A las dos de la tarde estaba sentada frente a Gabriel Dong, presidente de Dongsheng Tech.
No llevaba ni una hora hablando conmigo cuando cerró mi currículum.
—No necesito escuchar más.
Lo miré.
—¿Eso significa que la entrevista terminó?
—Significa que nunca fue una entrevista.
Deslizó una carpeta hacia mí.
Dentro estaba la oferta formal.
El salario duplicaba el mío.
Participación accionarial.
Presupuesto propio.
Autoridad para formar mi equipo.
Y, debajo del cargo, una línea que tuve que leer dos veces:
DIRECTORA DE PLANIFICACIÓN ESTRATÉGICA Y DESARROLLO INTERNACIONAL.
—¿Por qué yo?
Gabriel sonrió.
—Porque durante tres años Zhou Group presentó siete proyectos como ejemplos del talento de Alexander Zhou.
Se inclinó hacia delante.
—Investigamos quién los diseñó realmente.
Mi mano quedó inmóvil sobre la carpeta.
—¿Me investigaron?
—Investigamos a nuestra competencia.
Hizo una pausa.
—Y en todos los caminos aparecía Isabel.
Firmé aquella tarde.
No por venganza.
No por Alexander.
Firmé porque era la primera vez en años que alguien miraba mi trabajo y veía mi nombre, no al hombre que estaba detrás de mí.
Mi renuncia llegó al correo de Recursos Humanos a las cinco y diecisiete.
A las cinco y veintidós sonó mi teléfono.
Alexander.
No contesté.
Volvió a llamar.
Después otra vez.
Finalmente apareció un mensaje.
«Sube a mi oficina.»
Respondí:
«Ya no recibo órdenes tuyas fuera de mis responsabilidades actuales.»
La respuesta llegó inmediatamente.
«ISABEL.»
Sonreí.
A las seis, Alexander apareció personalmente en mi oficina.
Cerró la puerta.
—¿Qué significa esta renuncia?
—Exactamente lo que dice.
—¿Por lo de esta mañana?
—No.
—Entonces ¿por qué?
Apagué el ordenador.
—Porque recibí una oferta mejor.
Sus ojos se estrecharon.
—¿De quién?
Me puse el abrigo.
—Dongsheng Tech.
El silencio fue absoluto.
Alexander se quedó mirándome.
Dongsheng llevaba cinco años compitiendo con Zhou Group por el mercado tecnológico del este de China.
—No irás allí.
—Ya firmé.
Por primera vez vi desaparecer por completo aquella seguridad que siempre lo acompañaba.
—Cancélalo.
—No.
—Te duplicaré el salario.
—No.
—Te daré el puesto de Elena después del trimestre.
Solté una pequeña risa.
—¿Y qué harás con Elena?
—Eso no te importa.
—Exactamente.
Lo miré.
—Nada de esto me importa ya.
Alexander agarró mi muñeca.
—¿Estás intentando castigarme?
Bajé los ojos hacia su mano.
Él la soltó.
—No eres indispensable, Isabel.
—Nunca dije que lo fuera.
Cogí mi bolso.
—Entonces no deberías estar tan preocupado.
Pasé junto a él.
Antes de abrir la puerta escuché:
—Dongsheng solo te quiere por lo que sabes de nosotros.
Me giré.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Esta mañana dijiste que sin ti yo no habría llegado a ninguna parte. Ahora resulta que tu mayor rival considera valioso lo que sé.
Su mandíbula se tensó.
—No juegues conmigo.
—Ya no estoy jugando.
El lunes siguiente empecé en Dongsheng.
No me llevé ningún documento confidencial.
Ni una sola base de datos.
Ni un archivo.
No lo necesitaba.
Lo más importante que había construido en Zhou Group nunca estuvo almacenado en sus servidores. Estaba en mi cabeza.
Sabía cómo negociar.
Sabía dónde fallaban los proyectos.
Sabía construir equipos.
Y, sobre todo, conocía a las personas que Alexander nunca se había molestado en valorar.
Tres semanas después, Dongsheng ganó su primer contrato importante frente a Zhou Group.

No porque yo revelara secretos.
Ganamos porque preparé una propuesta mejor.
Después vino otro.
Y otro.
Entonces comenzaron las llamadas.
Primero fue Recursos Humanos.
Después antiguos compañeros.
Luego clientes que querían saber por qué había abandonado Zhou Group.
Nunca hablé mal de Alexander.
Solo decía:
—Buscaba un lugar donde pudiera crecer.
Aquella frase hizo más daño que cualquier acusación.
Dos meses después recibí una invitación a la Cumbre Empresarial de Hangzhou.
Dongsheng presentaría nuestra nueva estrategia internacional.
Zhou Group también estaría allí.
Cuando entré al salón, vi a Alexander inmediatamente.
Elena estaba a su lado.
Llevaba un enorme anillo de compromiso.
Los rumores eran ciertos.
Ella me vio primero.
—Isabel.
Sonrió.
—Escuché que ahora trabajas para Dongsheng.
—Así es.
—Debe ser difícil empezar desde cero.
Antes de que pudiera responder, Gabriel apareció detrás de mí.
—Directora Isabel, el consejo quiere revisar contigo la adquisición antes de la presentación.
La sonrisa de Elena vaciló.
Alexander me miró.
—¿Adquisición?
Gabriel no respondió.
Yo tampoco.
Aquella tarde subí al escenario frente a más de cuatrocientos ejecutivos.
Presenté durante cuarenta minutos.
Cuando terminé, el auditorio aplaudió.
Al bajar, Alexander me esperaba junto al pasillo lateral.
—Necesitamos hablar.
—Tengo otra reunión.
—Cinco minutos.
Su tono ya no era una orden.
Eso fue lo primero que noté.
Entramos en una sala privada.
Alexander cerró la puerta.
—El proyecto Xinyan está paralizado.
—Lo siento.
—No finjas.
—No estoy fingiendo.
—Tú diseñaste la arquitectura completa.
—Y entregué todos mis archivos antes de marcharme.
Alexander apretó los dientes.
—Elena no puede manejarlo.
No dije nada.
—Los Chen están furiosos. El consejo también.
—Entonces contrata a alguien competente.
—Quiero que vuelvas.
Aquellas palabras habrían significado el mundo para mí tres meses atrás.
Ahora no significaban nada.
—No.
—Te haré vicepresidenta.
—No.
—Isabel, dime qué quieres.
Lo miré durante varios segundos.
—Que dejes de creer que todo tiene un precio que tú puedes pagar.
Su rostro se endureció.
—¿Es por Gabriel?
Casi me reí.
—Sigues sin entender.
—Te está utilizando.
—Quizá. Pero me paga por mi capacidad y me da autoridad para usarla. Tú me llevabas a tu cama y después regalabas mi trabajo para mantener contenta a tu futura esposa.
Alexander palideció.
Abrí la puerta.
Entonces dijo:
—El compromiso con Elena puede cancelarse.
Me detuve.
—¿Y?
—Podemos volver a como estábamos.
Giré lentamente.
—Alexander, lo que estábamos era exactamente el problema.
Salí.
Creí que aquella sería nuestra última conversación privada.
Me equivoqué.
Dos días después, Gabriel entró en mi oficina con una expresión extraña.
—Tenemos un problema.
Me entregó una tablet.
Era una noticia financiera.
ZHOU GROUP SUSPENDE TEMPORALMENTE EL PROYECTO XINYAN.
Debajo aparecía otra noticia.
Tres ejecutivos habían renunciado.
Luego una cuarta.
Uno de ellos era mi antiguo subdirector.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Gabriel deslizó la pantalla.
Había un correo enviado esa mañana.
Los tres querían incorporarse a Dongsheng.
—No los contacté.
—Lo sé.
Gabriel me observó.
—Pero quieren trabajar contigo.
Aquella tarde llegó algo todavía peor para Alexander.
Uno de los mayores socios internacionales de Zhou Group anunció que revisaría su cooperación.
La persona responsable era Richard Hale, un inversor estadounidense con quien yo había negociado durante casi dos años.
Me llamó directamente.
—Isabel, no sabía que habías salido de Zhou.
—Fue una decisión reciente.
—Alexander nos dijo que estabas de baja.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Nos aseguró que seguirías supervisando Xinyan indirectamente.
Cerré los ojos.
Alexander estaba utilizando mi nombre después de mi renuncia.
—Eso es falso.
Hubo silencio.
—Entiendo —respondió Richard.
Tres horas después, Zhou Group recibió una solicitud formal de aclaración.
Y esa noche Alexander apareció en el vestíbulo de mi edificio.
Parecía agotado.
—¿Qué le dijiste a Hale?
—La verdad.
—Está amenazando con retirarse.
—Entonces quizá no deberías haberle mentido.
Alexander se pasó una mano por el rostro.
—Isabel, si Hale se marcha, Xinyan puede caer.
—Ya no es mi proyecto.
—¡Tú lo construiste!
Lo miré.
—Finalmente lo admites.
Se quedó callado.
Entonces su teléfono sonó.
Era Elena.
Alexander rechazó la llamada.
Volvió a sonar.
La rechazó otra vez.
—Los Chen quieren que me case con ella el próximo mes.
—Felicidades.
—No quiero casarme con ella.
—Eso tampoco es asunto mío.
Su expresión cambió.
—Te quiero a ti.
Durante años había esperado escuchar aquello.
Pero llegó después de que me humillara.
Después de reemplazarme.
Después de decirme que conociera mi lugar.
—No —respondí—. Quieres recuperar a la mujer que solucionaba tus problemas.
Entré en el ascensor.
A la mañana siguiente encontré a Gabriel esperando en mi oficina.
Había una carpeta sobre mi escritorio.
—¿Qué ocurre?
—La adquisición que mencionamos en Hangzhou recibió aprobación preliminar.
La abrí.
Y me quedé inmóvil.
La empresa objetivo no era pequeña.
Era una subsidiaria estratégica cuyo principal cliente era Zhou Group.
—Gabriel…
—Lee la última página.
Lo hice.
Entonces entendí por qué estaba tan serio.
La adquisición nos otorgaría control sobre una tecnología esencial para Xinyan.
Pero había algo más.
Entre los accionistas minoritarios de aquella subsidiaria aparecía un nombre conocido.
Elena Chen.
Y junto a sus acciones figuraba una garantía privada.
El beneficiario era Zhou Group.
—¿Qué significa esto?
Gabriel se sentó frente a mí.
—Que los Chen utilizaron esas acciones como garantía para financiar parte de su cooperación con Alexander.
—¿Y si Dongsheng compra la empresa?
—La estructura completa tendrá que revisarse.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Elena.
«Tenemos que hablar. No confíes en Gabriel Dong.»
Antes de que pudiera responder llegó una fotografía.
Alexander y Gabriel estaban sentados juntos en un restaurante.
La fecha era de cuatro años atrás.
Mucho antes de que Dongsheng supuestamente se convirtiera en el mayor rival de Zhou Group.
Debajo, Elena escribió una segunda frase:
«Pregúntale por qué llevaba tres años esperando que Alexander te traicionara.»
Levanté lentamente la mirada hacia Gabriel.
Él vio la fotografía en mi pantalla.
Y por primera vez desde que lo conocía, su expresión dejó de ser tranquila.