PARTE 2: DESPUÉS DE QUE MI ESPOSO ME HUMILLARA DELANTE DE TODA LA EMPRESA Y VALORARA DIEZ BOFETADAS EN UN MILLÓN, PEDÍ UN MES DE PERMISO PARA CASARME Y ÉL DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE QUE LA SEÑORA CO YA NO EXISTÍA.

Miré la mano de Co Than sujetando mi barbilla.

Durante tres años, aquella mano me había parecido un refugio.

Aquella noche solo vi una prisión.

—Suéltame.

Él entrecerró los ojos.

—¿Qué?

—He dicho que me sueltes.

Aparté su muñeca.

Co Than pareció sorprendido.

No porque hubiera utilizado fuerza.

Sino porque era la primera vez que yo dejaba de temerle.

Me levanté del sofá.

—Mañana mi abogado te enviará el acuerdo de divorcio.

Él soltó una risa seca.

—¿Abogado?

—Sí.

—To Tham, ¿de dónde vas a sacar dinero para enfrentarte a mí?

Miré el teléfono.

El millón seguía reflejado en mi cuenta.

—Tú acabas de darme el primer pago.

Su rostro se endureció.

—No seas ridícula.

No respondí.

Subí las escaleras.

Esa noche dormí en la habitación de invitados con la puerta cerrada.

Y por primera vez desde nuestra boda, dormí profundamente.

A las siete de la mañana preparé una maleta.

No llevé las joyas que Co Than me había regalado.

No llevé la ropa que había comprado para acompañarlo a cenas empresariales.

Solo guardé documentos, algunos libros y tres fotografías de mis padres.

Cuando bajé, él estaba desayunando.

Me miró.

Después miró la maleta.

—¿Adónde vas?

—Me marcho.

—¿Por cuánto tiempo?

—Eso ya no te incumbe.

Dejó la taza.

—To Tham.

Seguí caminando.

—Si cruzas esa puerta, no vuelvas llorando.

Me detuve.

Giré apenas la cabeza.

—Co Than, llevas años esperando verme llorar por ti.

Abrí la puerta.

—Ya llegaste tarde.

Fui directamente a la empresa.

Mi rostro seguía hinchado.

No utilicé maquillaje.

Los compañeros dejaron de hablar cuando entré.

Algunos bajaron la mirada.

Otros fingieron trabajar.

Lieu Y Y estaba junto a la máquina de café.

Al verme, sonrió.

—Señorita To, ¿no aprendió nada ayer?

No contesté.

Entré en Recursos Humanos.

La responsable, señora Nguyen, se levantó nerviosa.

—To Tham…

Puse una solicitud frente a ella.

—Quiero pedir un mes de permiso.

—¿Un mes?

—Sí.

—¿Motivo?

Tomé el bolígrafo.

Escribí dos palabras.

Matrimonio personal.

La señora Nguyen abrió mucho los ojos.

—¿Matrimonio?

—Correcto.

—Pero…

Se detuvo.

Naturalmente.

Nadie sabía que ya estaba casada con Co Than.

Y dentro de pocas horas tampoco lo estaría en ningún sentido que me importara.

—Procesa la solicitud, por favor.

Salí de la empresa antes de que Co Than llegara.

A las diez, mi abogado presentó formalmente la demanda de divorcio.

A las once, bloqueé el número de mi marido.

A las doce, devolví el millón.

No completo.

Dejé diez yuanes.

Uno por cada bofetada.

En el concepto escribí:

«El resto cómprate dignidad».

Después apagué el teléfono.

Mientras tanto, Co Than llegó a la empresa.

Más tarde supe exactamente lo ocurrido.

Entró preguntando por mí.

Mi escritorio estaba vacío.

—¿Dónde está To Tham?

Nadie quiso responder.

Finalmente la señora Nguyen salió.

—Señor Co, pidió permiso.

—¿Cuánto?

—Un mes.

Él frunció el ceño.

—¿Para qué?

La mujer dudó.

—Es un asunto personal.

—Te estoy preguntando.

La señora Nguyen respiró hondo.

—Dijo que iba a casarse.

Toda la oficina quedó en silencio.

Lieu Y Y, que estaba cerca, dejó caer un bolígrafo.

Co Than permaneció inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Que solicitó un mes de permiso para casarse.

—Eso es imposible.

—Está escrito en su solicitud.

Co Than entró en Recursos Humanos y arrancó el formulario de la carpeta.

Vio mi letra.

Vio mi firma.

Y debajo:

Motivo: matrimonio.

—Está jugando conmigo.

Lieu Y Y se acercó.

—Señor Co, quizá solo quiere provocarlo.

Él no respondió.

Sacó su teléfono.

Entonces vio la devolución bancaria.

Novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa yuanes.

Y el mensaje.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lieu.

Co Than guardó el teléfono.

—Nada.

Pero ya no parecía tranquilo.

Aquella misma tarde recibió los documentos del divorcio.

Su secretaria personal entró con el sobre.

—Señor Co, esto llegó del bufete Chen & Partners.

Co Than lo abrió.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Y estrelló la carpeta contra el escritorio.

—¡Que venga To Tham!

—Está de permiso.

—¡Llámala!

—Su teléfono está apagado.

Lieu Y Y apareció en la puerta.

—Señor Co…

—Sal.

Ella se quedó atónita.

—Pero…

—¡He dicho que salgas!

Fue la primera vez que él le habló así.

Porque por primera vez empezaba a comprender algo.

Yo no estaba amenazándolo con irme.

Ya me había ido.

Mientras él hacía llamadas, yo estaba a más de doscientos kilómetros.

El hombre que me esperaba en la estación no me había visto en cinco años.

Cuando bajé del tren, se quedó mirando mis moretones.

Sus manos se cerraron lentamente.

—¿Fue Co Than?

Asentí.

Mi hermano mayor, To Minh, no preguntó nada más.

Abrió la puerta del coche.

—Sube.

—Minh…

—Primero vamos al hospital.

Después de la revisión médica, me llevó a casa de nuestros padres.

Mi madre lloró cuando me vio.

Mi padre no.

Él se sentó frente a mí y preguntó:

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces no volverás.

Negué con la cabeza.

—No.

Papá abrió un cajón.

Sacó una carpeta negra.

—Bien.

La dejó frente a mí.

—Porque llevo tres años esperando que digas eso.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es?

—Lo que Co Than nunca quiso que supieras.

Abrí la carpeta.

Dentro había contratos.

Participaciones.

Documentos corporativos.

Reconocí inmediatamente el logotipo de la empresa de Co Than.

—¿Por qué tienes esto?

Mi padre me miró.

—Porque cuando se fundó la empresa, yo aporté el capital inicial.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Qué?

—Co Than te dijo que construyó todo solo.

Papá sonrió sin humor.

—Mintió.

Pasó varias páginas.

—La familia Co tenía contactos. Yo puse dinero, terrenos y garantías.

—Entonces ¿eres accionista?

—No.

Señaló mi nombre.

TO THAM.

Debajo aparecía una participación.

Treinta y cinco por ciento.

Me quedé inmóvil.

—Esto no puede ser.

—Puede.

—Yo nunca firmé nada.

—Lo firmamos cuando todavía estabas estudiando. Era parte de un fideicomiso familiar.

Mi respiración se volvió lenta.

—¿Co Than lo sabe?

Papá negó con la cabeza.

—Sabe que existe un accionista silencioso.

—Pero no sabe que soy yo.

—Exactamente.

Miré los documentos durante mucho tiempo.

Entonces mi hermano dejó su teléfono sobre la mesa.

—Hay otra cosa.

En la pantalla aparecía una fotografía.

Co Than.

Lieu Y Y.

Y un hombre que no conocía.

Entraban juntos en un restaurante privado.

—¿Quién es él?

Minh respondió:

—El vicepresidente financiero de la empresa.

—¿Y?

—Hace dos meses comenzaron a vender activos sin autorización del accionista mayoritario silencioso.

Levanté la vista.

—¿Cuánto?

—Todavía estamos calculándolo.

Papá cerró la carpeta.

—Pero mañana hay reunión extraordinaria del consejo.

Sentí un frío extraño.

—¿Por qué?

Mi hermano abrió un correo.

—Porque Co Than quiere transferir el control de dos filiales.

—¿A quién?

Minh me miró.

—A una sociedad registrada hace seis meses.

—¿De quién?

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces giró la pantalla hacia mí.

El beneficiario principal era Lieu Y Y.

Pero debajo aparecía un segundo nombre.

Lo leí.

Y dejé de respirar.

No era Co Than.

Era alguien de mi propia familia.

Mi padre cerró los ojos lentamente.

—Por eso necesitábamos que volvieras antes de mañana.

—¿Quién sabía que yo era la accionista?

Nadie contestó.

Miré nuevamente aquella firma.

El nombre pertenecía a una persona que había estado junto a mí durante toda mi boda.

Una persona que conocía mi matrimonio secreto.

Una persona que sabía exactamente cuánto había soportado por Co Than.

Y entonces entendí que tal vez la humillación de aquella noche no había comenzado con Lieu Y Y.

Tal vez alguien había estado esperando desde mucho antes a que mi matrimonio se rompiera.

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