PARTE 2: CUANDO TERMINÓ LA DEUDA DE NUEVE VIDAS, GABRIEL DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE A QUIÉN HABÍA DEJADO MORIR POR OLIVIA

Tres días después salí del hospital.

Gabriel quiso llevarme a casa.

—Tengo una reunión importante —dijo mientras conducía—, pero esta noche volveré temprano.

No respondí.

Mi teléfono vibró.

Era el cementerio.

Las cenizas de Lucas podían ser depositadas aquella tarde junto al pequeño árbol que yo había elegido.

—Detente aquí.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Voy a despedirme de Lucas.

Sus manos se tensaron sobre el volante.

—Hoy no puedo. Hagámoslo el domingo.

Lo miré.

Hasta para despedirse de su hijo necesitaba encontrar espacio entre sus compromisos.

—No te pedí que vinieras.

Bajé del automóvil.

Gabriel me llamó una vez.

No regresé.

Enterré las cenizas de Lucas sola.

Puse junto a ellas su pelota vieja, una fotografía y el pequeño dinosaurio de madera que siempre llevaba en el bolsillo.

—Mamá ya terminó —susurré.

Entonces apareció una luz blanca alrededor de mi muñeca.

Nueve pequeñas marcas que ningún humano podía ver comenzaron a apagarse.

Una.

Dos.

Tres.

Hasta quedar solamente una.

La última vida.

La última deuda.

Aquella noche regresé a casa y encontré a Olivia sentada en mi sofá.

Llevaba el collar de aguamarina.

Gabriel estaba preparando té.

—Clara —dijo—. Olivia sufrió una crisis y no podía quedarse sola.

Miré el collar.

—Bonito.

Olivia lo tocó instintivamente.

—Gabriel consiguió que el vendedor esperara.

—¿Cuánto costó?

Gabriel evitó mirarme.

Olivia sonrió.

—Ochocientos mil.

Ochocientos mil.

Lucas había necesitado un millón para la cirugía.

Sentí algo extraño.

No rabia.

Nada.

Era como observar la vida de otra persona.

—Clara —dijo Gabriel—, puedo explicarlo.

—No hace falta.

Entré en la habitación y saqué una pequeña caja de madera.

Dentro guardaba el único objeto que había conservado durante nueve vidas.

Una cuenta de jade.

El leñador que Gabriel había sido mil años atrás me la había dado después de salvarme.

“Si alguna vez nos volvemos a encontrar, sabré reconocerte.”

Durante ocho vidas la había conservado.

En la novena, él jamás la reconoció.

La puse sobre la mesa.

Gabriel la tomó.

En cuanto sus dedos tocaron el jade, ocurrió algo que yo no esperaba.

Se desplomó de rodillas.

—¿Gabriel?

Olivia corrió hacia él.

Él la apartó.

Sus ojos estaban clavados en mí.

—Clara…

Comenzó a recordar.

No todo.

Solo fragmentos.

Una cabaña bajo la nieve.

Yo riendo junto a un río.

Una boda durante una guerra.

Dos ancianos tomados de la mano.

Ocho despedidas.

Ocho promesas.

Y siempre nosotros.

Gabriel comenzó a llorar.

—¿Qué me está pasando?

—Estás recordando lo que tu alma olvidó.

—Tú…

—Sí.

Retrocedió horrorizado.

—¿Cuántas veces?

—Ocho vidas felices.

Toqué mi pecho.

—Esta era la novena.

Su mirada cayó sobre la fotografía de Lucas.

Entonces comprendió.

—¿Nuestro hijo también…?

—Lucas era humano.

Mi voz se quebró por primera vez.

—Y murió esperando a su padre.

Gabriel se cubrió el rostro.

Olivia nos miraba como si hubiéramos perdido la razón.

—Gabriel, no escuches estas tonterías. Estás bajo demasiado estrés.

Él levantó la cabeza.

—¿Dónde estaba yo cuando murió Lucas?

Olivia palideció.

—Ya hablamos de eso.

—Dímelo.

—En Bután conmigo.

—¿Y mi teléfono?

Silencio.

Gabriel se puso de pie.

—Olivia.

Ella retrocedió.

—Tú dijiste que necesitabas desconectarte.

—¿Qué hiciste con mi teléfono?

Olivia comenzó a llorar.

Pero aquella vez sus lágrimas no funcionaron.

Finalmente confesó.

Había visto mis llamadas.

Muchas.

Había puesto el teléfono de Gabriel en modo avión porque temía que regresara conmigo.

—Pensé que sería otra discusión por dinero —sollozó—. ¡No sabía que Lucas estaba tan grave!

Gabriel se quedó completamente inmóvil.

—Viste noventa y nueve llamadas de mi esposa y decidiste que ninguna importaba.

Olivia intentó tomarle la mano.

Él retrocedió.

—Vete.

—Mi enfermedad…

—Vete.

Olivia empezó a respirar agitadamente.

Gabriel llamó a emergencias.

No corrió a abrazarla.

No prometió dinero.

Simplemente pidió asistencia médica.

Horas después llegó una revelación todavía peor.

El especialista que revisó los antecedentes de Olivia no encontró diagnóstico alguno llamado “hemofilia emocional”.

Tenía un trastorno de coagulación tratable, pero la historia de que cualquier disgusto económico podía provocarle una hemorragia mortal había sido exagerada durante años para controlar a Gabriel.

Y él jamás había verificado nada.

Porque resultaba más sencillo creerle a Olivia que escucharme a mí.

Durante las semanas siguientes recuperó sus cuentas.

Descubrió cuánto dinero había gastado.

Joyas.

Viajes.

Caballos.

Propiedades.

Millones entregados mientras Lucas y yo vivíamos contando monedas.

Entonces intentó devolverme todo.

Transferí el dinero a una fundación infantil a nombre de Lucas.

—Clara, por favor.

Gabriel estaba frente a mí con los ojos hundidos.

—Dime qué puedo hacer.

—Nada.

—Pasé ocho vidas amándote.

—Sí.

—Entonces déjame compensar esta.

Negué.

—Ese es precisamente el problema. Sigues creyendo que el amor funciona como una deuda.

Saqué los documentos del divorcio.

—Yo vine por una deuda, Gabriel. Tú ya la pagaste hace mil años cuando salvaste a un pequeño zorro durante nueve días.

—¿Entonces por qué volviste?

—Porque confundí gratitud con destino.

Firmé.

—Y necesité nueve vidas para entenderlo.

Aquella noche apareció la última marca sobre mi muñeca.

Brilló.

Y desapareció.

La deuda había terminado.

Con ella comenzaron a borrarse mis huellas sobrenaturales de aquella vida.

Gabriel conservó los recuerdos.

Ese fue su castigo y también su oportunidad de cambiar.

Recordaría cada vida en la que me había amado correctamente.

Y aquella única vida en la que había elegido no hacerlo.

—¿Volveré a encontrarte? —preguntó cuando abandoné la casa.

Lo pensé.

—Quizá.

Sus ojos se iluminaron.

—Entonces esperaré.

—No lo hagas.

Sonreí tristemente.

—Si nos encontramos otra vez, quiero que seamos dos desconocidos.

Me marché.

No desaparecí en humo.

No ascendí al cielo.

Simplemente dejé aquella identidad y regresé al lugar del que había venido.

Pasaron muchos años humanos.

Gabriel nunca volvió con Olivia.

Dedicó gran parte de su fortuna a programas de cardiología infantil y creó un fondo con el nombre de Lucas.

Nunca volvió a casarse.

Pero yo tampoco regresé para premiar su arrepentimiento.

Porque arrepentirse no convierte automáticamente a nadie en merecedor de una segunda oportunidad.

Décadas después, cuando Gabriel era ya un anciano, visitó por última vez el árbol de Lucas.

Dejó allí la cuenta de jade.

—Ahora lo entiendo —susurró—. Salvarte no me daba derecho a que me amaras para siempre.

Esa noche murió tranquilamente.

Muy lejos, en una montaña cubierta de nieve, abrí los ojos.

La cuenta de jade apareció durante un instante en mi palma.

Después se convirtió en polvo.

Sonreí.

Por primera vez en mil años no sentí ningún hilo tirando de mi alma hacia otra persona.

Ni deuda.

Ni promesa.

Ni destino.

Solo libertad.

Durante nueve vidas creí que amar a Gabriel era mi manera de pagar que una vez me hubiera salvado.

Pero Lucas me enseñó la última lección.

El amor que exige que una persona soporte hambre, abandono y dolor para demostrar su lealtad deja de ser amor.

En ocho vidas Gabriel fue mi hogar.

En la novena fue la razón por la que aprendí a marcharme.

Y cuando finalmente terminó nuestra deuda, comprendí que no había perdido nueve vidas amándolo.

Había necesitado nueve vidas para aprender que incluso una promesa hecha por el alma tiene derecho a terminar.

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