Durante diez segundos no pude decir una palabra.
Bruno, en cambio, continuó cenando tranquilamente.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde que entraste al bar.
—¿Sabías quién era yo?
—Sí.
—¿Y me dejaste proponerte matrimonio?
—Técnicamente, tú me lo propusiste a mí.
Lo fulminé con la mirada.
—¡Bruno!
Dejó los cubiertos.
—Está bien. Sabía que eras Valeria Montes.
Sentí ganas de arrojarle mi copa.
—Entonces todo fue una trampa.
Su expresión cambió.
—No.
—¡Te aprovechaste de que estaba borracha!
—No firmamos nada esa noche.
Eso me detuvo.
Era verdad.
Habíamos esperado dos días.
Bruno continuó:
—A la mañana siguiente te pregunté tres veces si seguías queriendo casarte conmigo.
—¡Pero no sabía quién eras!
—Eso también es verdad.
Me levanté.
—Quiero anularlo.
La mandíbula de Bruno se tensó apenas.
—Si realmente quieres hacerlo, no intentaré impedirlo.
Aquella respuesta me sorprendió.
Esperaba arrogancia.
Una amenaza.
Quizá que mencionara el acuerdo entre nuestras familias.
En cambio, sacó su teléfono.
—Mañana mi abogado puede explicarte las opciones.
—¿Así de fácil?
—¿Preferirías que te obligara a quedarte?
No respondí.
Bruno sostuvo mi mirada.
—Tu padre decidió que debías casarte conmigo sin preguntarte. No pienso cometer el mismo error.
Aquella noche dormimos en habitaciones separadas.
A las ocho de la mañana alguien comenzó a tocar el timbre.
Era mi padre.
Entró furioso.
—¡Valeria!
Yo bajaba las escaleras cuando lo vi avanzar hacia Bruno.
—¿Qué demonios hicieron?
—Nos casamos —respondió Bruno.
—¡El acuerdo establecía que la boda sería dentro de tres meses!
Fruncí el ceño.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Mi padre me miró.
—Vístete. Nos vamos.
—No.
—Valeria.
—Estoy casada.
—Ese matrimonio puede solucionarse.
Bruno se apoyó tranquilamente contra la mesa.
—Hace diez minutos quería solucionarlo ella misma.
Lo miré indignada.
—¡No ayudes!
Por primera vez vi a Bruno contener una sonrisa.
Mi padre perdió la paciencia.
—Esto no es un juego. Hay contratos vinculados al matrimonio.
Me quedé quieta.
—¿Qué contratos?
Silencio.
Bruno también dejó de sonreír.
—Señor Montes —dijo—, ¿qué contratos?
Mi padre intentó cambiar de tema.
Demasiado tarde.
Bruno llamó a su abogado.
Una hora después descubrimos la primera verdad.
Mi padre no había organizado mi matrimonio para asegurar mi futuro.
Su empresa estaba prácticamente quebrada.
Necesitaba desesperadamente una inversión del Grupo Baeza.
Y había utilizado mi compromiso como garantía de buena fe para cerrar una negociación empresarial.
Sentí vergüenza.
—Me vendiste.
—No seas dramática.
Bruno se levantó.
—Cuidado.
Mi padre lo miró.
—Esto es asunto de mi hija y mío.
—Acaba de llamar dramática a mi esposa después de admitir que vinculó su matrimonio a una operación financiera.
La habitación quedó en silencio.
Bruno se acercó a él.
—Ahora también es asunto mío.
Mi padre señaló hacia mí.
—¡Tú aceptaste casarte con ella!
—Acepté casarme con Valeria.
Bruno abrió los documentos que acababan de enviarle.
—No comprarla.
Mi padre se marchó furioso.
Yo permanecí sentada.
—¿Tu familia sabía esto?
—No lo sé.
—Averígualo.
Bruno hizo una llamada delante de mí.
Dos horas después llegó su padre, Alejandro Baeza.
Cuando vio los documentos, su reacción fue todavía peor.
—¿Quién autorizó esto?
Bruno lo miró fijamente.
—Eso esperaba que tú me dijeras.
Alejandro leyó varias páginas.
Entonces maldijo.
—Tu tío Esteban.
Ahí llegó el segundo giro.
Esteban Baeza controlaba una parte importante de las inversiones familiares.
Había negociado directamente con mi padre.
Pero el matrimonio no era solamente una garantía.
Había una cláusula que ninguno de nosotros conocía.
Una vez formalizada nuestra unión, ciertas participaciones empresariales podían reorganizarse dentro de una sociedad conjunta.
Mi padre recibiría dinero.
Esteban ganaría influencia dentro del Grupo Baeza.
Y Bruno perdería parte del control que tendría al cumplir treinta años.
Lo miré.
—Entonces también te estaban utilizando.
Bruno soltó una risa amarga.
—Parece que tenemos familias encantadoras.
Contra toda lógica, me reí.
Él también.
Fue la primera vez desde que descubrí su identidad que dejé de verlo como “Bruno Baeza”.
Solo era Bruno.
El hombre del bar.
El desconocido con quien había podido hablar sin sentirme controlada.
Aquella tarde tomamos una decisión.
No anularíamos nada todavía.
Primero descubriríamos hasta dónde llegaba el plan.
Durante las siguientes semanas fingimos que todo estaba perfectamente bien.
Mi padre estaba encantado.
Esteban también.
Creían que habían ganado.
Hasta la reunión del consejo.
Entré de la mano de Bruno.
Mi padre sonrió.
Esteban levantó una copa.
—Por fin podemos formalizar la reorganización.
Bruno dejó una carpeta sobre la mesa.
—Precisamente para eso estamos aquí.
Esteban abrió la primera página.
Su sonrisa desapareció.
Los abogados de Bruno habían encontrado correos, documentos alterados y acuerdos que demostraban que Esteban había utilizado información interna para negociar con mi padre sin autorización suficiente.
Mi padre se levantó.
—Esto no era lo acordado.
Lo miré.
—Exactamente.
—Valeria, no entiendes.
—Entiendo perfectamente.
Saqué mi propia carpeta.
Yo tenía acciones minoritarias de la empresa familiar heredadas de mi madre.
Mi padre siempre las había tratado como algo simbólico.
No lo eran.
Con ayuda de abogados independientes, había bloqueado cualquier posibilidad de utilizarlas en aquella operación.
Mi padre palideció.

—No puedes hacerme esto.
—Tú intentaste decidir mi matrimonio por mí.
Me puse de pie.
—Yo simplemente decidí qué hacer con lo que es mío.
La operación se derrumbó.
Esteban fue apartado de las negociaciones mientras el Grupo Baeza revisaba sus actuaciones.
Mi padre tuvo que afrontar la situación financiera de su empresa sin utilizarme como moneda de cambio.
Cuando salimos del edificio, sentí que podía respirar nuevamente.
Entonces recordé algo.
—Bruno.
—¿Sí?
—Ya terminó.
Él comprendió inmediatamente.
—Quieres hablar del matrimonio.
Asentí.
Durante aquellas semanas habíamos compartido desayunos.
Discusiones.
Noches viendo películas absurdas.
También habíamos aprendido a mantener cierta distancia.
Bruno nunca había intentado aprovechar nuestro matrimonio para exigirme nada.
Y eso hacía que mi decisión fuera todavía más difícil.
—Prometiste que podría marcharme.
—Y mantengo esa promesa.
Sacó un sobre.
Lo reconocí.
Documentos.
Mi corazón se hundió inesperadamente.
—¿Ya los preparaste?
—Hace semanas.
—Qué eficiente.
—Me llamaste obsesionado con el trabajo.
—También te llamé aburrido.
—Eso todavía me ofende.
Sonreí.
Pero cuando tomé el sobre, no lo abrí.
—¿Y tú qué quieres?
Bruno guardó silencio.
—Eso no debería influir en tu decisión.
—No te pregunté qué debería influir.
Lo miré.
—Te pregunté qué quieres.
Entonces aquel hombre siempre sereno pareció nervioso por primera vez.
—Quiero seguir casado contigo.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Por el acuerdo familiar?
—No existe ningún acuerdo familiar.
—¿Por negocios?
—Preferiría perder una empresa antes que comprar una esposa.
—Entonces ¿por qué?
Bruno se acercó.
—Porque aquella noche una mujer furiosa se sentó junto a mí y pasó veinte minutos explicándome lo insoportable que era Bruno Baeza.
Me tapé la cara.
—Por favor.
—Después me pidió matrimonio.
—Estaba borracha.
—Dos días después seguías queriendo hacerlo.
—Porque todavía no sabía tu apellido.
Sonrió.
—Y después descubriste mi apellido, quisiste matarme y aun así terminaste quedándote cuando podías irte.
Bajó la voz.
—Quiero saber qué ocurre si esta vez ninguno de los dos está huyendo de nada.
Miré el sobre.
Después lo rompí por la mitad.
Los ojos de Bruno se abrieron.
—Valeria.
—No te emociones.
—Acabas de destruir los documentos.
—Podemos imprimir otros si vuelves a aburrirme.
Bruno comenzó a reír.
—Eso es justo.
Seis meses después celebramos una boda.
Otra.
Esta vez no había contratos empresariales.
Ni acuerdos familiares.
Ni padres decidiendo.
Sofía fue mi dama de honor.
Antes de entrar, me susurró:
—¿Recuerdas cuando dijiste que Bruno Baeza no tenía ningún interés en las mujeres?
—No vuelvas a mencionar eso.
—¿Y que era frío?
—Sofía.
—¿Y aburrido?
—Voy a despedirte como amiga.
Se rio.
Al final del pasillo estaba Bruno.
Cuando llegué hasta él, susurró:
—¿Segura?
Aquella pregunta significaba más para mí que cualquier promesa.
Porque siempre me la hacía.
Nunca daba mi consentimiento por sentado.
Sonreí.
—Esta vez sé exactamente con quién me estoy casando.
—¿Y?
Me acerqué a su oído.
—Sigo pensando que eres un poco aburrido.
Bruno soltó una carcajada delante de todos.
Mi padre no asistió.
Y estaba bien.
Aquella boda no necesitaba la aprobación de nadie.
Meses después, una noche regresamos al mismo bar donde nos habíamos conocido.
Me senté junto a Bruno.
—Hola.
Él fingió no reconocerme.
—¿Sí?
—¿Tienes novia?
—No.
—¿Quieres casarte?
Bruno levantó la mano mostrando su alianza.
—Tengo esposa.
—Qué pena.
—Aunque tengo entendido que es bastante problemática.
—¿Es guapa?
Me miró.
—Muchísimo.
Sonreí.
Aquel matrimonio había comenzado como mi intento desesperado por escapar de una decisión que otros habían tomado por mí.
Pero terminó enseñándome algo completamente distinto.
La verdadera libertad no consistía en huir de Bruno Baeza.
Consistía en poder mirarlo, conocer exactamente quién era y elegirlo por mí misma.
Y esa segunda vez, cuando Bruno tomó mi mano, ya no había desconocidos, contratos ni matrimonios arreglados entre nosotros.
Solo dos personas que, después de empezar toda su historia por accidente, finalmente se eligieron a propósito.