Noah no me llamó al día siguiente.
Ni al siguiente.
Yo tampoco.
Quince años de costumbre no desaparecen en una noche.
Durante semanas despertaba buscando automáticamente su nombre en el teléfono.
Cuando encontraba la pantalla vacía, dolía.
Pero no escribía.
Guardé sus regalos en cajas.
Dejé de frecuentar nuestros lugares.
Acepté un proyecto de seis meses en otra ciudad que había rechazado dos veces porque Noah siempre decía:
—¿Para qué quieres irte tan lejos?
Esta vez me fui.
Tres meses después recibí un mensaje de nuestra amiga común, Clara.
“Lena volvió.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Así que era verdad.
La mujer de los mensajes existía.
Lena había sido compañera de Noah durante la universidad.
Se marchó al extranjero años atrás.
Yo apenas la conocía, pero recordaba perfectamente cómo Noah pronunciaba su nombre.
Con cuidado.
Como si significara algo.
Clara añadió:
“Noah está saliendo con ella.”
Sentí el golpe.
Pero no respondí.
Aquella noche lloré.
No porque Noah hubiera elegido a Lena.
Sino porque una parte infantil de mí todavía esperaba descubrir que los mensajes habían sido una mentira.
No lo eran.
Y eso terminó de liberarme.
Dos meses después, Noah llamó.
—Maya.
Su voz seguía teniendo el poder de devolverme quince años en un segundo.
—¿Qué pasa?
Hubo una pausa.
—¿Eso es todo?
—Tú llamaste.
—Regresas la próxima semana.
Me sorprendió.
—¿Cómo lo sabes?
—Clara me dijo.
Antes habría encontrado romántico que siguiera mis movimientos.
Ahora solo me cansaba.
—¿Necesitas algo?
Noah respiró profundamente.
—Quiero verte.
—¿Lena lo sabe?
Silencio.
Ahí estaba mi respuesta.
—No vuelvas a llamarme mientras estés con otra persona para comprobar si todavía estoy disponible.
Colgué.
Cuando regresé, Noah estaba esperándome frente a mi edificio.
Parecía más delgado.
—Necesitamos hablar.
—Tenemos cinco minutos.
Frunció el ceño.
El viejo Noah habría entrado sin preguntar.
Este se quedó en la acera.
—Lena y yo terminamos.
No sentí satisfacción.
—Lo siento.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
Entonces finalmente dijo algo que jamás había dicho durante quince años.
—Me equivoqué.
Lo miré.
—Pensé que estaba enamorado de Lena porque nunca pude tenerla realmente.
Bajó la mirada.
—Contigo todo era demasiado fácil. Siempre estabas ahí.
Sentí una tristeza tranquila.
—Exactamente.
Noah continuó:
—Cuando te fuiste pensé que se me pasaría. Después volvió Lena y creí que finalmente tendría aquello que había esperado.
—¿Y?
—Conseguí lo que creía querer.
Me miró.
—Y seguía buscando tu nombre cada vez que sonaba mi teléfono.
No respondí.
—Maya, te amo.
Durante años habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
Ahora llegaron demasiado tarde para convertirse automáticamente en una respuesta.
—Quizá sí —dije.
Noah se quedó inmóvil.
—¿Quizá?
—Quizá me amas ahora que ya no me tienes.
Di un paso hacia él.
—Pero cuando me tenías, Noah, no quisiste llamarme novia. No quisiste elegirme. Me convertiste en algo cómodo mientras esperabas a otra persona.
—Tenía miedo de arruinar nuestra amistad.
—No.
Negué lentamente.
—Tenías miedo de comprometerte conmigo y descubrir después que Lena regresaba.
Noah no pudo negarlo.
Sacó algo del bolsillo.
Una pequeña llave.
Reconocí inmediatamente el llavero.
Su apartamento.
—Nunca tiré tus cosas.
—Deberías.
—Tampoco tiré las pantuflas.
Eso sí me sorprendió.
—Las encontré aquella noche.
Había regresado a buscarlas.
Las había recogido de la nieve.

—Pensé que volverías al día siguiente —dijo—. Después pensé que regresarías en una semana. Luego pasó un mes.
Sonrió con tristeza.
—Creo que nunca entendí que pudieras irte de verdad.
—Ese fue el problema.
Yo tampoco lo había entendido.
Hasta que lo hice.
Noah intentó devolverme la llave.
Cerré sus dedos alrededor de ella.
—No la necesito.
—¿Entonces esto terminó?
Pensé en aquella niña que había recuperado la voz gracias al chico insolente de la casa vecina.
Pensé en las flores.
Los cumpleaños.
Las veces que me defendió.
Las noches en que me escuchó llorar.
Todo aquello había sido real.
Pero que una historia hubiera sido hermosa durante algunos capítulos no significaba que estuviera obligada a vivir dentro de ella para siempre.
—Lo que fuimos terminó aquella noche.
Los ojos de Noah se humedecieron.
—¿Y nunca podremos empezar otra vez?
—No lo sé.
Aquello era lo único honesto.
—Pero no voy a esperarte mientras lo averiguas.
Pasó un año.
Noah y yo no volvimos a ser pareja.
Tampoco enemigos.
Nos vimos algunas veces entre amigos.
Aprendimos a saludarnos sin convertir cada mirada en una promesa.
Yo acepté un puesto permanente en la empresa donde había hecho aquel proyecto.
Conseguí mi propio apartamento.
Viajé sola por primera vez.
Hice amistades que no habían conocido primero a Noah.
Y un día ocurrió algo pequeño.
Pasé frente a una tienda y vi unas pantuflas rosadas con orejas de conejo.
Me detuve.
Después entré.
Compré un par.
No para dejarlas en casa de ningún hombre.
Para mi propia casa.
Esa noche Noah me envió un mensaje.
“Feliz cumpleaños, Maya.”
Nada más.
Sonreí.
“Gracias, Noah.”
Y dejé el teléfono.
Durante quince años pensé que él era la persona que me había devuelto la voz.
Quizá lo había sido.
Pero cometí el error de creer que, por haberme ayudado a encontrarla, también tenía derecho a decidir cuánto valía.
Noah finalmente me dijo que me amaba cuando ya no necesitaba escucharlo.
Y esa fue la parte que él nunca entendió.
Yo no me alejé porque Lena fuera mejor que yo.
Ni porque Noah hubiera tardado demasiado en escogerme.
Me alejé porque finalmente comprendí que nunca debí pasar quince años esperando que alguien me eligiera para empezar a elegirme yo.