PARTE 2: ADRIAN CREYÓ QUE MI SILENCIO ERA OTRA FORMA DE CASTIGARLO, HASTA QUE VIO MIS MALETAS JUNTO A LA PUERTA Y DESCUBRIÓ QUE EN SEIS DÍAS YO YA NO VIVIRÍA CON ÉL.

No discutí por la habitación.

Eso fue lo primero que desconcertó a Adrian.

Sophie miró las maletas de Chloe, después me miró a mí y abrió la boca para decir algo.

Negué suavemente con la cabeza.

—Dormiremos en un hotel esta noche.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por qué vas a pagar un hotel teniendo casa?

—Porque mañana me operan y necesito descansar.

—Puedo pedirle a Chloe que duerma en el sofá.

Chloe se apresuró a intervenir.

—No quiero causar problemas.

La miré.

—No los estás causando.

Y era verdad.

Los problemas entre Adrian y yo habían empezado mucho antes de que ella apareciera. Chloe simplemente había conseguido que dejara de inventar excusas para ignorarlos.

Entré en nuestro dormitorio y saqué una pequeña maleta.

Adrian me siguió.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparando ropa para mañana.

—Estás actuando raro.

Cerré la cremallera.

—Estoy cansada.

—Antes no eras así.

Aquello casi me hizo sonreír.

—Antes te preguntaba todo.

—No me refiero a eso.

Sí se refería a eso.

Antes habría llorado porque había olvidado mi cirugía.

Le habría preguntado por qué Chloe llevaba su abrigo.

Habría exigido saber por qué había permitido que otra mujer ocupara la habitación que yo había preparado para Sophie.

Ahora simplemente quería dormir.

Sophie y yo nos marchamos.

A la mañana siguiente, mientras me preparaban para entrar al quirófano, recibí tres mensajes de Adrian.

«¿A qué hora es la cirugía?»

«¿En qué hospital estás?»

«Phoebe, contéstame.»

Miré la pantalla.

Resultaba extraño.

Durante años había sido yo quien enviaba mensajes esperando respuestas.

Ahora que había dejado de hacerlo, Adrian parecía descubrir por primera vez lo desagradable que era quedarse esperando al otro lado del teléfono.

No respondí.

Sophie guardó mi móvil.

—Cuando despiertes, estaré aquí.

Y estuvo.

La operación salió bien.

Cuando abrí los ojos, Sophie estaba sentada junto a la cama.

Adrian no.

Tampoco lo esperaba.

Pero aproximadamente una hora después escuché pasos apresurados.

Adrian apareció todavía vestido con ropa del hospital.

—¿Por qué no me dijiste dónde estabas?

Sophie se levantó.

—Voy por café.

Cuando estuvimos solos, Adrian se acercó.

—Llamé a tres hospitales.

—No tenías que hacerlo.

Su expresión se endureció.

—Soy tu novio.

—Lo sé.

—Entonces deja de responderme como si fuera un desconocido.

Lo observé unos segundos.

—¿No querías que construyera mi propia vida?

Adrian se quedó callado.

—Eso no significa excluirme completamente.

—No te excluí. Dejé de depender de ti.

—No es lo mismo.

—Para mí empezó siendo exactamente lo mismo.

Aquello le dolió.

Lo vi.

Pero por primera vez no sentí la necesidad de reparar inmediatamente su incomodidad.

Adrian tomó una silla.

—Voy a quedarme.

—No hace falta.

—Phoebe.

—Chloe probablemente te necesita.

Su mandíbula se tensó.

—¿Esto sigue siendo por ella?

—No.

Y mi respuesta fue tan inmediata que pareció inquietarlo más que unos celos.

Porque los celos significaban que todavía estaba luchando por conservar algo.

Yo ya había dejado de luchar.

Dos días después regresé al apartamento.

Chloe ya no estaba.

La habitación de invitados había sido limpiada y Adrian había comprado flores.

También había preparado sopa.

—Pregunté qué alimentos son mejores después de tu operación —dijo.

Me quedé mirando el plato.

Meses atrás, cuando yo le había pedido orientación por el mismo dolor que finalmente terminó llevándome al quirófano, me había dicho que lo buscara en internet.

Ahora él había buscado por mí.

Demasiado tarde.

—Gracias.

Durante los siguientes días Adrian cambió.

Me preguntaba si necesitaba algo.

Volvía temprano.

Dejó de mencionar a Chloe.

Incluso canceló una cena del hospital.

Pero cuanto más intentaba acercarse, más evidente resultaba que ya no sabía nada de mi vida.

No sabía que había vendido mi coche.

No sabía que había enviado varios libros a casa de Sophie.

No sabía que había cerrado mi gimnasio.

No sabía que había terminado mi contrato de teléfono.

Y, sobre todo, no sabía que el viernes a las 8:40 de la noche tenía un vuelo de ida.

La víspera de mi partida, llegué del trabajo y encontré a Adrian sentado en el salón.

Sobre la mesa había un sobre.

Mi sobre.

El de la empresa de mudanzas.

Sentí que finalmente había llegado el momento.

—¿Qué es esto? —preguntó.

No fingí ignorancia.

—Documentación del traslado.

—¿Qué traslado?

Dejé el bolso.

—Me ofrecieron un puesto en Singapur.

Su expresión se relajó durante apenas un segundo.

—Bien. Podemos hablar de cuándo sería mejor ir.

—Ya acepté.

Silencio.

—¿Cuándo?

—Hace casi tres semanas.

Adrian se puso de pie.

—¿Aceptaste mudarte a otro país sin hablar conmigo?

—Sí.

—¿Estás bromeando?

—No.

—¡Phoebe, somos pareja!

Lo miré.

—Cuando te fuiste al extranjero con Chloe sin decírmelo, me explicaste que no necesitabas consultarme cada viaje.

—¡Un viaje de trabajo no es mudarse!

—Tienes razón.

Asentí.

—Por eso yo tampoco lo estoy tratando como un viaje.

Su rostro cambió.

Finalmente empezó a comprender.

Entró rápidamente en nuestro dormitorio.

Lo seguí.

Abrió el armario.

La mitad estaba vacía.

Después abrió los cajones.

Vacíos.

Miró el espacio donde antes estaban mis cajas de zapatos.

Nada.

—¿Dónde están tus cosas?

—Sophie me ayudó a enviarlas.

—¿Desde cuándo planeas esto?

—Desde tu cumpleaños.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Aquella noche?

—Aquella noche.

—Estabas enfadada.

—Sí.

—Entonces tomaste una decisión impulsiva.

—No.

Me acerqué.

—Aquella noche estaba enfadada. Al día siguiente estaba tranquila. Y firmé estando tranquila.

Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.

—Cancélalo.

—No.

—Pide otro puesto.

—No.

—Entonces iré contigo.

Negué con la cabeza.

—Adrian, no me estoy trasladando contigo.

Tardó varios segundos en entenderlo.

—¿Qué significa eso?

Saqué una carpeta del último cajón.

Dentro estaba la copia del contrato de alquiler, algunos documentos y las llaves que dejaría al marcharme.

Las puse sobre la cómoda.

—Significa que nuestra relación terminó antes de que tú te dieras cuenta de que estaba terminando.

Adrian palideció.

—No puedes decidir eso tú sola.

—Claro que puedo.

—Llevamos cuatro años juntos.

—Lo sé.

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Y vas a tirar cuatro años porque olvidé una cirugía?

—No.

Lo miré directamente.

—Me voy porque durante cuatro años me enseñaste que pedirte ayuda era una carga. Que querer compartir decisiones contigo era dependencia. Que esperar que me avisaras de tus planes era controlarte.

Respiré lentamente.

—Me pediste que aprendiera a vivir sin consultarte.

—Aprendí demasiado bien.

Aquella noche Adrian no durmió.

Yo tampoco.

A la mañana siguiente, cuando salí del dormitorio con mi última maleta, estaba sentado junto a la puerta.

Parecía agotado.

—Phoebe.

Me detuve.

—No vayas hoy.

—Mi vuelo sale esta noche.

—Dame un mes.

—No.

—Una semana.

Negué con la cabeza.

Entonces sacó algo del bolsillo.

Era una pequeña caja.

La reconocí.

Y por primera vez desde que había comenzado todo, sentí un golpe real en el pecho.

Adrian la abrió.

Dentro había un anillo.

—Lo compré hace cuatro meses.

Lo miré sin poder hablar.

—Pensaba pedírtelo después de mi viaje.

Cerré los ojos un instante.

Cuatro meses atrás probablemente habría llorado de felicidad.

Ahora sólo podía pensar en todo lo que había sucedido durante esos cuatro meses.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Dime que todavía queda algo.

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró sobre la mesa.

La pantalla se iluminó.

CHLOE EVANS.

Adrian intentó voltearlo.

Demasiado tarde.

Había visto el mensaje.

Y aquellas dos líneas hicieron que incluso el anillo dejara de importar.

«¿Ya se lo dijiste?»

«No puedo seguir ocultándole lo que pasó durante nuestro viaje.»

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