PARTE 2: EN EL TRIBUNAL, LA AMANTE DE MI MARIDO ME ACUSÓ DE HABERLE ROBADO AL HOMBRE DE SU VIDA, PERO EL LIBRO ROJO QUE PUSE SOBRE LA MESA CONVIRTIÓ SU DEMANDA EN LA PRUEBA QUE PODÍA DEJARLO SIN MATRIMONIO, SIN DINERO Y SIN EMPRESA.

A las ocho y cincuenta de la mañana llegué al tribunal municipal.

Trieu Tinh caminaba a mi lado con una carpeta negra bajo el brazo.

Yo llevaba un traje gris sencillo.

Sin joyas.

Sin maquillaje llamativo.

Nada que pudiera distraer la atención de lo que estaba a punto de ocurrir.

Cuando entramos en la sala número tres, Lam Hieu Vu ya estaba allí.

Vestía de blanco.

Cabello suelto.

Ojos ligeramente hinchados.

Parecía haber ensayado durante horas la imagen de una mujer abandonada y herida.

A su lado estaba su abogado.

Pero el asiento reservado para Chu Van Bac seguía vacío.

Lam Hieu Vu me vio.

Sus ojos recorrieron mi ropa con desprecio.

Después sonrió.

—Así que realmente viniste.

Me senté sin responder.

Ella se inclinó hacia delante.

—Todavía estás a tiempo de retirarte.

La miré.

—¿Retirarme de qué?

—De su vida.

Casi sonreí.

—¿De la vida de quién?

—De Van Bac.

Pronunció su nombre con una intimidad que me produjo más cansancio que dolor.

—Él me ama —continuó—. Solo sigue contigo porque no sabe cómo deshacerse de diez años de costumbre.

Trieu Tinh dejó tranquilamente su carpeta sobre la mesa.

—Señorita Lam, le recomiendo guardar sus declaraciones para cuando empiece la audiencia.

Ella levantó la barbilla.

—Yo solo estoy defendiendo lo que es mío.

Mi abogada me miró de reojo.

Yo entendí perfectamente aquella mirada.

Déjala hablar. Cuanto más hable, mejor.

A las nueve en punto entró el juez.

Todos nos levantamos.

La audiencia comenzó.

Lam Hieu Vu habló primero.

Y lloró muy bien.

Contó que llevaba casi cuatro años con Chu Van Bac.

Dijo que habían planeado casarse.

Que habían visitado apartamentos juntos.

Que él le había prometido una casa.

Que habían hablado de tener hijos.

Después me señaló.

—Pero ella apareció constantemente entre nosotros.

El juez frunció el ceño.

—¿A qué se refiere con “apareció”?

Lam Hieu Vu abrió su carpeta.

—Mensajes.

—Transferencias.

—Registros de hoteles.

—Fotografías.

Su abogado entregó copias.

Ella continuó:

—Cada vez que él intentaba terminar con esa mujer, ella encontraba alguna excusa para llamarlo.

Me miró con lágrimas en los ojos.

—No sé por qué algunas mujeres no pueden aceptar que un hombre ya no las ama.

Hubo un murmullo discreto entre quienes estaban sentados al fondo.

Entonces llegó la frase que estaba esperando.

—Ella destruyó nuestra relación.

El juez me miró.

—Señora Tan Tranh, ¿tiene algo que declarar?

Abrí lentamente mi bolso.

Saqué el pequeño libro rojo.

Y lo dejé sobre la mesa.

Certificado de matrimonio.

El sonido fue pequeño.

Pero en aquella sala pareció un golpe.

Lam Hieu Vu dejó de llorar.

El juez tomó el documento.

Lo abrió.

Leyó.

Después me miró.

—¿Usted está legalmente casada con el señor Chu Van Bac?

—Desde hace diez años.

Silencio.

Giré la cabeza hacia Lam Hieu Vu.

—Dijiste que yo era la tercera persona.

Mi voz era tranquila.

—Así que solo tengo una pregunta.

Señalé el certificado.

Entre tú y yo, ¿quién es la que no tiene esto?

Su rostro perdió el color.

—Eso… eso no puede ser.

Saqué una copia certificada.

—Registro civil. Número de expediente. Fecha de inscripción.

Trieu Tinh añadió:

—Y hemos solicitado verificación oficial.

Lam Hieu Vu miró desesperadamente a su abogado.

—¡Él me dijo que estaba divorciado!

La puerta de la sala se abrió en ese momento.

Chu Van Bac apareció sin aliento.

Al verme con el certificado sobre la mesa, se quedó petrificado.

Lam Hieu Vu se levantó.

—¡Van Bac!

Él no respondió.

Ella caminó hacia él.

—Diles que ya estabas divorciado.

Chu Van Bac me miró.

Después miró al juez.

—Yo…

—Contesta —dijo Lam Hieu Vu—. Diles.

El juez habló con voz firme.

—Señor Chu, ¿sigue legalmente casado con la señora Tan?

Sus labios se tensaron.

—Sí.

La palabra cayó como una piedra.

Lam Hieu Vu retrocedió.

—¿Qué?

—Hieu Vu, déjame explicarte.

—¡Me dijiste que ella era tu exesposa!

—La situación es complicada.

Ella soltó una carcajada rota.

—¿Complicada?

Entonces algo extraordinario ocurrió.

La mujer que había venido a destruirme empezó a entender que ella misma había entregado todas las pruebas necesarias para destruirlo a él.

Trieu Tinh se levantó.

—Señoría, dado que la demandante ha aportado registros financieros, transferencias, gastos de hotel y comunicaciones que prueban una relación sostenida con el esposo de mi clienta durante el matrimonio, solicitamos incorporar esas pruebas al procedimiento de divorcio y división patrimonial que presentamos esta mañana.

Chu Van Bac giró bruscamente hacia mí.

—¿Divorcio?

—Sí.

—Tan Tranh, no puedes hacer esto.

—Ya lo hice.

Trieu Tinh sacó otra carpeta.

—Además, varias transferencias identificadas por la demandante proceden de cuentas pertenecientes al patrimonio común matrimonial.

El juez revisó una de las páginas.

—Aquí aparece una transferencia de doscientos mil.

—Para comprarme un coche —dijo Lam Hieu Vu automáticamente.

Después se quedó helada.

Acababa de admitirlo.

Trieu Tinh sonrió apenas.

—Exactamente.

Chu Van Bac apretó los dientes.

—Ese dinero era mío.

—No —respondí—. Era nuestro.

Trieu Tinh colocó delante del juez un resumen bancario.

—También hemos localizado pagos por aproximadamente ochocientos setenta mil durante los últimos tres años.

Lam Hieu Vu miró a Chu Van Bac.

—¿Ochocientos setenta mil?

Él no respondió.

—Me dijiste que solo gastabas tu salario conmigo.

Yo lo observé.

—Parece que también te mentía a ti.

Ella me miró por primera vez sin odio.

Solo confusión.

La audiencia fue suspendida temporalmente para revisar la documentación.

En el pasillo, Chu Van Bac vino detrás de mí.

—A Tranh.

No me detuve.

Me agarró del brazo.

—Tenemos que hablar.

Me solté.

—Ya hablamos durante diez años.

—No exageres. Podemos arreglar esto.

—¿Qué quieres arreglar?

—El matrimonio.

Lo miré por unos segundos.

—¿Ahora?

—Cometí un error.

—Cuatro años no son un error.

—Ella no significa nada.

Una voz sonó detrás.

—¿Qué dijiste?

Lam Hieu Vu estaba allí.

Su rostro blanco.

Chu Van Bac cerró los ojos.

—Hieu Vu…

—¿No significo nada?

Ella comenzó a temblar.

—Me dijiste que estabas esperando el momento adecuado para casarte conmigo.

—Baja la voz.

—¡Vendí mi apartamento porque dijiste que compraríamos una casa juntos!

Aquella frase hizo que Trieu Tinh levantara la cabeza.

—¿Vendiste un apartamento?

Lam Hieu Vu miró a mi abogada.

—Sí.

—¿Y dónde está ese dinero?

La mujer tardó unos segundos en responder.

—Se lo transferí a Van Bac.

Chu Van Bac palideció.

Trieu Tinh preguntó:

—¿Cuánto?

—Un millón cuatrocientos mil.

El pasillo quedó en silencio.

Yo miré a mi marido.

—¿Dónde está ese dinero?

—No es asunto tuyo.

Trieu Tinh sonrió.

—Ahora sí lo es.

Sacó su teléfono.

—Porque esta mañana descubrimos que hace seis meses el señor Chu adquirió acciones adicionales de su empresa por exactamente un millón cuatrocientos mil.

Lam Hieu Vu abrió los ojos.

—¿Usaste mi dinero para comprar acciones?

Chu Van Bac se volvió hacia ella.

—Puedo explicarlo.

—¡Me dijiste que era para nuestra casa!

Ella empezó a llorar de verdad.

Ya no actuaba.

Entonces Trieu Tinh recibió un mensaje.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

—Tan Tranh.

—¿Qué pasa?

Me mostró la pantalla.

Nuestro investigador había encontrado algo.

Una sociedad registrada dos años atrás.

El accionista principal era Chu Van Bac.

Pero el segundo nombre hizo que me quedara inmóvil.

Tan Tranh.

Yo.

—Nunca he visto esa empresa —dije.

Trieu Tinh abrió otro documento.

—Hay más.

La sociedad había solicitado tres préstamos.

Garantía: dos de nuestras propiedades matrimoniales.

Y debajo aparecía mi firma.

La miré.

Era casi perfecta.

Pero yo jamás había firmado aquello.

Levanté lentamente la cabeza hacia Chu Van Bac.

Él ya no parecía enfadado.

Parecía asustado.

—¿Falsificaste mi firma?

—No sabes lo que estás diciendo.

Trieu Tinh continuó leyendo.

Entonces dejó de hablar.

—¿Qué?

Me miró.

—El último préstamo se aprobó hace doce días.

—¿Cuánto?

Su voz bajó.

Seis millones.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Dónde está el dinero?

Trieu Tinh deslizó el dedo por la pantalla.

Después miró directamente a Chu Van Bac.

—Eso es lo extraño.

Hizo una pausa.

El dinero desapareció de la cuenta cuarenta y ocho horas después.

Chu Van Bac retrocedió un paso.

Lam Hieu Vu lo miró horrorizada.

Y entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Había una fotografía de Chu Van Bac entrando en un banco privado.

A su lado caminaba una mujer.

No era Lam Hieu Vu.

Debajo de la imagen había una sola frase:

“SU MARIDO NO TIENE UNA AMANTE. TIENE DOS. Y LA SEGUNDA SABE DÓNDE ESTÁN LOS SEIS MILLONES.”

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