Olivia no recordaba cómo regresaron al hospital.
Solo recordaba correr.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Ethan salió primero y prácticamente obligó a una enfermera a llevarlos hasta hematología.
—¿Dónde está Leo?
—Está estable —respondió el médico—. La reacción fue controlada.
Olivia apoyó una mano contra la pared.
Ethan no pareció tranquilizarse.
—Quiero verlo.
—Primero necesito hablar con ambos.
Los condujeron a una pequeña oficina.
Sobre el escritorio había dos expedientes.
El médico abrió el primero.
—La anomalía genética que encontramos en Leo puede ser hereditaria. Los resultados preliminares indican que proviene de la línea paterna.
Olivia miró a Ethan.
Él permaneció inmóvil.
—¿Estoy enfermo?
—No necesariamente. Pero necesitamos realizarle estudios inmediatamente.
—Hágalos.
—Señor Cross, algunas pruebas requieren consentimiento y…
—He dicho que las haga.
El médico guardó silencio.
Entonces Ethan añadió:
—Si necesitan sangre, médula o cualquier otra cosa para salvar a Leo, tómenla.
Olivia sintió algo extraño en el pecho.
Durante cuatro años había imaginado a Ethan como el hombre que había rechazado a su hijo sin siquiera conocerlo.
Ahora estaba sentado frente a ella dispuesto a someterse a cualquier procedimiento sin preguntar siquiera por el riesgo.
Pero eso no borraba el pasado.
—No intentes convertir esto en una absolución —dijo.
Ethan la miró.
—No lo estoy haciendo.
—Leo necesitaba un padre durante tres años.
—Y yo no sabía que era mío.
—Te lo dije.
La mandíbula de Ethan se endureció.
—Me dijiste que estabas embarazada. También recuerdo haberte dicho que aquella noche no podía haber ocurrido como tú afirmabas.
Olivia se levantó.
—¿Otra vez vas a llamarme mentirosa?
—No.
Por primera vez su voz perdió aquella arrogancia irritante.
—Estoy diciendo que yo tampoco sé qué ocurrió esa noche.
El médico intervino antes de que la discusión empeorara.
—Hay otra cuestión.
Sacó una hoja.
—Encontramos una referencia médica antigua vinculada al señor Cross. Hace cuatro años fue atendido en una clínica privada la misma madrugada de la que ustedes están hablando.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué clínica?
El médico pronunció el nombre.
Olivia dejó de respirar.
Era la clínica situada a seis calles del hotel.
—¿Por qué estabas allí? —preguntó.
Ethan negó lentamente.
—No lo recuerdo.
El médico giró la pantalla hacia ellos.
—Según el registro, llegó desorientado. Le hicieron un análisis toxicológico.
—¿Y?
El médico dudó.
—El informe señala la presencia de un sedante potente que, según la anotación médica, no parecía haber sido administrado voluntariamente.

El silencio se volvió insoportable.
Olivia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Pero él estaba borracho.
—También había alcohol —explicó el médico—. Sin embargo, la concentración registrada no explicaba por sí sola su estado.
Ethan había palidecido.
De repente se levantó.
—Necesito ese expediente completo.
—Estamos intentando recuperarlo.
—¿Intentando?
—Parte del archivo fue eliminado años después.
Ethan soltó una risa sin humor.
—Por supuesto.
Olivia lo observó.
—¿Quién querría drogarte?
Él tardó demasiado en responder.
—Mucha gente.
—Eso no es una respuesta.
Ethan miró hacia la puerta.
—La noche anterior acababa de salir de prisión.
Olivia sintió un escalofrío.
—¿Por qué estuviste preso?
Él se volvió.
Toda ligereza había desaparecido de su rostro.
—Porque acepté la culpa por alguien.
—¿Quién?
—Mi hermano.
Olivia parpadeó.
Ethan explicó que cuatro años antes su hermano menor, Nathan, había provocado un accidente mientras conducía un automóvil registrado a nombre de Ethan.
Nathan tenía antecedentes.
Otra condena habría destruido su vida.
Ethan había asumido la responsabilidad.
—Fui un idiota —dijo—. Pensé que estaba salvando a mi hermano.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
—No lo sé todavía.
En ese momento apareció una enfermera.
—Leo está despierto.
Olivia corrió.
Desde detrás del cristal vio a su hijo tendido en la cama, diminuto entre máquinas demasiado grandes.
Leo levantó la cabeza.
—Mamá.
Olivia acercó la mano al cristal.
—Estoy aquí, cariño.
Entonces Leo buscó detrás de ella.
—¿Papi?
Ethan se quedó petrificado.
Olivia cerró los ojos.
No corrigió al niño.
Esta vez no.
Ethan se acercó al cristal.
—Aquí estoy, campeón.
Leo sonrió débilmente.
Aquella sonrisa destruyó algo dentro de Ethan.
Se volvió para que el niño no pudiera verlo y se limpió rápidamente los ojos.
Horas después comenzaron las pruebas.
Los resultados confirmaron que Ethan podía ser donante.
Pero también encontraron marcadores que requerían seguimiento médico.
Aun así, él firmó todos los consentimientos.
—¿Entiende los riesgos? —preguntó el especialista.
—Sí.
—Puede retirarse en cualquier momento.
Ethan miró a través del cristal hacia Leo.
—No voy a retirarme.
Olivia permaneció callada.
Por primera vez desde que había regresado a aquella ciudad, no sabía exactamente qué debía sentir.
Entonces Ethan recibió una llamada.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—¿Quién es? —preguntó Olivia.
—Mi abogado.
Se alejó unos metros.
Pero Olivia escuchó claramente cuando dijo:
—¿Qué quieres decir con que encontraste al médico?
Ethan guardó silencio.
—Envíamelo.
Colgó.
Un minuto después llegó un archivo.
Era una declaración firmada por el médico que había atendido a Ethan aquella madrugada.
El hombre estaba jubilado.
Pero recordaba el caso.
Ethan leyó en silencio.
Después volvió al principio.
—¿Qué dice? —preguntó Olivia.
Él le entregó el teléfono.
La declaración afirmaba que Ethan había llegado acompañado por un hombre.
Ese hombre había insistido en que no llamaran a la policía.
Había pagado la factura en efectivo.
Y había solicitado expresamente que el análisis toxicológico no apareciera vinculado al expediente hospitalario principal.
Olivia llegó al nombre.
Sus dedos comenzaron a temblar.
Nathan Cross.
El hermano de Ethan.
—¿Por qué haría esto?
Ethan ya estaba marcando otro número.
Nathan contestó después de varios tonos.
—¿Qué quieres?
—Necesito preguntarte algo sobre aquella noche.
Silencio.
—No sé de qué hablas.
—La noche del Hotel Meridian.
La llamada quedó completamente muda.
Ethan activó el altavoz.
—Encontramos el informe toxicológico.
Nathan respiró profundamente.
—Ethan…
—¿Me drogaste?
—No.
—Entonces dime quién lo hizo.
Otra pausa.
Finalmente Nathan habló.
—No deberías remover aquello.
Olivia sintió que se le helaba la sangre.
Ethan apretó el teléfono.
—Una mujer terminó embarazada aquella noche.
Nathan no respondió.
—Tengo un hijo de tres años.
Entonces ocurrió algo que ninguno esperaba.
Nathan empezó a llorar.
—Dios mío.
Ethan se quedó inmóvil.
—Habla.
—Yo no sabía que había un niño.
—¿Qué pasó?
—Ethan, escucha. Tú no entraste por accidente en aquella habitación.
Olivia dejó de respirar.
—¿Qué?
Nathan continuó con voz quebrada.
—Alguien te llevó hasta allí.
Ethan cerró los ojos.
—¿Quién?
Pero Nathan no respondió inmediatamente.
En cambio preguntó:
—¿La mujer se llama Olivia Bennett?
Olivia sintió que todo su cuerpo se enfriaba.
Ethan la miró.
—Sí.
Al otro lado de la línea se escuchó un sollozo ahogado.
Después Nathan dijo las palabras que cambiaron completamente aquella historia.
—Entonces Olivia tampoco estaba allí por accidente.
Antes de que Ethan pudiera exigir una explicación, la llamada se cortó.
Intentó devolverla.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Nathan había apagado el teléfono.
Y en ese mismo instante, el móvil de Olivia vibró.
Número desconocido.
Había una fotografía adjunta.
Era una imagen tomada cuatro años atrás frente al Hotel Meridian.
En ella aparecían Olivia y Ethan entrando por puertas diferentes.
Pero había una tercera persona observándolos desde un automóvil estacionado enfrente.
Debajo de la fotografía solo había una frase:
«Si quieren que Leo sobreviva, dejen enterrada aquella noche».