PARTE 2: MIENTRAS MI MARIDO SE REÍA EN ALEMÁN DE LO FÁCIL QUE ERA ENGAÑARME Y PREPARABA LA LLEGADA DE SU HIJO CON SU AMANTE, YO YA ESTABA RECUPERANDO EL CONTROL DEL IMPERIO QUE ÉL SIEMPRE HABÍA CREÍDO SUYO.

—Todavía no hace falta.

El tío Châu guardó silencio.

—Primero necesito que hagas tres cosas.

—Dígame.

Miré la puerta por la que Trình Nghiễn acababa de marcharse.

—Revisa todas las cuentas de la empresa correspondientes a los últimos tres años. Suspende cualquier operación extraordinaria que requiera autorización de Vân Đỉnh. Y convoca una junta extraordinaria para el lunes.

El tío Châu comprendió inmediatamente.

—¿Debo informar al director Trình?

—Sí.

Hice una pausa.

—Pero no le digas quién la ha solicitado.

Después de colgar, subí al dormitorio.

No hice una maleta.

Todavía no.

Primero abrí la caja fuerte que Trình Nghiễn creía que solo contenía mis joyas.

Dentro estaban nuestro certificado de matrimonio, documentos de propiedad y una copia del acuerdo accionarial firmado seis años atrás.

También encontré algo que no esperaba.

Un sobre con el logotipo de una clínica privada.

Estaba dirigido a Trình Nghiễn.

La fecha era de hacía dos semanas.

No lo abrí.

No necesitaba violar ningún secreto para saber que Kiều Mạn acababa de decirme en alemán exactamente cuál era su contenido.

Fotografié el sobre y volví a guardarlo.

A las cuatro de la tarde, Trình Nghiễn me llamó.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Compraste las cosas de Kiều Mạn?

—No.

Hubo un silencio.

—¿Qué dijiste?

—Que no.

—Hứa Vãn, te pedí una cosa sencilla.

—Entonces hazla tú.

Su voz se enfrió.

—Últimamente estás demasiado rara.

Sonreí.

—Quizá por fin estoy volviendo a ser normal.

Colgué.

Esa noche regresaron juntos.

Kiều Mạn llevaba seis bolsas de marcas de lujo.

Al verme en el sofá, sonrió.

—Señora Hứa, al final el señor Trình tuvo que acompañarme. Espero que no le moleste.

—En absoluto.

Trình Nghiễn dejó las llaves.

—Mañana Kiều Mạn empezará oficialmente en tu departamento.

Levanté la mirada.

—¿Quién aprobó su contratación?

—Yo.

—Mi departamento requiere mi firma.

Su rostro se endureció.

—Soy el director general.

—Y yo soy la directora del departamento.

Kiều Mạn soltó una risita.

Entonces habló nuevamente en alemán:

—Parece que tu empleada doméstica está celosa.

Trình Nghiễn respondió en el mismo idioma:

—Déjala. Dentro de poco ni siquiera tendrá ese puesto.

Los miré durante dos segundos.

Luego sonreí.

—Buenas noches.

Subí.

Detrás de mí escuché la risa de Kiều Mạn.

A la mañana siguiente, la empresa entera recibió una notificación.

AUDITORÍA EXTRAORDINARIA SOLICITADA POR VÂN ĐỈNH CAPITAL.

Cuando entré, el ambiente estaba completamente alterado.

Trình Nghiễn me llamó inmediatamente a su despacho.

Kiều Mạn estaba sentada junto a él.

—¿Sabías algo de esto? —preguntó.

—¿De qué?

Golpeó la notificación.

—Vân Đỉnh.

—¿Por qué tendría que saberlo?

Se reclinó.

—Tienes razón.

Su desprecio regresó inmediatamente.

—Tú nunca has tenido contacto con la alta dirección.

Kiều Mạn sonrió.

—Quizá solo sea una revisión rutinaria.

Trình Nghiễn negó con la cabeza.

—Vân Đỉnh posee el cuarenta y cinco por ciento. Si empiezan a revisar cuentas ahora, podrían retrasar nuestra expansión europea.

Kiều Mạn le tocó el brazo.

—No te preocupes. Lo solucionaremos.

Observé su mano.

Luego miré a Trình Nghiễn.

—¿Puedo volver a trabajar?

—Espera.

Sacó una carpeta.

—He decidido nombrar a Kiều Mạn subdirectora de Negocios Internacionales.

Abrí el documento.

—No tiene experiencia suficiente.

—Tiene experiencia europea.

—Seis meses como becaria en Berlín.

Kiều Mạn se puso roja.

Trình Nghiễn golpeó la mesa.

—Firma.

Dejé el bolígrafo.

—No.

Su expresión se volvió terrible.

—¿Estás intentando desafiarme?

—Estoy haciendo mi trabajo.

Se levantó.

—Sin mí ni siquiera tendrías este puesto.

Por primera vez tuve ganas de contarle toda la verdad.

Pero todavía no.

Quería saber hasta dónde llegaría cuando creyera que yo seguía indefensa.

—Entonces despídeme.

Trình Nghiễn se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Si estás tan seguro de que no valgo nada, despídeme.

Kiều Mạn intervino:

—Señora Hứa, no debería hablarle así al director general.

Giré hacia ella.

—Cuando seas empleada oficial de mi departamento podrás darme opiniones profesionales.

Salí.

Diez minutos después recibí un correo.

Suspensión temporal de funciones.

Sonreí.

Lo reenvié al tío Châu.

Su respuesta llegó casi inmediatamente:

«Recibido.»

A las tres, Trình Nghiễn recibió otra notificación.

La suspensión de un director departamental durante una auditoría requería revisión del accionista principal.

Su decisión quedó congelada.

Entró furioso en mi oficina.

—¿Qué demonios está pasando?

—Pregúntale a Vân Đỉnh.

—¿Conoces a alguien allí?

Lo miré tranquilamente.

—¿Por qué? ¿Ahora crees que soy importante?

Su rostro se oscureció.

Aquella noche no regresé a casa.

Me alojé en un apartamento que mi abuelo había dejado a mi nombre.

A las once recibí un mensaje de Kiều Mạn.

Una fotografía.

Ella estaba sentada en mi cama matrimonial.

Llevaba uno de mis camisones.

«Señora Hứa, el señor Trình dice que no volverá esta noche. Espero que no le importe que utilice su habitación.»

La miré durante unos segundos.

Después guardé la fotografía en la carpeta de pruebas.

Contesté únicamente:

«No me importa.»

Ella respondió con una cara sonriente.

No sabía que acababa de entregarme otra prueba.

El lunes llegué a la sede central a las nueve.

La junta estaba llena.

Trình Nghiễn ocupaba su asiento habitual.

Kiều Mạn estaba detrás de él.

Al verme entrar, frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

No contesté.

Entonces se abrieron las puertas.

El tío Châu entró acompañado por cinco representantes de Vân Đỉnh.

Todos los directivos se levantaron.

Trình Nghiễn sonrió inmediatamente.

—Señor Châu, no esperaba que viniera personalmente.

Avanzó para estrecharle la mano.

Pero el tío Châu pasó junto a él.

Directamente hacia mí.

Se detuvo.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Hứa, todos los documentos para su incorporación como presidenta de Vân Đỉnh están preparados.

El silencio fue absoluto.

Trình Nghiễn dejó de sonreír.

Kiều Mạn abrió la boca.

—¿Presidenta?

Me quité el abrigo y tomé asiento en la cabecera.

—Empecemos.

Trình Nghiễn permaneció de pie.

—Hứa Vãn… ¿qué significa esto?

—Significa exactamente lo que has oído.

El tío Châu colocó el registro accionarial sobre la mesa.

—Desde hoy, la señorita Hứa ejerce personalmente los derechos correspondientes al cuarenta y cinco por ciento de las acciones que Vân Đỉnh posee en esta compañía.

Trình Nghiễn miró el documento.

Luego a mí.

—Tú…

—Sí.

Me incliné ligeramente hacia delante.

—La mujer que, según tú, no sería nadie sin esta empresa.

Kiều Mạn retrocedió.

Yo saqué mi teléfono.

—Antes de revisar las cuentas, tengo algo para vosotros.

Pulsé reproducir.

La voz de Kiều Mạn llenó la sala.

—Señor Trình, no deje que se descubra que estoy embarazada.

Después llegó la respuesta de mi marido.

—Cuando nazca el niño, entonces regresaremos.

El rostro de Trình Nghiễn se volvió blanco.

La grabación continuó.

El hotel.

La oficina.

Las mentiras.

Las burlas.

«No puede vivir sin mí.»

«Sin mí, ella no sería nadie.»

Nadie en la sala se movía.

Detuve el audio.

Kiều Mạn fue la primera en reaccionar.

—¡Nos entendiste!

La miré.

Y esta vez respondí en un alemán impecable:

—Cada palabra. Desde la primera hasta la última.

Kiều Mạn pareció olvidar cómo respirar.

Después repetí la misma frase en inglés.

Luego en francés.

Italiano.

Japonés.

Coreano.

Ruso.

Y finalmente volví al chino.

—Ocho idiomas.

Miré a mi marido.

—El problema nunca fue que yo no pudiera entenderte, Trình Nghiễn.

—El problema fue que durante seis años tú nunca te molestaste en conocer a la mujer con la que estabas casado.

Pensé que aquel sería el golpe definitivo.

Entonces el director financiero abrió la carpeta de la auditoría.

—Señorita Hứa, hay un problema más grave.

Deslizó tres documentos hacia mí.

—Encontramos transferencias no autorizadas realizadas durante los últimos dieciocho meses.

Trình Nghiễn palideció.

—Eso es imposible.

—No —respondió el director—. Y todas terminan en la misma sociedad extranjera.

Miré el nombre.

Era una compañía registrada en Berlín.

El beneficiario no era Trình Nghiễn.

Tampoco Kiều Mạn.

Levanté la vista.

—¿Quién es esta persona?

El tío Châu permaneció en silencio unos segundos antes de responder:

—Alguien relacionado con su abuelo.

Mi mano se quedó inmóvil.

—¿Mi abuelo?

Asintió.

—Y hay algo todavía más extraño.

Sacó una fotografía antigua de la carpeta.

En ella aparecía mi abuelo.

A su lado había un hombre que yo no conocía.

Y detrás de ambos, mucho más joven, estaba la madre de Trình Nghiễn.

En el reverso había una fecha de hacía veintisiete años y una frase escrita por mi abuelo:

«Si Vãn llega a casarse con el hijo de esta familia, no será una coincidencia.»

Levanté lentamente los ojos hacia mi marido.

Por primera vez, Trình Nghiễn no parecía arrogante.

Parecía aterrorizado.

Y entonces comprendí que su aventura con Kiều Mạn quizá no era el secreto más peligroso de nuestro matrimonio.

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