PARTE 2: CHARLOTTE VOLVIÓ PARA CASARSE CON ADRIAN… PERO ÉL LLEVABA TRES AÑOS ESPERANDO QUE YO ENTENDIERA LA VERDAD

Charlotte Bennett miró primero a Adrian.

Después a mí.

Finalmente, a la mano de Adrian apoyada junto a mi cintura.

—Vaya —dijo—. Parece que llegué en mal momento.

Me aparté tan rápido que casi golpeé el archivador.

—Señor Gray, dejaré los documentos aquí.

Intenté salir.

Adrian me sujetó suavemente del antebrazo.

—Elena.

—Charlotte acaba de llegar.

—Lo veo.

—Entonces seguramente tienen mucho de qué hablar.

Charlotte soltó una carcajada.

—Así que tú eres Elena Parker.

Me detuve.

—¿Me conoce?

—Adrian habla bastante de ti.

Miré a mi jefe.

Él permaneció inexpresivo.

Eso me irritó todavía más.

—¿También le contó que me hizo regresar antes de mis vacaciones?

Charlotte levantó una ceja.

—¿Vacaciones?

—Mi madre acaba de operarse.

La sonrisa de Charlotte desapareció.

Miró a Adrian.

—¿La hiciste volver?

—Necesitaba hablar con ella.

—¿Y no podías esperar?

Adrian guardó silencio.

Charlotte negó lentamente.

—Sigues siendo pésimo con las personas.

Aquello no encajaba con la historia que mis compañeras habían construido.

Respiré hondo.

—Señorita Bennett, disculpe la pregunta, pero ¿usted y el señor Gray fueron pareja?

Charlotte abrió mucho los ojos.

Después empezó a reír.

—¿Adrian y yo?

Adrian cerró los ojos.

—Charlotte.

—No. Esto es demasiado bueno.

Se apoyó en el escritorio.

—Nuestros padres intentaron emparejarnos cuando teníamos diecinueve años. Duramos exactamente una cena.

—Cuarenta y siete minutos —corrigió Adrian.

—¿Ves? Por esto duramos cuarenta y siete minutos.

Sentí que las mejillas me ardían.

—Entonces… ¿por qué todos dicen que soy igual a usted?

Charlotte me estudió.

Cabello oscuro.

Altura parecida.

Incluso teníamos una forma similar de los ojos.

—Porque la gente necesita inventar historias cuando está aburrida.

Luego señaló a Adrian.

—Además, este idiota nunca explica nada.

Yo miré directamente a mi jefe.

—¿Por qué me contrató?

Adrian respondió sin dudar.

—Porque obtuviste la puntuación más alta del proceso de selección.

—¿Y por qué despidió a los otros cuatro asistentes?

—Porque eran incompetentes.

—¿Por qué me dejó haciendo el trabajo de cinco personas durante tres años?

Silencio.

Esta vez Charlotte no sonrió.

Adrian tampoco.

—Porque eras capaz —respondió finalmente.

Negué.

—Esa no es una respuesta suficiente.

Algo cambió en su rostro.

—No.

Bajó la voz.

—No lo es.

Entonces hizo algo que jamás había visto.

Se disculpó.

—Me equivoqué.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Qué?

—Confundí tu capacidad con disponibilidad ilimitada.

Miró hacia la ventana.

—Cada vez que te daba más trabajo, lo terminabas. Cada vez que aumentaba tu salario, aceptabas continuar. Pensé que era un acuerdo que funcionaba para ambos.

—Hasta que mi madre entró al hospital.

Asintió.

—Hasta entonces.

Charlotte tomó su bolso.

—Definitivamente llegué en mal momento.

Antes de marcharse, se acercó a mí.

—Por cierto, he vuelto para dirigir la expansión estadounidense de Bennett Holdings.

Luego me susurró:

—Y no eres mi sustituta. Si alguien te vuelve a decir eso, pregúntale por qué Adrian conserva tu primer informe financiero en la caja fuerte.

Me quedé congelada.

Charlotte salió.

Miré a Adrian.

—¿Mi qué?

Por primera vez, pareció incómodo.

Abrió un cajón.

Sacó una carpeta vieja.

Reconocí inmediatamente la portada.

Era el análisis que había entregado durante mi entrevista tres años atrás.

Lleno de correcciones escritas a mano.

—Encontraste un error de valoración que doce analistas habían pasado por alto —dijo.

—Era evidente.

—No lo era.

Me miró.

—Por eso te contraté.

Mi corazón dio un salto, pero recordé algo mucho más importante.

—Entonces ¿por qué me hizo volver?

Adrian permaneció callado demasiado tiempo.

—Porque tu hermano contestó el teléfono.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Dijo “¿quién llama a mi hermana a estas horas?”

—Lucas habla demasiado.

—Después preguntó si yo era tu cuñado.

Me tapé la cara.

—Voy a matarlo.

—Elena.

Bajé las manos.

—Me di cuenta de que sabía absolutamente todo sobre tu trabajo y casi nada sobre tu vida.

Su voz ya no sonaba fría.

—No sabía que tu hermano había crecido tanto. No sabía qué cirugía había tenido tu madre hasta que Recursos Humanos me lo explicó. Ni siquiera sabía que llevabas tres años sin regresar a casa.

Aquello me dolió más de lo esperado.

—Porque nunca tenía vacaciones.

Adrian bajó la mirada.

—Exactamente.

Entonces puso sobre la mesa un documento.

Esperaba otro contrato.

Era una autorización.

Tres semanas de licencia remunerada.

—Vuelve con tu madre.

Me quedé mirándolo.

—¿Me hizo viajar cientos de kilómetros para decirme que regresara?

—No.

Respiró profundamente.

—Te hice volver porque iba a decirte que me gustas.

Silencio.

—Después comprendí que hacerte regresar durante una emergencia familiar para confesarte mis sentimientos sería probablemente la peor manera posible de demostrarlo.

No pude evitarlo.

Me reí.

Adrian pareció ofendido.

—¿Qué?

—Es usted muy inteligente para los negocios.

—Eso me han dicho.

—Para esto es terrible.

—También me lo han dicho.

No respondí a sus sentimientos aquel día.

No debía hacerlo.

Era mi jefe.

Yo dependía directamente de él y existía una diferencia de poder demasiado grande para fingir que aquello era sencillo.

Así que le dije:

—Primero quiero dejar de ser su asistente.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Estás renunciando?

—Estoy pidiendo el puesto de directora de operaciones estratégicas que lleva dos meses vacante.

Le entregué mi currículum.

—Si de verdad cree que soy tan buena, permita que Recursos Humanos y un comité independiente decidan si lo merezco.

Una sonrisa lenta apareció en su rostro.

—Eso suena mucho más a Elena Parker.

—Y quiero vacaciones reales.

—Concedido.

—Fines de semana.

—Razonable.

—Y cuatro asistentes nuevos.

Frunció el ceño.

—Tres.

—Cinco.

—Cuatro.

Extendí la mano.

—Trato.

Dos meses después conseguí el puesto.

No porque Adrian me lo regalara.

El comité entrevistó a candidatos internos y externos.

Yo obtuve la mejor evaluación.

Otra vez.

Y entonces ocurrió algo que nadie en Grayden esperaba.

Adrian dejó de ser mi jefe directo.

Solo después me invitó a cenar.

—¿Esto es una reunión? —pregunté.

—No.

—¿Habrá presupuestos?

—No.

—¿Contratos?

—Elena.

Sonreí.

—Entonces quizá vaya.

No nos convertimos mágicamente en pareja aquella noche.

Fuimos despacio.

Yo tenía que aprender algo que llevaba tres años olvidando:

mi valor no dependía de cuánto trabajo podía soportar.

Adrian tenía que aprender que admirar la resistencia de alguien no significa tener derecho a agotarlo.

Seis meses después llevé a Adrian a conocer a mi familia.

Lucas abrió la puerta.

Lo reconoció inmediatamente.

—¡El rencoroso!

Quise desaparecer.

Adrian lo miró.

—¿El pequeño?

Lucas medía casi un metro noventa.

Se miraron durante dos segundos.

Después ambos empezaron a reír.

Mi madre me abrazó.

Y mientras entrábamos, Adrian se inclinó hacia mí.

—Tu hermano tenía razón en una cosa.

—Ni se te ocurra.

—Solo digo que “cuñado” tenía cierta visión de futuro.

Le di un codazo.

—Sigue soñando.

Pero sonreí.

Durante mucho tiempo pensé que aquella llamada de madrugada había arruinado mis vacaciones.

En realidad, hizo algo que ningún informe de rendimiento había conseguido durante tres años.

Obligó a Adrian Gray a recordar que detrás de la asistente perfecta había una hija, una hermana y una persona que necesitaba descansar.

No me había elegido porque me pareciera a Charlotte Bennett.

Me había elegido porque era buena.

El problema fue que ambos confundimos durante demasiado tiempo ser indispensable con tener que estar disponible siempre.

Y cuando finalmente dejamos de hacerlo, descubrimos algo mucho más importante que cualquier romance:

yo no necesitaba trabajar hasta romperme para demostrar que merecía un lugar en aquella empresa.

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