PARTE 2: LA NIÑA DE TRES AÑOS QUE SE ATREVIÓ A PINTAR EL ROSTRO DEL JEFE DE LA MAFIA MÁS TEMIDO DE CHICAGO NO SABÍA QUE SU INOCENTE ARCOÍRIS ESTABA A PUNTO DE DESENTERRAR EL SECRETO QUE ADRIÁN ROMANO HABÍA ENTERRADO DURANTE AÑOS.

—Aquí falta algo —declaró Lily.

Yo seguía inclinado frente a ella mientras seis hombres armados fingían encontrar fascinante cualquier cosa excepto mi cara cubierta de pintura.

—¿Qué falta?

Lily examinó su obra con enorme seriedad.

Luego pintó un pequeño corazón rojo cerca de mi mandíbula.

—Eso.

El pincel se apartó.

—Ahora ya no pareces triste.

Nadie habló.

Yo tampoco pude hacerlo durante unos segundos.

Porque hacía diecisiete años alguien me había dicho casi exactamente esas mismas palabras.

Mi hermana menor, Sofia.

Tenía nueve años la última vez que la vi.

Aquella noche también había dibujado un corazón rojo sobre mi mejilla.

Tres horas después, desapareció.

Nunca encontramos su cuerpo.

Nunca encontramos al hombre que se la llevó.

Y desde entonces yo había construido un imperio entero sobre una sola promesa:

jamás volvería a ser lo bastante débil como para perder a alguien.

—Señor Romano…

La voz de Elena me devolvió al presente.

Estaba pálida.

—Puedo limpiar todo.

—No.

Me levanté.

—Déjalo.

Uno de mis guardias, Marco, bajó inmediatamente la mirada para ocultar su sorpresa.

Lily levantó los brazos.

—¿Puedo pintar a Buttons también?

—Buttons parece suficientemente peligroso.

Ella soltó una carcajada.

Elena no.

Seguía mirándome como si esperara una tormenta.

—Elena.

Se tensó.

—Sí, señor.

—Tu hija no está en problemas.

Sus hombros descendieron.

—Gracias.

Me marché hacia mi despacho.

Pero antes de cerrar la puerta escuché a Lily decir:

—Mamá, el señor Casa Grande sí sabe sonreír.

Aquella noche no conseguí dormir.

A las dos de la madrugada bajé a la cocina.

Sobre la encimera encontré una hoja doblada.

Era un dibujo infantil.

Una casa enorme.

Tres figuras tomadas de la mano.

Una era Elena.

Otra era Lily.

La tercera era absurdamente alta y vestía completamente de negro.

Yo.

Encima había un enorme sol amarillo.

Di la vuelta a la hoja.

Entonces me quedé inmóvil.

Había otro dibujo.

Mucho más antiguo.

El papel estaba arrugado y gastado.

Mostraba una niña junto a una mujer.

Alrededor del cuello de la mujer había algo dibujado en azul.

Un medallón ovalado.

Con una pequeña estrella en el centro.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

Conocía aquel medallón.

Había pertenecido a mi madre.

Después de su muerte, pasó a Sofia.

Y desapareció con ella.

A la mañana siguiente esperé a Elena en la cocina.

Cuando vio el dibujo sobre la mesa, dejó caer las llaves.

—¿Dónde encontraste esto?

—Aquí.

—Lily debió sacarlo de mi bolso.

Intentó recogerlo.

Puse dos dedos sobre el papel.

—¿Quién es la mujer?

Elena evitó mis ojos.

—Nadie.

—No me mientas.

Su rostro cambió.

—Es mi madre.

Mi corazón golpeó una sola vez, brutalmente.

—¿Cómo se llama?

—Rosa Morales.

No conocía ese nombre.

—¿De dónde sacó ese collar?

Elena palideció.

—¿Qué collar?

Señalé el dibujo.

—Ese.

—No lo sé.

—Elena.

Retrocedió.

—Señor Romano, está asustándome.

Aquello me detuvo.

No quería verla así.

Me aparté de la mesa.

—No voy a hacerte daño.

—Entonces dígame qué ocurre.

Saqué mi teléfono.

Busqué una fotografía que llevaba años guardada.

Sofia aparecía sonriendo frente al lago Michigan.

Llevaba el medallón.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Elena lo miró.

Y dejó de respirar.

—¿La conoces?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No.

—Acabas de reconocerla.

—He dicho que no.

Tomó a Lily de la mano.

—Nos vamos.

—Elena.

—Renuncio.

Eso me sorprendió más que cualquier respuesta.

—¿Por un dibujo?

—Por favor.

Lily comenzó a llorar al sentir el miedo de su madre.

Me arrodillé para quedar a su altura.

—Pequeña, nadie está enfadado contigo.

Ella abrazó a Buttons.

—¿Ya no puedo venir?

Antes de que pudiera responder, Elena la levantó.

—Nos vamos ahora.

No las detuve.

Pero cuando la puerta se cerró, llamé a Marco.

—Quiero saber todo sobre Rosa Morales.

—¿Hasta dónde?

Miré nuevamente el dibujo.

—Hasta antes de que utilizara ese apellido.

Cuatro horas después, Marco regresó.

Su expresión me dijo que había encontrado algo.

—Rosa Morales no existe antes de 2009.

—¿Qué significa?

—Sin escuela. Sin historial laboral. Sin registros médicos que podamos confirmar. Aparece en Illinois con documentos nuevos y una hija adolescente.

—Elena.

—Sí.

Me levanté.

—¿Y antes?

Marco colocó una carpeta frente a mí.

—Encontramos una coincidencia parcial mediante una fotografía antigua.

Abrí la carpeta.

Había una mujer más joven.

Cabello oscuro.

Una cicatriz sobre la ceja.

Y alrededor del cuello…

el medallón.

—¿Quién es?

Marco tragó saliva.

—La fotografía pertenece a un informe policial de hace dieciséis años.

—Nombre.

Sofia Romano.

No recuerdo haberme sentado.

Solo recuerdo mirar aquella fotografía hasta que las letras comenzaron a desdibujarse.

—Eso es imposible.

—La edad coincide. Algunos rasgos también.

—Mi hermana tendría veintiséis años ahora.

—Rosa Morales tiene oficialmente treinta y ocho.

—Entonces no es ella.

—Oficialmente.

Marco dejó otro documento.

—Pero sus datos fueron creados con una identidad que pertenecía a una mujer fallecida.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

—Encuentra a Elena.

—Ya lo intentamos.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Su apartamento está vacío.

—¿Lily?

—También desapareció.

El frío que sentí no se parecía a nada que hubiera experimentado en años.

Cogí las llaves.

—Prepara el coche.

Entonces sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Contesté.

No habló ningún adulto.

Solo escuché una respiración pequeña.

Después:

—¿Señor Casa Grande?

Era Lily.

Me quedé inmóvil.

—Lily. ¿Dónde estás?

—Mamá dijo que no llamara.

Escuché un ruido al fondo.

—¿Está contigo?

—Está llorando.

Mi voz bajó.

—Necesito que me digas dónde estás.

—No sé.

—Mira alrededor. ¿Qué ves?

Hubo silencio.

—Agua.

—¿Algo más?

—Un puente grande.

Marco ya estaba movilizando a los hombres.

Entonces Lily susurró:

—Hay un señor aquí.

Todo mi cuerpo se tensó.

—¿Qué señor?

—El que hizo llorar a mamá.

Escuché una voz masculina distante.

Después Elena gritó:

—¡Lily, cuelga!

La llamada terminó.

—Rastrea ese teléfono —ordené.

Marco comenzó a trabajar.

Treinta segundos después levantó la vista.

—Tenemos una ubicación aproximada cerca del río.

Salimos.

Pero antes de llegar al coche recibí un mensaje.

Una fotografía.

Elena estaba sentada dentro de una habitación desconocida con Lily abrazada contra su pecho.

Detrás de ellas había un hombre cuyo rostro quedaba fuera del encuadre.

Debajo aparecía una frase:

«Diecisiete años buscando a tu hermana y nunca se te ocurrió mirar dentro de tu propia casa.»

Sentí que se me helaba la sangre.

Llegó una segunda imagen.

Esta vez era una fotografía antigua.

Sofia.

Viva.

Sosteniendo en brazos a una bebé.

Elena.

Y debajo, otra frase:

«Si quieres saber por qué tu hermana tuvo que convertirse en Rosa Morales, ven solo. Y quizá también descubras quién es realmente el padre de Elena.»

Me quedé mirando la pantalla.

Porque en la esquina de aquella fotografía antigua aparecía parcialmente otro hombre.

Solo podía verse su mano.

Pero llevaba un anillo que yo habría reconocido en cualquier lugar.

El anillo de mi padre.

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