Lo último que recuerdo de la montaña fue aquella luz blanca atravesando la nieve.
Después, oscuridad.
Cuando volví a abrir los ojos, no estaba en un hospital.
Había un techo de madera sobre mí, una chimenea encendida al otro lado de la habitación y el sonido constante de una máquina junto a la cama.
Intenté moverme.
El dolor me obligó a detenerme.
—No lo hagas.
La voz masculina llegó desde un rincón.
Giré lentamente la cabeza.
Un hombre estaba sentado junto a la ventana.
Alto.
Traje negro.
Cabello oscuro.
Una cicatriz fina cruzaba una de sus cejas.
No parecía médico.
Parecía exactamente el tipo de hombre del que una persona sensata intentaría mantenerse lejos.
—¿Dónde estoy?
Se levantó.
—En un lugar seguro.
Instintivamente llevé las manos hacia mi vientre.
Estaba vacío.
El terror me atravesó.
—Mi bebé.
—Está vivo.
Dos palabras.
Nada más.
Pero empecé a llorar.
—¿Dónde está?
—En la habitación contigua. Un equipo médico lo está atendiendo.
Intenté incorporarme otra vez.
—Quiero verlo.
—Lo verás cuando el médico diga que puedes moverte.
Lo miré con desconfianza.
—¿Quién eres?
El hombre guardó silencio unos segundos.
—Adrian Moretti.
Conocía ese apellido.
Todo Denver conocía ese apellido.
Moretti Holdings aparecía relacionado con hoteles, transporte, bienes raíces y empresas de seguridad.
También había rumores.
Rumores que nadie parecía dispuesto a repetir demasiado alto.
—¿Por qué me ayudaste?
Adrian miró hacia la tormenta detrás de la ventana.
—Mi helicóptero cruzaba la zona cuando vimos algo en la cornisa.
—¿Algo?
—Tu abrigo rojo.
Recordé haberlo elegido aquella mañana porque Michael decía que se veía bonito contra la nieve.
Una ironía cruel.
—Mi esposo intentó matarme.
Adrian volvió la mirada hacia mí.
—Lo sé.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Cómo?
Sacó un teléfono.
—El helicóptero estaba grabando.
En la pantalla apareció la montaña.
Michael y Ashley estaban cerca del borde.
La imagen era distante, pero suficiente.
Se veía a Michael inclinándose hacia el precipicio.
Después se escuchaba parte de su conversación.
Cincuenta millones.
Cerré los ojos.
—Necesito llamar a la policía.
—Ya están informados de que encontramos indicios de un delito.
—Entonces necesito decirles que estoy viva.
Adrian permaneció inmóvil.
—Antes deberías ver esto.
Me mostró otra pantalla.
Una noticia.
EMPRESARIA EMBARAZADA DESAPARECE TRAS ACCIDENTE EN LAS MONTAÑAS ROCOSAS.
Debajo aparecía una fotografía mía.
Deslicé hacia abajo.

Las autoridades habían encontrado mi bufanda, sangre y marcas cerca del precipicio.
Michael había declarado que yo había resbalado durante la tormenta.
Sentí náuseas.
—Está mintiendo.
—Sigue leyendo.
Horas después, la búsqueda había sido suspendida temporalmente por las condiciones meteorológicas.
Michael había regresado a Denver.
Y al día siguiente comenzó a actuar como un viudo devastado.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Tres días.
Mi corazón se detuvo.
—¿Tres días?
Adrian asintió.
—Tuviste una cirugía.
—¿Y mi hijo?
Por primera vez su expresión se suavizó.
—Nació esa misma noche.
Me cubrí la boca.
—¿Niño o niña?
—Niña.
Las lágrimas regresaron.
—¿Está bien?
—Los médicos dicen que es extraordinariamente fuerte.
Solté una risa rota.
—Entonces se parece a su madre.
Adrian casi sonrió.
Un médico entró poco después y finalmente permitió que trajeran a mi hija.
Era diminuta.
Estaba envuelta en una manta blanca y llevaba un pequeño gorro.
Cuando la colocaron sobre mi pecho, todo desapareció.
Michael.
Ashley.
El dinero.
La montaña.
Sólo existía ella.
—Grace —susurré.
Ese era el nombre que había elegido meses atrás.
Grace abrió los ojos apenas un instante.
Y entonces hice una promesa.
Nadie volvería a decidir si mi hija y yo merecíamos vivir.
Dos horas después llegó Adrian con una carpeta.
—Hay algo que necesitas entender sobre tu seguro.
Levanté la mirada.
—Michael lo contrató hace ocho meses.
—Sí. Pero los cincuenta millones son sólo una parte.
Abrió la carpeta.
Había documentos corporativos.
Reconocí el nombre de mi empresa.
Carter Biomedical.
La compañía que había fundado con el dinero heredado de mi abuelo antes de conocer a Michael.
—Si mueres —explicó Adrian—, Michael no sólo recibe el seguro.
Pasó una página.
—Según estas modificaciones, también obtiene control temporal sobre tus acciones.
Fruncí el ceño.
—Yo jamás firmé eso.
Adrian señaló la parte inferior.
Ahí estaba mi firma.
O algo diseñado para parecerse a ella.
—Es falsa.
—Eso pensamos.
—¿Pensamos?
—Mis abogados revisaron los documentos mientras estabas inconsciente.
Lo miré fijamente.
—¿Por qué tus abogados están investigando mi empresa?
Adrian cerró lentamente la carpeta.
—Porque hace seis meses alguien intentó comprar una participación importante de Carter Biomedical mediante varias sociedades pantalla.
Mi pulso se aceleró.
—¿Quién?
—Todavía estamos siguiendo la estructura.
Antes de que pudiera preguntar más, su teléfono vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó?
Me mostró la pantalla.
Era una fotografía tomada esa misma mañana.
Un cementerio.
Flores blancas.
Personas vestidas de negro.
Y una fotografía enorme mía junto a un ataúd cerrado.
Mi funeral.
Michael había conseguido que se emitiera una declaración provisional de muerte basándose en las circunstancias de mi desaparición y estaba presionando para acelerar los trámites patrimoniales.
Pero eso no fue lo que me dejó sin respiración.
Ashley estaba junto a él.
No escondida entre los invitados.
No fingiendo ser su asistente.
Tenía la mano entrelazada con la de mi esposo.
—Quiero ir —dije.
Adrian negó con la cabeza.
—Todavía no puedes caminar correctamente.
—Entonces llévame.
—¿Para qué?
Miré nuevamente aquella fotografía.
—Para que Michael vea un fantasma.
Adrian se acercó.
—Si apareces ahora, sabrá que falló.
—Ese es exactamente el punto.
—No.
Su voz se endureció.
—Si sabe que estás viva antes de que descubramos quién más está involucrado, destruirán las pruebas.
Aquella última palabra me detuvo.
—¿Quién más?
Adrian abrió otra fotografía.
Mostraba a Michael entrando en un edificio dos semanas antes del intento de asesinato.
Un hombre lo esperaba.
Reconocí inmediatamente el lugar.
Era la sede de Carter Biomedical.
Pero no reconocí al hombre.
—¿Quién es?
Adrian tardó demasiado en responder.
—Alguien que lleva años intentando acercarse a tu compañía.
Entonces su teléfono volvió a sonar.
Esta vez contestó.
Escuchó durante veinte segundos.
—Entendido.
Colgó.
—¿Qué ocurre?
Me miró directamente.
—Michael acaba de presentar la reclamación del seguro.
—Perfecto. Ahora tienen pruebas de fraude.
—Eso no es lo preocupante.
Sacó otro documento.
—Hace cuarenta minutos también presentó una petición para asumir el control de tus acciones.
Sonreí sin humor.
—Entonces déjalo intentarlo.
Adrian no sonrió.
—Hay un problema.
Giró el documento hacia mí.
Mi mirada cayó sobre una firma al final de la página.
No era la de Michael.
Tampoco la de Ashley.
Era la de alguien de mi propia familia.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Eso no puede ser.
Adrian cerró la puerta antes de responder.
—Por eso todavía no puedes regresar de entre los muertos.
Colocó una segunda fotografía sobre mi cama.
Esta vez reconocí inmediatamente a la persona que aparecía estrechando la mano de Michael.
Y en ese instante comprendí que mi esposo no había planeado mi muerte solo para cobrar cincuenta millones.
Había alguien mucho más cercano a mí ayudándolo desde el principio.