PARTE 2: CUANDO ETHAN QUISO VOLVER A LLAMARME, YA HABÍA PERDIDO ESE DERECHO

A la mañana siguiente desperté en casa de mi prima Clara.

Lo primero que vi fueron mis pies vendados.

Lo segundo, treinta y siete llamadas perdidas.

Todas de Ethan.

Clara dejó una taza sobre la mesa.

—No voy a preguntarte qué pasó hasta que quieras contarlo.

Miré el teléfono.

Había mensajes que empezaban con preocupación.

“¿Llegaste bien?”

Luego molestia.

“Valeria, contesta.”

Después incredulidad.

“¿De verdad vas a ignorarme?”

Y finalmente algo parecido al miedo.

“Voy a tu casa.”

Me incorporé.

—Necesito hacer una cosa.

Abrí nuestra conversación.

Durante quince años, Ethan había sido mi primer contacto para todo.

Enfermedad.

Cumpleaños.

Problemas familiares.

Noches difíciles.

Y yo había sido exactamente lo mismo para él.

Solo que existía una diferencia.

Yo había interpretado aquella cercanía como el principio de algo.

Él la utilizaba como sustituto de todo aquello que no quería comprometerse a construir.

Bloqueé su número.

Después llamé a mi casera.

Un mes más tarde me mudé.

No le dije dónde.

También acepté el traslado laboral a Seattle que llevaba seis meses rechazando.

Siempre había inventado razones para quedarme.

Mi madre estaba cerca.

Mis amigos estaban allí.

No quería empezar de cero.

La verdad era mucho más sencilla.

No quería vivir lejos de Ethan.

Por primera vez tomé una decisión sin preguntarme cómo afectaría nuestra relación.

Cuando Ethan descubrió que me marchaba, apareció frente a mi oficina.

—¿Seattle?

Parecía furioso.

—Sí.

—¿Desde cuándo querías irte?

—Desde que me ofrecieron el puesto.

—¿Y no me dijiste nada?

Lo miré.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

Aquella pregunta lo dejó sin respuesta.

Antes, Ethan era siempre la primera persona en enterarse.

—Porque soy yo —dijo finalmente.

Casi sonreí.

—Ese es exactamente el problema.

—¿Todo esto sigue siendo por aquella noche?

—No.

—Entonces explícame.

—No tengo que hacerlo.

Intentó acercarse.

Retrocedí.

Ethan se detuvo.

Nunca antes había hecho eso con él.

—Valeria, llevamos quince años juntos.

—No.

Negué lentamente.

—Llevamos quince años conociéndonos. No es lo mismo.

Entonces pronunció el nombre que yo esperaba.

—¿Esto tiene que ver con Maya?

—No.

—¿Viste mis mensajes?

No respondí.

Su expresión bastó.

—Valeria, puedo explicarlo.

—No quiero que lo hagas.

—Lo de Maya no significa nada.

Aquello me hizo reír.

—Eso lo empeora.

—¿Cómo?

—Porque entonces me utilizaste durante años sin que siquiera existiera otra gran historia de amor detrás.

Ethan palideció.

—Nunca te utilicé.

—¿Cómo llamas a buscarme cuando estabas solo, esperar que estuviera disponible y luego decir que sería raro amarme?

Se quedó inmóvil.

Había leído exactamente sus palabras.

—Estaba hablando con un amigo. No quería decir…

—Sí querías.

Mi voz salió tranquila.

—Solo nunca esperaste que yo lo supiera.

Dos semanas después me fui.

Seattle fue difícil al principio.

Pero era un tipo de dificultad diferente.

No dolía.

Me obligaba a crecer.

Conocí personas que no sabían quién era Ethan Carter.

Nadie me llamaba “la amiga de infancia de Ethan”.

Era simplemente Valeria.

Ascendí ocho meses después.

Volví a pintar.

Hice viajes sola.

Aprendí algo que me dio vergüenza no haber entendido antes:

extrañar a alguien no significa que debas regresar con él.

Ethan intentó contactar conmigo varias veces a través de amigos.

No respondí.

Hasta casi un año después.

Mi madre celebraba su cumpleaños y regresé unos días.

Cuando entré al restaurante, Ethan estaba allí.

Nuestros padres seguían siendo amigos.

Era inevitable.

Él me vio.

Y durante unos segundos volvió a parecer aquel niño que entraba por mi ventana.

—Valeria.

—Hola, Ethan.

Nada más.

No corrí hacia él.

No me temblaron las manos.

Aquello pareció afectarlo más que cualquier reproche.

Después de la cena me alcanzó afuera.

—¿Podemos hablar?

Acepté.

Nos sentamos en un banco.

—Maya y yo nunca estuvimos juntos —dijo.

—Está bien.

Frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Pensé que querrías saberlo.

—Hace un año sí.

Ethan bajó la mirada.

—Fui un idiota.

No respondí.

—Cuando te marchaste pensé que volverías.

—Lo sé.

—Después pensé que llamarías en mi cumpleaños.

Silencio.

—Luego fue Navidad.

Me miró.

—Entonces entendí que hablabas en serio.

Por primera vez no había arrogancia en su voz.

—Siempre pensé que estarías ahí.

—Yo también.

—¿Sabes qué fue lo peor?

Negué.

—Descubrir cuántas cosas hacía solamente porque sabía que después podía llamarte. Si una cita salía mal, te llamaba. Si discutía con mi padre, te llamaba. Si no podía dormir…

—Me llamabas.

Asintió.

—Te convertí en mi hogar sin darte un lugar real en mi vida.

Aquella frase habría sido todo lo que yo necesitaba escuchar un año antes.

Ahora solo era una verdad tardía.

Entonces dijo:

—Te amo.

Lo miré.

Esperé sentir algo enorme.

Una victoria.

Una reparación.

No llegó.

Solo tristeza.

—Quizá sí.

Ethan abrió los ojos.

—¿Quizá?

—Quizá siempre me amaste.

Me puse de pie.

—Pero durante años elegiste una versión de ese amor que solo era cómoda para ti.

—Puedo hacerlo diferente.

—Lo creo.

Y era verdad.

—Entonces dame una oportunidad.

Negué.

—Cambiar no significa que yo tenga que volver para recompensarte.

Se quedó callado.

Antes de marcharme, Ethan preguntó:

—¿Podemos al menos seguir siendo amigos?

Aquello casi me rompió.

Quince años resumidos en una palabra.

Amigos.

Pero esta vez sabía exactamente cuánto podía esconderse detrás de ella.

—Algún día quizá podamos saludarnos sin que duela.

Sonreí.

—Pero no voy a volver a ser la persona a la que llamas cuando estás solo.

Ethan no me siguió.

Dos años después regresé definitivamente por trabajo.

Una tarde pasé por nuestro antiguo barrio.

La casa de Ethan seguía allí.

También la ventana por la que había entrado cuando éramos niños.

Pensé en la niña que dejó de hablar después del divorcio de sus padres.

Durante años conté la historia diciendo que Ethan me había devuelto la voz.

Pero aquel día comprendí que no era completamente cierto.

Él me había dado una razón para usarla.

La voz siempre había sido mía.

Y también lo era ahora.

Aquella noche en la nieve creí que estaba perdiendo al amor de mi vida.

En realidad estaba dejando atrás una relación donde siempre debía conformarme con ser imprescindible, pero nunca elegida.

Ethan tardó un año en comprender que me amaba.

Yo necesité una sola noche para comprender algo más importante: amar a alguien durante quince años no me obligaba a regalarle el año dieciséis.

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