PARTE 2: DANTE ME OBLIGÓ A DESAPARECER PARA MANTENERME CON VIDA, PERO CUANDO DESCUBRIÓ QUE TENÍAMOS UN HIJO, CONFESÓ QUE EL ENEMIGO DEL QUE HABÍA INTENTADO PROTEGERME YA SABÍA EXACTAMENTE DÓNDE ENCONTRARNOS.

—¿Quién estaría buscándome?

Dante no respondió inmediatamente.

Miró a Lucas.

Nuestro hijo dormía otra vez, agotado, con un pequeño dinosaurio de plástico que Marco había comprado apretado entre los dedos.

—Hablemos fuera.

—No.

Bajé la voz.

—Llevas dos años tomando decisiones por mí. Esta vez hablarás aquí.

Su mandíbula se tensó.

Durante unos segundos volvió a parecer aquel hombre que me había expulsado de su oficina.

Después acercó una silla.

—La noche que te dije que desaparecieras recibí una fotografía.

Sentí un escalofrío.

—¿De qué?

—De ti.

Dante sacó el teléfono.

Encontró una imagen antigua y me lo entregó.

Yo salía de nuestra cafetería favorita.

La fotografía había sido tomada desde el otro lado de la calle.

En la esquina inferior aparecía una fecha.

Era del día anterior a nuestra ruptura.

Debajo había un mensaje.

«Todo hombre tiene algo que puede perder.»

Lo miré.

—¿Quién la envió?

—Vittorio Moretti.

Conocía ese apellido.

Incluso quienes evitaban hacer preguntas sobre Dante conocían ese apellido.

—Creí que Moretti estaba muerto.

—Vittorio sí.

Dante sostuvo mi mirada.

—Su hermano no.

Mi estómago se cerró.

—¿Por eso me echaste?

—Por eso hice que me odiaras.

Solté una risa amarga.

—Funcionó bastante bien.

Dante aceptó el golpe sin defenderse.

—Si te hubiera explicado la verdad, habrías intentado quedarte.

—No tenías derecho a decidirlo.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras me sorprendieron más que cualquier excusa.

—Durante dos años pensé que me habías utilizado y luego te habías cansado de mí.

—Era lo que necesitaba que pensaras.

—Estaba embarazada, Dante.

Sus ojos se cerraron.

—Eso no lo sabía.

—Intenté llamarte.

—Cambié todos mis números.

—Fui a tu oficina.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo?

—Dos semanas después.

Dante se puso de pie.

—¿Con quién hablaste?

—Con Marco no. Había otro hombre. Delgado, cabello gris. Me dijo que trabajaba contigo.

El rostro de Dante se endureció.

—¿Nombre?

Busqué en mi memoria.

—Adrian Vale.

El silencio fue inmediato.

Dante sacó el teléfono.

—Marco.

Solo dijo una frase:

—Encuentra a Vale.

Colgó.

—¿Qué ocurre?

—Adrian nunca trabajó para mí.

Sentí que el aire desaparecía de la habitación.

—Entonces ¿quién era?

—Eso voy a descubrir.

Una hora después, Lucas despertó.

Estaba débil, pero consciente.

Cuando vio a Dante, levantó una mano.

—Papá.

Dante se quedó inmóvil.

Yo vi cómo algo dentro de él se rompía.

Se acercó lentamente.

—Estoy aquí, pequeño.

Lucas tocó la manga de su traje.

—¿Te vas?

Dante me miró antes de responder.

—No.

Y comprendí que aquella promesa también iba dirigida a mí.

El médico llegó poco después.

La infección estaba respondiendo al tratamiento.

Todavía necesitábamos esperar, pero por primera vez escuché palabras que me permitieron respirar.

Lucas estaba mejorando.

Cuando el médico salió, Dante se inclinó sobre la cama.

—Necesito hacer una cosa.

—¿Qué?

Sacó un pequeño hisopo sellado.

Mi expresión cambió.

—¿Una prueba de ADN?

—No porque dude de ti.

—Entonces ¿para qué?

—Porque si Lucas es legalmente reconocido como mi hijo, puedo protegerlo de maneras que ahora no puedo.

Me dolió escuchar aquello.

—No quiero que tu mundo lo reclame.

—Yo tampoco.

Dante miró al niño.

—Quiero impedir que lo haga.

Acepté.

Horas después llegó un abogado.

Todo se hizo formalmente.

Sin amenazas.

Sin exigencias.

Sin que Dante intentara arrebatarme nada.

Aquello me desconcertó más que su antigua arrogancia.

Por la tarde apareció Marco.

Su expresión bastó para saber que traía malas noticias.

—Vale desapareció hace dieciocho meses.

—¿Y? —preguntó Dante.

Marco me miró.

—Antes de desaparecer trabajaba para Gabriel Moretti.

Sentí que se me helaban las manos.

Dante permaneció impasible.

—¿Algo más?

Marco dudó.

—Sí.

Colocó una carpeta sobre la mesa.

Dentro había fotografías.

Yo entrando en la panadería.

Yo empujando el cochecito.

Yo llevando a Lucas al parque.

Meses diferentes.

Estaciones diferentes.

Alguien nos había estado vigilando durante casi dos años.

—Dios mío.

Dante cerró la carpeta.

—¿Cuándo fue tomada la última?

Marco no respondió.

—Marco.

—Hace cuatro días.

Antes de que Lucas enfermara.

Dante se levantó inmediatamente.

—Trasladamos seguridad al hospital.

—¿Trasladamos?

Me puse delante de él.

—No volverás a organizar mi vida sin explicarme nada.

Sus ojos encontraron los míos.

—Tienes razón.

Señaló las fotografías.

—Alguien sabía de Lucas antes que yo.

Aquello me atravesó.

—¿Moretti?

—Probablemente.

—¿Qué quiere?

Dante tardó demasiado en responder.

—A mí.

—Entonces déjanos fuera.

—Eso intenté hace dos años.

Su mirada bajó hacia nuestro hijo.

—Ya no funciona.

Aquella noche colocaron seguridad fuera de la habitación.

Dante durmió sentado junto a Lucas.

Yo desperté cerca de las tres y lo encontré sujetando la pequeña mano de nuestro hijo.

Por primera vez pude imaginar cómo habría sido nuestra vida si nadie hubiera decidido por nosotros.

A las siete llegó el resultado preliminar.

El abogado abrió el sobre.

—Probabilidad de paternidad: 99,99%.

Dante leyó la cifra una sola vez.

Después miró a Lucas.

—Mi hijo.

No había orgullo en su voz.

Había dolor por tres años perdidos.

Entonces Marco entró sin llamar.

—Tenemos un problema.

Dante se puso de pie.

—¿Qué pasó?

Marco cerró la puerta.

—Revisamos las cámaras del edificio de Elena.

Sacó una fotografía.

Mostraba a un hombre entrando por la puerta trasera de mi panadería la noche anterior.

—¿Quién es?

Dante lo reconoció.

—Adrian Vale.

Sentí un vacío en el estómago.

—Dijiste que había desaparecido.

—Lo había hecho.

Marco puso una segunda fotografía sobre la mesa.

Vale salía veinte minutos después.

Llevaba algo en la mano.

El dinosaurio azul favorito de Lucas.

El juguete que yo estaba segura de haber dejado sobre su almohada aquella mañana.

—¿Entró en nuestro apartamento?

—Sí.

—¿Robó algo más?

Marco negó lentamente.

—No encontramos señales de que buscara dinero.

Dante tomó las fotografías.

—Entonces quería que supiéramos que estuvo allí.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Dante extendió una mano.

—No lo abras.

Pero ya lo había hecho.

Era una fotografía tomada dentro de la habitación 204.

Nos mostraba a los tres.

Lucas dormido.

Dante sentado junto a él.

Yo de pie junto a la ventana.

La imagen había sido tomada aquella misma mañana.

Debajo había un mensaje:

«Qué conmovedor. La familia Salvatore reunida por fin.»

Sentí que las piernas me fallaban.

Entonces llegó otro.

Esta vez dirigido únicamente a mí.

«Pregúntale a Dante por qué estaba tan seguro de que Lucas no existía.»

Levanté lentamente la mirada.

Dante había palidecido.

—¿Qué significa eso?

No respondió.

—Dante.

Marco bajó los ojos.

Y ese gesto me aterrorizó todavía más.

—¿Qué hiciste hace tres años?

Dante abrió la boca.

Pero antes de que pudiera responder, las alarmas del hospital comenzaron a sonar.

Un guardia apareció corriendo en la puerta.

—Señor Salvatore, tenemos una intrusión en esta planta.

Dante se colocó inmediatamente delante de la cama de Lucas.

—¿Dónde?

El guardia miró hacia el pasillo.

—Habitación 206.

Luego añadió:

—Y el hombre que atrapamos llevaba una pulsera hospitalaria con el nombre de su hijo.

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