A las dos de la madrugada apareció el detective asignado al caso.
Se llamaba Marcus Reed.
Cincuenta y tantos años, gabardina húmeda y la expresión cansada de quien ya había decidido qué había ocurrido antes de entrar en la habitación.
—Señor Mercer, creemos que pudo tratarse de un intento de robo.
Lo miré.
—¿Qué le robaron?
Reed abrió una libreta.
—Todavía estamos determinándolo.
—Su teléfono está ahí.
Señalé la bolsa de pruebas.
—Su cartera también. Y lleva puesto el reloj que le regalé.
El detective cerró lentamente la libreta.
—A veces los agresores huyen antes de terminar.
—Y a veces alguien llama robo a algo que no quiere investigar.
Su expresión cambió.
—Entiendo que está alterado.
—No. Estoy prestando atención.
Antes de que pudiera responder, Lily se movió.
Me acerqué inmediatamente.
Su ojo abierto buscó el mío.
—Estoy aquí, cariño.
Intentó hablar.
Solo salió un sonido débil.
—No lo intentes.
Lily levantó una mano temblorosa.
Señaló la mesa.
Había una libreta.
Le puse un bolígrafo entre los dedos.
Tardó casi un minuto en escribir tres palabras.
NO FUE UNO.
Reed se acercó.
—¿Había varias personas?
Lily cerró los ojos.
Después levantó dos dedos.
Luego tres.
Finalmente escribió:
ELLOS MIRABAN.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Quiénes miraban?
Lily comenzó a escribir otra vez.
Pero en cuanto trazó la primera letra, el monitor aceleró.
La enfermera entró.
—Necesita descansar.
Reed guardó su libreta.
—Volveré por la mañana.
Lo seguí hasta el pasillo.
—Detective.
Se detuvo.
—Quiero las grabaciones del campus.
—Seguridad está recopilándolas.
—¿Cuánto tardará?
Vaciló.
Demasiado.
—Hay un problema con algunas cámaras.
—¿Qué problema?
—Entre las once y las once cuarenta hubo una interrupción del sistema en la zona del edificio de ciencias.
Lo miré fijamente.
Lily había sido encontrada a las once treinta y dos.
—Qué coincidencia.
Reed no respondió.
A las seis de la mañana llamé a un antiguo compañero.
Ethan Cole había servido conmigo durante doce años.
Ahora dirigía una empresa de ciberseguridad.
Le conté únicamente lo necesario.
—Necesito saber qué ocurrió con esas cámaras.
—Daniel, es una universidad. No puedo entrar ilegalmente en sus sistemas.
—No te estoy pidiendo eso. Busca información pública. Proveedores, incidencias registradas, cualquier cosa que podamos entregar a la policía.
Dos horas después me llamó.
—Tengo algo raro.
Salí de la habitación para que Lily no escuchara.
—Habla.
—El sistema de cámaras no sufrió ninguna caída general anoche.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás seguro?
—El proveedor registra automáticamente las interrupciones. No hubo ninguna.
—Entonces alguien apagó cámaras específicas.
—O borró las grabaciones después.
Miré hacia la puerta de Lily.
—¿Quién puede hacerlo?
—Seguridad del campus. Administradores autorizados. Quizá alguien de TI con privilegios suficientes.
—Envíamelo todo.
Cuando regresé, encontré una joven sentada fuera de la habitación.
Tendría unos veinte años.
Lloraba.
Al verme, se levantó.
—¿Señor Mercer?
—Sí.
—Soy Hannah. Compañera de laboratorio de Lily.
—¿Sabes qué ocurrió?
Su mirada fue inmediatamente hacia el pasillo.
—No puedo quedarme.
—Hannah.
Se detuvo.
—Mi hija está dentro con la mandíbula fracturada. Si sabes algo, necesito escucharlo.
La muchacha comenzó a temblar.

—Lily descubrió algo.
—¿Qué?
—Hace unas semanas empezó a trabajar como asistente en un proyecto de investigación del profesor Warren.
Conocía el nombre.
Charles Warren.
Decano asociado.
Investigador famoso.
Su fotografía aparecía en los folletos que Lily me había enviado cuando consiguió aquella plaza.
—¿Qué descubrió?
—Datos manipulados.
—¿De qué tipo?
—Resultados de ensayos. El laboratorio había recibido millones de una empresa farmacéutica. Algunos resultados negativos desaparecieron antes de entregar el informe final.
Mi entrenamiento me había enseñado a reconocer el miedo auténtico.
Hannah estaba aterrorizada.
—Lily hizo copias.
—¿Dónde?
—No lo sé.
Entonces escuchamos pasos.
Hannah miró detrás de mí.
Su rostro perdió el color.
—Tengo que irme.
—Espera.
Corrió hacia el ascensor.
Me giré.
Un hombre de traje gris avanzaba por el pasillo acompañado por una mujer.
Reconocí al hombre por las fotografías.
Profesor Charles Warren.
—Señor Mercer.
Extendió la mano.
No se la estreché.
—Soy el profesor de Lily. Esto es terrible.
—¿Qué hace aquí?
—Quería comprobar personalmente cómo estaba.
La mujer que lo acompañaba intervino.
—Soy Melissa Grant, asesora jurídica de la universidad. Queremos ayudar en todo lo posible.
Una asesora jurídica.
A las ocho y media de la mañana.
Para visitar a una estudiante atacada.
Aquello me dijo más que cualquier condolencia.
—¿Las cámaras funcionan ya? —pregunté.
Los dos quedaron inmóviles.
Warren respondió:
—No sé nada sobre seguridad.
—Curioso.
Miré a la abogada.
—Porque alguien desactivó precisamente las cámaras alrededor del lugar donde encontraron a mi hija.
Melissa sonrió con rigidez.
—Le aconsejo no sacar conclusiones mientras la policía investiga.
—No estaba sacando ninguna.
Abrí la puerta de Lily.
—Ahora váyanse.
Warren miró por encima de mi hombro hacia mi hija.
Y vi algo.
No preocupación.
Miedo.
Esa tarde Lily fue llevada a cirugía.
Mientras esperaba, revisé sus pertenencias.
Sudadera.
Llaves.
Cartera.
Teléfono.
Entonces observé algo extraño en su llavero.
Un pequeño cilindro metálico que nunca había visto.
Lo abrí.
Dentro había una memoria USB.
Mi teléfono vibró.
Era Ethan.
—Daniel, necesito que escuches esto.
—¿Qué encontraste?
—Una cámara privada.
—¿Dónde?
—Una tienda frente al acceso norte del campus. La policía aparentemente todavía no la había solicitado.
Mi respiración se detuvo.
—¿Grabó algo?
—Sí.
—Envíamelo.
Treinta segundos después recibí el vídeo.
La imagen era oscura por la lluvia.
Lily apareció saliendo del edificio de ciencias.
Miraba constantemente hacia atrás.
Entonces tres figuras salieron detrás de ella.
Una cuarta esperaba junto a un vehículo.
Lily comenzó a correr.
El vídeo no mostraba el ataque porque ocurrió fuera del ángulo.
Pero sí mostraba el coche.
Un SUV negro.
Y durante dos segundos la matrícula quedó perfectamente visible.
Ethan ya la había comprobado en registros públicos.
—El vehículo pertenece a una fundación —dijo.
—¿Cuál?
—Bradley Biomedical Advancement Foundation.
La fundación que financiaba el laboratorio de Warren.
Antes de poder responder, las puertas del quirófano se abrieron.
El cirujano apareció.
—La operación salió bien.
Cerré los ojos.
Por primera vez en horas pude respirar.
—¿Puedo verla?
—En unos minutos.
Cuando Lily despertó, me senté a su lado.
Le mostré la memoria USB.
Su ojo se abrió de golpe.
Intentó incorporarse.
—Tranquila.
Ella agarró mi muñeca.
Después señaló el USB y negó desesperadamente con la cabeza.
Tomó la libreta.
Escribió:
NO LO ABRAS AQUÍ.
—¿Por qué?
Sus dedos temblaron.
ELLOS SABEN QUE LO TENGO.
Miré hacia la puerta.
—¿Quiénes?
Lily escribió un nombre.
WARREN.
Después añadió otro.
REED.
Sentí un frío recorrerme entero.
—¿El detective Reed?
Lily asintió.
Entonces escribió una última frase:
ÉL ESTABA ALLÍ.
Antes de poder preguntarle qué significaba, mi teléfono sonó.
Número desconocido.
Contesté.
Nadie habló.
Solo escuché respiración.
Después una voz masculina dijo:
—Señor Mercer, su hija tuvo suerte una vez.
Apreté el teléfono.
—¿Quién eres?
El hombre ignoró mi pregunta.
—Entréguenos la memoria y esto termina.
—Ven a buscarla.
Una risa baja.
—No necesitamos hacerlo.
Miré hacia Lily.
—¿Qué significa eso?
—Pregúntele al hombre que está vigilando la puerta de su hija.
La llamada terminó.
Me giré lentamente hacia el pequeño cristal de la habitación.
Al otro lado estaba el detective Reed.
Pero ya no llevaba su libreta.
Tenía una mano dentro de la chaqueta.
Y detrás de él, avanzando por el pasillo con dos hombres de seguridad, venía el profesor Warren.
Entonces Lily apretó mi brazo y escribió desesperadamente cuatro palabras:
PAPÁ, ÉL DIO LA ORDEN.