PARTE 2: EN SU GALA DE CUMPLEAÑOS, LEÓN DESCUBRIÓ QUE LA MUJER QUE LLAMABA “SU GATA” HABÍA GUARDADO LAS PRUEBAS DE CINCO AÑOS DE HUMILLACIONES.

El archivo que Xavier envió a mi abogada tenía ciento ochenta y siete páginas.

Capturas.

Transferencias.

Fechas.

Nombres.

Y un grupo privado llamado “El Juego”.

Mi nombre aparecía desde el primer año de universidad.

León había escrito:

“Valcourt parece orgullosa. Veamos cuánto tarda en volver.”

Después estaban las apuestas.

Regalos.

Viajes.

Cada vez que yo intentaba alejarme, alguien celebraba que León consiguiera recuperarme.

Pero lo peor eran los mensajes relacionados con mis embarazos.

No necesité leerlos todos.

Mi abogada cerró la carpeta.

—Esto puede tener consecuencias serias, especialmente si podemos demostrar presión, engaño financiero y apropiación de tu dinero.

—¿Mi dinero?

Ella señaló las inversiones que León me había recomendado.

Las empresas donde habían terminado mis tres millones no eran simples proyectos fallidos.

Todas estaban conectadas mediante sociedades intermedias con hombres del mismo círculo.

Xavier había encontrado incluso mensajes celebrando que parte de mis “compensaciones” terminara regresando al grupo.

Sentí vergüenza durante unos segundos.

Después rabia.

—Quiero recuperar lo que sea legalmente mío.

—¿Y la gala?

—También voy.

Un mes después entré al Hotel Imperial del brazo de Xavier.

No como su pareja.

No como una mujer buscando provocar celos.

Él mismo lo aclaró antes de bajar del coche.

—Esta noche no eres mi acompañante, Inés.

Lo miré.

—¿Entonces qué soy?

—La persona a la que voy a acompañar yo.

Por primera vez sonreí.

Cuando entramos, Mireya fue la primera en verme.

Su copa quedó suspendida en el aire.

León se giró.

Y durante varios segundos simplemente me miró.

Después sonrió.

—Sabía que volverías.

Xavier soltó una carcajada.

—Todavía no lo entiende.

León ignoró aquello.

Se acercó.

—¿Cuánto quieres?

—Nada de ti.

—Entonces ¿por qué estás aquí?

Saqué un sobre.

—Por tu regalo de cumpleaños.

Mireya se acercó.

—¿Otra escena de la ex amante?

La miré.

—Tú también deberías escuchar esto.

La sonrisa desapareció de su rostro.

En ese momento varios hombres del antiguo círculo universitario comenzaron a recibir notificaciones.

También León.

También Mireya.

Mi abogada acababa de enviar las comunicaciones formales relacionadas con las reclamaciones que estábamos iniciando.

León abrió el documento.

Su expresión cambió.

—¿Qué demonios hiciste?

—Dejé de jugar.

Xavier sacó su teléfono.

—Y yo entregué el chat completo.

Uno de los hombres palideció.

Otro abandonó inmediatamente el salón.

León agarró a Xavier del brazo.

—Tú estabas allí.

—Sí.

Xavier no retrocedió.

—Y precisamente por eso declaré todo lo que sé.

Entonces Mireya tomó el teléfono de León.

Leyó varias capturas.

Su rostro perdió el color.

—¿Apostabas sobre ella?

León intentó quitárselo.

—Era una estupidez universitaria.

—Esto continuó durante años.

—Mireya…

Ella siguió leyendo.

Después llegó a los mensajes sobre las inversiones.

—¿También recuperaban el dinero que le dabas?

Silencio.

Aquello respondió por él.

Pero todavía faltaba una verdad.

Mi abogada había descubierto que el millón correspondiente al último embarazo sí había sido autorizado inicialmente.

Nadine recibió instrucciones posteriores de detenerlo cuando yo terminé la relación.

No era un olvido.

Era castigo.

—Mi madre pudo haberse quedado sin operación —dije.

León bajó la voz.

—Yo no sabía que era para ella.

—No preguntaste.

—Te habría ayudado si me hubieras explicado.

Negué.

—Te expliqué durante cinco años que era una persona.

Nunca escuchaste eso tampoco.

Mireya se quitó lentamente el anillo.

León la miró.

—No hagas tonterías por esto.

Ella dejó el anillo sobre una mesa.

—¿Sabes qué es lo peor?

Señaló mi nombre en las capturas.

—Yo me burlé de ella creyendo que era la otra mujer.

Después me miró.

—Lo siento.

No respondí inmediatamente.

—Tus disculpas no borran lo que hiciste.

—Lo sé.

Eso fue suficiente.

No necesitábamos convertirnos en amigas.

La gala terminó en caos.

Durante los meses siguientes, los abogados hicieron el resto.

Parte del dinero invertido pudo rastrearse y recuperarse.

Varias operaciones financieras fueron revisadas.

León tuvo que responder por sus propias decisiones y algunos antiguos amigos descubrieron que un chat que parecía divertido a los veinte años podía convertirse años después en evidencia de conductas que preferían mantener ocultas.

Xavier también declaró.

Nunca intentó presentarse como héroe.

—Pude hablar antes —me dijo una vez.

—Sí.

—Y no lo hice.

—No.

Aquella fue precisamente la razón por la que pude perdonarlo algún día.

No pidió que olvidara.

Mi madre se recuperó.

Yo volví a trabajar.

Y el dinero recuperado dejó de significar compensaciones.

Lo puse a mi nombre.

Sin León.

Sin intermediarios.

Sin promesas de hombres que aseguraban saber qué era mejor para mí.

Meses después recibí un último mensaje suyo.

“¿De verdad nunca vas a volver?”

Lo miré durante unos segundos.

Después escribí:

“Ya volví.”

Bloqueé su número.

Porque León seguía pensando que regresar significaba regresar a él.

Nunca comprendió que yo hablaba de otra persona.

Había vuelto a mí misma.

Durante cinco años él creyó que un millón de yuanes podía poner precio a cada pérdida y garantizar que “su gata” siempre encontraría el camino de regreso.

Se equivocó.

El último millón no compró mi regreso.

Fue simplemente la deuda que finalmente me enseñó a cerrar la puerta.

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