PARTE 2: DURANTE UN AÑO CREÍ QUE MI ESPOSO HABÍA ABANDONADO A NUESTRA HIJA EN SUS ÚLTIMOS DÍAS POR OTRA MUJER, PERO CUANDO ENCONTRÉ EL INFORME QUE HABÍA ESCONDIDO DESDE EL FUNERAL, DESCUBRÍ QUE SU AUSENCIA OCULTABA UNA TRAICIÓN MUCHO PEOR.

Al principio no creí aquel rumor.

Tong Nha era mi mejor amiga.

Pho Can Thi era mi marido.

Yo misma había abierto nuestra puerta para ayudarla cuando su matrimonio se derrumbó.

Pensar que ambos podían traicionarme parecía demasiado absurdo.

Así que cuando aquella mujer del grupo artístico me habló del supuesto beso, incluso la defendí.

—Debiste verlo mal.

Ella no insistió.

Solo respondió:

—Ojalá.

Después nació Tue Tue.

Y todo cambió.

Nuestra hija enfermaba con frecuencia y necesitaba controles constantes. Yo dejé prácticamente toda mi vida en pausa para ocuparme de ella.

Pho Can Thi, mientras tanto, comenzó a llegar cada vez más tarde.

Primero era entrenamiento.

Después reuniones.

Luego misiones que supuestamente no podía explicar.

Y cada vez que Tong Nha necesitaba algo, curiosamente él sí encontraba tiempo.

Una reparación.

Una cita escolar.

Una emergencia con Quan Quan.

Un festival.

Yo protestaba.

Él me acusaba de ser cruel.

—Está criando sola a un niño.

—Y yo estoy criando prácticamente sola a nuestra hija.

Aquella frase siempre terminaba la discusión.

Porque no tenía respuesta.

Ahora, un año después de perder a Tue Tue, finalmente entendía que había desperdiciado demasiado tiempo esperando respuestas de alguien que siempre encontraba una explicación nueva.

A la mañana siguiente preparé tres cajas.

Ropa.

Juguetes.

Los dibujos de Tue Tue.

Encontré debajo de su almohada un conejo de tela con una oreja torcida.

Me senté en el suelo sosteniéndolo durante mucho tiempo.

Pho Can Thi apareció en la puerta.

—¿Qué haces?

—Ordenando.

—¿Para qué?

Doblé otro vestido.

—Voy a donar algunas cosas.

Su rostro cambió.

—No puedes.

Levanté la mirada.

—¿Por qué?

—Son de nuestra hija.

—Precisamente.

Entró y tomó una pequeña chaqueta.

—Todavía puedo olerla.

Su voz se quebró.

Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.

Antes aquello me habría destrozado.

Ahora solo sentí cansancio.

—Cuando ella estaba aquí también necesitaba que la recordaras.

Dejó la chaqueta.

—Otra vez lo mismo.

—No. Esta será la última.

Me levanté.

—Quiero divorciarme.

El silencio fue absoluto.

Pho Can Thi pareció no comprender.

—¿Qué dijiste?

—Que quiero divorciarme.

—Estás enfadada.

—Ya no.

Eso fue lo que realmente lo asustó.

Se acercó.

—Podemos arreglarlo.

—No quiero arreglarlo.

—Llevamos veinte años conociéndonos.

—Y siete casados.

Lo miré directamente.

—Pero nuestra hija solo tuvo seis años. Y cuando más te necesitó, siempre había alguien que parecía necesitarte más.

Golpeó la mesa con la palma.

—¡Tong Nha no tuvo nada que ver con la muerte de Tue Tue!

—Nunca dije que la tuviera.

Se quedó inmóvil.

Aquello me llamó la atención.

—¿Por qué estás tan desesperado por aclarar eso?

—Porque llevas un año culpándonos.

—¿Nos?

Pho Can Thi cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Sonreí con tristeza.

—Gracias. Acabas de responder algo que llevaba demasiado tiempo preguntándome.

Salió sin decir nada.

Esa tarde llamé a un abogado.

No pedí propiedades.

No pedí compensación.

Solo quería terminar.

Pero dos días después ocurrió algo inesperado.

Mientras organizaba los documentos médicos de Tue Tue encontré un sobre que no reconocí.

Estaba mezclado entre informes antiguos.

En la esquina aparecía el sello del hospital militar.

Lo abrí.

Dentro había una copia de un registro de ingreso.

Fecha: la noche anterior a la muerte de Tue Tue.

Paciente: Tue Tue.

Contacto de emergencia número uno: yo.

Contacto número dos:

Pho Can Thi.

Debajo había una anotación:

«Contacto realizado. Familiar informado personalmente.»

Me quedé mirando aquellas palabras.

No tenía sentido.

Pho siempre había dicho que no supo que nuestra hija estaba empeorando hasta la mañana siguiente porque se encontraba en una operación y tenía el teléfono apagado.

Busqué la hora.

21:43.

Recordaba perfectamente aquella noche.

A las diez y cuarto yo había llamado por primera vez.

A las once.

A medianoche.

Nada.

Pero según aquel documento, alguien del hospital había conseguido localizarlo antes.

Llamé al número administrativo.

Después de varias transferencias, una enfermera encontró el registro archivado.

—Sí —dijo—. Aquí consta que se informó al padre.

—¿Está segura?

—Completamente.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Qué respondió?

Hubo unos segundos de silencio.

—Eso no aparece aquí. Pero figura una segunda anotación.

—¿Cuál?

—El capitán Pho comunicó que llegaría posteriormente.

Cerré los ojos.

No había llegado.

Él sabía que nuestra hija estaba hospitalizada.

Y aun así no había vuelto.

Aquella noche esperé despierta.

Pho llegó poco después de las once.

Dejé el documento sobre la mesa.

Al verlo, se quedó petrificado.

—¿Dónde encontraste eso?

No preguntó qué era.

Preguntó dónde lo había encontrado.

—Entonces es verdad.

—Déjame explicarlo.

—Sabías que Tue Tue estaba en el hospital.

Su rostro perdió color.

—Sí.

Aquella única palabra destruyó la última excusa que todavía conservaba de él.

—¿Dónde estabas?

—No puedo decírtelo.

Me reí.

—Nuestra hija murió esperando que llegaras y todavía me respondes eso.

—Era una situación complicada.

—¿Con Tong Nha?

No respondió.

Cogí mi teléfono.

—Perfecto. Se acabó.

Pho me sujetó la muñeca antes de que pudiera alejarme.

—No fue como piensas.

—Suéltame.

Lo hizo inmediatamente.

—Aquella noche Quan Quan desapareció.

Me detuve.

—¿Qué?

—Tong Nha me llamó. El niño no estaba en casa.

—¿Y elegiste buscar a su hijo mientras el tuyo estaba hospitalizado?

—Había circunstancias que tú desconocías.

—Siempre las hay contigo.

Tomé el documento.

—Explícaselas al abogado.

Al día siguiente fui personalmente al hospital.

Necesitaba todas las copias.

Una empleada revisó el expediente durante casi veinte minutos.

Finalmente frunció el ceño.

—Hay algo extraño.

—¿Qué?

Giró el monitor.

—El registro completo de aquella noche fue solicitado hace once meses.

—¿Por quién?

—Por alguien con autorización militar.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Mi marido?

La mujer negó con la cabeza.

—No.

Imprimió la solicitud.

Leí el nombre.

Tong Nha.

—Eso es imposible. Ella no pertenece al ejército.

—Según este documento, presentó una autorización firmada por el capitán Pho.

Fotografié la página.

Antes de marcharme pregunté:

—¿Hay algo más?

La empleada vaciló.

—Existe un archivo adjunto restringido. Yo no puedo abrirlo.

—¿Qué clase de archivo?

—Un informe de incidencias.

—¿Sobre mi hija?

—Sobre lo ocurrido durante las horas anteriores a su ingreso.

Sentí un escalofrío.

Aquello nunca me había sido mencionado.

Mi abogado consiguió solicitar formalmente una copia.

Tardó cuatro días.

Cuando finalmente me llamó, su voz era distinta.

—Necesito que vengas.

Pho Can Thi estaba allí cuando llegué.

Uniformado.

Pálido.

Y frente a él había un coronel al que yo conocía de las ceremonias de la unidad.

Nadie me pidió que me sentara.

El coronel colocó una carpeta sellada delante de mí.

—Señora Pho, existen circunstancias relacionadas con aquella noche que debieron comunicársele hace mucho tiempo.

Miré a mi marido.

—¿Tú sabías de este informe?

Pho bajó los ojos.

Eso fue suficiente.

Abrí la carpeta.

La primera página contenía una cronología.

La segunda, declaraciones de testigos.

Entonces llegué a una fotografía tomada por una cámara de seguridad.

Se veía la entrada del hospital.

La hora era 21:57.

Pho Can Thi aparecía claramente en la imagen.

No estaba buscando a Quan Quan.

No estaba lejos cumpliendo una misión.

Había estado en el hospital aquella noche.

Pero nunca había entrado en la habitación de nuestra hija.

Y no estaba solo.

A su lado estaba Tong Nha.

Miré la siguiente fotografía.

Ella llevaba a Quan Quan de la mano.

El niño no había desaparecido.

Estaba perfectamente visible junto a ellos.

Levanté lentamente la mirada hacia mi marido.

—Me mentiste.

Pho tenía los ojos rojos.

—Sí.

—¿Por qué?

El coronel intervino.

—Porque todavía falta una página.

Sacó del sobre una última declaración.

—Y antes de leerla debe saber algo.

Me miró con gravedad.

La persona que pidió mantener este documento fuera del expediente familiar no fue su esposo.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Entonces quién?

El coronel giró la hoja hacia mí.

Vi una firma al final.

La reconocí inmediatamente.

Y por primera vez desde el funeral de Tue Tue, comprendí que la mentira sobre aquella noche no había comenzado con Pho Can Thi ni con Tong Nha.

Había empezado mucho más cerca de mí.

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