Elena permaneció junto a la puerta con su pequeño equipaje entre las manos.
Nadie se movió.
Finalmente fue Gabriel quien habló.
—Elena no se quedará aquí.
Ella levantó la cabeza, sorprendida.
—Gabriel…
—Te conseguiré alojamiento en otro lugar.
Lo miré mientras recogía el termo caído.
—No hace falta.
—He dicho que no.
—Como quieras.
Esas dos palabras parecieron irritarlo más que cualquier discusión de nuestro antiguo matrimonio.
Antes yo habría preguntado por qué.
Habría exigido saber qué había cambiado.
Ahora simplemente fui por un trapo.
Gabriel me sujetó del brazo.
—¡Discute conmigo!
Lo miré.
—¿Sobre qué?
—Sobre Elena. Sobre los niños. Sobre mí. ¡Sobre cualquier cosa!
Víctor y Rosa permanecían abrazados junto a la mesa.
Elena bajó los ojos.
Gabriel respiraba con dificultad.
—Antes habrías armado un escándalo si ella aparecía aquí con una maleta.
—Antes era inmadura.
Su mano se aflojó.
—No digas eso.
—Eso dijeron todos.
Me agaché y terminé de secar el agua.
—Tus padres dijeron que una esposa militar debía comprender los sacrificios. Tú dijiste que mis celos dañaban tu reputación. Los niños aprendieron a llamarme egoísta cada vez que preguntaba por qué su padre pasaba más tiempo resolviendo los problemas de otra casa que los nuestros.
Rosa empezó a llorar.
—Mamá…
—No pasa nada.
Y precisamente eso los hizo sentirse peor.
Porque realmente ya no pasaba nada dentro de mí.
Elena se marchó aquella noche.
Gabriel no fue a acompañarla.
Por primera vez en años, se quedó en casa.
Pero ya era demasiado tarde.
A la mañana siguiente preparé el desayuno.
Víctor dejó los palillos.
—Mamá, no quiero ir a la fábrica.
—Entonces sigue estudiando.
Me miró desconcertado.
—¿No vas a obligarme?
—No.
—Pero antes decías que debía terminar la escuela.
—Y ustedes decían que intentaba controlar sus vidas.
Rosa corrió hasta mí.
—¡Éramos niños!
La miré.
—Ahora también lo son.
Su rostro se arrugó.
—Entonces regáñanos.
—¿Por qué?
—Porque estamos haciendo una estupidez.
Hubo un silencio doloroso.
Gabriel cerró los ojos.
Creo que finalmente comprendió algo que mis hijos todavía no podían nombrar.
El amor no era cocinarles cada mañana.
Eso podía hacerlo por responsabilidad.
Amar también había sido preocuparme, enfadarme, intervenir, exigir.
Ellos habían pasado años arrancándome esas cosas.
Ahora querían recuperarlas.
Aquella tarde llegaron mis suegros.
Mi suegra entró sonriendo.
—Lucía, escuché que Elena finalmente no se mudó. Muy bien. Ahora prepara té.
—Claro.
Fui inmediatamente.
Cuando regresé con la bandeja, Gabriel golpeó la mesa.
—¡Mamá, puede preparárselo ella misma!
Todos quedaron inmóviles.
Su madre frunció el ceño.
—¿Qué te pasa?
—Lucía no es tu criada.
Casi habría sido conmovedor tres años antes.
Serví el té.
—No me molesta.
Gabriel me miró con desesperación.
Su padre intervino:
—Parece que la reeducación funcionó demasiado bien.
Mi mano se detuvo.
Gabriel se levantó.
—No vuelvas a decir eso.
—¿Por qué? Tú mismo firmaste la solicitud.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Víctor preguntó:
—¿Qué solicitud?
Gabriel palideció.
Su padre comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
Yo continué sirviendo el té.
Los niños siempre habían creído que mi traslado al campo había sido una decisión administrativa.
Nunca les expliqué la verdad.
Rosa miró a su padre.
—Papá…
—¿Tú hiciste que se llevaran a mamá?
Gabriel no respondió.
Víctor se levantó.
—¡Contesta!
—Yo pensaba que sería unos meses.
Por primera vez levanté la mirada.

Gabriel tragó saliva.
—Me dijeron que necesitabas disciplina, Lucía. Que después volverías.
—Volví después de tres años.
—Lo sé.
—Te escribí durante los primeros seis meses.
Sus ojos se llenaron de algo parecido a vergüenza.
—Lo sé.
Esta vez fui yo quien quedó inmóvil.
—¿Recibiste mis cartas?
Silencio.
Rosa miró a su padre horrorizada.
Gabriel bajó la cabeza.
—Sí.
Recordé aquellas noches.
El frío.
Mis manos agrietadas.
Las cartas escritas bajo una lámpara débil.
“Gabriel, ya entendí. Déjame volver.”
“Extraño a los niños.”
“Prometo no discutir más.”
Había esperado respuesta durante meses.
Nunca llegó.
Hasta que un día dejé de escribir.
—¿Por qué no respondiste?
Su madre habló antes que él.
—Porque todavía no habías aprendido.
Gabriel giró violentamente.
—¡Cállate!
Pero ella ya había continuado:
—Yo le dije que si te traía demasiado pronto volverías igual de problemática.
Los niños comenzaron a llorar.
Yo no.
Curiosamente, no sentí rabia.
Solo confirmé algo que ya no podía cambiar.
Me levanté.
—Tengo que salir.
Gabriel me siguió hasta el dormitorio.
—¿Adónde vas?
Abrí el armario y saqué una carpeta.
—A resolver unos documentos.
—Voy contigo.
—No es necesario.
Intentó quitármela.
Retrocedí.
Por primera vez apareció verdadero miedo en sus ojos.
—¿Qué documentos?
Lo miré durante unos segundos.
Luego abrí la carpeta.
Dentro estaba la notificación que había recibido una semana antes.
Una empresa agrícola provincial me ofrecía un puesto permanente.
Vivienda incluida.
Salario propio.
A cientos de kilómetros de allí.
Gabriel leyó la primera página.
Su rostro se volvió blanco.
—No.
—Todavía no he aceptado.
Respiró.
Entonces pasé la hoja.
Debajo había otro documento.
Una solicitud de separación matrimonial.
Esta vez dejó de respirar.
—Lucía…
—La preparé antes de regresar.
Levantó los ojos lentamente.
—Entonces… ¿para qué volviste?
Esa pregunta me hizo sonreír.
—Porque después de tres años necesitaba ver a mis hijos.
—¿Y yo?
No respondí.
Gabriel agarró la carpeta.
—No voy a firmar.
—Está bien.
—¡No, no está bien!
Su voz se quebró.
—Puedes gritarme. Puedes odiarme. Puedes prohibirme volver a ver a Elena. Haré lo que quieras.
Se acercó desesperadamente.
—Pero vuelve a ser como antes.
Lo observé.
Y finalmente comprendí qué estaba suplicando.
No quería a la esposa perfecta.
Quería recuperar a aquella mujer que lloraba porque todavía lo amaba.
—Gabriel —susurré—, esa mujer se quedó esperando tus cartas durante tres años.
Él cerró los ojos.
—Lo siento.
—Yo también.
Tomé la carpeta de sus manos.
Entonces alguien golpeó la puerta principal.
Tres veces.
Un soldado esperaba afuera con un sobre oficial.
—¿Señora Lucía Lin?
—Sí.
Me lo entregó.
Gabriel apareció detrás de mí.
Abrí el sobre.
Leí apenas las primeras líneas.
Y por primera vez desde mi regreso, mi expresión cambió.
Gabriel lo vio.
—¿Qué ocurre?
Levanté los ojos.
El documento no era sobre mi nuevo empleo.
Ni sobre nuestra separación.
Era una resolución relacionada con los tres años que había pasado en aquel campo.
Y debajo aparecían varios nombres.
El primero era el de mi suegra.
El segundo pertenecía a un superior de Gabriel.
Pero fue el tercero el que hizo que mis dedos empezaran a temblar.
Elena Cai.