Sienna siguió a Damian sin saber si acababa de escapar de un monstruo para entrar voluntariamente en la guarida de otro.
Atravesaron la Sala de Obsidiana hasta llegar a un ascensor privado.
Silas pulsó el último piso.
Nadie habló.
Cuando las puertas volvieron a abrirse, Sienna encontró un despacho enorme detrás de cristales oscuros. Manhattan brillaba bajo ellos.
Damian señaló una silla.
—Siéntate.
Sienna obedeció.
Él permaneció de pie.
—Ahora dime quién te enseñó esa señal.
—Mi padre.
—Nombre.
—Robert Hayes.
Por primera vez, la expresión de Damian cambió por completo.
Silas también se quedó inmóvil.
—¿Hayes? —repitió.
Damian levantó una mano y Silas calló.
—¿El detective Robert Hayes?
Sienna tragó saliva.
—Sí.
Damian se acercó lentamente.
—¿Dónde está?
—Murió hace dos años.
Silencio.
—¿Cómo?
—Accidente de coche.
Damian y Silas intercambiaron una mirada.
Sienna la vio.
—¿Qué?
Ninguno respondió.
—¿Conocían a mi padre?
Damian tomó asiento frente a ella.
—Tu padre pasó años intentando encarcelar a hombres como yo.
—Eso no responde mi pregunta.
Silas casi sonrió.
Damian no.
—Sí. Lo conocí.
Sienna sintió que se le helaban las manos.
Toda su infancia había estado marcada por las historias de Robert sobre mafiosos, policías corruptos y expedientes que nunca llegaban a los tribunales.
Pero jamás había mencionado personalmente a Damian Russo.
—¿Por qué conocía un código de vuestra organización?
Damian entrelazó los dedos.
—Eso es precisamente lo que quiero averiguar.
Sacó el teléfono.
—Silas, paga la deuda.
Sienna se incorporó.
—¿Qué?
—Cincuenta mil dólares. Esta noche.
—No quiero deberte dinero.
Damian la observó con una calma inquietante.
—Ya invocaste mi protección. La deuda con Dolan termina aquí.
—¿Y qué quieres a cambio?
Una sombra casi divertida atravesó sus ojos.
—Al menos eres inteligente.
Sienna sostuvo su mirada.
—No me salvaste por bondad.
—No.
—Entonces dime el precio.
Damian apoyó los brazos sobre el escritorio.
—La verdad sobre tu padre.
—No sé nada.
—Entonces empezaremos por lo que dejó.
Sienna recordó inmediatamente la caja.
Y Damian lo notó.
—Acabas de pensar en algo.
—No.
—Mientes mal.
—Y tú amenazas muy bien.
Silas tosió para ocultar una risa.
Damian lo ignoró.
—¿Qué dejó Robert?
Sienna permaneció callada.
Entonces su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Abrió la pantalla.
Había una fotografía de la puerta de su apartamento en Queens.
Debajo aparecía una frase:
«Russo no podrá protegerte para siempre.»
Sienna palideció.
Damian extendió la mano.
—Dámelo.
Ella dudó antes de entregarle el teléfono.
Leyó el mensaje.
Su rostro se endureció.
—Silas.
Su mano derecha ya estaba llamando a alguien.
—Equipo a Queens. Ahora.
Sienna se levantó.
—Mi apartamento…
—No vas a volver allí.
—Tengo cosas de mi padre.
Damian levantó los ojos.
—¿Qué cosas?
Esta vez ella respondió.
—Una caja metálica. Nunca pude abrirla.
Veinte minutos después, tres vehículos negros salieron del club.
Sienna iba en el coche de Damian.
—¿Siempre solucionas los problemas enviando seis hombres armados?
—Normalmente envío ocho.
Ella lo miró.
No pudo determinar si bromeaba.
Cuando llegaron a Queens, la puerta de su apartamento estaba abierta.
Sienna intentó correr.
Damian la sujetó del brazo.
—Detrás de mí.
Sus hombres entraron primero.
El pequeño apartamento había sido registrado.
Cajones abiertos.
Papeles en el suelo.
El dormitorio revuelto.
Sienna corrió hasta el armario.
Retiró varias cajas.
Nada.
—No.
Empezó a buscar desesperadamente.

—¡No está!
Damian apareció detrás.
—¿La caja?
Sienna asintió.
Entonces vio algo sobre la cama.
Un sobre amarillo.
Su nombre estaba escrito encima.
SIENNA.
Reconoció la letra.
—Es de mi padre.
Damian se quedó inmóvil.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Abrió el sobre.
Dentro había una llave pequeña y una fotografía antigua.
Sienna miró la imagen.
Su padre aparecía mucho más joven junto a otros tres hombres.
Uno era un policía que no reconoció.
Otro llevaba traje.
El tercero hizo que levantara lentamente la mirada hacia Damian.
Era un hombre mayor con los mismos ojos oscuros.
—¿Quién es?
Damian tomó la fotografía.
Durante varios segundos no dijo nada.
—Mi padre.
Sienna sintió un escalofrío.
—¿Por qué mi padre estaba fotografiado con el tuyo?
Damian giró la imagen.
Había algo escrito detrás.
«Córcega. 2013. Si todo sale mal, protege a la niña.»
Silas leyó por encima de su hombro.
—Jefe…
Damian guardó silencio.
Sienna señaló la última palabra.
—¿Qué niña?
Nadie necesitó responder.
En 2013 ella tenía once años.
Damian sacó su teléfono.
—Quiero todo lo que tengamos sobre Robert Hayes. Sin filtros.
Después miró la pequeña llave.
—Esto abre algo.
Sienna recordó entonces un detalle.
Su padre había alquilado durante años una caja de seguridad en Manhattan.
Después de su muerte, el banco aseguró que no existía ninguna registrada oficialmente a su nombre.
—Creo que sé dónde.
Una hora después estaban frente a una antigua entidad privada en Midtown.
El gerente vio a Damian y decidió que hacer demasiadas preguntas era poco saludable.
La llave correspondía a una caja registrada bajo un nombre falso.
Sienna la abrió.
Dentro había tres objetos.
Una memoria cifrada.
Un expediente policial.
Y una carta.
En el frente decía:
PARA SIENNA, CUANDO LOS RUSSO TE ENCUENTREN.
—Mi padre sabía que esto ocurriría.
Damian no respondió.
Sienna abrió la carta.
Las primeras líneas estaban dirigidas a ella.
«Si estás leyendo esto, significa que no pude mantenerte lejos de ellos.»
Continuó.
Su respiración se volvió irregular.
Robert explicaba que durante una investigación en 2013 había descubierto una red que conectaba policías corruptos, empresarios y miembros de varias organizaciones criminales.
Había intentado denunciarla.
Alguien dentro del departamento lo había traicionado.
Pero una persona inesperada le había ayudado a sobrevivir.
Vittorio Russo.
El padre de Damian.
Sienna levantó los ojos.
—Tu padre salvó al mío.
Damian parecía tan sorprendido como ella.
Siguió leyendo.
Entonces llegó a un párrafo que hizo que sus manos comenzaran a temblar.
«Sienna, te mentí sobre muchas cosas para mantenerte viva.»
Debajo había otra frase.
«Leo no es tu hermano biológico.»
Sienna dejó de respirar.
—¿Qué?
Continuó.
«Y Robert Hayes no es tu padre biológico.»
La habitación pareció inclinarse.
Damian tomó instintivamente el expediente antes de que cayera al suelo.
—Sienna.
—No me toques.
Ella siguió leyendo.
Había un nombre.
Su verdadero apellido.
Una fecha.
Y una referencia a una prueba genética.
Damian abrió el expediente policial.
Su rostro perdió el color.
Silas se acercó.
—¿Qué pasa?
Damian giró lentamente la primera página.
Había una fotografía de un hombre asesinado en Brooklyn en 2006.
Debajo figuraba su identidad.
MATTEO VALENTI.
Silas maldijo en voz baja.
Sienna miró a ambos.
—¿Quién era?
Damian cerró el expediente.
—Alguien cuyo nombre puede hacer que media ciudad quiera encontrarte.
—¿Por qué?
—Porque los Valenti desaparecieron después de una guerra interna. Oficialmente no quedaron herederos.
Sienna sintió frío.
—¿Y extraoficialmente?
Damian la miró directamente.
—Tú.
Su teléfono sonó.
Silas contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—Tenemos un problema.
—Habla.
—Encontraron a Mickey Dolan.
Damian frunció el ceño.
—Le dije que desapareciera.
—Lo hizo.
Silas bajó el teléfono.
—Pero antes habló.
—¿Con quién?
Silas miró a Sienna.
—Con Leo Hayes.
El corazón de Sienna se detuvo.
—Leo huyó.
—No —respondió Silas—. Leo nunca salió de Nueva York.
Damian abrió la memoria encontrada en la caja utilizando un portátil aislado.
Solo había un archivo visible.
Un vídeo fechado dos días antes de la muerte de Robert Hayes.
Damian pulsó reproducir.
Robert apareció frente a la cámara.
Parecía aterrorizado.
—Sienna, si llegaste hasta aquí, escucha con atención. La deuda de Leo nunca fue por una startup. Fue creada para obligarte a pedir protección.
Sienna sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Robert continuó:
—Alguien necesita que Damian Russo te encuentre.
Damian se quedó inmóvil.
Entonces Robert pronunció las palabras que hicieron que incluso Silas retrocediera.
—Porque cuando Russo descubra quién eres realmente, comenzará una guerra.
La pantalla se volvió negra.
En ese mismo instante, el teléfono de Sienna vibró.
Era Leo.
Solo había un mensaje.
«Ahora ya sabes que papá mintió. Pregúntale a Damian por qué su familia mató a la tuya.»