Me obligué a no moverme.
Si Flynn descubría que había escuchado aquella conversación, no esperaría hasta medianoche.
Necesitaba que creyera que las pastillas seguían funcionando.
Regresé a nuestra suite apoyándome contra las paredes y cerré la puerta. El mareo era intenso, pero conseguí llegar al baño y cerrar también allí.
Saqué mi teléfono.
Sin señal.
Por supuesto.
Estábamos demasiado lejos de la costa.
Entonces recordé algo.
El yate no era realmente un regalo improvisado de mi padre. Sterling Marine había sido una de sus inversiones durante años, y antes de partir él había insistido en enseñarme personalmente ciertos sistemas de seguridad.
En aquel momento me había parecido exagerado.
Ahora podía salvarme.
Abrí el armario técnico situado detrás del espejo y presioné dos veces un pequeño interruptor oculto.
Una pantalla se iluminó.
SISTEMA DE EMERGENCIA SATELITAL.
Mis manos temblaron mientras introducía el código que mi padre me había obligado a memorizar.
Después escribí:
PELIGRO INMEDIATO. POSIBLE PLAN CONTRA MI VIDA. NO CONTACTAR CON FLYNN. PROTEGER A MAMÁ Y PAPÁ.
Envié la alerta.
La respuesta llegó menos de un minuto después.
PROTOCOLO STERLING ACTIVADO.
Casi lloré.
Pero todavía estaba atrapada en el barco.
Y Flynn esperaba que yo estuviera incapacitada.
Abrí el botiquín.
Encontré las mismas pastillas blancas.
Fotografié el frasco y lo guardé en una bolsa.
Después abrí el grifo y fingí vomitar.
A los pocos minutos alguien golpeó.
—¿Amor?
Flynn.
—Estoy bien —respondí débilmente.
—Abre.
Me miré al espejo.
Pálida.
Sudorosa.
Asustada.
Por una vez no necesitaba fingir demasiado.
Abrí.
Flynn entró y me rodeó la cintura.
Sentir sus manos sobre mí después de saber lo que planeaba hizo que se me revolviera el estómago.
—Pobrecita —murmuró—. Necesitas descansar.
Me llevó hasta la cama.
—Te traeré sopa.
La sopa.
Había dicho que estaba poniendo algo más dentro.
—No tengo hambre.
Su mano se detuvo sobre mi hombro.
—Tienes que comer.
—Después.
Su sonrisa permaneció intacta, pero sus ojos cambiaron.
—Insisto.
Veinte minutos después regresó con una bandeja.
Me incorporé lentamente.
Flynn se sentó delante de mí y observó cómo levantaba la cuchara.
No podía negarme sin despertar sospechas.
Así que bebí un poco.
Esperé hasta que miró su teléfono.
Entonces derramé discretamente parte de la sopa sobre una toalla junto a la cama.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Sonrió.
—Esta noche te sentirás mucho mejor.
Yo también sonreí.
—Seguro.
Cuando salió, guardé la toalla empapada dentro de otra bolsa.
Ahora tenía muestras.
A las nueve, Fiona apareció.
Traía un vestido azul oscuro.
—Cariño, Flynn quiere que te pongas esto para tomar unas fotografías en cubierta.
Miré el vestido.
—Estoy mareada.
—Precisamente. El aire fresco te hará bien.
Su sonrisa era maternal.
Perfecta.
Y ahora sabía que aquella mujer estaba ayudando a preparar mi muerte.
—Quizá más tarde.
Fiona me acarició el cabello.
—Descansa, cielo.
Cuando llegó a la puerta, la llamé.
—Fiona.
Se volvió.
—Gracias por tratarme siempre como una hija.
Durante una fracción de segundo algo atravesó su expresión.
Luego sonrió.
—Ahora eres familia.
Cuando se marchó, susurré:
—No por mucho tiempo.
A las diez y media recibí otra comunicación del sistema.
SUS PADRES ESTÁN A SALVO. EL VIAJE HA SIDO CANCELADO. NO REVELE QUE LO SABE.
Tuve que taparme la boca.
Mamá.
Papá.
Estaban protegidos.
Debajo apareció otra línea:
ASISTENCIA EN CAMINO. TIEMPO ESTIMADO: 94 MINUTOS.
Miré el reloj.
Demasiado tarde.
Flynn había dicho medianoche.
Necesitaba retrasarlo.
A las once y veinte entró vestido con pantalones blancos y una chaqueta ligera.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor.
—Perfecto.
Me tendió la mano.
—Ven conmigo.
—¿Adónde?
—Quiero enseñarte algo.
Miré su mano.
La misma mano que me había colocado el anillo.

La misma que pretendía empujarme al océano.
La tomé.
Caminamos hacia la cubierta de popa.
El viento había aumentado.
Nubes oscuras cubrían las estrellas y las olas golpeaban el casco.
Aidan y Fiona no estaban allí.
Eso me aterrorizó todavía más.
Flynn me llevó hasta la barandilla.
—Mira qué hermoso.
—Sí.
Se colocó detrás de mí.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Entonces escuché su voz junto a mi oído.
—Es una pena.
Me giré.
—¿Qué?
Ya no sonreía.
—Siempre fuiste demasiado confiada.
Retrocedí.
Flynn avanzó.
—¿Creías que no me daría cuenta?
Sentí frío.
—¿De qué hablas?
Sacó algo del bolsillo.
Mi teléfono.
El teléfono que había dejado junto a la cama como señuelo.
—Lo revisé.
Sonrió.
—No encontré nada.
Me obligué a respirar.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—Que tú nunca dejas el teléfono desbloqueado.
Se acercó.
—Y esta noche lo hiciste.
El barco se inclinó bajo una ola.
Me agarré a la barandilla.
Flynn miró mis ojos.
—¿Cuánto escuchaste?
No respondí.
Su sonrisa desapareció.
—Lo sabes.
Ya no tenía sentido fingir.
—Sé suficiente.
Su rostro se volvió completamente vacío.
—Entonces cambiaremos el horario.
Miré el reloj de cubierta.
11:31.
Veintinueve minutos antes de medianoche.
Demasiado pronto.
Flynn avanzó.
Yo retrocedí.
—Si me pasa algo, no recibirás el dinero.
Se detuvo.
—Ya tengo tu poder.
—No.
Por primera vez pareció confundido.
—¿Qué?
—El documento que firmé antes de nuestra boda tenía una cláusula de seguridad.
Mentía.
Pero necesitaba segundos.
—Si mi muerte ocurre dentro del primer año de matrimonio bajo circunstancias sospechosas, el fideicomiso queda congelado.
Flynn me estudió.
—Estás mintiendo.
—¿Quieres apostar trescientos millones?
Eso funcionó.
Dudó.
Solo unos segundos.
Pero bastaron.
Desde algún lugar del barco sonó una alarma.
Flynn giró la cabeza.
Yo también.
No era la alarma de emergencia.
Era otra cosa.
Entonces las luces de la cubierta se encendieron de golpe.
Fiona salió corriendo.
—¡Flynn!
Aidan apareció detrás.
—Tenemos un problema.
—¿Qué?
Aidan levantó una tableta.
—Las cuentas.
Flynn se la arrancó.
Su rostro cambió.
—¿Qué significa «acceso suspendido»?
Aidan me miró.
Y entendió.
—Ella hizo algo.
Flynn giró lentamente hacia mí.
Pero antes de que pudiera acercarse, los altavoces del yate se activaron.
Una voz masculina llenó la cubierta.
—Señora Sterling, aléjese de la barandilla y permanezca donde pueda ser vista.
Flynn levantó la cabeza.
Fiona palideció.
Aidan corrió hacia el interior.
A lo lejos apareció una luz sobre el océano.
Después otra.
Y una tercera.
Se acercaban.
Flynn me agarró del brazo.
—¿A quién llamaste?
Me liberé.
—A la gente que debería haber llamado antes de casarme contigo.
El capitán apareció en la cubierta superior acompañado por dos tripulantes.
—Señor Flynn, suelte a la señora Sterling.
Flynn se quedó helado.
—¿Qué demonios haces?
El capitán lo miró con absoluta frialdad.
—Cumpliendo el protocolo del propietario.
Flynn señaló su pecho.
—¡Yo soy familia del propietario!
—No.
El capitán me miró.
—Ella lo es.
Fiona empezó a gritar que todo era un malentendido.
Entonces llegó un estruendo desde el cielo.
Un helicóptero apareció entre las nubes.
La luz atravesó la cubierta.
Flynn levantó una mano para protegerse los ojos.
Y yo vi cómo toda su seguridad desaparecía.
Pero el verdadero golpe llegó segundos después.
La pantalla de emergencia de la cubierta se encendió automáticamente.
Apareció mi padre.
Estaba vivo.
A salvo.
Mi madre estaba junto a él.
—Hola, Flynn —dijo mi padre.
Mi esposo se quedó petrificado.
—Señor Sterling…
—Acabo de escuchar la grabación completa de vuestra conversación.
Fiona se apoyó contra una mesa.
Aidan dejó de moverse.
Mi padre continuó:
—También hemos localizado el supuesto poder que mi hija firmó.
Su expresión se volvió todavía más fría.
—Hay un pequeño problema.
Flynn tragó saliva.
—¿Cuál?
—Ese documento nunca pudo darte acceso a trescientos millones.
Miré la pantalla.
Incluso yo me sorprendí.
—Papá…
—Hay algo que tampoco te conté a ti, cariño.
Detrás de Flynn apareció una segunda embarcación.
Esta vez pude distinguir claramente a varias autoridades aproximándose.
Mi padre levantó un documento frente a la cámara.
—Hace seis meses recibimos información sobre alguien que intentaba obtener acceso ilegal al fideicomiso Sterling.
Flynn dejó de respirar.
—¿Seis meses?
—Sí.
Mi padre miró directamente a la cámara.
—Tres meses antes de vuestra boda.
Giré hacia Flynn.
Él ya no me miraba.
Miraba a Aidan.
—Papá…
Aidan retrocedió.
Y aquello me dijo que había otra verdad.
Una que Flynn tampoco conocía.
Mi padre habló una última vez.
—Flynn, tu familia no eligió a mi hija después de conocerte.
Hizo una pausa.
—Te acercaron a ella porque alguien llevaba años esperando la oportunidad de entrar en nuestro fideicomiso.
Entonces los agentes abordaron el yate.
Pero antes de que pudieran llegar hasta nosotros, Aidan echó a correr hacia la cabina llevando algo en la mano.
Un pequeño dispositivo negro.
El capitán gritó:
—¡Deténganlo!
Flynn palideció.
—¿Qué lleva?
Mi padre lo reconoció desde la pantalla.
Y su voz cambió por completo.
—Saquen a mi hija de ese barco ahora.
Miré hacia la cabina.
—Papá, ¿qué es?
Durante un segundo nadie respondió.
Después las luces del yate se apagaron.
Y desde la oscuridad escuché a Aidan gritar:
—¡Si no podemos quedarnos con los Sterling, nadie se quedará con nada!