PARTE 2: LA HIJA DE MI NUEVA CRIADA ME HIZO SENTIR ALGO QUE CREÍA MUERTO DESDE NIÑO, PERO CUANDO DESCUBRÍ QUIÉN HABÍA SIDO SU PADRE, ENTENDÍ QUE MARÍA NO HABÍA ENTRADO EN MI CASA POR CASUALIDAD.

—Daniel.

María pronunció mi nombre como si hubiera cometido un error.

Sofía seguía junto al sofá, observando las lágrimas que yo no había conseguido esconder.

Me incorporé lentamente.

—Sofía, ve a la cocina.

La niña miró a su madre.

María asintió.

—Ve con Rosa, cariño.

Sofía recogió su pequeño conejo de peluche y salió.

Esperé hasta que sus pasos desaparecieron.

Entonces miré a María.

—¿Quién era su padre?

Su rostro perdió color.

—¿Por qué preguntas eso?

—Porque llevas tres meses trabajando dentro de mi casa y acabas de mirarme como si escuchar a tu hija hablar de él pudiera condenarte.

María bajó los ojos.

—Se llamaba Mateo.

—Apellido.

Silencio.

Me puse de pie.

—María.

—Torres.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Mentía.

Y después de Vincent, una mentira dentro de mi casa era suficiente para encender todas mis alarmas.

Tomé el teléfono.

—Marco.

Mi jefe de seguridad respondió inmediatamente.

—Jefe.

—Quiero revisar nuevamente los antecedentes de María. Todo. Familia, matrimonio, hija, últimos seis años.

María levantó la cabeza.

—No.

Aquella palabra me sorprendió.

—¿No?

Se acercó.

—Puedes investigarme a mí. Pero deja a Sofía fuera.

—Entonces dime la verdad.

Sus ojos se llenaron de miedo.

No por ella.

Por la niña.

—No puedo.

—¿Por qué?

María tragó saliva.

—Porque prometí que nunca te lo diría.

Sentí que algo se endurecía dentro de mí.

—¿A quién?

No respondió.

Mi teléfono vibró.

Marco.

Había tardado menos de dos minutos.

—Jefe, tenemos un problema.

Miré a María.

—Habla.

—La documentación laboral de la señora Torres es auténtica. Pero encontramos un certificado de matrimonio antiguo bajo otro apellido.

—¿Cuál?

Marco hizo una pausa.

—Russo.

El mundo quedó en silencio.

Miré a María.

Ella cerró los ojos.

—¿María Russo?

—Daniel…

—¿Estuviste casada con un Russo?

No necesitaba preguntar cuál.

En el fondo ya lo sabía.

Marco terminó de confirmarlo.

—Su esposo era Mateo Russo. Hermano menor de Vincent Russo.

Sentí como si alguien hubiera abierto una puerta que llevaba años manteniendo cerrada.

Vincent.

El hombre que me había traicionado.

El hombre cuya información había causado la muerte de tres de los míos.

María había entrado en mi casa utilizando su apellido de soltera.

Y su hija era una Russo.

Di un paso atrás.

—Fuera.

María palideció.

—Déjame explicarte.

—¡Fuera de mi casa!

Sofía apareció en el pasillo.

—Mami…

Mi voz murió inmediatamente.

La niña abrazaba su conejo.

Miró primero a María.

Después a mí.

—¿Hice algo malo?

Aquella pregunta me golpeó más fuerte que cualquier bala.

María corrió hacia ella.

—No, cariño.

Se arrodilló y la abrazó.

—Tú nunca haces nada malo.

Yo debería haber llamado a los guardias.

Debería haber expulsado a ambas.

Eso habría hecho el Daniel Hale de una hora antes.

Pero entonces vi la manta todavía sobre el sofá.

La misma que Sofía había colocado sobre mí porque pensaba que ningún hombre debía tener frío y estar solo.

—Lleva a Sofía arriba —dije.

María me miró sorprendida.

—Tenemos cinco minutos para hablar cuando vuelvas.

Diez minutos después estábamos frente a frente en mi despacho.

—Empieza.

María apretó las manos.

—Mateo no era como Vincent.

Solté una risa amarga.

—Todos dicen eso cuando un Russo está muerto.

—Mateo descubrió lo que hacía su hermano.

Eso me hizo callar.

—¿Qué?

—Vincent llevaba meses reuniendo información sobre ti. Mateo encontró copias de documentos, fotografías, rutas…

—¿Y por qué no me avisó?

Los ojos de María se humedecieron.

—Lo intentó.

Sacó una pequeña llave que llevaba colgada al cuello.

—Tres días antes de morir me entregó esto.

La dejó sobre mi escritorio.

—Me dijo que si alguna vez necesitaba protección para Sofía debía encontrarte.

No toqué la llave.

—¿Protección de mí?

—No.

María sostuvo mi mirada.

—Protección contigo.

Aquello no tenía sentido.

—Vincent me traicionó.

—Sí.

—Entonces ¿por qué su hermano confiaría en mí?

—Porque Mateo descubrió que Vincent tampoco estaba trabajando voluntariamente.

Me quedé inmóvil.

María continuó.

—Alguien tenía información sobre nuestra familia. Amenazaron con hacer daño a Sofía si Vincent dejaba de colaborar.

—Vincent nunca mencionó ninguna amenaza.

—Porque sabía que investigarías. Y si lo hacías, ellos sabrían que había hablado.

Apreté la mandíbula.

—¿Quiénes son “ellos”?

—No lo sé.

—Mientes.

—Ojalá.

María señaló la llave.

—Mateo escondió todo lo que descubrió. Yo nunca abrí el lugar porque me dijo que hacerlo podría poner a Sofía en peligro.

—¿Entonces por qué viniste aquí?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Porque hace cuatro meses alguien entró en nuestro apartamento.

Mi expresión cambió.

—¿Qué se llevaron?

—Nada.

—Entonces ¿qué buscaban?

—La llave.

Miré el pequeño objeto metálico.

—¿Cómo lo sabes?

María respiró profundamente.

—Porque dejaron una fotografía de Sofía dormida sobre su almohada.

El frío me recorrió la espalda.

—Al día siguiente solicité trabajo aquí. Pensé que si estaba dentro de la casa del hombre al que todos temían, nadie se atrevería a acercarse a mi hija.

Por fin lo entendí.

María sí quería algo de mí.

No dinero.

No influencia.

Quería que mi nombre mantuviera viva a su hija.

Tomé la llave.

—¿Qué abre?

—Una caja de seguridad en Manhattan.

Una hora después, Marco conducía.

María iba a mi lado.

Dos vehículos de seguridad nos seguían.

La caja estaba registrada bajo un nombre falso.

Dentro encontramos un teléfono viejo, tres memorias USB y un sobre con mi nombre.

Reconocí inmediatamente la letra.

Mateo Russo.

Abrí la carta.

La primera línea hizo que mi respiración se detuviera.

«Daniel, si estás leyendo esto, probablemente mi hermano ya está muerto.»

Continué.

Mateo explicaba que Vincent había sido utilizado como intermediario, pero también que había descubierto algo mucho más grave.

La filtración no había empezado con Vincent.

Había comenzado dentro de mi organización años antes.

—Marco.

Mi jefe de seguridad se acercó.

—¿Qué pasa?

Le entregué una de las fotografías.

La miró.

Y su rostro cambió.

Era una imagen tomada desde lejos de mi finca.

La fecha correspondía a ocho años atrás.

Mucho antes de la traición de Vincent.

En la parte posterior había tres nombres.

Dos pertenecían a hombres muertos.

El tercero seguía trabajando para mí.

—No puede ser —murmuró Marco.

Mi teléfono sonó.

Uno de los guardias de la finca.

Contesté.

—Jefe, tenemos una situación.

—¿Qué ocurrió?

—Alguien intentó entrar en el ala donde está la niña.

María dejó de respirar.

Me levanté.

—¿Sofía está bien?

—Sí. Rosa está con ella.

—¿Quién fue?

Hubo un silencio extraño.

—Jefe…

—Dime el nombre.

—Vincent Russo.

Sentí que la sangre se me helaba.

—Vincent está muerto.

—Eso creíamos.

María se llevó una mano a la boca.

El guardia continuó:

—Lo tenemos en una de las cámaras. Es él.

Miré la carta de Mateo.

Entonces vi algo que antes había pasado por alto.

Al final había una última frase:

«Si alguna vez te dicen que Vincent murió, no creas el cuerpo. Pregunta quién necesitaba que tú pensaras que estaba muerto.»

Levanté lentamente la mirada hacia María.

Por primera vez desde que Vincent me había traicionado, comprendí que quizá había pasado años odiando al hombre equivocado.

Y mientras regresábamos a toda velocidad hacia la finca, solo podía pensar en una cosa:

si Vincent Russo seguía vivo, no había vuelto por mí. Había vuelto por Sofía.

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