PARTE 2: DESPERTÉ CASADA CON EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE NUEVA YORK.

Dominic tomó la decisión antes de que terminara la cirugía.

No fue romántica.

Ni impulsiva.

Fue una decisión de guerra.

—Cásate con ella —dijo Isabella.

Enzo levantó la cabeza.

—Señora Rossi…

—Víctor Costa sabe que sobrevivió. Si cree que es una camarera sin protección, volverá por ella.

Dominic permaneció frente al cristal de cuidados intensivos.

Yo estaba detrás.

Inconsciente.

Con máquinas haciendo por mí lo que mi cuerpo apenas podía hacer solo.

—Convertirla en una Rossi también la convierte en objetivo —dijo.

Isabella negó lentamente.

—No.

—La convierte en tu objetivo.

Dominic entendió.

En su mundo existían reglas que la policía jamás había escrito.

Atacar a una desconocida era limpiar un testigo.

Atacar a la esposa de Dominic Rossi era declarar una guerra.

Horas después, con autorización legal preparada por personas que parecían capaces de conseguir cualquier documento a cualquier hora, Dominic entró en mi habitación.

Tomó mi mano hinchada.

Deslizó un sencillo anillo de oro por mi dedo.

Y susurró:

—Ahora cualquiera que venga por ti pasa por mí.

Desperté cuatro días después.

Lo primero que sentí fue dolor.

Lo segundo fue peso en mi mano izquierda.

Miré el anillo.

Después vi al hombre sentado junto a la ventana.

—¿Dominic… Rossi?

Él se levantó.

—Estás despierta.

Intenté hablar.

—¿Por qué tengo…?

Levanté la mano.

Dominic miró el anillo.

—Nos casamos.

Pensé que los medicamentos me estaban provocando alucinaciones.

—¿Qué?

—Legalmente eres mi esposa.

El monitor empezó a sonar más rápido.

Una enfermera entró inmediatamente.

—Señor Rossi, necesita mantenerla tranquila.

¡Estoy casada con un desconocido! —conseguí decir.

Dominic no cambió de expresión.

—Puedes divorciarte cuando estés segura.

Eso me hizo callar.

—¿Segura de qué?

Se acercó.

—El hombre que disparó no trabajaba solo.

—¿Por qué querrían matarme?

—Porque viste su cara.

Parecía lógico.

Pero Dominic apartó los ojos.

Solo un segundo.

Lo suficiente.

—Estás mintiendo.

Volvió a mirarme.

—Descansa.

—¿Qué no me estás diciendo?

Antes de que respondiera, Isabella apareció.

Llevaba flores.

Cuando me vio despierta, se llevó una mano a la boca.

—Mi niña…

Se acercó y me abrazó con muchísimo cuidado.

—Me salvaste.

—¿Está bien?

Isabella soltó una risa entre lágrimas.

—Tú recibiste siete balas y me preguntas a mí.

Entonces miró a su hijo.

—¿Ya se lo dijiste?

Dominic se tensó.

—Madre.

Silencio.

—¿Decirme qué?

Isabella comprendió su error.

Dominic cambió de tema.

—Tu madre está siendo trasladada.

Intenté incorporarme.

—¿Mi madre?

—A una clínica privada en Nueva York.

—No puedo pagar eso.

—Ya está pagado.

Lo miré incrédula.

—No quiero tu dinero.

—No es caridad.

—Entonces ¿qué es?

Dominic tardó demasiado en responder.

—Una deuda.

Aquella palabra me inquietó.

No volví a verlo durante horas.

Esa noche desperté con voces fuera de la habitación.

Enzo.

Dominic.

—Costa ya sabe quién es —decía Enzo.

—¿Cómo?

—No lo sabemos.

—Encuentra la filtración.

—Hay algo peor.

Silencio.

—Habla.

—Costa consiguió una copia de su certificado de nacimiento.

Mi corazón pareció detenerse.

¿Mi certificado?

—Entonces ya lo sabe —dijo Dominic.

—Probablemente.

—¿Y Ellen?

—Todavía no.

Me quedé inmóvil.

Ellen era mi madre.

Enzo bajó la voz.

—Dominic, tienes que decírselo antes de que Costa lo haga.

—No.

—Ya no puedes ocultarlo.

—Acaba de sobrevivir a siete disparos.

—Precisamente por eso.

Escuché pasos.

Cerré los ojos rápidamente.

Dominic entró.

Se quedó junto a mi cama durante varios segundos.

Cuando volvió a salir, esperé.

Después llamé a la enfermera.

—Necesito mi teléfono.

—El señor Rossi pidió…

—Es mi teléfono.

Me lo entregó.

Busqué mi nombre.

Nada extraño.

Después busqué el nombre de mi madre junto a “Costa”.

Y encontré una fotografía de hacía veintisiete años.

Una gala benéfica.

Mi madre era joven.

A su lado aparecía un hombre.

El pie de foto decía:

“Ellen Mercer junto al empresario Anthony Costa.”

Costa.

Amplié la imagen.

Algo en aquel rostro me resultaba incómodamente familiar.

Seguí buscando.

Anthony Costa había muerto hacía veintiséis años.

Víctor Costa era su hermano menor.

Entonces encontré una noticia archivada.

Anthony había muerto en circunstancias nunca aclaradas después de una disputa entre dos familias.

Costa.

Y Rossi.

La puerta se abrió.

Dominic me encontró mirando la pantalla.

Su expresión cambió.

—¿Quién era Anthony Costa? —pregunté.

No respondió.

—¿Por qué conoces el nombre de mi madre?

—Dame el teléfono.

Lo apreté contra mi pecho.

—¿Quién era?

Dominic cerró la puerta.

—Hay cosas que Ellen intentó mantener lejos de ti.

—No metas a mi madre en esto.

—Ella ya estaba metida mucho antes de que tú nacieras.

Sentí un escalofrío.

—¿Por eso te casaste conmigo?

Dominic no contestó.

Y aquel silencio dolió más que cualquier respuesta.

—Sabías quién era yo en el hotel.

—No.

—Me dijiste que era nueva.

—Porque nunca te había visto trabajando allí.

—Pero conocías mi nombre.

Otra vez silencio.

Entonces recordé algo.

Cuando me había presentado ante Isabella aquella noche, Dominic no preguntó mi apellido.

Ya lo sabía.

—¿Quién soy? —susurré.

Dominic se acercó.

Por primera vez, el hombre al que todos parecían temer parecía tener miedo de mí.

—Hay una razón por la que Víctor Costa no quiere matarte únicamente por ser testigo.

—Dímela.

—No aquí.

—¡Dímela!

Dominic apretó la mandíbula.

Entonces su teléfono vibró.

Enzo.

Contestó.

La voz del otro hombre se escuchó claramente.

—Tenemos un problema.

Dominic miró hacia la puerta.

—¿Qué?

—El traslado de Ellen fue interceptado.

Me incorporé pese al dolor.

—¿Qué significa interceptado?

Enzo continuó:

—La ambulancia llegó vacía.

Sentí que el mundo desaparecía debajo de mí.

—¿Dónde está mi madre?

Dominic ya estaba llamando a seguridad.

Pero entonces mi propio teléfono recibió un mensaje.

Número desconocido.

Una fotografía.

Mi madre estaba sentada en una habitación que no reconocí.

Parecía viva.

Debajo había una frase:

“Pregúntale a tu nuevo esposo quién mató realmente a tu padre.”

Levanté los ojos hacia Dominic.

Él vio el mensaje.

Y por primera vez desde que desperté, Dominic Rossi perdió completamente el control de su expresión.

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