PARTE 2: CAMBIÉ DE PROMETIDO EN VEINTE MINUTOS… Y ETHAN DESCUBRIÓ QUE SU APUESTA LE HABÍA COSTADO MUCHO MÁS QUE UNA BODA

—¿Los novios están listos?

El maestro de ceremonias todavía sostenía el programa cuando guardé mi teléfono.

—El novio anterior no.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Tomé mi ramo.

—Que puedes irte.

Ryan soltó una risa.

—Cuñada, ya entendimos que estás enfadada.

—No soy tu cuñada.

La puerta volvió a abrirse.

Un empleado del hotel apareció, visiblemente nervioso.

—Señorita Vale, el señor Alexander Grant pregunta si puede subir.

El rostro de Ethan cambió.

—¿Alexander Grant?

Todos conocían ese nombre.

Alexander y yo habíamos crecido juntos.

Nuestras familias habían sido amigas durante años y, mucho antes de que Ethan apareciera, Alexander me había pedido una oportunidad.

Yo lo rechacé.

No porque fuera malo.

Porque entonces estaba enamorada de Ethan.

Alexander jamás insistió después.

Solo me dijo una vez:

—Si algún día cambias de opinión, no necesitarás inventar una explicación.

No había hablado con él en casi dos años.

Y aun así había tardado diez minutos en responder:

“Estoy saliendo.”

Veinte minutos en llegar.

Ethan se plantó frente a la puerta.

—No vas a convertir esto en una estupidez solo para darme celos.

Lo miré.

—¿Todavía crees que todo gira alrededor de ti?

Entonces Alexander entró.

No llevaba traje.

Había llegado con pantalones oscuros, camisa blanca y un abrigo todavía cubierto de nieve.

Me miró.

Después observó las flores, mi vestido y las caras incómodas.

—Emma.

—Llegaste.

—Dijiste media hora.

Levantó ligeramente el teléfono.

—Me quedaban nueve minutos.

Casi me reí.

Ethan no.

—Grant, esto es un asunto entre Emma y yo.

Alexander ni siquiera lo miró primero.

Me preguntó a mí:

—¿Quieres que me vaya?

Esa pregunta hizo más daño a Ethan que cualquier amenaza.

Porque Alexander acababa de ofrecerme, en cinco segundos, algo que Ethan llevaba años quitándome.

La posibilidad de decidir.

—No.

Entonces Alexander miró a Ethan.

—Parece que me quedo.

Ethan perdió la paciencia.

—¡Esto era una broma!

—Entonces supongo que ya terminó —respondió Alexander.

—Emma es mi novia.

—Hace diez minutos estabas explicándole que no era tu prometida.

Silencio.

Ryan bajó la cabeza.

Alexander me miró nuevamente.

—Ahora explícame qué necesitas realmente.

Respiré.

La rabia empezaba a enfriarse.

Y con ella llegó la claridad.

—No quiero comprometerme contigo hoy.

Todos quedaron inmóviles.

Hasta Alexander pareció sorprendido.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

Se encogió de hombros.

—Acabas de descubrir que tu novio y tu mejor amiga participaron en una humillación pública. Casarte conmigo veinte minutos después sería una decisión bastante cuestionable.

Por primera vez aquella tarde, alguien dijo exactamente lo que necesitaba escuchar.

Yo había llamado impulsivamente.

Quería sustituir a Ethan.

Convertir su broma en mi victoria.

Pero Alexander no quería ganar una apuesta.

Quería que yo eligiera con la cabeza despejada.

—Entonces ¿para qué viniste? —preguntó Ethan con desprecio.

Alexander respondió:

—Porque Emma me pidió que viniera.

Así de sencillo.

Me volví hacia el maestro de ceremonias.

—La fiesta continúa.

Ethan parpadeó.

—¿Qué?

—Mi familia viajó horas. Mis invitados ya están sentados. La comida está pagada y yo organicé cada detalle.

Miré las mil cajas que había doblado con mis manos.

—No voy a tirar mi trabajo porque ustedes decidieron convertirlo en un chiste.

Media hora después entré al salón.

Sola.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Subí al escenario.

—Buenas tardes.

Mi voz tembló solo al principio.

—Esta celebración debía ser mi compromiso con Ethan Miller. Hace unos minutos descubrí que dicho compromiso nunca existió.

La sala quedó completamente silenciosa.

—Fue una apuesta.

Vi a varios familiares levantarse indignados.

Mi madre empezó a llorar.

—Pero todos ustedes viajaron para acompañarme. Así que vamos a cenar, bailar y aprovechar esta noche.

Levanté mi copa.

—Solo cambiaremos el motivo de la celebración.

Miré hacia Ethan.

Estaba al fondo.

—Hoy no celebro que alguien haya decidido casarse conmigo.

Celebro haber descubierto a tiempo con quién jamás debería hacerlo.

Los aplausos comenzaron lentamente.

Después llenaron el salón.

Ethan se marchó.

Sofía también.

Alexander se quedó.

Pero no se sentó a mi lado.

Escogió una mesa con antiguos amigos de nuestras familias y me dejó respirar.

Dos días después descubrí por qué Sofía había retirado aquel mensaje.

Me envió finalmente una captura.

Era del chat donde Ethan y sus amigos habían organizado la apuesta.

Sofía llevaba semanas dentro.

Pero había algo peor.

Ella había sido quien les contó cada detalle de mis preparativos.

“Emma lleva 600 cajas.”

“Hoy reservó fotógrafo.”

“Está convencidísima.”

Y después:

“Esperen hasta el día final. Va a ser épico.”

La llamé.

—¿Por qué?

Lloró.

—Al principio pensé que era una broma pequeña.

—Después pudiste avisarme.

Silencio.

—Ethan siempre decía que yo era más divertida que tú —admitió finalmente—. Cuando estaba con ellos sentía que pertenecía al grupo.

Entendí.

Había cambiado nuestra amistad por la aprobación de las personas que se reían de mí.

—Espero que haya valido la pena.

—Emma…

Colgué.

Ethan empezó a llamarme al tercer día.

Después llegó a mi apartamento.

—Ya castigaste suficiente.

Casi sonreí.

—¿Castigarte?

—Alexander apareció. Me humillaste delante de todos.

—Tú organizaste una fiesta falsa para humillarme.

—¡Porque quería saber si me querías a mí o solo querías casarte!

Lo miré durante varios segundos.

—Gasté mis ahorros, trabajé durante un mes y traje a toda mi familia porque confiaba en tu palabra.

Abrí la puerta.

—Si después de todo eso todavía necesitabas una prueba, nunca me conociste.

—Podemos hacer un compromiso verdadero.

—No.

Fue la primera vez que aquella palabra bastó.

Pasaron cuatro meses.

Alexander y yo empezamos a tomar café.

Después cenamos.

Después viajamos con amigos.

Nunca volvió a mencionar matrimonio.

Un año después, mientras caminábamos junto al lago Michigan, sacó una pequeña caja.

Pero no se arrodilló.

—Antes de abrirla quiero preguntarte algo.

—¿Qué?

—Si dices que no, ¿seguimos caminando?

Me reí.

—Sí.

—Perfecto.

Abrió la caja.

—Entonces, Emma Vale, ¿quieres casarte conmigo?

Miré el anillo.

Después a él.

Recordé aquella habitación.

Las risas.

Las mil cajas.

El mensaje enviado por rabia.

Y comprendí algo.

Yo había llamado a Alexander aquella tarde creyendo que necesitaba otro hombre para salvar mi dignidad.

Me equivocaba.

Alexander no había venido para reemplazar a Ethan.

Había venido para recordarme que una persona que realmente te quiere nunca necesita humillarte para comprobar cuánto la quieres.

—Sí.

Esta vez la palabra salió tranquila.

No había apuestas.

No había espectadores esperando verme caer.

Solo una elección.

Mía.

Ethan quiso enseñarme que convertirme en señora Miller era un privilegio que debía ganarme.

Al final, fue él quien aprendió la lección.

El día que convirtió nuestro compromiso en una apuesta, no consiguió que yo dejara de presionarlo para casarnos.

Consiguió que dejara de querer casarme con él.

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