PARTE 2: EN NOCHEBUENA DESCUBRÍ QUE MI MADRE HABÍA PAGADO PARA HACER DESAPARECER A LA MUJER QUE AMABA, PERO CUANDO ENCONTRÉ A SOPHIA Y SUPE QUIÉN ERA REALMENTE LA NIÑA QUE ME ESPERABA BAJO LA ESCALERA, MI COMPROMISO SE CONVIRTIÓ EN UNA MENTIRA IMPOSIBLE DE OCULTAR.

Leí el acuerdo tres veces.

La primera pensé que había entendido mal.

La segunda esperé encontrar alguna cláusula que cambiara su significado.

La tercera dejé de buscar excusas para mi madre.

Victoria Moretti había pagado ciento cincuenta mil dólares a Sophia Carter cuatro años atrás.

Pero aquello no era lo peor.

El documento incluía una dirección en Providence, gastos médicos y una cláusula que prohibía a Sophia ponerse en contacto conmigo.

—Enzo.

Mi voz sonó extrañamente tranquila.

—¿Tú sabías esto?

Mi primo bajó la mirada.

Eso bastó.

—¿Cuánto sabías?

—No todo.

—Respuesta equivocada.

—Dominic…

Golpeé la carpeta contra el escritorio.

—¿CUÁNTO?

Enzo respiró hondo.

—Sabía que tu madre había hablado con Sophia antes de que desapareciera. Me dijeron que Sophia aceptó dinero y decidió marcharse.

—¿Quién te lo dijo?

No respondió.

—Mi madre.

Asintió.

Me aparté.

Durante cuatro años había vivido creyendo que Sophia me había abandonado.

Había convertido el dolor en rabia porque era más fácil odiarla que admitir cuánto la echaba de menos.

Y mientras tanto, mi propia familia conocía parte de la verdad.

Miré la fecha de los gastos médicos.

Era aproximadamente nueve meses antes del nacimiento de Lily.

Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.

—Busca a Sophia.

—Dominic…

—Ahora.

Enzo salió.

Yo bajé a la fiesta.

Mi madre seguía junto al árbol.

Isabella estaba enseñando su anillo a un grupo de invitados.

Victoria me vio acercarme y comprendió inmediatamente que había abierto la caja fuerte.

—Tenemos que hablar —dije.

—No aquí.

—Por primera vez estamos de acuerdo.

La conduje al invernadero.

Cerré la puerta.

Dejé la carpeta sobre una mesa.

Victoria ni siquiera fingió sorpresa.

—¿Por qué?

—Porque hice lo necesario.

Solté una risa sin humor.

—Pagaste para que desapareciera.

—Intenté protegerte.

—¿De Sophia?

—De una decisión que habría destruido todo lo que tu padre construyó.

—Sophia trabajaba en una biblioteca.

—Exactamente.

La miré incrédulo.

—¿Ese era su crimen?

Victoria sostuvo mi mirada.

—No pertenecía a nuestro mundo.

—Yo la amaba.

—Tenías treinta y cuatro años y estabas dispuesto a abandonar responsabilidades por una mujer que conocías desde hacía meses.

—Eso era decisión mía.

Por primera vez levantó la voz.

—¡Ibas a casarte con ella!

El silencio posterior fue absoluto.

Nunca le había dicho a mi madre que pensaba pedirle matrimonio a Sophia.

—¿Cómo sabías eso?

Victoria apartó los ojos.

Otra pieza encajó.

—Me vigilabas.

—Te protegía.

—Deja de utilizar esa palabra.

Me acerqué.

—¿Sophia estaba embarazada cuando la obligaste a irse?

Mi madre se quedó inmóvil.

Y aquel silencio fue peor que cualquier confesión.

—Respóndeme.

—No sabía si el bebé era tuyo.

El aire abandonó mis pulmones.

—Así que lo sabías.

—Sophia dijo que estaba embarazada.

—¿Y tú la mandaste lejos?

—Le ofrecí una salida.

—¿La amenazaste?

Victoria apretó la mandíbula.

—Le expliqué las consecuencias.

—¿Qué consecuencias?

No respondió.

Abrí la carpeta.

—¿Qué le hiciste?

La puerta se abrió.

Isabella estaba allí.

—Dominic, los invitados están preguntando por ti.

Entonces vio los documentos.

Y la expresión de mi madre cambió.

No miedo.

Advertencia.

Dirigida a Isabella.

Lo vi.

—Tú también sabes algo.

Isabella palideció.

—No sé de qué hablas.

—Sophia Carter.

La copa que sostenía tembló.

Muy poco.

Pero suficiente.

—Dominic, estás alterado.

Me quité lentamente el anillo de compromiso.

Lo coloqué sobre la mesa.

—Ahora estoy bastante lúcido.

—¿Qué estás haciendo?

—Hasta que descubra exactamente qué ocurrió hace cuatro años, no habrá boda.

Isabella miró a mi madre.

No a mí.

Ese fue su segundo error.

—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo que Sophia estaba viva?

—No sabía que…

Mi teléfono sonó.

Enzo.

Contesté.

—La encontré.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

—¿Dónde?

—No te va a gustar.

—Dímelo.

—Está en la propiedad.

Miré hacia el pasillo de servicio.

—¿Qué?

—Sophia es parte del personal temporal contratado para esta noche.

Todo adquirió sentido.

Lily esperando a su madre.

La ropa gastada.

La fotografía.

—¿Dónde está?

—En la cocina.

Atravesé la casa sin escuchar a Victoria llamarme.

Entré en la zona de servicio.

Y allí estaba.

Sophia sostenía una bandeja junto a una mesa.

Cuatro años.

Había imaginado aquel momento cientos de veces.

En algunas versiones le gritaba.

En otras simplemente me marchaba.

No hice ninguna de las dos cosas.

—Sophia.

La bandeja casi cayó de sus manos.

Su rostro perdió el color.

—Dominic.

Aquella voz.

La misma que había intentado olvidar.

—Lily está aquí.

El pánico apareció inmediatamente.

—¿Está bien?

—Está debajo de la escalera.

Sophia dejó la bandeja.

—Tengo que irme.

Bloqueé el paso, manteniendo distancia.

—¿Es mi hija?

Cerró los ojos.

—No hagas esto aquí.

—Cuatro años, Sophia.

—No fue mi decisión.

Aquellas cuatro palabras destruyeron lo último que quedaba de mi versión de la historia.

—Entonces dime quién decidió.

Sophia miró detrás de mí.

Victoria había llegado.

Y Sophia retrocedió.

No parecía resentimiento. Parecía miedo.

Me volví hacia mi madre.

—¿Qué le dijiste?

Sophia respondió antes.

—Me enseñó fotografías.

Victoria palideció.

—Sophia.

—Ya no.

Sophia temblaba.

—Me mostró fotografías de mi hermano saliendo de su trabajo, de mi madre entrando en su iglesia y de mi apartamento.

Sentí una furia fría.

—¿La amenazaste con su familia?

Victoria intentó acercarse.

—Dominic, debes entender cómo eran las cosas entonces.

—No te muevas.

Mi madre se detuvo.

Sophia continuó:

—Me dijo que podía aceptar el dinero, desaparecer y mantener a mi familia fuera de vuestro mundo… o quedarme y descubrir cuánto podía perder.

Miré a Victoria.

Por primera vez no vi a mi madre.

Vi a alguien que había utilizado mi nombre para aterrorizar a la mujer que amaba.

—¿Lily es mía?

Sophia comenzó a llorar.

—Sí.

Una palabra.

Solo una.

Y cambió mi vida.

—¿Por qué nunca volviste?

Sophia miró a Victoria.

—Porque seis meses después intenté hacerlo.

Mi madre cerró los ojos.

—¿Qué pasó?

—Le escribí una carta. Después otra. Intenté llamarte desde otro número.

—Nunca recibí nada.

—Lo sé.

Sophia abrió su bolso y sacó un sobre viejo.

Mi nombre estaba escrito en el frente.

—Esta me fue devuelta.

En la esquina había un sello de la oficina privada de Moretti Shipping.

Enzo lo examinó.

—Dominic…

—¿Qué?

—Ese sello no lo utilizaba tu madre.

Victoria abrió los ojos.

Yo también lo sabía.

Solo tres personas habían tenido autorización para aquella oficina cuatro años atrás.

Mi padre, antes de morir.

Mi madre.

Y…

Una voz apareció detrás de nosotros.

—Esto se está volviendo innecesariamente dramático.

Isabella.

Sophia se quedó completamente blanca.

—Tú.

Me volví hacia ella.

—¿La conoces?

Isabella no respondió.

Sophia sí.

—Ella fue quien vino a verme cuando Lily tenía seis meses.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Qué?

Isabella dejó la copa sobre una mesa.

—Dominic, puedo explicarlo.

—¿Explicar qué?

Sophia apretó a Lily contra sí cuando la niña apareció acompañada por una empleada.

—Isabella me dijo que tú ya sabías de Lily.

Miré a mi prometida.

—¿Qué le dijiste?

Sophia respondió:

—Que Dominic había visto las fotografías del bebé y que no quería tener nada que ver con nosotras.

—Eso es mentira.

—Ahora lo sé.

Isabella retrocedió.

Enzo sacó su teléfono.

—Hay algo más.

Había pedido revisar los antiguos registros de seguridad de la oficina.

Me mostró una imagen archivada.

La fecha coincidía con el día en que la carta de Sophia había sido devuelta.

Una mujer entraba en mi despacho privado.

Isabella Vitale.

Cuatro años atrás.

Mucho antes de que oficialmente empezáramos nuestra relación.

—¿Qué hacías allí?

Isabella miró a mi madre.

Victoria negó lentamente con la cabeza.

—No digas nada.

La miré.

—¿También estabais juntas en esto?

Isabella soltó una risa nerviosa.

—Pregúntale a tu madre por qué quería tanto que Sophia desapareciera.

Victoria palideció.

—Cállate.

—¿Por qué? —pregunté.

Isabella me miró directamente.

—Porque no fue únicamente por su apellido.

Mi madre avanzó.

—¡Isabella!

Pero ya era tarde.

Isabella señaló la carpeta que todavía llevaba bajo el brazo.

—Busca el segundo acuerdo, Dominic.

—Solo había uno.

—No.

Su sonrisa tembló.

—Hay otro documento. Y cuando descubras quién ordenó realmente sacar a Sophia de Nueva York, entenderás que tu madre no estaba protegiendo solamente a la familia.

Miré a Victoria.

Y por primera vez aquella noche, mi madre pareció aterrorizada de que yo siguiera buscando.

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