PARTE 2: ADRIÁN ESTABA DISPUESTO A RENUNCIAR A LONDRES PARA PROTEGERME, PERO CUANDO DESCUBRIMOS QUIÉN HABÍA TOMADO LAS FOTOGRAFÍAS Y POR QUÉ SU PADRE QUERÍA SEPARARNOS, EL ESCÁNDALO DEJÓ DE SER SOBRE NUESTRA RELACIÓN.

Valeria tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Tu padre sabe de nosotros?

Adrián no intentó esquivarlo.

—Desde hace tres semanas.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—Pensaba solucionarlo primero.

Valeria soltó una risa sin humor.

—Ese es exactamente tu problema. Siempre decides qué información puedo soportar.

El decano miró incómodo hacia la puerta.

—Quizá debamos continuar esta conversación en otro momento.

Adrián sostuvo las fotografías.

—No. Quiero saber quién las entregó.

—Fueron enviadas desde una cuenta anónima.

—¿Y la universidad abre una investigación basándose en fotografías tomadas fuera del campus?

El decano endureció la expresión.

—El problema no son únicamente las fotografías.

Sacó una segunda carpeta.

—También recibimos una denuncia formal afirmando que Valeria obtuvo acceso anticipado a los criterios de evaluación para la beca.

Valeria sintió que se le helaba el cuerpo.

—Eso es mentira.

—Lo sé —dijo Adrián.

Ella se volvió hacia él.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque yo tampoco tenía acceso.

El decano negó con la cabeza.

—La denuncia afirma que la información llegó a través de su familia.

Adrián abrió la carpeta.

Había capturas de pantalla.

Un correo enviado supuestamente desde una dirección vinculada a la fundación Salazar.

Un archivo adjunto con preguntas preliminares.

Y debajo, una conversación en la que parecía que Valeria agradecía haberlo recibido.

Ella leyó dos veces.

—Yo nunca escribí esto.

Adrián acercó la hoja.

—La hora no coincide.

—¿Qué?

Señaló la fecha.

—Ese mensaje supuestamente lo enviaste el sábado a las once y cuarenta y seis.

Valeria recordó inmediatamente aquella noche.

—Estaba contigo.

—Sí.

Adrián levantó los ojos hacia el decano.

—Y a esa hora su teléfono estaba apagado porque lo había dejado sin batería.

El decano frunció el ceño.

—Eso no demuestra falsificación.

—No.

Adrián cerró la carpeta.

—Pero demuestra que vamos a necesitar una investigación real antes de obligar a alguien a renunciar.

Valeria lo miró.

Una parte de ella seguía enfadada porque él había ocultado que su padre conocía la relación.

Pero otra empezaba a comprender algo mucho más inquietante.

Alguien no solo quería separarlos.

Alguien estaba construyendo pruebas para destruir su expediente académico.

Salieron del despacho sin firmar ninguna renuncia.

En cuanto estuvieron solos, Valeria se detuvo.

—Ahora me cuentas todo.

Adrián no discutió.

—Mi padre me llamó hace tres semanas.

—¿Cómo se enteró?

—No quiso decirlo.

—¿Qué pidió?

—Que terminara contigo.

—¿Por qué?

Adrián guardó silencio demasiado tiempo.

—Adrián.

—Dijo que una relación contigo podía complicar ciertas decisiones familiares.

Valeria lo miró con incredulidad.

—¿Decisiones familiares?

—Después de graduarme quieren que entre en la fundación.

—Eso ya lo sabía.

—Hay otra cosa.

Por primera vez, Adrián pareció incómodo.

—Mi familia está negociando una alianza con el grupo empresarial de los Ferrer.

Valeria entendió antes de que terminara.

—¿Y tienen una hija?

Adrián cerró los ojos un instante.

—Camila.

—Claro.

Valeria dio un paso atrás.

—Entonces todo esto no es por una beca.

—No.

—¿Tu padre quiere elegirte pareja?

—Quiere elegir lo que considera conveniente para la familia.

—Y yo no lo soy.

Adrián la miró directamente.

—Tú eres la única parte de mi vida que elegí sin preguntarle a nadie.

Aquella frase debería haberla emocionado.

En cambio, la asustó.

Porque por primera vez comprendió exactamente qué estaban enfrentando.

No era un rumor universitario.

Era una familia acostumbrada a conseguir lo que quería.

—¿Camila sabe de mí?

—No lo sé.

—¿La conoces?

—Desde niños.

—Eso no responde.

Adrián suspiró.

—Sí. La conozco.

Valeria se cruzó de brazos.

—Perfecto.

—No hay nada entre nosotros.

—No he dicho que lo haya.

—Estás enfadada.

—Estoy descubriendo en veinte minutos que tu padre sabe que duermo en tu apartamento, quiere separarnos, existe una posible futura esposa empresarial y alguien está falsificando correos para hacerme perder una beca. Dame cinco minutos para decidir qué parte me molesta más.

Adrián casi sonrió.

Ella lo señaló.

—Ni se te ocurra.

La sonrisa desapareció.

Aquella tarde fueron al departamento de sistemas.

Adrián utilizó su condición de representante estudiantil para solicitar que preservaran todos los registros relacionados con la denuncia.

Valeria esperaba resistencia.

Lo que no esperaba era que el técnico frunciera el ceño apenas vio una de las capturas.

—Esto es raro.

—¿Qué cosa? —preguntó ella.

El hombre amplió el encabezado.

—El correo parece enviado desde la fundación Salazar, pero pasó primero por un servidor interno de la universidad.

Adrián se quedó quieto.

—¿Interno?

—Sí.

—¿Puede identificar desde dónde?

El técnico vaciló.

—Necesito autorización.

Adrián colocó la denuncia sobre la mesa.

—Mi nombre está involucrado y están acusando a una estudiante de fraude académico.

El técnico respiró hondo.

Tecleó durante casi un minuto.

Entonces su rostro cambió.

—Esto no debería estar aquí.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué encontró?

Giró parcialmente la pantalla.

El acceso provenía de una oficina administrativa del edificio central.

Oficina de Relaciones Institucionales.

Adrián palideció.

—Mi padre tiene reuniones ahí cada mes.

El técnico bajó la voz.

—Y alguien utilizó una credencial temporal de visitante la noche en que se envió el correo.

—¿A nombre de quién?

—No puedo…

—Por favor —dijo Valeria.

El hombre los miró.

Finalmente escribió el código.

Apareció un nombre.

Camila Ferrer.

Valeria dejó de respirar.

Adrián retrocedió.

—Eso no tiene sentido.

—¿Seguro? —preguntó ella.

—Camila ni siquiera estudia aquí.

El técnico volvió a revisar.

—Entró a las ocho y diecisiete. Salió casi tres horas después.

Adrián tomó su teléfono.

—Voy a llamarla.

Valeria le sujetó la muñeca.

—No.

—Necesitamos saber qué hizo.

—Y si la llamas, sabrá que lo descubrimos.

Adrián la observó.

Luego guardó el teléfono.

—Entonces ¿qué propones?

Valeria miró nuevamente la pantalla.

—Que averigüemos qué vino a buscar antes de preguntarle por qué vino.

Dos días después, encontraron la primera pieza.

No gracias a Adrián.

Gracias a Lucía.

—No quiero saber por qué necesitáis esto —dijo mientras dejaba una memoria USB sobre la mesa de la cafetería—, pero mi novio trabaja con el equipo audiovisual del campus.

Valeria levantó una ceja.

—¿Desde cuándo tienes novio?

—Ese no es el misterio importante ahora.

La memoria contenía copias de las cámaras del edificio central correspondientes a aquella noche.

Adrián abrió el primer archivo.

A las 20:16, Camila Ferrer entraba por la puerta principal.

A las 20:23 subía al tercer piso.

A las 20:31 aparecía frente a Relaciones Institucionales.

Pero a las 21:04 ocurrió algo inesperado.

Un hombre salió de otra oficina y se reunió con ella.

Valeria se inclinó hacia la pantalla.

—¿Quién es?

Adrián no respondió.

Su mandíbula se había tensado.

—Adrián.

Él pausó el vídeo.

—El vicepresidente académico.

Valeria sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

El mismo hombre que presidía el comité final de la beca de Londres.

Siguieron viendo.

Camila le entregó una carpeta.

Él la abrió.

Hablaron.

Después ambos desaparecieron dentro de su despacho.

Cuarenta minutos más tarde, Camila salió sola.

Pero antes de marcharse dejó algo sobre la mesa exterior.

Un sobre.

El vicepresidente regresó minutos después y se lo llevó.

Lucía murmuró:

—Esto ya parece una película.

Valeria no respondió.

Había visto algo más.

—Retrocede.

Adrián volvió atrás.

—Detén ahí.

La imagen era borrosa, pero el sobre tenía un logotipo.

Una S estilizada dentro de un círculo.

Adrián se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué pasa?

Él amplió la imagen.

—Ese es el sello privado de la fundación de mi padre.

El silencio cayó sobre los tres.

Valeria sintió que la rabia reemplazaba lentamente al miedo.

—Entonces tu padre sí está detrás.

Adrián negó.

—No necesariamente.

—Adrián…

—Necesito comprobarlo.

Esa noche no regresaron juntos al apartamento.

Valeria necesitaba espacio.

Adrián necesitaba respuestas.

A las once y media, mientras ella estudiaba en su residencia, recibió una llamada.

Era él.

—Valeria.

Su voz sonaba extraña.

—¿Qué ocurrió?

—Entré al despacho de mi padre.

Ella se incorporó.

—¿Y?

—Encontré la carpeta original.

—¿Qué carpeta?

Silencio.

—La que Camila entregó al vicepresidente.

Valeria dejó el bolígrafo.

—¿Qué contiene?

Adrián tardó varios segundos en responder.

—Información sobre ti.

—¿Qué clase de información?

—Tu expediente académico. Tu beca. Tus antecedentes familiares. Tus solicitudes de prácticas.

La piel de Valeria se erizó.

—¿Por qué tu padre tiene todo eso?

—No lo sé.

Pasó una página al otro lado de la llamada.

Entonces dejó de hablar.

—Adrián.

Nada.

—¿Qué viste?

Cuando respondió, su voz había cambiado por completo.

—Hay una fotografía de tu madre.

Valeria frunció el ceño.

—¿Mi madre?

—Es antigua.

—¿Qué tiene que ver mi madre con tu padre?

Silencio.

Después escuchó cómo Adrián aspiraba lentamente.

—Valeria… creo que tenemos un problema mucho mayor.

—Dímelo.

—La fotografía fue tomada hace veintidós años.

—¿Y?

Adrián tardó tanto en responder que ella sintió verdadero miedo.

Mi padre está a su lado.

Valeria se levantó de golpe.

—Eso es imposible.

—Hay algo escrito detrás.

—¿Qué?

Otra pausa.

Y entonces Adrián leyó las palabras que habían permanecido ocultas durante más de dos décadas:

«Si algún día nuestra hija pregunta por mí, dile que nunca tuve elección».

Valeria dejó de respirar.

Porque de pronto ya no sabía si el padre de Adrián estaba intentando separarlos por prestigio, por dinero…

o porque conocía un secreto sobre ella que podía cambiar por completo quiénes eran el uno para el otro.

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