.

Mi padre sonrió.

Y entonces entendí la ironía.

Había llamado a Francia desesperada por escapar de un hombre que me consideraba una mascota obediente.

Pensaba que un matrimonio arreglado sería mi salida.

Al final, no necesité que ningún hombre me rescatara.

Sólo necesitaba marcharme el día en que finalmente escuché cómo Lucas hablaba de mí cuando creía que yo no podía entenderlo.

Él me llamó su poodle obediente.

Pero cuando regresó buscando a la mujer que siempre esperaba, descubrió que aquella “perrita” ya había cruzado un océano, recuperado su dignidad y aprendido a caminar sin correa.

Y esta vez, cuando alguien me pidió que me quedara, fui yo quien decidió decir que sí.
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