Solté lentamente la muñeca de Elena.
—Repítelo.
Ella miró hacia Matteo antes de responder.
—Sofía sabía que alguien quería matarla.
Sentí que todo mi cuerpo se endurecía.
Durante dos años había perseguido al responsable de la muerte de mi esposa.
Había interrogado enemigos.
Revisado cuentas.
Comprado información.
Destruido alianzas.
Y jamás había encontrado una respuesta definitiva.
—¿Cómo conocías a Sofía?
Elena señaló el sobre.
—Primero lee.
Lo tomé.
Matteo levantó la mirada.
—¿Es de mamá?
Aquella pregunta me atravesó.
Me senté junto a él.
—Sí, campeón.
—Entonces léela.
Abrí el sobre.
Reconocí inmediatamente la letra.
“Luca:
Si estás leyendo esto, significa que ocurrió algo que intenté evitar.
Y si Matteo está contigo, necesito que hagas algo que probablemente será lo más difícil que te haya pedido jamás.
No confíes en nadie de la familia Moretti hasta descubrir por qué nuestro hijo está enfermo.
Matteo no nació con un corazón débil.
Alguien hizo que pareciera así.”
Dejé de respirar.
Volví a leer aquella frase.
—Eso es imposible.
Elena no respondió.
Continué.
“Encontré irregularidades en sus análisis cuando tenía seis meses. Diferentes laboratorios mostraban resultados distintos. Pensé que era un error hasta que descubrí que alguien estaba sustituyendo informes antes de que llegaran a nosotros.
Guardé los originales.
Elena sabe dónde.”
Levanté los ojos.
—¿Qué originales?
Elena miró hacia la puerta.
—No aquí.
—Esta casa tiene más seguridad que cualquier edificio de Chicago.
—Y aun así asesinaron a tu esposa.
No tuve respuesta.
Matteo comenzó a toser.
Elena acudió inmediatamente a él.
No parecía una doncella.
Observé cómo comprobaba su respiración y la forma exacta en que sostenía su muñeca.
—Tú tienes formación médica.
Sus manos se detuvieron.
—Fui enfermera pediátrica.
—¿Por qué trabajas como empleada doméstica?
—Porque una enfermera deja registros.
Me acerqué.
—¿De quién te escondes?
Elena sostuvo mi mirada.
—De la misma persona de la que se escondía Sofía.
Esa noche esperé hasta que Matteo se durmió.
Después llevé a Elena a mi despacho.
—Habla.
Ella dejó una llave pequeña sobre la mesa.
—Sofía y yo crecimos juntas.
La miré incrédulo.
—Nunca mencionó tu nombre.
—Porque se lo pedí.
Elena explicó que se habían conocido en un hogar de acogida antes de que Sofía fuera adoptada.
Años después se reencontraron.
Cuando Matteo nació, Sofía comenzó a enviarle copias de algunos análisis médicos.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
Elena abrió su teléfono y mostró fotografías de documentos.
Dos análisis realizados con apenas tres días de diferencia.
Uno mostraba una anomalía grave.
El otro, valores casi normales.
—Sofía empezó a sospechar que los informes que recibíais estaban siendo manipulados.
—¿Por quién?
—Eso intentaba descubrir cuando murió.
Mi mandíbula se tensó.
La versión oficial decía que Sofía había muerto durante un robo.
Yo nunca la había creído.
—¿Dónde están los originales?
—En una caja de seguridad.
—Vamos.
—No.
Golpeé la mesa.
—¡Mi hijo tiene catorce días!
Elena no retrocedió.
—Precisamente por eso no podemos cometer otro error.
Sacó algo del bolsillo.
Una memoria USB.
—Sofía dejó esto conmigo tres días antes de morir.
La conecté.
Había fotografías.
Informes.
Correos.
Grabaciones.
Y una carpeta titulada:
MATTEO.
Abrí el primer archivo.
Era un vídeo de Sofía.
Mi esposa apareció sentada en nuestro antiguo dormitorio.

Estaba embarazada.
—Luca, si alguna vez ves esto, quiero que recuerdes que intenté decírtelo.
Se me cerró la garganta.
—Encontré algo en el historial médico de tu familia. Los problemas cardíacos que todos atribuyen a los Moretti no siguen un patrón hereditario coherente.
Sofía levantó varios papeles.
—Y alguien ha estado pagando al mismo laboratorio privado durante veintisiete años.
El vídeo terminó.
Miré a Elena.
—¿Quién pagaba?
—No lo sé.
—Mientes.
—Sofía nunca me dijo el nombre.
Entonces recordé algo.
Mi hermano mayor había muerto a los cinco años.
Una prima a los cuatro.
Un sobrino recién nacido.
Todos por supuestas enfermedades cardíacas.
Durante décadas mi familia lo había llamado la maldición Moretti.
Sentí frío.
—¿Estás diciendo que alguien enfermó a todos esos niños?
—Estoy diciendo que Sofía dejó de creer que fueran coincidencias.
Mi teléfono sonó.
Era el doctor Pierce.
Contesté inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
—Recibimos los resultados de la muestra adicional de Matteo.
Su voz sonaba extraña.
—¿Y?
—Necesito repetirla en un laboratorio independiente.
—Dime qué encontraste.
Hubo un silencio.
—Un marcador que no esperaba.
—¿Qué marcador?
—No quiero sacar conclusiones todavía.
—Pierce.
Mi tono bastó.
—Hay indicios de exposición prolongada a una sustancia que puede afectar el funcionamiento cardíaco.
Miré a Elena.
Ella cerró los ojos.
—¿Puede tratarse?
—Si confirmamos la causa y eliminamos la exposición, quizá podamos estabilizarlo. Pero necesito saber absolutamente todo lo que ha consumido durante los últimos meses.
Colgué.
Por primera vez desde el hospital, apareció algo peligroso dentro de mí.
Esperanza.
Y junto a ella, furia.
—¿Qué come Matteo diariamente?
preguntó Elena.
Pensé.
—Lo que prepara la cocina.
—¿Medicamentos?
—Los administra su enfermera.
—¿Vitaminas?
Entonces lo recordé.
—Una mezcla nutricional.
—¿Quién la compra?
No respondí inmediatamente.
Porque no la compraba yo.
Mi madre había comenzado a traerla cuando Matteo tenía nueve meses.
“Es la misma fórmula que utilizamos con todos los niños Moretti.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Quédate con Matteo.
Salí del despacho.
Fui directamente a la cocina.
Encontré el recipiente dentro de un armario privado.
Tomé una bolsa sellada y llamé a Marco.
—Lleva esto al laboratorio del doctor Pierce. Nadie debe saberlo.
—Sí, jefe.
—Y tráeme los registros de seguridad de los últimos seis meses. Quiero saber quién ha entrado en la habitación de Matteo.
Una hora después, Marco regresó.
No traía únicamente los registros.
Traía una tableta.
—Jefe, alguien borró imágenes todas las noches entre las dos y las tres de la madrugada.
—¿Puedes recuperarlas?
—Ya recuperamos una.
Pulsó reproducir.
La cámara mostraba el pasillo frente al dormitorio de Matteo.
2:17 a. m.
Una figura apareció.
Entró usando una llave.
Permaneció dentro siete minutos.
Cuando salió llevaba algo pequeño en la mano.
No podía distinguir su rostro.
Pero reconocí el anillo.
Un enorme sello de ónix negro.
Había pertenecido a mi padre.
Después de su muerte, solo una persona lo usaba.
Mi tío Salvatore.
Elena apareció detrás de mí.
Al ver la pantalla, dejó caer el vaso que llevaba.
—Dios mío.
Me volví.
—¿Qué?
Retrocedió.
—Ese anillo.
—¿Qué pasa con él?
Su rostro perdió todo el color.
—Lo vi antes.
—¿Dónde?
Sus labios temblaron.
—La noche que murió Sofía.
El silencio se volvió insoportable.
Entonces Elena sacó de debajo de su vestido una cadena que llevaba oculta alrededor del cuello.
Colgaba de ella una pequeña llave plateada.
—Sofía me dio esto horas antes de morir.
—¿Qué abre?
—Una caja de seguridad que nunca me atreví a abrir.
—¿Por qué?
Elena me miró directamente.
—Porque me hizo prometer que solo lo haría si Matteo empezaba a mostrar los mismos síntomas que los otros niños Moretti.
Mi teléfono vibró.
Doctor Pierce.
Abrí el mensaje.
Solo había una frase:
“LUCA, DETÉN INMEDIATAMENTE LA FÓRMULA DE MATTEO. ENCONTRAMOS ALGO.”
Debajo llegó un segundo mensaje.
“Y NO SE LO DIGAS A NADIE DE TU FAMILIA.”
En ese mismo instante escuchamos una voz detrás de nosotros.
—¿Encontraron qué?
Me giré.
Mi tío Salvatore estaba en la puerta.
Sonriendo.
Y en su dedo derecho brillaba el anillo negro que acabábamos de ver en la grabación.