PARTE 2: CUANDO ENCONTRARON A XU CHEN, LA POLICÍA DESCUBRIÓ QUE NUESTRA BODA, EL DIVORCIO Y LOS OCHO MILLONES FORMABAN PARTE DEL MISMO PLAN.

Cuando aterrizamos, el capitán Zhou no me llevó a casa.

Fuimos directamente a la comisaría.

Sobre la mesa había una memoria USB y seis documentos impresos.

Reconocí inmediatamente el logotipo de mi antigua empresa.

También reconocí mi firma.

—Es falsa —dije.

Zhou no reaccionó.

—Los documentos autorizan transferencias por ocho millones de yuanes.

—Precisamente la cantidad que desapareció hace tres años.

—Sí.

—Lin Wan fue despedida por aquello.

El agente joven deslizó una hoja hacia mí.

—Pero nunca fue acusada.

Lo sabía.

La investigación interna había concluido que alguien había utilizado sus credenciales, pero nunca pudieron demostrar quién.

Zhou señaló mi firma.

—Según Lin Wan, usted organizó el desvío y la utilizó como chivo expiatorio.

Solté una risa seca.

—Entonces esperó tres años para denunciarme justo el día de su boda con mi exmarido.

—Eso también nos pareció interesante.

—¿Y Xu Chen?

Zhou guardó silencio.

—Todavía no aparece.

En ese momento comprendí algo.

—Quiero escuchar la llamada de su madre.

—¿Por qué?

—Porque Liu Fen dijo que estaba hospitalizado.

—Si mintió, quiero saber por qué.

La policía rastreó el teléfono.

Liu Fen estaba en su casa.

Cuando llegamos, abrió la puerta llorando.

—¡Shen Yu! Finalmente regresaste.

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

—¿Dónde está Xu Chen?

—En el hospital.

Zhou mostró su identificación.

—¿Cuál?

Liu Fen se quedó blanca.

—Yo…

—Señora Liu, su hijo está oficialmente desaparecido.

Sus piernas parecieron perder fuerza.

Se sentó.

—No quería hacerle daño.

—¿A quién? —pregunté.

Me miró.

—A ti.

Y entonces confesó la primera mentira.

Xu Chen no estaba hospitalizado.

Él mismo le había pedido que me llamara y dijera aquello.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—Me dijo que, pasara lo que pasara hoy, debía conseguir que Shen Yu regresara.

Sentí frío.

—¿Sabía que yo estaba en Pattaya?

Liu Fen asintió.

—Sí.

Aquello era imposible.

No había contado mis planes a nadie excepto a mi hermana.

Entonces Zhou preguntó:

—¿Qué más le dijo?

Liu Fen comenzó a llorar.

—Que si la policía preguntaba, dijera que estaba enfermo.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Yo sí empezaba a sospecharlo.

Xu Chen había preparado su propia desaparición.

Pero ¿para escapar de quién?

Esa noche la policía encontró su coche.

Estaba abandonado en un estacionamiento subterráneo.

No había señales de violencia.

Dentro encontraron su chaqueta, dos teléfonos y una llave de hotel.

Las cámaras mostraban a Xu Chen bajándose tranquilamente del vehículo a las 5:43 de la mañana.

Llevaba una mochila.

Estaba vivo.

Y huyendo voluntariamente.

La llave pertenecía a un hotel cerca de la estación ferroviaria.

Cuando entramos en la habitación, estaba vacía.

Pero Xu Chen había cometido un error.

Había dejado un sobre dentro de la caja fuerte.

En el frente decía:

“Para Shen Yu.”

Mis manos temblaron al abrirlo.

Dentro había una fotografía.

Lin Wan y Xu Chen estaban sentados frente a un hombre que reconocí inmediatamente.

Gao Ming.

El antiguo director financiero de mi empresa.

El hombre que había dirigido personalmente la investigación sobre los ocho millones desaparecidos.

Debajo había una nota escrita por Xu Chen:

“Los ocho millones nunca los robó Lin Wan.

Tampoco tú.

Gao Ming lo hizo.

Y yo lo ayudé.”

Tuve que sentarme.

Zhou me quitó cuidadosamente la hoja.

—¿Su exmarido trabajaba allí?

—No.

Entonces entendí.

Tres años atrás Xu Chen tenía una pequeña empresa tecnológica.

Había instalado el sistema de autenticación de nuestra compañía.

Conocía los accesos.

Conocía los servidores.

Conocía mis contraseñas.

Porque yo confiaba en mi esposo.

Xu Chen había utilizado mis credenciales para ayudar a Gao Ming a sacar el dinero.

Lin Wan descubrió movimientos extraños.

Por eso necesitaban culparla.

—Entonces ¿por qué iba a casarse con ella? —preguntó Zhou.

La respuesta llegó una hora después.

Encontraron a Lin Wan intentando retirar dinero en otra sucursal.

La llevaron a interrogatorio.

Cuando me vio, sonrió.

—Finalmente.

—¿Finalmente qué?

—Finalmente Xu Chen te dijo la verdad.

—¿Tú sabías que él participó?

Su sonrisa desapareció.

—Desde hace seis meses.

Todo dio un giro.

Lin Wan no había vuelto a la vida de Xu Chen por amor.

Había descubierto pruebas que vinculaban a Gao Ming y a Xu Chen con el fraude.

Se acercó a mi esposo fingiendo no saber nada.

Xu Chen creyó que podía controlarla.

Después inició una relación con ella.

Y decidió divorciarse de mí.

—¿Por qué entregaste documentos con mi firma? —pregunté.

—Porque eran los documentos que encontré.

—Sabías que eran falsos.

—Lo sospechaba.

—Entonces me señalaste deliberadamente.

Lin Wan sostuvo mi mirada.

—Necesitaba que la policía reabriera el caso.

—Podías entregar las pruebas verdaderas.

—No las tenía.

—Xu Chen sí.

Comprendí entonces lo que había hecho.

Me había convertido en carnada.

—Querías presionarlo.

—Sí.

—¿Y la boda?

Lin Wan soltó una risa amarga.

—Nunca iba a casarme con él.

La ceremonia era una trampa.

Había convencido a Xu Chen de que después de casarse desaparecerían juntos con dinero que Gao Ming mantenía oculto.

Pero esa mañana Xu Chen comprendió que ella lo sabía todo.

Y huyó.

—¿Dónde está? —preguntó Zhou.

Lin Wan negó con la cabeza.

—Si lo supiera, no habría denunciado su desaparición.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

“Shen Yu, necesito verte solo una vez.

No confíes en Lin Wan.

Ella no sabe lo peor.”

Era Xu Chen.

La policía rastreó el mensaje.

Había sido enviado desde una terminal de autobuses.

Llegamos cuarenta minutos después.

Xu Chen estaba sentado solo junto a una máquina expendedora.

Cuando me vio rodeada de policías, soltó una carcajada cansada.

—Sabía que harías eso.

—Ya no soy tu esposa.

—No tenía motivos para protegerte.

Su sonrisa desapareció.

Zhou lo esposó.

Antes de subir al vehículo, Xu Chen me miró.

—Los ocho millones no fueron el único fraude.

Aquella frase abrió la última puerta.

Durante el interrogatorio confesó todo.

Gao Ming había organizado durante años transferencias pequeñas mediante proveedores falsos.

Los ocho millones eran solamente la operación que casi los descubrió.

Xu Chen había participado porque su empresa estaba al borde de la quiebra.

Pero había algo peor.

Dos años después del robo, quiso retirarse.

Gao Ming lo amenazó.

Entonces Xu Chen comenzó a recopilar pruebas en secreto.

—¿Por qué no acudiste a la policía? —pregunté.

—Porque habría terminado en prisión.

—Y preferiste seguir mintiéndome.

Bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Por eso te divorciaste?

Tardó varios segundos.

—En parte.

Me reí.

—No intentes convertirte ahora en mártir.

Xu Chen levantó la mirada.

—También me enamoré de Lin Wan.

Aquello, curiosamente, ya no dolió.

—Pero después descubrí que ella se acercó para investigar el fraude.

—Entonces entendí que todos estábamos atrapados.

Zhou puso sobre la mesa un disco duro recuperado de una consigna de la estación.

Contenía registros bancarios, conversaciones y comprobantes.

Había suficiente evidencia para demostrar que mis firmas habían sido falsificadas.

También suficiente para identificar a Gao Ming.

Fue detenido dos días después cuando intentaba cruzar la frontera.

La investigación terminó revelando movimientos fraudulentos por más de treinta millones de yuanes durante cinco años.

Mi nombre quedó completamente limpio.

Lin Wan tampoco había robado los ocho millones.

Pero su decisión de fabricar una acusación contra mí para obligar a la policía a investigar tuvo consecuencias legales.

Xu Chen cooperó con las autoridades.

Eso no borró lo que había hecho.

Meses después, cuando comenzó el proceso judicial, fui llamada como testigo.

Al salir de la sala, Liu Fen me esperaba.

—Shen Yu.

Me detuve.

Parecía haber envejecido diez años.

—Xu Chen pregunta por ti.

—¿Para qué?

—Quiere pedirte perdón.

Miré hacia las puertas del tribunal.

—Ya lo hizo.

—¿Entonces puedes perdonarlo?

Sonreí ligeramente.

—Perdonar y regresar son cosas diferentes.

Nunca fui a verlo.

No porque lo odiara.

Sino porque ya no necesitaba ninguna explicación más.

Un año después regresé a Pattaya.

Reservé exactamente la misma suite.

Doce mil yuanes por noche.

Quince días completos.

Esta vez nadie llamó para decirme que volviera.

Ningún policía tocó mi puerta.

Ningún esposo desapareció.

Ninguna boda falsa explotó detrás de mí.

La primera mañana salí al balcón con café.

Mi hermana me llamó.

—¿No te aburres sola?

Miré el mar.

—Muchísimo.

—¿Y?

Sonreí.

—Resulta maravilloso.

Después de colgar pensé en Xu Chen.

Durante nuestro matrimonio había creído que el divorcio sería la peor forma de perderlo.

Me equivocaba.

Lo peor habría sido seguir casada con un hombre cuya vida estaba construida sobre secretos que podían destruir la mía.

El divorcio no había acabado con mi familia.

Me había sacado de una historia criminal justo un día antes de que todos sus protagonistas empezaran a caer.

Levanté la taza hacia el mar.

Y finalmente disfruté aquellas vacaciones que alguien había intentado interrumpir.

Esta vez, durante los quince días completos.

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