Phuong Khiet terminó de redactar el acuerdo a las seis y media.
Lo dejó sobre la mesa.
—Casa para ti. Custodia principal de Chu Chu para ti. Reclamación de los fondos transferidos a Lam Nha. Revisión completa de los gastos realizados con dinero común. Y exigimos que abandone la vivienda en cuanto se formalice la separación.
Leí cada línea.
No había rabia en mí.
Solo una claridad que no había tenido durante siete años.
—Perfecto.
—A Niem, voy a decírtelo otra vez. No firmará.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estás tan tranquila?
Miré hacia la habitación donde Chu Chu dibujaba.
—Porque ya no necesito que esté de acuerdo conmigo.
Aquella noche Chu Vien regresó a las nueve.
No llevaba expresión de hombre preocupado por haber perdido su empleo.
Llevaba una bolsa de comida cara y venía hablando por teléfono.
—Sí, mañana te transfiero algo más.
Cuando me vio en el salón, terminó la llamada.
—¿Qué haces despierta?
—Esperándote.
Sobre la mesa estaban el acuerdo de divorcio, las capturas bancarias y las imágenes de las cámaras.
Chu Vien se detuvo.
—¿Qué es todo esto?
—Siéntate.
—No me hables como si fueras mi jefa.
—Dentro de poco tampoco seré tu esposa. Así que siéntate o léelo de pie.
Su rostro cambió.
Tomó el primer documento.
ACUERDO DE DIVORCIO.
Levantó la vista.
—¿Estás loca?
—No.
Pasó varias páginas.
—¿La casa para ti? ¿Chu Chu contigo? ¿Quieres que devuelva dinero?
Se echó a reír.
—¿Quién te ha llenado la cabeza con estas tonterías?
—Phuong Khiet.
La risa desapareció.
La conocía.
También sabía perfectamente a qué se dedicaba.
—¿Has metido a una abogada en nuestro matrimonio?
—Tú metiste a otra mujer y a su hijo hace tres años. Creo que llegué tarde.
Chu Vien arrojó los papeles sobre la mesa.
—Ya te dije que Lam Nha es solo una amiga.
Saqué el teléfono.
Primero le mostré el vídeo de los miércoles.
Luego el de los viernes.
Entrada al 1402 a las nueve.
Salida alrededor de las once.
Cada semana.
Durante meses.
No dijo nada.
Después abrí las transferencias.
—Doscientos setenta mil yuanes de tu indemnización.
Su rostro perdió color.
—Entraste en mi cuenta.
—La contraseña era mi cumpleaños.
—¡No tenías derecho!
Solté una risa.
—¿Y tú sí tenías derecho a transferir bienes matrimoniales a tu amante?
Golpeó la mesa.
—¡No es mi amante!
—Entonces explícame la nota.
Giré la pantalla.
Gastos de manutención.
—¿Qué manutención?
Silencio.
—Chu Vien, pregunto por última vez. ¿Ese niño es tuyo?
Me miró.
Sus labios se movieron.
Pero otra vez no dijo que no.
Y esta vez ya no necesitaba oírlo.
—Bien.
Empujé el bolígrafo hacia él.
—Firma.
—No voy a firmar una mierda.
—Entonces nos veremos en el tribunal.
Se levantó.
—No puedes echarme de mi propia casa.
—No es tu casa.
—¡Soy tu marido!
—La compré antes del matrimonio. Está pagada. Está únicamente a mi nombre.
Lo vi quedarse inmóvil.
Aquella información la sabía.
Pero nunca había imaginado que llegaría el día en que importaría.
—No vas a quitarme a Chu Chu.
—Eso lo decidirá el juez.
—Soy su padre.
—Entonces quizá deberías haber gastado más tiempo criando a tu hija y menos tiempo criando al hijo de Lam Nha.
Eso sí lo golpeó.
Chu Vien señaló mi cara.
—No tienes trabajo. ¿Con qué piensas mantenerla?
Estaba esperando esa pregunta.
—Con mi dinero.
—¿Qué dinero?
Durante siete años había dejado que creyera que abandonar mi carrera significaba convertirme en alguien dependiente de él.
No sabía que mis padres me habían dejado inversiones.

No sabía que después de renunciar había seguido gestionando algunas carteras familiares desde casa.
Y, sobre todo, no sabía que los quince mil yuanes que él depositaba cada mes ni siquiera cubrían una parte de los gastos reales de nuestra hija.
—Eso tampoco te concierne ya.
Su mirada empezó a cambiar.
Por primera vez entendió que quizá nunca había conocido del todo a la mujer con la que vivía.
Esa noche durmió en el despacho.
A las siete de la mañana siguiente, Lam Nha tocó la puerta.
No bajó.
Subió directamente.
Alguien había debido darle acceso.
Cuando abrí, venía furiosa.
—¿Qué le hiciste a Chu Vien?
—Buenos días para ti también.
—Dice que quieres divorciarte.
—Correcto.
—¿Por una tontería?
La miré durante varios segundos.
—¿Dormir con mi marido es una tontería o prefieres llamarlo amistad vecinal?
Su rostro se tensó.
—No sabes nada.
—Sé bastante.
Saqué una copia de los movimientos bancarios.
Lam Nha apenas necesitó mirar la primera hoja.
—Ese dinero me lo dio voluntariamente.
—Perfecto.
—No puedes recuperarlo.
—Eso lo veremos.
Sonrió con desprecio.
—¿De verdad piensas demandar a una madre soltera?
—No.
Me incliné ligeramente hacia ella.
—Pienso reclamar el dinero matrimonial transferido sin mi consentimiento.
La sonrisa desapareció.
En ese momento apareció Chu Vien.
—Lam Nha, baja.
Ella se volvió.
—¿Por qué? ¿Ahora te da miedo tu esposa?
—He dicho que bajes.
—¡Después de todo lo que hice por ti!
Se hizo silencio.
Yo la miré.
Chu Vien también.
Lam Nha acababa de hablar demasiado.
—¿Qué hiciste por él? —pregunté.
Ella apretó los labios.
—Nada.
—Continúa.
—A Niem, no empieces —intervino Chu Vien.
Lo miré.
—Ahora quiero escucharla.
Lam Nha respiró con fuerza.
—Yo estuve con él cuando tú solo sabías cuidar niños y gastar dinero.
Me reí.
—¿Gastar dinero?
—Sí. ¿Crees que no sé cuánto cuesta mantener esta casa?
—Lo sabes bastante bien. Sobre todo porque mi criada también mantenía la tuya.
Su cara se puso roja.
—¡Chu Vien dijo que esa casa acabaría siendo de él!
Silencio.
Hasta él se quedó helado.
—Lam Nha…
—¿Qué? Tú dijiste que cuando os divorciarais venderías el piso y compraríamos uno más grande.
Me volví lentamente hacia Chu Vien.
—Así que también prometiste mi casa.
No respondió.
Lam Nha se dio cuenta tarde de que acababa de destruir la poca defensa que quedaba.
Se marchó dando un portazo.
Chu Vien se quedó quieto.
—Ella está alterada.
—No me importa.
—No puedes usar lo que dijo como prueba.
—Quizá no haga falta.
Porque Phuong Khiet ya había pedido preservar los registros de las cámaras y estaba preparando la solicitud para rastrear tres años completos de transferencias.
Dos días después encontramos algo mucho peor.
No eran sesenta mil.
Ni setenta mil.
Durante tres años, Chu Vien había transferido a Lam Nha más de cuatrocientos treinta mil yuanes, sin contar el salario de la señora Vuong.
Había pagado guardería.
Seguro médico.
Viajes.
Un depósito para un coche.
Y una cuenta que aparecía cada mes bajo la misma descripción:
Educación de Lac Lac.
Phuong Khiet dejó el extracto sobre la mesa.
—Esto demuestra una relación económica estable. Pero falta todavía probar la paternidad.
—La probaré.
—No puedes obligar al niño a hacerse una prueba por tu cuenta.
—No necesito hacerlo yo.
Ella me miró.
—¿Qué tienes en mente?
Antes de responder, sonó mi teléfono.
Era Tieu Truong, el administrador.
—Señorita To, hay algo que creo que debería ver.
Bajé inmediatamente.
Me llevó a la oficina de gestión.
—Revisé archivos antiguos porque ayer preguntaste por el 1402.
Sacó una carpeta.
—Cuando Lam Nha alquiló el piso hace tres años, dejó un contacto de emergencia.
Leí el formulario.
Nombre: Chu Vien.
Relación con el residente:
Padre del menor.
Me quedé mirando aquellas cuatro palabras.
Ya tenía la mentira.
Ya tenía el dinero.
Ya tenía las visitas.
Y ahora tenía un documento escrito tres años atrás, cuando ninguno de los dos imaginaba que algún día yo lo leería.
Pero Tieu Truong todavía no había terminado.
—Hay algo más.
Sacó una copia del registro inicial del niño.
—Esto estaba adjunto al contrato.
Vi el nombre.
Lac Lac.
Fecha de nacimiento.
Y debajo, una fotocopia parcial de un certificado hospitalario.
La columna del padre estaba borrosa.
Pero se distinguía claramente un apellido.
Chu.
Sentí cómo se me enfriaban las manos.
Entonces Tieu Truong señaló una anotación manuscrita al margen.
—Esto lo escribió Lam Nha cuando pidió acceso permanente para un segundo adulto.
Leí la frase.
«El padre del niño vive en el piso superior con su familia oficial. Por favor, no llamar a su puerta por asuntos relacionados con el menor».
Cerré los ojos.
Ya no faltaban pruebas.
Solo faltaba decidir cuánto de aquella vida falsa quería dejar que Chu Vien intentara defender ante un juez.