Mateo bajó las escaleras sin terminar de abrocharse la camisa.
—¿La señora Falcone regresó anoche?
La ama de llaves levantó la cabeza.
—No, señor.
El dolor detrás de sus ojos desapareció.
En su lugar apareció algo mucho peor.
—¿Llamó?
—No.
Mateo sacó el teléfono.
Once llamadas a Clara.
Después quince.
Después veinte.
Todas fueron directamente al buzón.
Marcó a Frank.
—¿Dónde la dejaste?
—En el Drake, jefe. Exactamente donde usted dijo.
—¿Viste si alguien la recogió?
Hubo silencio.
—No.
Mateo apretó la mandíbula.
—Encuéntrala.
—Ya voy.
—No. Encuéntrala ahora.
Colgó y llamó al jefe de seguridad de la finca.
En menos de diez minutos, cámaras, registros de vehículos y contactos personales estaban siendo revisados.
Pero había un problema.
Clara no había utilizado ninguna tarjeta.
No había pedido transporte.
No había llamado a ningún amigo.
Parecía haberse evaporado.
A las nueve y veinte, Frank regresó.
Traía el rostro gris.
—Jefe.
Mateo vio lo que sostenía.
Un pequeño bolso azul.
El de Clara.
—¿Dónde lo encontraste?
—Cerca de la salida del estacionamiento.
Mateo lo arrancó de sus manos.
Dentro estaba su cartera.
Sus tarjetas.
Su identificación.
Y el teléfono apagado.
Nada parecía haber sido robado.
Eso era peor.
—¿Las cámaras?
—El hotel está preparando las grabaciones.
—¿Preparando?
Mateo golpeó la mesa.
—¡Quiero verlas ya!
Frank no respondió.
Nunca había visto a Mateo perder el control de esa manera.
Una hora después estaban en la sala de seguridad del Drake.
La grabación mostraba a Clara saliendo del garaje bajo la lluvia.
Caminaba sola.
Descalza.
Llevaba los zapatos en una mano.
El vestido empapado se pegaba a su cuerpo mientras avanzaba hacia Michigan Avenue.
Mateo observó sin respirar.
A las 00:47, Clara pasó frente a una farmacia cerrada.
A las 00:53, una cámara de tráfico la captó cruzando una intersección.
A la 01:02 apareció por última vez.
Después nada.
Mateo rebobinó.
—Otra vez.
Volvieron a reproducirlo.
—Otra vez.
Frank tragó saliva.
—Jefe…
—He dicho otra vez.
Pero el resultado nunca cambió.
Clara desaparecía de las cámaras a la 01:02.

Mateo señaló la pantalla.
—¿Qué hay después de esa esquina?
El guardia revisó un mapa.
—Un estacionamiento privado, un callejón de servicio y acceso a Lower Wacker.
Frank maldijo en voz baja.
Mateo giró.
—Cerrad todas las salidas que podáis vigilar. Quiero saber qué vehículos pasaron por allí.
El guardia dudó.
—Señor Falcone, debería llamar a la policía.
Mateo lo miró.
Por primera vez en años, aquella sugerencia no le pareció absurda.
—Hazlo.
Frank se quedó inmóvil.
—¿Policía?
—¿No me escuchaste?
Mateo tomó su abrigo.
—Me importa una mierda quién haga preguntas. Quiero a mi esposa de vuelta.
A mediodía, la desaparición de Clara Falcone ya había dejado de ser privada.
Detectives entrevistaban al personal.
Agentes federales aparecieron porque Clara estaba vinculada a una investigación abierta relacionada con los muelles.
Los enemigos de Mateo comenzaron a escuchar rumores.
Y, por primera vez, su poder no servía de nada.
No podía ordenar que una cámara mostrara lo que no había grabado.
No podía comprar una respuesta inexistente.
No podía amenazar al tiempo para que retrocediera.
A las dos de la tarde, Peter llegó.
El hermano de Clara entró en el estudio y golpeó a Mateo en el pecho antes de que Frank pudiera intervenir.
—¡La dejaste sola!
Mateo no respondió.
—¡Bajo la lluvia! ¡A medianoche!
—Peter…
—¡Ella te defendió durante años!
Su voz se quebró.
—Incluso cuando todos le dijimos que acabarías destruyéndola.
Mateo levantó la mirada.
—La voy a encontrar.
Peter soltó una risa amarga.
—No tienes derecho a decir eso ahora.
Aquellas palabras se clavaron más profundo de lo que Mateo esperaba.
Porque eran verdad.
A las cuatro llegaron las primeras noticias.
Un conductor había visto a una mujer con un vestido azul caminando cerca del río.
Otro aseguraba haber visto un vehículo oscuro detenerse cerca de ella.
Las versiones se contradecían.
Nada era sólido.
Hasta que Evelyn Carter llamó.
La mejor amiga de Clara.
—Mateo.
—¿Sabes algo?
—Encontré un mensaje de voz.
Él se puso de pie.
—¿De Clara?
—Sí.
—Envíamelo.
—Creo que deberías escucharlo conmigo.
Veinte minutos después, Evelyn llegó a la finca.
No lo saludó.
Solo puso el teléfono sobre la mesa.
—Lo dejó a la 01:08.
Mateo sintió que el corazón se le detenía.
Evelyn presionó reproducir.
La voz de Clara llegó débil, entre ruido de lluvia y tráfico.
—Evelyn… soy yo.
Una pausa.
—Mi teléfono está muriendo.
Otra.
—No sé exactamente dónde estoy.
Mateo cerró los ojos.
—Si ves esto mañana…
Clara respiró.
—Dile a Peter que no fue su culpa.
Evelyn detuvo el audio.
—Hay más.
—Ponlo.
—Mateo…
—Ponlo.
Ella continuó.
La voz de Clara cambió.
—Y si Mateo pregunta…
Silencio.
Después:
—Dile que yo sí lo esperé.
Mateo abrió los ojos.
—¿Qué?
La grabación siguió.
—Esperé a que volviera.
Su voz se quebró.
—Pero no volvió.
El audio terminó con un sonido extraño.
Una puerta.
Tal vez un coche.
Tal vez otra cosa.
Después nada.
Mateo se quedó completamente inmóvil.
Evelyn lo miró.
—Eso fue lo último.
—No.
—Mateo…
—No fue lo último.
Se levantó bruscamente.
—Hay seis minutos entre la última cámara y ese mensaje. Quiero cada negocio, cada garaje, cada entrada privada revisada.
Frank entró en ese momento.
—Jefe.
Algo en su expresión silenció la habitación.
—Encontramos un coche.
Mateo se volvió.
—¿Qué coche?
—Una cámara privada captó un sedán oscuro deteniéndose cerca de Clara a la 01:05.
—¿Matrícula?
—Parcial.
Frank dejó una fotografía sobre la mesa.
Mateo la miró.
Y por primera vez desde que comenzó la búsqueda, el miedo fue reemplazado por reconocimiento.
Conocía ese vehículo.
Había visto uno idéntico estacionado frente a un club privado durante una reunión seis semanas antes.
—¿De quién es?
Frank no respondió inmediatamente.
—Habla.
—Creemos que está registrado a nombre de una empresa pantalla.
—¿De quién?
Frank levantó los ojos.
—Del sindicato Russell.
El apellido cayó como una bomba.
Thaddeus Russell.
El hombre que había estado con Mateo en la gala.
El hombre que le había entregado el teléfono desechable.
El hombre que sabía exactamente cuánto significaba Clara para él.
Mateo agarró su chaqueta.
—¿Dónde está Thaddeus?
Frank tragó saliva.
—Eso es lo peor.
—¿Qué?
—Nadie lo ha visto desde anoche.
Evelyn se quedó rígida.
Peter levantó la cabeza.
Mateo miró de nuevo la fotografía.
Entonces notó algo en la esquina inferior.
La cámara había captado a Clara acercándose al sedán.
Pero no parecía estar siendo obligada.
Parecía reconocer a la persona que estaba dentro.
Mateo amplió la imagen.
La puerta trasera estaba abierta.
Una mano masculina sostenía algo.
Un objeto pequeño.
Mateo acercó aún más la fotografía.
Y sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Era un collar.
El collar de Clara.
El mismo que había desaparecido de su joyero tres meses atrás.
El mismo robo que Thaddeus había prometido investigar.
Frank vio su expresión.
—Jefe…
Mateo levantó lentamente los ojos.
—Esto no empezó anoche.
Y por primera vez comprendió que alguien había estado preparando la desaparición de Clara mucho antes de que él cometiera el error perfecto y la dejara sola.