El todoterreno llegó al hospital en menos de diez minutos.
Para entonces, el dolor se había intensificado.
Lucian no se separó de mí.
—Necesita obstetricia inmediatamente —ordenó en cuanto se abrieron las puertas.
El personal reaccionó al instante.
Mientras me llevaban por el pasillo, agarré su manga.
—Nathan…
Lucian bajó la mirada.
—Ocúpate de tus hijos.
Su voz era tranquila.
—Yo me ocuparé de Nathan Drake.
Aquellas fueron las últimas palabras que escuché antes de que las puertas se cerraran.
Los médicos consiguieron estabilizarme.
Los bebés estaban bien, pero el estrés había provocado contracciones prematuras y necesitaba permanecer ingresada bajo observación.
Una hora después, una enfermera entró nerviosa.
—Señora Bennett, hay un hombre que afirma ser su esposo.
—Exmarido.
—Trae abogados.
Cerré los ojos.
Había llegado.
—No quiero verlo.
La enfermera asintió.
Pero antes de salir, alguien apareció detrás de ella.
Lucian.
Se había quitado el abrigo mojado y ahora llevaba una camisa negra con las mangas remangadas.
—Nathan está intentando obtener acceso a tus registros médicos.
Me incorporé.
—¿Puede hacerlo?
—No con tu autorización revocada.
—¿Cómo sabes que tenía autorización?
Lucian permaneció callado un segundo.
Demasiado.
—Porque no es la primera vez que Nathan intenta conseguir información sobre ti.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
Antes de responder, voces elevadas atravesaron el pasillo.
—¡Son mis hijos!
Nathan.
—¡Tengo derecho a verla!
Después escuché otra voz.
—Señor Drake, retroceda.
Lucian salió.
Yo no debería haberlo seguido.
Pero lo hice.
Desde la puerta vi a Nathan frente a tres abogados.
Su traje estaba impecable.
Su expresión, no.
Entonces vio a Lucian.
Y se quedó completamente inmóvil.
—Blackwood.
Aquello me sorprendió.
No había dicho «señor Blackwood».
Lo había llamado por su apellido como alguien que ya lo conocía.
Lucian se detuvo delante de él.
—Nathan.
Ellos se conocían.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Nathan.
—Protegiendo a Ava.
Nathan soltó una risa incrédula.
—¿Ava?
Me señaló.
—Esa mujer es mi exesposa.
—Lo sé.
—Está embarazada de mis hijos.
—También lo sé.
Nathan apretó la mandíbula.
—Entonces apártate.
Lucian ni siquiera parpadeó.
—No.
Uno de los abogados de Nathan intervino.
—Nuestro cliente pretende establecer inmediatamente sus derechos como padre.
Lucian miró al hombre.
—Entonces preséntenlos ante un tribunal.
—Los niños Drake pertenecen a…
—Deténgase.
La voz de Lucian se volvió helada.
—Los niños no pertenecen a nadie.
Nathan dio un paso adelante.
—Esto no es asunto tuyo.
Lucian lo observó durante varios segundos.
—Lo convertiste en asunto mío hace seis años.
El color desapareció del rostro de Nathan.
Yo sentí que el corazón me golpeaba.
—¿Seis años?
Nathan me miró.
—Ava, vuelve a tu habitación.
—No.
—No estás bien.
—Estoy perfectamente consciente.
Lucian sacó una carpeta que uno de sus hombres acababa de entregarle.
Nathan la reconoció.
Lo supe por su expresión.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Nunca desapareció —respondió Lucian.
—No sabes lo que contiene.
—Sé exactamente lo que contiene.
Me acerqué.
—¿Alguien piensa explicarme qué está pasando?

Lucian me miró.
Por primera vez desde que lo había conocido, parecía dudar.
Después abrió la carpeta.
La primera página llevaba el nombre de mi padre.
MICHAEL BENNETT.
Dejé de respirar.
Mi padre había muerto seis años atrás.
—¿Por qué tienes documentos sobre él?
—Porque trabajó conmigo.
Miré a Lucian.
—Mi padre era profesor de ingeniería.
—Eso era lo que quería que creyeras.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Nathan intervino.
—No le debes ninguna explicación.
Giré hacia él.
—Tú cállate.
Fue la primera vez que vi auténtica sorpresa en su rostro.
Lucian continuó.
—Tu padre desarrolló patentes para una división tecnológica que posteriormente adquirió Blackwood Industries.
—¿Patentes?
—Muy valiosas.
—¿Cuánto?
Lucian sostuvo mi mirada.
—Actualmente generan cientos de millones al año.
Nathan cerró los ojos.
Entonces comprendí.
—Tú lo sabías.
No respondió.
—Nathan.
—Ava…
—¿Sabías quién era mi padre cuando me conociste?
Silencio.
Fue suficiente.
Sentí náuseas.
Nuestro primer encuentro.
Las flores.
La propuesta.
Cinco años de matrimonio.
—¿Te casaste conmigo por eso?
—No fue así.
Lucian sacó otro documento.
—Entonces explícale esto.
Era un correo electrónico.
Nathan lo había enviado meses antes de conocerme.
Mi nombre aparecía en la segunda línea.
«BENNETT TIENE UNA HIJA. SI LOS DERECHOS PASARON A ELLA, NECESITAMOS ACCESO ANTES QUE BLACKWOOD.»
Mis manos empezaron a temblar.
—Me investigaste.
Nathan bajó la voz.
—Al principio.
—¿Al principio?
Solté una risa rota.
—¿Y después te enamoraste?
—Sí.
—¿Por eso me dejaste embarazada con unos cientos de dólares?
No pudo mirarme.
Lucian pasó otra página.
—Nathan nunca encontró las patentes.
—¿Por qué?
Esta vez Lucian me miró directamente.
—Porque no las heredaste de la forma que él esperaba.
—Entonces ¿quién las tiene?
—Un fideicomiso.
Sentí que todo giraba.
—¿A nombre de quién?
—Tuyo.
Nathan levantó la cabeza.
Lucian añadió:
—Pero tu padre añadió una condición.
Miró mi vientre.
—Cuando Ava tuviera descendencia, el control completo del fideicomiso pasaría a ella.
El silencio fue absoluto.
Entendí entonces por qué Nathan había aparecido tan rápido.
No había venido únicamente por sus hijos.
—¿Cuánto vale?
Lucian no suavizó la respuesta.
—Con las patentes, participaciones y activos actuales, aproximadamente dos mil ochocientos millones de dólares.
Nathan se movió.
—Ava, escúchame.
Retrocedí.
—No me toques.
—Esos niños también son míos.
—Y ahí está.
Lo miré.
—Ni siquiera preguntaste si estaban bien.
Su rostro se tensó.
—Estoy intentando proteger su futuro.
—Estás intentando controlar el mío.
Uno de sus abogados le susurró algo.
Nathan se volvió furioso.
—¡Cállate!
Aquella reacción llamó la atención de Lucian.
—¿Qué ocurre?
El abogado guardó silencio.
Nathan lo fulminó con la mirada.
Pero ya era demasiado tarde.
Lucian extendió la mano.
—Entrégueme lo que acaba de recibir.
—No tengo obligación…
—Entonces entrégueselo a la policía.
El abogado palideció.
Nathan intentó quitarle el documento.
Dos agentes de seguridad se interpusieron.
Finalmente, el abogado dejó la hoja sobre una mesa.
Lucian la leyó.
Su expresión cambió.
—Ava.
—¿Qué?
No respondió inmediatamente.
Le arrebaté el documento.
Era una solicitud preparada esa misma mañana.
Custodia de emergencia.
Evaluación de mi capacidad.
Acceso temporal a decisiones médicas relacionadas con los bebés.
Pero había algo peor.
Adjunto aparecía un informe psicológico.
Sobre mí.
Firmado por un médico al que jamás había visto.
Según aquel documento, yo sufría episodios de confusión, inestabilidad emocional y paranoia.
—Esto es falso.
Nathan permaneció inmóvil.
—¡Esto es falso!
Lucian tomó el informe.
—El médico existe.
—Nunca me examinó.
—Lo sé.
Nathan comenzó a retroceder.
Entonces entendí el plan.
Si podían hacerme parecer incapaz…
Podían intentar controlar decisiones relacionadas conmigo y con los niños.
Y quizás acercarse al fideicomiso.
—¿Cuándo preparaste esto?
Nathan no respondió.
Uno de los agentes de Lucian recibió una llamada.
Se acercó y le susurró algo.
La expresión de Lucian se volvió aterradora.
—¿Estás seguro?
El hombre asintió.
Lucian miró a Nathan.
—Tenemos otro problema.
—No sé de qué hablas.
—El médico que firmó el informe acaba de admitir que recibió dinero.
Nathan palideció.
—Eso no prueba nada.
—La transferencia salió de una sociedad.
Lucian hizo una pausa.
—Una sociedad controlada por Chloe Matthews.
Mi respiración se detuvo.
Nathan pareció genuinamente sorprendido.
—¿Chloe?
Por primera vez, tuve la sensación de que algo no encajaba.
Lucian también lo vio.
—No sabías eso.
Nathan no contestó.
Entonces mi teléfono vibró.
Un número desconocido.
Abrí el mensaje.
Era una fotografía tomada aquella misma noche.
Yo aparecía entrando al hospital en brazos de Lucian.
Debajo había una frase.
«NATHAN NO ES EL ÚNICO QUE QUIERE A LOS TRILLIZOS.»
Sentí que se me helaba la sangre.
Llegó una segunda imagen.
Chloe estaba entrando en un edificio.
Pero no iba sola.
El hombre que caminaba junto a ella llevaba un maletín que reconocí inmediatamente.
Era el mismo que mi padre utilizaba en las pocas fotografías que conservaba de él.
Debajo apareció otro mensaje:
«PREGÚNTALE A BLACKWOOD POR QUÉ TU PADRE MURIÓ.»
Levanté lentamente la mirada.
Lucian había visto la pantalla.
Y por primera vez desde que lo conocí, el hombre más temido de Estados Unidos perdió por completo su expresión de control.