PARTE 2: CUANDO VI LA MARCA DE NACIMIENTO EN EL HOMBRO DE AQUELLA ANCIANA SIN HOGAR, COMPRENDÍ QUE LA MUJER A LA QUE ACABABA DE TRATAR CON DESPRECIO PODÍA SER LA PERSONA QUE LLEVABA VEINTE AÑOS BUSCANDO.

Me quedé mirando aquella pequeña media luna hasta que el baño desapareció a mi alrededor.

Ya no veía el mármol.

Ni el agua sucia.

Ni los guantes de goma que llevaba puestos.

Solo veía una fotografía vieja.

Una niña de dieciséis años abrazada a una mujer de cabello oscuro frente a una casa pequeña de Milwaukee.

Mi madre.

Metí una mano temblorosa bajo mi blusa y saqué el relicario que llevaba colgado desde hacía veinte años.

Nunca se lo enseñaba a nadie.

Ni siquiera Alejandro conocía toda la historia.

Abrí la pequeña pieza de plata.

Dentro había una fotografía desgastada de mi madre.

En la imagen, llevaba un vestido sin mangas.

Y sobre su hombro derecho podía verse claramente una marca de nacimiento idéntica.

Una media luna.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—Dios mío…

La mujer se volvió hacia mí, asustada.

—¿Qué ocurre?

Me quité los guantes.

Los dejé caer al suelo.

—¿Puedo preguntarte algo?

Ella asintió lentamente.

—¿Recuerdas algún nombre anterior a Lucía?

Frunció el ceño.

—A veces sueño con uno.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Cuál?

Cerró los ojos, esforzándose.

—Elena.

Tuve que agarrarme al borde de la bañera.

Mi madre se llamaba Elena Navarro.

Desapareció cuando yo tenía dieciséis años.

La policía creyó que había muerto.

Todos lo creyeron.

Excepto yo.

—¿Elena qué?

Ella negó con la cabeza.

—No lo sé.

Las lágrimas comenzaron a caerme antes de que pudiera detenerlas.

La mujer me miraba cada vez más confundida.

—Señora…

—Mariana.

Mi voz se quebró.

—Mi nombre es Mariana Navarro.

La reacción fue mínima.

Pero existió.

Sus dedos se crisparon bajo el agua.

—Navarro…

Repitió el apellido como si intentara recordar una canción olvidada.

Me arrodillé junto a la bañera.

—Mi madre desapareció hace veinte años.

Saqué el relicario.

—Esto era suyo.

Cuando lo vio, dejó de respirar.

—Ese collar…

—¿Lo reconoces?

Extendió una mano.

Sus dedos tocaron la tapa de plata.

Y de repente soltó un pequeño gemido.

—Había dos.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

—Dos collares.

Me miró.

—Uno con el sol.

Uno con la luna.

Mi madre había mandado hacer dos relicarios cuando yo cumplí quince años.

Ella llevaba el sol.

Yo, la luna.

Aquella información jamás apareció en periódicos ni expedientes públicos.

Solo nosotras lo sabíamos.

—Mamá…

La palabra salió de mi boca sin permiso.

La mujer retrocedió.

—No.

—Por favor, mírame.

—No sé quién soy.

—Mírame.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Durante unos segundos me observó.

Luego levantó la mano y tocó mi mejilla.

—Tus ojos…

Su respiración se volvió irregular.

—Conozco esos ojos.

Ya no pude contenerme.

Me incliné hacia ella y lloré como no había llorado desde los dieciséis años.

Alejandro entró corriendo al escucharme.

—Mariana, ¿qué pasó?

Se detuvo al vernos.

—Creo que es mi madre.

Él se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

Le mostré el relicario.

Le expliqué la marca.

El nombre.

Los dos collares.

Alejandro no dudó.

—Vamos al hospital.

Dos horas después, Elena estaba limpia, vestida con ropa nueva y sentada en una habitación privada mientras médicos realizaban análisis.

Yo no me separé de ella.

Las pruebas preliminares revelaron algo inesperado.

Había sufrido una lesión cerebral grave hacía aproximadamente veinte años.

Una fractura antigua en el cráneo.

Secuelas compatibles con pérdida extensa de memoria.

El médico fue cuidadoso.

—No parece que simplemente se marchara y olvidara quién era.

Miré a Alejandro.

—¿Qué quiere decir?

—La lesión probablemente fue consecuencia de un traumatismo importante.

Sentí frío.

—¿Un accidente?

—Podría ser.

Hizo una pausa.

—Pero no puedo afirmarlo sin revisar todos los registros.

Solicitamos una prueba de ADN urgente.

Mientras esperábamos, Alejandro consiguió que su equipo legal buscara cualquier expediente relacionado con la desaparición de Elena Navarro.

Aquella misma noche recibimos una llamada.

El ADN no dejó espacio para dudas.

Probabilidad de parentesco materno:

99,99%.

Me senté junto a la cama y tomé su mano.

—Eres tú.

Elena lloró.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por no recordarte.

Negué con fuerza.

—No tienes que disculparte por nada.

Entonces me miró.

—Hay algo que sí recuerdo.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Una obra.

Mi corazón dio un golpe.

—Alejandro dijo que te encontraron cerca de una obra.

—No era una obra cualquiera.

Cerró los ojos.

—Había un hombre.

—¿Quién?

—No puedo verle la cara.

Su respiración se aceleró.

—Pero estaba enfadado.

—¿Contigo?

Asintió.

—Yo tenía papeles.

—¿Qué papeles?

—No sé.

Se llevó una mano a la cabeza.

—Él quería quitármelos.

Alejandro llamó inmediatamente al abogado.

La policía había cerrado el caso de mi madre años atrás como desaparición sin indicios suficientes de delito.

Ahora todo cambiaba.

Al día siguiente, recibimos una copia del expediente original.

Había algo que jamás me habían contado cuando era adolescente.

Mi madre había trabajado como auxiliar administrativa para una empresa constructora.

Tres semanas antes de desaparecer, había denunciado irregularidades financieras.

Facturas falsas.

Contratos duplicados.

Sobornos.

Alejandro leyó el nombre de la empresa y se quedó rígido.

—No puede ser.

—¿Qué?

Giró el documento hacia mí.

Hawthorne Development.

Ese nombre me resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—Alejandro…

Él ya estaba buscando algo en su teléfono.

—Hawthorne quebró hace dieciocho años.

—¿Y?

—Mi padre compró gran parte de sus activos cuando fundó nuestra empresa.

Me quedé mirándolo.

—¿Tu padre conocía a mi madre?

—No lo sé.

Pero su voz había cambiado.

Su equipo legal siguió investigando.

Encontraron antiguos registros de empleados.

Mi madre aparecía allí.

También aparecía un nombre que hizo que Alejandro se levantara de la silla.

Richard Valdés.

Su padre.

Mi suegro había trabajado como director financiero de Hawthorne antes de crear su propio imperio.

—Esto tiene que ser una coincidencia —dije.

Alejandro no contestó.

Encontramos otra cosa.

El último cheque cobrado por mi madre antes de desaparecer llevaba la firma de Richard.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Tu padre firmaba sus pagos?

—Era el director financiero. Podría haber firmado cientos.

Era cierto.

Pero ninguno de los dos parecía convencido.

Aquella tarde visitamos a Elena.

Le mostramos fotografías antiguas de empleados.

No queríamos sugerirle respuestas.

Solo colocamos varias imágenes sobre la mesa.

Ella miró la primera.

Nada.

La segunda.

Nada.

Luego llegó a Richard Valdés.

Su mano comenzó a temblar.

—Él.

Alejandro palideció.

—¿Qué recuerdas?

Elena apartó la fotografía como si quemara.

—Me gritó.

—¿Cuándo?

—Antes de que todo se oscureciera.

Alejandro se sentó lentamente.

Yo sentía que apenas podía respirar.

—¿Mi padre te hizo daño?

Ella negó.

—No sé.

Después levantó la mirada.

—Había otro hombre con él.

—¿Quién?

Elena cerró los ojos.

—Richard lo llamaba…

Se quedó en silencio.

—¿Cómo?

—Thomas.

Alejandro y yo nos miramos.

Su padre había tenido un socio llamado Thomas Keller.

El hombre que, según todos los registros, murió en un accidente automovilístico seis meses después de la desaparición de mi madre.

Alejandro llamó inmediatamente a su investigador.

Veinte minutos después recibió una fotografía de aquel antiguo accidente.

La miró.

Después volvió a mirarla.

—Mariana.

—¿Qué?

Me enseñó el informe.

El cuerpo había sido identificado por documentación encontrada dentro del vehículo.

Nunca hubo una identificación genética.

—¿Estás diciendo que quizá Thomas no murió?

—Estoy diciendo que alguien quiso que todos creyéramos que murió.

En ese momento Elena gritó desde la cama.

Su monitor empezó a sonar.

Corrimos hacia ella.

Tenía los ojos abiertos de par en par.

—Lo recuerdo.

Me incliné.

—¿Qué recuerdas?

Apretó mi mano con una fuerza sorprendente.

—No me abandonaron en aquella obra.

—¿Entonces?

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

—Me escondieron allí.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Quién?

Mi madre miró directamente hacia él.

—El padre de tu marido intentó ayudarme.

Sentí que todo se detenía.

—¿Richard?

Ella asintió.

—Él quería sacarme de Chicago.

—Entonces ¿quién te atacó?

Elena abrió la boca.

Pero antes de responder, alguien golpeó la puerta de la habitación.

Un hombre mayor estaba de pie al otro lado del cristal.

Cabello gris.

Bastón.

Traje oscuro.

Nunca lo había visto.

Alejandro sí.

El color desapareció de su rostro.

—Eso es imposible.

—¿Quién es?

El hombre levantó lentamente la mirada hacia nosotros.

Mi madre empezó a temblar.

—Thomas.

Alejandro dio un paso atrás.

Porque el hombre que llevaba casi veinte años oficialmente muerto acababa de presentarse en el hospital.

Y sostenía en la mano el relicario con forma de sol que mi madre había perdido la noche en que desapareció.

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