La empleada del hotel volvió a pasar la tarjeta negra.
—Rechazada.
Ricardo frunció el ceño.
—Inténtelo otra vez.
—Señor Xu, ya lo hice tres veces.
Detrás de él, ochenta y ocho mesas seguían llenas de invitados. Las botellas abiertas, las flores importadas y la decoración convertían aquella boda en una factura monstruosa.
Diana se acercó.
—Ricardo, ¿qué pasa?
La empleada bajó la voz.
—La tarjeta fue cancelada por la titular principal.
—Eso es imposible —respondió Ricardo—. Esa tarjeta es mía.
El gerente consultó el sistema.
—No, señor Xu. Usted figura como usuario autorizado. La cuenta principal pertenece a la señora Elena.
La madre de Ricardo se levantó inmediatamente.
—¡Entonces llama a esa mujer!
Ricardo sacó el teléfono.
Me llamó una vez.
Dos.
Cinco.
Yo estaba sentada frente a la ventana de mi nuevo apartamento cuando apareció su nombre.
No contesté.
Después llegó un mensaje.
Elena, desbloquea la tarjeta. Estamos en medio de la boda.
Lo leí.
Bloqueé su número.
En el hotel, Ricardo intentó usar otra tarjeta.
Rechazada.
Su madre sacó la suya.
También.
Su hermana dejó de transmitir en vivo cuando descubrió que su tarjeta dorada tampoco funcionaba.
—¿Qué demonios hiciste? —preguntó la madre de Ricardo.
Él comenzó a llamar al banco.
La respuesta fue sencilla.
Todas las tarjetas secundarias habían sido canceladas por la propietaria de la cuenta.
Diana mantenía una sonrisa rígida.
—Paga desde la cuenta de tu empresa.
Ricardo respiró aliviado.
Sacó su teléfono.
Pero minutos después volvió a quedarse inmóvil.
El saldo disponible de la cuenta operativa era mucho menor de lo esperado.
Entonces llamó al director financiero.
—Necesito una transferencia inmediata.
Hubo silencio al otro lado.
—Señor Xu, no puedo autorizarla.
—Soy el presidente.
—Sí, pero la reserva de liquidez utilizada durante estos años provenía de la línea privada respaldada por la señora Elena.
Ricardo apretó el teléfono.
—¿Qué línea privada?
El director financiero pareció confundido.
—La que sostiene varias garantías financieras del grupo.
Diana lo miró.
—¿De qué está hablando?
Ricardo no respondió.
Porque acababa de descubrir algo que aparentemente nunca se había molestado en preguntar.
Durante nuestro matrimonio, él creía que su empresa había crecido exclusivamente gracias a su talento.
Y tenía talento.
Nunca lo negaría.
Pero ocho años antes, cuando Grupo Xu estuvo a semanas de quedarse sin liquidez, fui yo quien consiguió una línea privada de crédito.
Cuando necesitó garantías para conseguir contratos internacionales, las aporté yo.
Cuando dos bancos rechazaron financiar su expansión, una sociedad de inversión apareció misteriosamente y compró parte de su deuda.
Esa sociedad también era mía.
Nunca se lo dije.
No porque quisiera engañarlo.
Porque cuando nos casamos, Ricardo me había dicho:
—Quiero construir algo que sea mío.
Así que lo dejé hacerlo.
Sólo puse redes debajo cada vez que estaba a punto de caer.
Él confundió aquellas redes con suelo firme.
Esa noche descubrió la diferencia.
Finalmente, Charles Meng, padre de Diana, tuvo que adelantar parte del pago del hotel para evitar que la policía terminara involucrada por una factura impagada.
La boda continuó.
Pero ya nadie sonreía igual.
A la mañana siguiente, Ricardo apareció frente a mi apartamento.

No sabía cómo había encontrado la dirección.
Golpeó durante casi diez minutos.
Abrí finalmente.
—¿Qué quieres?
Entró sin esperar permiso.
—¿Qué hiciste con las cuentas?
—Nada con tus cuentas.
—¡No juegues conmigo!
Lo miré.
—Cancelé mis tarjetas.
—Las he usado durante ocho años.
—Exactamente.
Se quedó callado.
—Me dijiste que eran familiares.
—Lo eran. Mientras éramos familia.
Su expresión se endureció.
—Me humillaste delante de cientos de personas.
Casi me reí.
—Ricardo, tú organizaste una boda que no podías pagar con dinero propio. Yo sólo dejé de pagarla.
—¿Por qué nunca me dijiste que la cuenta era tuya?
—Nunca preguntaste.
Aquello lo enfureció más.
—¿Y la empresa?
Entonces comprendí por qué realmente había venido.
No era por la boda.
—¿Qué pasa con ella?
—Mi director financiero dice que retiraste garantías.
—Retiré únicamente mis garantías personales de futuros acuerdos.
—Eso puede destruir contratos.
—Entonces sustitúyelas con tus activos.
No respondió.
Porque ambos sabíamos que no podía.
Ricardo caminó por la sala.
—Elena, esto es una venganza.
—No.
Abrí un cajón y saqué una carpeta.
—Esto es separación financiera.
La dejó caer sobre la mesa después de leer las primeras páginas.
—¿Qué es esto?
—Una relación de todos los activos que aporté directa o indirectamente durante nuestro matrimonio.
Sus ojos recorrieron las cifras.
Cinco millones.
Veintidós millones.
Ciento cuarenta millones.
Cada página hacía desaparecer un poco más de su arrogancia.
—Esto no puede ser correcto.
—Lo es.
—¿De dónde sacaste tanto dinero?
Finalmente había hecho la pregunta correcta.
Me senté.
—Antes de conocerte ya tenía inversiones.
—Me dijiste que trabajabas en administración financiera.
—Trabajaba en administración financiera.
—¿Para quién?
Lo miré.
—Para mi familia.
Ricardo soltó una risa incrédula.
—Tu padre tenía una pequeña compañía.
—Mi padre adoptivo.
Silencio.
Nunca había hablado mucho sobre mi familia biológica.
Ricardo tampoco había mostrado demasiado interés.
Para los Xu, yo había sido simplemente Elena, una mujer educada, discreta y sin un apellido que impresionara en cenas empresariales.
Mi teléfono sonó.
Vi el nombre.
Señor Zhou.
Contesté.
—Dígame.
—Señora, tenemos un problema.
Me levanté.
—¿Qué ocurrió?
—Después de que usted retiró las autorizaciones, revisamos todas las operaciones de las tarjetas secundarias de los últimos cinco años.
Miré a Ricardo.
—Continúe.
—Encontramos transferencias que no parecen gastos familiares.
Mi expresión cambió.
—¿Cuánto?
El señor Zhou mencionó una cifra.
Por primera vez desde el divorcio, perdí la calma.
—Repítalo.
Lo hizo.
Ricardo comenzó a ponerse pálido.
Eso me llamó la atención.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
Pero había contestado demasiado rápido.
Volví al teléfono.
—Envíeme todo.
Cinco minutos después recibí un archivo.
Había compras normales.
Restaurantes.
Viajes.
Joyas de mi exsuegra.
Bolsos de su hermana.
Después aparecieron transferencias periódicas hacia una empresa que no reconocí.
Meng Consulting International.
Levanté la mirada.
Meng.
El apellido de Diana.
—Ricardo.
Él retrocedió.
—Déjame explicarlo.
Sentí que se me helaban las manos.
Abrí el historial completo.
Las transferencias habían comenzado seis años antes.
Mucho antes de que Diana supuestamente regresara a su vida.
—Me dijiste que no habías tenido contacto con ella durante ocho años.
—Elena…
—¿Cuánto tiempo?
No respondió.
Entonces apareció otra operación.
Una transferencia enorme realizada apenas tres meses antes del divorcio.
El concepto decía:
“Adquisición propiedad residencial.”
Abrí el documento adjunto.
Dirección: Shanghái.
Comprador beneficiario: Diana Meng.
Fondos de origen: una cuenta vinculada a mi patrimonio.
Miré a Ricardo.
Ya no estaba enfadada.
Estaba calculando.
—Compraste una casa para ella con mi dinero.
—Puedo devolverlo.
—No estoy preguntando eso.
Seguí bajando.
Y encontré algo todavía peor.
Una segunda carpeta estaba vinculada a la transferencia.
Documentos societarios.
Participaciones.
Una autorización electrónica que supuestamente había sido aprobada por mí.
Mi firma aparecía al final.
Pero yo jamás había firmado aquel documento.
Ricardo miró la pantalla y cerró los ojos.
Tomé inmediatamente mi teléfono.
—¿A quién llamas?
Me dirigí hacia la puerta.
—A mi abogado.
—Elena, espera.
—Y después probablemente a la policía.
Entonces Ricardo dijo seis palabras que hicieron que me detuviera.
—Diana no sabe que falsifiqué eso.
Me giré lentamente.
Ricardo parecía derrotado.
Pero antes de que pudiera preguntarle nada más, mi teléfono recibió otro mensaje del señor Zhou.
Señora Elena, encontramos una segunda firma.
Abrí el archivo.
Debajo de mi firma falsificada aparecía la de un testigo.
La reconocí inmediatamente.
Era alguien que había entrado en mi casa cientos de veces.
Alguien que conocía mis contraseñas antiguas.
Alguien que había sonreído mientras Ricardo me pedía el divorcio.
Mi exsuegra.